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diseño de Susana Escarabajal Magaña

domingo, 30 de octubre de 2011

Feliz Halloween!!

Llega la noche de Halloween, que en Thèramon es llamada Hoccasi Vihollinen, la Noche Más Oscura. Se dice que, en esta noche, las almas de los que murieron sin honor deambulan sobre la tierra, buscando la redención que les otorgue el descanso. También las almas de los inocentes cuya vida fue arrebatada antes de tiempo regresan para completar las tareas que dejaron pendientes. Es una noche especial, en la que los espíritus errantes recogen los deseos que los mortales han depositado en los altares y los cumplen, siguiendo las órdenes de los dioses. También es una noche para contar historias al amor de una hoguera. Historias de terror, de magia, de maravilla.
Yo escribo fantasía, no terror. Pero he buscado un relato oscuro para esta ocasión. Espero haber acertado en mi elección.
Este relato sigue la historia de Dayna y del hombre oscuro, así que estoy cumpliendo mi otra promesa. A los que queríais saber más: os presento a un hombre libre que una vez amó a una Mazome ;)

Y os animo a volver a pasar por el Templo de Alodial y dejar vuestras plegarias en el altar. Recordad que los dioses están escuchando.
Amad y creed. Amad y confiad.

Feliz Halloween, compañeros de viaje!!!


© Bea Magaña. 
    (Reservados todos los derechos.)

EL LIBRO QUE DESPERTÓ AL MAL.

"De repente, el sol desapareció.
   Así, sin más, como por arte de brujería, el gran Aeblir ocultó su rostro, y la ciudad quedó completamente a oscuras, sumida en una noche más negra que la propia noche y más amenazadora que la misma muerte. Todos los corazones se encogieron de temor, y el aire se llenó de sollozos y de gritos de espanto y de confusión que debieron de oírse a muchas leguas de distancia. El caos que reinara en las calles durante los últimos meses se intensificó en unos segundos, alcanzando su cenit. Probablemente eso era lo que Frais deseaba, lo que había estado aguardando desde su llegada a Samura Dalnu.
   Se había hecho la oscuridad, más negra que una noche sin luna, y Bruno Vosloora pensó que estaba presenciando la llegada del fin del mundo. Se envolvió en su capa y trató inútilmente de contener los temblores que sacudían su cuerpo flaco. Si Frais se percataba de su miedo, Vosloora no viviría lo suficiente para llegar a comprender lo que había ocurrido, ni para descubrir si Aeblir decidía volver a mostrar algún día su hermoso rostro.
    Pero Frais se hallaba concentrado en lo que fuera que estaba haciendo, y parecía haberse olvidado de la presencia de tan leal sirviente. Al traerle el libro, el ladrón había adelantado los planes del nigromante, quien no había perdido un solo segundo en poner manos a la obra y utilizar el conjuro que había estado buscando durante años. Vosloora no se había retirado, pues aún no había recibido su recompensa; ahora deseaba no haber puesto jamás un pie en aquella espaciosa habitación. Los latidos de su corazón se le antojaban ensordecedores. Un sudor frío le bajaba desde las sienes. No quería morir. Tampoco le atraía la idea de ser torturado y convertido en un bicho miserable, una rata o quizás un repugnante cuervo, fin último de todos aquellos que cometían la torpeza de hallarse cerca del hechicero cuando las cosas no le salían como había previsto.
    Pero no parecía que las cosas le estuvieran saliendo mal, a juzgar por su expresión. De hecho, parecía que el nigromante había conseguido alcanzar el cenit de su poder, pues había logrado lo imposible al controlar al mismísimo Aeblir. A una orden del Mago Oscuro, el astro dorado había sido ocultado por una capa de negrura y vacío, en una horrible imitación de lo que Aeblir hacía con su hermano menor a eso del mediodía. Vosloora pensó que no había nada que Frais no pudiera conseguir. Si deseaba gobernar sobre todo Thèramon, gobernaría. Nadie podría oponérsele.
    Como nadie se le había opuesto cuando llegó, surgido quién sabía de dónde, y se instaló en la Torre de Mahor, desde donde podía ver toda la ciudad y más allá de ésta. Como un rey desterrado que hubiera vuelto del exilio y hubiera ocupado el trono que por derecho le pertenecía, así había llegado y se había quedado. ¿De dónde venía? Era un misterio para todos. ¿Por qué había elegido Maindûr como su hogar? Nadie podía imaginar sus motivos. Pero allí estaba, y la mitad de los ciudadanos le servían, y muchos otros habían huido o desaparecido, y todo había cambiado.
     Pero el cambio de verdad llegaría ese día, gracias al libro que Vosloora había robado de los Archivos de Räel Polita, en el vecino Minroq Dalnu. Y el ladrón temblaba ahora dentro de su capa, y temía por su vida.
    Cuando la luz del sol se extinguió, Rodan Frais pronunció en voz baja unas palabras ininteligibles y todas las velas y antorchas que había en la habitación se encendieron al unísono. Vosloora dio un respingo, sobresaltado.
    Vosloora nunca había sido el más valiente de los hombres. No era partidario de arriesgarse si no era absolutamente necesario. Había nacido ladrón, no guerrero. Estaba en su naturaleza ser furtivo, no osado. Trabajaba por encargo, y era el mejor en su profesión, capaz de robar cualquier cosa, cualquiera. No era un hombre codicioso, y nunca se llevaba nada para sí mismo, a menos que se tratara de alguna curiosidad, de gran o de escaso valor, poco importaba siempre que fuera algo raro y único. Lo que le motivaba no era el beneficio en sí, sino el éxito de su empresa, la superación personal, saber que podía entrar en cualquier casa o palacio, saber que las puertas cerradas no constituían un obstáculo para él, poder llevarse algo que otros antes que él no habían conseguido. Era lo bastante rico como para ir pensando en retirarse. Además, ya no era un hombre joven.
     Pero seguía buscando un reto, hacer algo que nadie hubiera hecho antes. Robar un tesoro único y fantástico. Llevaba esperando un verdadero reto toda su vida.
     Y ese reto se lo había propuesto Rodan Frais. Y él había aceptado. Y ahora se encontraba en aquella habitación, llena de trastos inútiles y de riquezas por igual, y no pensaba en la recompensa, ni en desafíos. Sólo deseaba poder salir de la Torre de Mahor con vida.
    Todo el mundo temía a Rodan Frais, todos, incluso los ladrones que trabajaban para él, incluso los asesinos que le servían, incluso los capitanes de su reducido ejército, incluso las valerosas mujeres guerreras que vivían en el vasto Mar de Hierba, incluso los hostiles hombres-pájaro que moraban en las profundidades de Kron Arborae, el Bosque de Piedra. El poder de Frais no conocía límite ni rival, o eso se decía. Anciano de edad, que no de apariencia, contenía en su interior todos los poderes del inframundo, y en su cerebro todos los oscuros hechizos que jamás se hubieran inventado o utilizado. Podía leer en las mentes de los hombres y hurgar en sus corazones para manipularlos, tenía poder sobre infinidad de criaturas mortales y sobre algunas inmortales, su maldad no tenía parangón y su codicia era desproporcionada, comparable a la de los Onii Gwold, de quienes se decía que se habían extinguido.
    Bruno Vosloora pertenecía a la más ilustre familia de ladrones que había existido en Maindûr a lo largo de generaciones. Uno no decidía que quería dedicarse a robar; el latrocinio era algo que se llevaba en la sangre. Desde tiempos inmemoriales, sus antecesores se habían dedicado al robo, y existían antiguas leyendas y laudanas que hablaban de tiempos remotos y prósperos en los que algún Vosloora había robado grandes tesoros a poderosos reyes delante de su narices. A la muerte de su padre, el afamado Bronson Vosloora, Bruno había pasado a ser el ladrón más hábil y escurridizo de todos los tiempos. Había conseguido almacenar enormes tesoros que tenía escondidos a lo largo y ancho de Samura Dalnu, pero no habría lamentado la pérdida de ninguna de aquellas fortunas. Nada era valioso, nada era único, todo podía ser reemplazado.
    Los objetos únicos no habían sido su éxito, sino su herencia. Su padre, y su abuelo antes que su padre, se habían hecho con los últimos tesoros únicos existentes en el mundo, y los habían guardado junto con antiguos tesoros exclusivos que sus antepasados habían ido encontrando a lo largo del tiempo. Estas maravillas se hallaban ocultas en una cueva que nadie conocía, muy al oeste de Samura Dalnu, en el interior de Sàaräni-Erye. Ese libro que había robado para Rodan Frais debería haber sido guardado en su cueva, cuya entrada estaba cerrada con una enorme roca que sólo se movería si un Vosloora pronunciaba en voz alta determinada frase. Se le ocurrió la idea de robarle al nigromante el libro que acababa de entregarle, pero se obligó a desechar este pensamiento. A cada segundo que pasaba, temía más por su vida.
    A juzgar por los alaridos que iban ganando intensidad, algo horrible estaba sucediendo fuera de la Torre en la que ellos dos se encontraban. La repentina ausencia de luz no podía ser el único motivo de tanto lamento y desesperación. ¿Se estaría abriendo la tierra, o acaso una horda de trasgos habría invadido la ciudad? A Vosloora le vencía la curiosidad. Pero no se atrevía a acercarse a ninguno de los ventanales, no se atrevía a moverse. La voz grave de Frais le mantenía paralizado, temblando como un perro cobarde a los pies de su amo.
    Siempre había sido un hombre físicamente agraciado, y por ello adorado entre las mujeres y envidiado por los hombres. Jamás se había enamorado, pero había amado a muchas mujeres hermosas, a las que consideraba como valiosos tesoros únicos e insustituibles. Las mujeres habían sido su segundo pasatiempo, las había buscado cuando no había habido tesoros que rastrear. Había seducido y enamorado a las mujeres más bellas del mundo entero, jóvenes y maduras, casadas, solteras, comprometidas, castas, viudas, reinas y campesinas, brujas, ninfas, incluso una vez había conseguido que una Drin Mazome le amara por propia voluntad, traicionando las Leyes de su tribu. Algunas veces las había utilizado para dar grandes golpes. Y solamente en una ocasión una bruja le había burlado, cambiando su apariencia, y él había compartido su lecho por segunda vez, creyendo que era la primera. Del mismo modo que no visitaba con frecuencia su cueva de las maravillas, para no acostumbrarse a la visión de sus tesoros exclusivos y así arrebatarles su singularidad, no había tomado una esposa, pues al repetir la experiencia esa mujer habría dejado de ser única para él, y habría perdido su valor y su atractivo.
   Pero ahora era diferente. Ahora era un hombre casi viejo; su belleza había sido destruida por el tiempo, ese enemigo invisible e implacable, realizaba su trabajo al abrigo de las sombras y pagaba por la compañía de mujeres hermosas. Ahora era un hombre flaco de ojos hundidos y manos nudosas, aún ágil de pies y de mente, ojos penetrantes pero apagados, cabello ralo y huesos frágiles. Ahora no disfrutaba del latrocinio como en su juventud, pues no quedaba en el mundo nada de auténtico valor que llevar a su cueva. No tenía esposa ni descendencia, nadie a quien enseñar todo lo que sabía, su oficio moriría con él, y nadie heredaría la frase mágica que abría la puerta disimulada de la cueva de sus antepasados. No tenía amigos, pues los ladrones eran temidos por las buenas gentes y causaban más recelo que simpatías. Sus compañeros de oficio le respetaban, pero desconfiaban de él, como ladrones inteligentes. Y ahora era un ladrón mal mirado por muchos, pues trabajaba para Rodan Frais, y el hechicero no era apreciado por nadie.
    A Vosloora tampoco le gustaba el Mago Oscuro. Sus ojos profundos, llenos de una luz infernal, y su enigmática sonrisa, eran motivo suficiente para congelarle la sangre a cualquiera. Sin embargo, éste le había ofrecido el reto que había esperado toda su vida.
    Si bien esperaba anhelante el momento de ver su sueño hecho realidad, en ocasiones como la de ahora deseaba alejarse de Maindûr, abandonar Samura Dalnu y refugiarse en el desierto, allí donde el sol del mediodía brillaba siempre con fuerza y sólo desaparecía cuando le llegaba la hora, para regresar al día siguiente con todo su esplendor y todo su poder, vivir en su cueva llena de maravillas, retirarse, no volver a ver a Rodan Frais ni oír hablar más de él.
     Y sin embargo...
    La habitación en la que se hallaban los dos hombres era tan espaciosa que habría podido contener a todos los habitantes de Maindûr con sus animales domésticos, o ésa era la impresión que daba. Situada en el último piso de la Torre de Mahor, contaba con cuatro fantásticos ventanales desde los que se veía cada rincón de la ciudad. Nada escapaba a los ojos del Mago Oscuro.
   Aunque ahora sus ojos se hallaban concentrados en las palabras que con tanto fervor leía en voz baja, palabras que Vosloora no conocía y que le helaban la sangre tanto como se la helaban los iris rojizos el nigromante.
   La habitación se hallaba atestada de cosas extrañas, algunas sin aparente valor y otras magníficas y preciosas: numerosos objetos fabricados en oro y plata y gemas, coronas, cetros, cálices, fuentes, grandes arcones repletos de tesoros en todos los rincones: brazaletes, collares, zarcillos, túnicas de seda y de hilo de oro, joyas de nácar y marfil, bronce, oro rojo; tapices antiguos en las paredes, decenas de estanterías repletas de libros arcanos, multitud de frascos de cristal de todos los colores imaginables, llenos de cosas inimaginables; jaulas de acero, de mimbre, de madera, de cristal, en cuyo interior se movían horripilantes bestias enanas, serpientes enormes, criaturas que Vosloora no había visto antes, aves, arañas, híbridos que no podían haber nacido de la naturaleza; montones de pergaminos arrugados, una estantería que cubría una pared del suelo al techo llena de saquitos de tela y de cuero y de piel y de otros materiales extraños que sin duda contenían especias y polvos mágicos; bolas de cristal de varios tamaños, capas de oro, balanzas, libros y más libros, velas por doquier, un espejo redondo que no reflejaba la habitación ni su contenido, varias mesas en las que se apilaban más libros y pergaminos, pisapapeles de obsidiana, de cuarzo, de mármol negro, miles de cosas que no habían estado allí antes de la llegada del nigromante y que nadie había visto traer a Maindûr, y todo ello diseminado sin orden ni concierto. Pero no había nada en el centro mismo de la habitación, nada excepto una alfombra de intrincada urdimbre y un atril sobre el cual descansaba abierto el libro que Vosloora había robado de la Ciudad de los Reyes dos meses atrás.
    Le había llevado mucho tiempo conseguir ese libro en particular. La Biblioteca de Räel Polita era la más grande y la mejor protegida de todo Thèramon, como si contuviera en su interior grandes tesoros y maravillas. Y, a juzgar por el interés del nigromante, así debía de ser. Otros como él habían acudido a la Ciudad de los Reyes en busca de valiosos tesoros. Ninguno había encontrado los llamados Libros Prohibidos. Pero él había conseguido sustraer un ejemplar bastante especial.
    ¡Y cómo se arrepentía ahora de haberlo hecho!
   Cincuenta metros por debajo de ellos, los ciudadanos de Maindûr gritaban horrorizados. A cincuenta metros de él, el nigromante sonreía y continuaba con su salmodia. A Vosloora se le pusieron los pelos de punta. Aún era de noche, y aún se oían los alaridos y los gritos de alerta y de confusión. Presentía que algo malo estaba a punto de suceder. Algo terrible, en realidad.
     Pero no se atrevía a asomarse al ventanal que tenía a sus espaldas.
   Frais leía en voz baja y monótona las frases del conjuro, y el ladrón no comprendía una sola palabra. El hechicero no elevaba el tono de voz, pero la multitud gritaba cada vez con mayor fuerza. ¿Qué estarían viendo, se preguntaba Vosloora, si era imposible distinguir nada en esa impenetrable oscuridad? Su corazón latía con mayor violencia conforme pasaban los minutos, y el cuello de su camisa estaba empapado de sudor. Se moría por salir de allí, buscar refugio en alguna oscura taberna y beberse toda la cerveza casera del mundo, pensar en grandes robos imposibles y en hermosas mujeres guerreras, comer un suculento filete poco hecho y dormir una larga siesta.
    La expresión de concentración de Frais se había convertido en un rictus de frenesí y de locura. Vosloora se estremeció. Decidió que no deseaba cerveza, ni comida, ni mujeres. Simplemente, sobrevivir a aquella habitación y al monstruo que tenía delante. Habría entregado cuanto poseía, habría renunciado a su cuna y a su profesión, habría dado su mano derecha, con tal de poder abandonar aquella habitación de una pieza, y con su cordura intacta.
    Concentrado en sus temores, apenas se dio cuenta de que la voz del nigromante había dejado de ser un murmullo y se había vuelto apasionada y febril. Palabras extrañas pronunciadas a viva voz se confundían de pronto con un potente ruido de desgarramiento que provenía del exterior. Gritos de parturienta taladrando sus oídos. Y el ladrón estaba de pie ante la ventana, aunque no tenía consciencia de haberse movido en ningún momento. Del cielo surgió un rayo de luz procedente de un sol apagado que parecía estar pariendo alguna horrible criatura. Apenas habían transcurrido unos minutos, pero Vosloora tuvo la impresión de llevar horas oyendo los alaridos de la multitud y de la sombra que nacía de las entrañas de ese sol negro, una sombra oscura que traía la muerte con su nacimiento. Más rayos de luz dispersos, procedentes del sol moribundo, revelaban el horror que estaba tomando forma. Y ruidos de aleteos, ensordecedores, como aleteos de murciélagos colosales, Oyó cómo Frais reía y cerró los ojos. Unos segundos tan sólo, y todo habría terminado. O debería decir empezado. Una luz verdosa surgía del libro abierto sobre el atril y se reflejaba en el rostro enloquecido del Mago Oscuro. Y el sol quería brillar, detrás de decenas de criaturas surgidas de la pesadilla de un lunático. Gigantescas, horripilantes, negras criaturas de enormes alas y aliento de fuego que habían acudido a la llamada de Frais y que ensordecían con sus rugidos las voces de hombres y mujeres que corrían despavoridos a esconderse de la muerte.
    –Onii Mura Darok –exclamó Rodan Frais casi a gritos, y volvió a reír. Vosloora sintió que su corazón se negaba a seguir latiendo y se le escurría a través del estómago–. Al fin habéis llegado. Os he estado esperando durante muchos años. Ahora sois míos.
    Frais se apartó del atril y corrió hacia la ventana, que se abrió de par en par sin que nadie la tocara cuando el nigromante extendió ambos brazos en dirección a los Dragones Negros. Éstos miraron hacia él. Por un momento, se hizo el silencio. Por fin uno de ellos, el más grande de todos, voló al encuentro del hechicero. Después de varios siglos de destierro y olvido, los Onii Darok habían regresado al hogar.
    Y habían reconocido a su Señor."


miércoles, 26 de octubre de 2011

Thèramon. El Origen (V). De la creación de Oreal, la Gema del Destino.

Las Musas son caprichosas. Me han tenido un mes entero esperando el quinto capítulo del génesis de Thèramon, desoyendo mi llamada y mis ruegos, ignorando mi impaciencia y limitándose a mostrarme imágenes (muy sugerentes, eso sí) en lugar de darme las palabras que me moría por leer. Creo que pretendían que abriera la puerta del despacho y rescatara la historia de las Mazome y del hombre oscuro de la carpeta en la que dormían desde hacía demasiados años; lo cierto es que son muy listas: saben que ciertos escritores me inspiran con su prosa, y que nadie me inspira más que yo misma, que releer mis propias historias me ayuda a conectar de nuevo con mi forma de narrar y que hay cositas en los antiguos relatos que tengo que recordar antes de ver cómo los dioses llegaron a Thèramon por primera vez. Al encontrar entre esas páginas la bola de cristal que en la Era de Sanaa llaman Ojo de Amunik he comprendido el significado de ciertas imágenes que las Musas me mostraban; he entendido a qué se refieren cuando hablan de las Joyas Hermosas, de las que voy a hablaros hoy en este nuevo relato.

Y digo nuevo porque el capítulo que os traigo lo es. Esta vez no ha habido opción de reescribir y corregir, nada de copiar y pegar; en esta ocasión he tenido que escribir partiendo de cero. No existían datos acerca de Oreal. Su existencia ha sido, digamos, casual, en ningún caso premeditada. Pero necesaria, como ya apunté en la entrada que daba paso al relato anterior del Origen. La idea de la gema que encerraba un poder especial fue de Jordi Nogués, compañero de viaje y amigo muy querido, cuya imaginación ya querría yo para mí. Jordi, espero no haber destrozado demasiado esa idea que me diste. Las Musas escuchan, toman nota, y luego hacen lo que les parece, ya lo sabes.

Pero las palabras que conforman este capítulo se negaban a salir de mi teclado, y no sé si lo habrían hecho de no haber contado con una colaboración especial y totalmente involuntaria, la de Juan Jesús Iglesias, también compañero de viaje y también amigo, en cuyo blog encontré la inspiración que las Musas estaban buscando. Sobre el mar azul, bajo el cielo negro, es un poema corto y hermoso que J.J (I) colgó en el blog que lleva el mismo nombre, y las Musas se pusieron a batir palmas de puro entusiasmo. Queremos esa frase, dijeron, y fue una orden más que una sugerencia. Así que le pedí permiso a J.J (I) para utilizar el título de su blog en mi relato, y él me lo dio. Homenajear siempre, plagiar nunca, le dije. Luego las Musas hicieron a su antojo, y reescribieron el citado poema. Así que volví a pedir permiso a J.J (I), esta vez le mostré el poema, no voy a usarlo si a ti no te parece bien que lo haga, le dije. Su respuesta fue (copio su mensaje):

Bea, estoy orgulloso de ti. Me ha gustado mucho y además has conseguido que la poesía dé un pasito más que quizá no dio conmigo en su día porque la escribí a lo mejor demasiado breve y escueta. No será plagio porque tienes mi aprobación y mi apoyo, a mí la mención ya me hace honores. Así que adelante. Y si quieres más opinión, aquí estoy :)  muchas gracias por elegir unas líneas que salieron de mi cabeza revuelta ^^

Así que, con su aprobación y su consentimiento, aquí tenéis el relato. Gracias, Juan Jesús 8) Espero que el relato no te defraude.


© Bea Magaña
(Reservados todos los derechos)

DE LA CREACIÓN DE OREAL, LA GEMA DEL DESTINO

"De Oreal y del destino que corrió se han cantado infinidad de laudanas y narrado no menos historias, porque la maravilla y el misterio son siempre fuente de inspiración y motivo de leyenda. Pero de su creación poco se ha dicho, pues nadie sino su artífice llegó a conocer los pormenores, y el instinto primero y la necesidad después le obligaron a mantenerlos en secreto, aun ante sus más allegados.
    La más nombrada entre todas las maravillas de la creación fue también la más preciada de todas las Joyas Bellas, admirada y bendecida por los Sagrados y adorada por los nuevos dioses, así como por las criaturas que de su deseo y de su pensamiento surgieron en el nuevo mundo que Ergin halló y que Eshor reclamaría como propio tiempo después de que su padre hubiera sido asesinado por la Oscuridad que moraba en los cielos. De todos es sabido que, en tiempos posteriores a su creación, su salvaguarda originó el nacimiento de los primeros dizseiim, criaturas mortales parecidas a los dioses; y porque era el tesoro más codiciado por Nepritel, y porque su pérdida o su destrucción habría significado el fin de Thèramon, así como la desaparición de Wad Ras e incluso la ruptura del equilibrio del propio universo, Eshor se guardó mucho de desvelar los secretos del proceso de creación de Oreal.
    Que nació del amor, es algo en lo que todos se han puesto de acuerdo a lo largo de las Eras. Pues de todos es sabido que el amor es la fuente de toda creación, como demostró Tiere, y sus vástagos después de ella. Pero el amor por sí solo no basta, y Eshor necesitó de todo su ingenio y del poder combinado de los heryshi y de los addimantol para conseguir darle forma a sus sueños. Mucho tiempo trabajó en ello, y muchas pruebas hubo de realizar antes de obtener la joya que contendría en su interior el destino de todo el universo.
    No fue tarea sencilla, pues su propósito era encerrar en una gema la Luz que había visto en los recuerdos rescatados de la memoria de sus padres, que todos los Sagrados compartían y que sus hijos habían heredado; una Luz que no había sido creada todavía, más cálida y radiante y perfecta que la que podía producir cualquier mundo que hubiera sido modelado por el poder de los heryshi. Una Luz que Tiere había soñado durante su existencia solitaria y a la que aún no había dado forma. Probó con el fuego, probó con el aire, probó con el amor y con el deseo, con todos los poderes de los dioses que moraban en Wad Ras. Cuando descubrió que de la luz era posible crear música, intentó el proceso a la inversa. Y la música le mostró el modo, y con la inspiración que Tiere había implantado en todos sus vástagos, y el poder que había otorgado a los heryshi y a sus descendientes, y tomando como modelo los recuerdos de su Diosa, que también vivían en su memoria, obtuvo una muestra de esa Luz; y después de muchos intentos consiguió encerrarla en el interior de una gema que él mismo había ideado, y de este modo Oreal fue creada.
   Eshor no imaginaba entonces que su preciosa joya iba a llegar a ser tan importante en el futuro. Pues no comprendía todavía que esa Luz, que iba a desterrar todas las sombras que poblaban el universo, era la propia esencia de Tiere, la Señora de todas las cosas creadas, de toda vida, de todo poder; el alma de Viorel, el corazón de todos los mundos, la razón de toda existencia. Eshor nunca había visto el rostro de Nepritel, ignoraba que una sombra se movía a través de Viorel sembrando la destrucción a su paso, una sombra sin nombre, sin alma, sin más deseo que apoderarse de la luminosidad que Wad Ras emanaba, para poseerla, para destruirla. No podía imaginar de qué modo codiciaría Skadûr esa nueva Luz, con cuánto afán la desearía y la buscaría, decidido a apagarla para siempre, sin saber que la destrucción de Tiere significaría la desaparición de todo el universo, incluido él mismo.
   Pero antes de Oreal otras tres gemas hermosas y mágicas fueron creadas. Dos fueron obra del propio Eshor, pero Halod, su primo amado, fue el artífice de la tercera; pues no era sólo un joven travieso y aficionado a la aventura, sino que gustaba de explorar porque su necesidad de conocer era grande, y siempre buscaba saber qué había más allá: más allá del laberinto que había creado su padre para los addimantol que habrían de nacer, más allá del bosque que se abría al final del laberinto, más allá de la llanura que se extendía en todas direcciones después del bosque, más allá de las montañas que se alzaban orgullosas queriendo tocar el firmamento; más allá del mar que Traytum había llenado de vida. Más allá del espacio y del tiempo.
   Y fue el mar lo que inspiró a ambos addim, el mar y la canción de Ariiama, una hermosa laudana que los dos primos escucharon embelesados:

                   Sobre el mar azul, bajo el cielo negro
           recostada en una barca sin remos,
           llamo a gritos a los vientos
           y espero a que éstos hinchen la vela
           que he tejido con mis anhelos.
                   Con los ojos cerrados,
           miro dentro de mi corazón,
           tratando de ver con otros ojos
           lo que ningún ojo ha visto todavía,
           lo que varios espíritus ya han soñado.
                   Sobre el mar azul, bajo el cielo negro,
           para escapar del crepúsculo
           en el que sueño con una Luz nueva,
           navegaré con ayuda del viento
           hacia tierras lejanas, hacia tiempos futuros.
                   Sin temor ni pena
           me alejaré de este reino,
           cruzaré las salinas aguas a ciegas
           sin brújula, sin mapa,
           sólo me guiará el viento
           y mi amor, y mis sueños.

    Blaük Mearae, daro Skae; la primera frase del poema de Ariiama daría nombre a una gema hecha de agua y de luz. De la playa en la que a menudo se reunían los dos enamorados cogió Eshor un puñado de arena húmeda y le dio la forma de una lágrima del tamaño de una concha, volcó sus sentimientos en ella y la tiñó con los colores que su amada había descrito; con el ardor de su pasión calentó la arena hasta cristalizarla, y más tarde la engarzó en un cinturón hecho con coral y algas marinas y decorado con escamas de tonos oscuros y perlas nacaradas. De este modo Blarae Daroska se confundía con las escamas asemejando una más. Y Eshor le regaló el cinturón a Ariiama, y ella se lo puso, y de este modo selló su destino, que habría de cumplirse más adelante, en una playa lejana, en un mundo que acabaría siendo llamado Kêres Domain; nombre que, al ser pronunciado por el primer mortal que intentó utilizar el lenguaje de los dioses, se convertiría en Thèramon.
    Halod, por su parte, se quedó con otro aspecto del poema: tierras lejanas, tiempos futuros; y usando el poder existente en los ojos de su madre, el don que él había heredado, creó a Miraphora, la Ventana del Tiempo. Semejante a una bola de cristal y no más grande que el puño de un niño, su tacto era suave y elástico, como si no estuviera hecha de frío cristal, como si estuviera viva. Y era cálida, y parecía contener una nube de niebla en su interior, pero brillaba tenuemente y se aclaraba ante los ojos inocentes de un alma pura y un corazón noble, y entonces dejaba ver imágenes que habían tenido lugar, estaban sucediendo o estaban por venir en otros mundos, o en otros tiempos. Y Miraphora llegaría a Thèramon, y allí sería conocida, y utilizada por muchos dizseiim, incluso por aquéllos que no poseían un corazón noble, pero eso no le hizo perder sus propiedades, y también a muchos de éstos les mostraría su poder; porque Halod no se la había regalado a nadie, y por tanto su gema no tenía dueño, y llegaría a servir a los propósitos de muchos, en ocasiones para desgracia de todos.
    La tercera gema se llamó Addinea Laare, el Hogar de los Dioses, y en su interior Eshor había conseguido introducir parte de la esencia de cada uno de los heryshi que habían contribuido a completar la obra que su padre y su tío habían iniciado en Wad Ras. Inspirada en el mundo que Ergin y su hermano gemelo habían transformado a partir de una pequeña esfera suspendida en la inmensidad de Viorel, fértil pero vacía de luz y de colorido, Addinaare era una gema redondeada que brillaba con los colores de la tierra, del mar y de la vegetación, cálida al tacto, radiante como el mundo al que representaba y vibrante como un corazón pletórico de vida. Esta gema fue un regalo de Eshor a su padre amado, y a Ergin tanto le complació que ordenó al gran orfebre Alastair que la engastara en una cadena de oro para poder llevarla siempre sobre el pecho, colgada de su cuello. Y allí quedó tras la muerte de Ergin, unida al cuerpo tendido sobre la superficie de Ardem Arif, el mundo que el heryshi había descubierto y bautizado; y fue enterrada con él en la tierra recién hollada, y pasó a formar parte de ese mundo que más tarde Eshor reclamaría como suyo, y de este modo Wad Ras existió también dentro de las fronteras de Thèramon, y así Thèramon fue bendecido por los dioses, y estuvo siempre protegido por ellos.
    Estas tres gemas fueron las precursoras de las infinitas maravillas que estaban destinadas a ver la luz de varios soles, y a convertirse en leyenda entre los mortales que habrían de nacer a raíz de la existencia de Oreal y de la necesidad de proteger y preservar tan extraordinaria creación.
    Pero nada de esto habría tenido lugar sin la existencia de Ariiama. Pues antes que todas las gemas una joya hermosa fue creada, y fue la primera de muchas, y la inspiradora de todas las demás.
    Más grande que una lira y más pequeña que un arpa, pero compartiendo características de ambas, la primera de las Joyas Hermosas fue un llaut hecho de plata y de espuma de mar, un instrumento acorde con la voz cautivadora y profunda de la primera llaudaner de la historia. Eshor lo fabricó inspirado por la laudana que también inspiraría la creación de Blarae Daroska, y lo llamó Lummenii-a-Llaut, pues sus cuerdas estaban hechas de Luz; pero cuando Ariiama lo tocó por primera vez lo llamó Miussaura, que significa Música Resplandeciente. Y de sus cuerdas brillantes surgió una bella melodía llena de poder que conmovió el corazón de cuantos la escucharon, y despertó el genio creador de muchos que creían que ya no quedaba espacio en Wad Ras para seguir originando maravillas.
   Pero fueron los addimantol, los hijos de los dioses, los que con más intensidad percibieron el poder de aquella música surgida del llaut de Ariiama, y tocados por ese poder dieron forma al tema que después sería llamado De la Segunda Creación.
   Y fueron los addim los artífices de las preciosas joyas que estaban llamadas a formar parte de la historia y del destino de Thèramon, un mundo que aguardaba el momento de ser descubierto y colonizado.
   Muchas de estas joyas se perdieron con el transcurrir de los siglos. Algunas fueron ocultadas con tanto acierto que nadie fue capaz de hallarlas, aunque fueron incontables los mortales que las buscaron alrededor del mundo, e incluso que dedicaron toda su vida a seguirles el rastro. Algunas fueron regaladas, o entregadas en custodia, muchas fueron robadas, unas pocas destruidas. Pero de todas ellas se recuerda el nombre, pues lo que ha pasado a convertirse en leyenda nunca llega a caer en el olvido, y de un gran número se conoce su aspecto, pues reyes y héroes las lucieron en algún momento de la historia, y así pasaron a formar parte de ella, al igual que los grandes hombres y mujeres que las llevaron y las usaron alguna vez.
   Pero de Oreal poco se sabe, ni siquiera de su aspecto, pues sólo Eshor llegó a lucirla sobre su frente, engastada en una diadema de la más fina plata que Alastair fabricó a petición de Ergin, quien tuvo la oportunidad de quedársela para sí y prefirió devolvérsela a su artífice. Pues aunque se sintió conmovido por su belleza y atraído por su poder, cuando Eshor le entregó Luz de los soles que estaban por nacer el Señor de Wad Ras no se atrevió a aceptar tan maravilloso presente. Y lo rechazó, argumentando que Eshor ya le había regalado una hermosa joya, y que Addinaare le parecía suficiente demostración de amor. Y Eshor aceptó la decisión de su padre, y la delgada corona de plata que éste le devolvió, y desde entonces y durante mucho tiempo llevó la Gema del Destino en su frente, semejante a una estrella de luz."  



jueves, 20 de octubre de 2011

Y un poco más del N'Ögard

Bueeeeno, parece que las mujeres guerreras gustan, así que no está bien que os deje con el capítulo colgado. Aunque mi costumbre es publicar una entrada a la semana, para no saturar al lector con exceso de relatos, hoy rompo el protocolo y os dejo el final del relato que comenzaba con el sueño de Dayna en El extraño que llegó del desierto (II).  Prometo seguir con esta Historia de Thèramon, pues hay mucho más que contar. Espero que os guste.
Y gracias por vuestros comentarios, me resulta más fácil decidir cuando sé qué es lo que se espera de mí.
Océanos de amor!!

© Bea Magaña (Reservados todos los derechos) 

EL EXTRAÑO QUE LLEGÓ DEL DESIERTO (II) -- Continuación.


"Lo que ocurrió, ocurrió cerca del ocaso, y fue tan repentino que ninguna de las guerreras supo explicar después lo que había sucedido.
   Ledan, que cabeceaba apoyada en una rama del árbol que había elegido, sintió de pronto que una ráfaga de aire gélido le azotaba el rostro; se despertó y se llevó una mano al vientre y la otra a la boca, horrorizada ante lo que acababa de ver en una especie de ensueño. El bebé que crecía en su interior era un monstruo, como había temido desde el momento de su concepción, una criatura repugnante y viscosa que se retorcía igual que una serpiente y que no tenía alma. Tuvo un acceso de náusea, se inclinó para vomitar y resbaló de la rama tan rápidamente que no le dio tiempo a gritar. Se golpeó la cabeza contra el suelo y se desvaneció. Cuando volvió en sí, veinte minutos después, tuvo un pensamiento extraño: Lane se había olvidado de rogar a los dioses, como Dayna le había aconsejado.
   Lane lo vio llegar y se puso en pie, tan emocionada que se le olvidó que debía mantenerse oculta a la vista de cualquier extraño. Aquél venía a pie por el camino del desierto, una figura alta envuelta en una túnica negra que avanzaba sin prisa ni temor al encuentro de las sombras. ¡Sabía que vendrías! pensó Lane, llena de regocijo. El extraño que venía del desierto mió en su dirección. Su rostro estaba oculto bajo una enorme capucha, pero la joven advirtió el brillo letal de sus ojos rojos como el fuego de algún infierno inimaginable. El latido de su corazón le llenó los oídos. El hombre oscuro esbozó una sonrisa inhumana, la mueca del depredador que está a punto de probar la sangre de su presa. Su voz perforó los oídos de la muchacha y se instaló en su cabeza: No deberías alegrarte, pequeña cabecita loca; no podrás contarle a nadie que me viste llegar, pensó el hombre oscuro, y continuó su camino.
  Era consciente de que le estaban vigilando. Durante su largo recorrido a través de Sàaräni-Erye había aprendido a reconocer este tipo de cosas. Bestias que le habían acechado habían caído fulminadas a su paso. No le gustaba que le mirasen. Sentía crecer en su interior ese enorme poder que no había podido manifestar delante de las tres Darunii Madasn; y se vengaba de ellas deshaciéndose de esos animales que esperaban agazapados entre las dunas y entre la maleza, decidía que estaban muertos y se despreocupaba de ellos. No fue atacado, no temía ser atacado; no había visto Dragones Rojos, tampoco se habría asustado de ellos. Era poderoso. No temía a nada.
   No se había encontrado con ningún dizseiim hasta ese momento. Las reconoció al instante por el olor que desprendían, así como por el sonido de sus corazones. Los corazones de los dizseiim tenían una cadencia distinta a la de los animales salvajes, hablaban con una especie de voz de la que los animales carecían. Éstos que acechaban desde las alturas también eran salvajes. No le asustaron. Eran criaturas inferiores a él, ridículas a pesar de sus armas y de su espíritu guerrero. Él era el N'Ögard, y podía dominar cualquier voluntad. Los dizseiim eran un juguete para él, piezas que utilizaría a su antojo cuando se decidiera a jugar a la guerra. Pero no las ignoró, sino que las vigiló, como ellas le vigilaban, escondidas en lo alto del barranco.
   Una había tenido una visión horrenda de su propio futuro y se había desvanecido. La segunda había cometido la torpeza de mostrarse ante él, y había enloquecido al instante al ver el rostro del Mal. El hombre oscuro caminaba sin prisa, silbando alegremente, miraba el bosque que crecía a su derecha y pensaba que podría incendiarlo con sólo desearlo. Mas no lo haría, porque algo le decía que encontraría aliados en el interior de ese Bosque Negro, criaturas que le habían esperado durante años, y que le servirían llegado el momento. Ya podía ver el Paso de Sheim delante de él. Las ciudades civilizadas de Samura Dalnu se encontraban más allá de esa encrucijada. Su meta estaba cerca. Y nada podía detenerle.
   En la unión de los caminos hizo un alto y miró a su alrededor, desconcertado. Allí había alguien más, otro dizseiim, que le vigilaba, que le observaba acechante como un animal. El hombre oscuro sintió un instante de pánico, buscó con vehemencia y no consiguió verle. Se enfureció.
  Dayna le miraba, escondida entre la maleza; su corazón latía con tanta fuerza que le dolía el pecho. El hombre de sus pesadillas se había detenido en el centro del Paso de Sheim, y parecía buscar algo. ¡Me busca a mí!, comprendió, aterrorizada. Por favor, rogó a nadie en especial, por favor, no permitas que me huela, no permitas que me encuentre. Una voz le susurró al oído: no le mires; le pareció escuchar una risa cristalina y burbujeante dentro de su cabeza, y de algún modo se sintió protegida. El hombre oscuro continuó su camino, y Dayna supo que no la había descubierto. Rodan Frais olvidó sus frustración varios metros más adelante, cuando olfateó una presencia nueva que miraba hacia las primeras ciudades de Samura Dalnu, agazapada detrás de unos peñascos, ajena a su paso. El latido de su corazón joven le llegó con total claridad. No le temía, porque no le había visto. No podía ser el mismo dizseiim que se le había escapado poco antes. Descargó su ira contra esta otra presencia, y continuó su camino silbando una tonadilla de muerte y desolación cuando la joven guerrera cayó de frente con el corazón atravesado por una saeta invisible. El camino le llevaba hasta la ciudad. Y el hombre oscuro sonreía.
   La luna asomó a medias su rostro y él vio la silueta de una torre recortada contra el cielo oscurecido. Y supo que era ese lugar. La ciudad se llamaba Maindûr, y en ella sería un rey. Rodan Frais caminó toda la noche, bajo la mirada recelosa de la media luna, y los tacones de sus botas de piel de serpiente arañaron el suelo, levantando polvo y ecos sordos que acallaron los demás sonidos del mundo."



martes, 18 de octubre de 2011

Un poco más de Dayna


© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

EL EXTRAÑO QUE LLEGÓ DEL DESIERTO (II)

"Primero, la luz desapareció. No debía suceder así, pues aún era de día, y no había nubes en el cielo que pudieran ocultar al gran Aeblir hasta tragárselo y convertir el día en noche. Sin embargo, así fue como aconteció. De pronto se hizo la oscuridad, y el terror se instaló en todos los corazones. Una fría estaca de hielo se clavó en el corazón de la mujer cuando alzó los ojos al cielo y vio el resto. Algo nacía del interior de ese sol moribundo, algo pugnaba por asomar desde sus negras entrañas, algo más negro que la propia noche y más horrible que la muerte. Algo gélido que traía consigo el ardor de un fuego infernal. El aire se llenó de sollozos y de alaridos de terror, y el viento traía el olor de la guerra y de la desolación. Después, el fuego devoró el mundo. La hierba se tiñó de sangre, los ríos bajaron rojos, la tierra se convirtió en un inmenso mar de espuma carmesí, y en sus oscuras aguas de muerte flotaban millares de cadáveres de rostros atormentados y cuerpos retorcidos y mutilados. Todos los ojos parecían clavarse en ella, acusadores. ¿Quién era el responsable de todo ese horror?, quería preguntarles. Pero conocía la respuesta unánime, que siempre era la misma llenando sus oídos: Tú, tú eres la responsable. Tú, porque no hiciste nada para evitarlo.
     Despertó bañada en sudor frío y se obligó a taparse la boca con una mano para contener un gemido o un sollozo. Abrió los ojos en la oscuridad del refugio y vio cerca de ella tres bultos acostados. Sus compañeras dormían sin soñar. Eran afortunadas, pues no poseían el don que Dayna llamaba maldición. O tal vez era algo relacionado con la edad. Ella ya no era joven. Y no debería sentirse asustada por un mal sueño. Tampoco poseía el don.
    Las primeras luces del día se filtraban a través de la abertura disimulada de la ventana. El mundo estaba en completo silencio. No había gritos de dolor y de angustia, ni ruido de armas que se entrechocaban, no había batallas cercanas. No había sido real, sólo un sueño. El mismo sueño, otra vez. Pero más vívido, como si lo que auguraba estuviera más cerca de acontecer. Apartó la manta de piel y se incorporó. El interior del refugio se hallaba en penumbra, pero pudo distinguir el brillo opaco de sus armas. Las cogió sin hacer ruido y salió al exterior. Era su última jornada en el Mirador que controlaba el Paso de Sheim. Regresarían a Drinveld Meara con las manos vacías, sin haber tenido ocasión de utilizar sus armas.
    Se llamaban a sí mismas Drin Mazome, y durante siglos habían vivido en la extensa pradera que separaba el Bosque Negro de los territorios civilizados de Samura Dalnu. Eran mujeres guerreras, fuertes y valerosas, salvajes, que sobrevivían sin ayuda de los hombres y eran temidas por la mayoría de ellos, a la par que deseadas. Poseían una peculiar belleza agreste a la cual los hombres no podían resistirse. Amaban la caza y la lucha, y su pasatiempo preferido consistía en atacar a los viajeros y secuestrar a los hombres que más tarde convertirían en sus esclavos.
     El Paso de Sheim estaba desierto. Nadie había cruzado ese camino en un mes. Las ocho mujeres que vigilaban el sendero aún esperaban que sucediera algo. Dayna lo deseaba, y al mismo tiempo lo temía. Se sentó en el suelo y se dedicó a limpiar sus armas. Cuando sus compañeras despertaran, irían a relevar a las demás.
    A pesar de que corrían tiempos de paz, las Drin Mazome permanecían constantemente alerta, los ojos puestos en el oeste y en el nordeste, el oído atento, las armas a punto. Nunca bajaban la guardia, nunca se hallaban ociosas, y jamás perdían una batalla. Los Elfos Oscuros no esperaban a la guerra para salir de sus escondrijos; y esos estúpidos hombres del este podían decidir aventurarse en busca de jóvenes hermosas en cualquier momento. Si todas ellas se mantenían alerta, nadie las cogería por sorpresa; los Elfos Oscuros no les robarían a sus bebés, y los hombres del este no se llevarían a sus muchachas a sus ciudades.
    Las Drin Mazome temían en especial un ataque de los Elfos Oscuros. Éstos llegaban en la noche, sigilosos y veloces, y se llevaban a los bebés, tantos como podían. El robo de una guerrera recién nacida era una terrible pérdida para ellas, pues no eran muy numerosas y las hembras jóvenes eran un bien escaso. Perder demasiadas las condenaría a la extinción.
    Pero los Elfos Oscuros no habían dado señales de vida desde hacía muchos meses. Muchas dudaban de que volvieran a salir de sus guaridas. Algunas pensaban que habían desaparecido, que sus enemigos habían abandonado el Bosque Negro. Pero todas deseaban que no fuera cierto. El Daro Arborae parecía un bosque muerto. Y ya nadie viajaba por el camino que conducía al desierto. Decepción era el sentimiento que invadía los corazones de las ocho mujeres. Las más jóvenes habían esperado una buena pelea, o una cacería del hombre. Dayna también, por qué negarlo: luchar era parte de todas ellas, habían nacido para la guerra, y hacía demasiado tiempo que no se veían metidas en una batalla. Habían quedado atrás los buenos tiempos. Las Drin Mazome eran una raza caduca.
   Oyó ruido a sus espaldas y se volvió, espada en mano; sólo eran sus compañeras, que acababan de salir del refugio. Dayna les ofreció caldo caliente y ellas se sentaron a desayunar. Les esperaba otra jornada aburrida, la última antes de regresar a la aldea, pero hablaban entre sí como si se estuvieran preparando para una batalla espectacular. Dayna las escuchó con una media sonrisa y sintió que le ganaba la nostalgia. Ella ya no era joven. Había perdido el ardor de la juventud hacía tiempo. Hacía lo que tenía que hacer, pero para ella no era más que rutina. Si llegaba el momento de luchar, se dejaría la piel, y sobreviviría; dudaba de que sus jóvenes compañeras salieran con vida de una cruenta guerra, aunque sin duda ellas la disfrutarían. ¿Alguna vez había sido tan joven, tan llena de deseo y de energía? Volvió su mirada al norte y esbozó una sonrisa triste. Lo había sido. El Paso de Sheim había sido su última gran aventura.
    —¿Crees que será hoy? —le preguntó una muchacha de cabello oscuro y despeinado. Tenía dieciséis años.
    Dayna la miró.
    —Lane cree que hoy sucederá algo —explicó una segunda joven. Era alta y tenía el cabello corto. Aún no había cumplido diecisiete años—. Se ha despertado con esa sensación.
    —Todas tenemos esa sensación, Barb —dijo la tercera. Se llamaba Ledan, era hermana de la primera y estaba encinta. Dos meses más, y se vería confinada en la aldea, lejos de cualquier posible batalla y con la única aventura de dar a luz como perspectiva.
    —Todas deseáis que ocurra algo —dijo Dayna, por fin, en voz baja—. No es una sensación, tan sólo un anhelo. Ésta es nuestra última jornada en el Mirador y no deseáis volver a casa con las manos vacías. En ocasiones, los deseos no se ven cumplidos, dejad de soñar.
    —¿Acaso tú no deseas que suceda? —la interrogó Lane, casi en tono acusador—. ¿No sueñas con una buena pelea? ¿Acaso tienes...?
    La joven de cabello corto, Barb, la interrumpió.
    —Dayna no tiene miedo, Lane, mejor cállate —le ordenó.
    Lane bajó la cabeza.
   —No ocurrirá nada —respondió Dayna con calma—. Nada en un mes, ¿qué esperabais? No estamos en guerra con ningún pueblo. La guerra es cosa del pasado. ¿Cuántas compañeras han vuelto a la aldea sin noticias después de un mes entero en este lugar? Vigilamos caminos desiertos, nadie nos amenaza. Los tiempos han cambiado.
    Las tres muchachas la miraron con los ojos brillantes de cólera. Entre las de su raza, la mujer que no deseaba la guerra era una cobarde. Pero en el fondo temían que la mujer hubiera dicho la verdad, y esto era lo peor de todo. El oráculo de una guerrera veterana podía llegar a cumplirse.
   Ledan suspiró.
   —Pero tú no lo crees, ¿verdad? —se volvió hacia sus compañeras—. Dayna aún tiene esos sueños.
   La mujer la miró con sorpresa, casi dolida.
   —Hablas y sollozas mientras duermes —le dijo Ledan con voz amable—. Narayan me habló de tus sueños. Yo creo que te muestran el futuro.
   Narayan era la madre de Ledan y de Lane, y tenía la edad de Dayna. También era la mejor amiga de ésta. En algún momento de los últimos diecisiete años, Dayna le había hablado a su hermana más querida de sus sueños. Como el resto de las guerreras adultas, Narayan no creía que los sueños de Dayna fueran premonitorios. Las guerreras jóvenes, no obstante, creían en ellos, y miraban a Dayna con respeto, como si la mujer poseyera realmente el don del oráculo. La perspectiva de una guerra era mejor que la inactividad a la que ahora se veían condenadas.
   —Háblanos de tus sueños —pidió Barb, también con amabilidad.
   Lane se limitó a asentir en silencio.
   Dayna sintió un nudo en la garganta.
   En sus sueños había mucha gente muerta. Demasiada. Mujeres, hombres, niños y ancianos, el horror no respetaba a nadie. Ni siquiera las Drin Mazome podrían vencer al hombre oscuro. Su poder era inmenso, y su ejército estaba formado por horribles criaturas que no podían pertenecer a este mundo. Ese hombre oscuro no era un hombre. No tenía rostro, ni corazón. Quería destruir el mundo entero. No le importaba gobernar sobre un mundo muerto. Y después de su victoria vendría algo peor. Algo que tampoco era de este mundo. Pero ellas ya no lo verían. Dayna dudaba de que quedara alguien vivo para ver el rostro de la Oscuridad.
    —No —pudo decir, con un hilillo de voz.
    Tenía el horrible presentimiento de que, si lo decía en voz alta, su sueños se cumplirían.
     Las tres jóvenes insistieron, pero Dayna se negó a hablar de ello.
    —No poseo el don — les dijo, por fin; esperaba que aquella explicación las convenciera—. Mi sueño no es una profecía, tan sólo una pesadilla.
    Miró a las tres muchachas con afecto. Lane, Barb y Ledan. Jóvenes, fuertes, idealistas. Imaginaban que la guerra era una fiesta. Ignoraban muchas cosas. Dayna envidió su inocencia. No cedió ante su insistencia. Miró a Ledan, la mayor de las tres.
    —Si tú soñaras que ibas a alumbrar a un monstruo, ¿querrías hablar de ello? — le preguntó.
    La joven se llevó una mano al vientre y sus ojos miraron a la mujer llenos de pánico. Lane hizo la señal contra el mal de ojo. Barb se mordió los labios.
   —¡Por los dioses, desde luego que no! —exclamó Ledan, escandalizada—. Podría convocar a ese monstruo y hacerlo real.
    Dayna asintió.
   —Tampoco eso es cierto —dijo—, pero has respondido por mí. No hablaré de mis sueños, porque no deseo que se cumplan.
    —De todos modos —apuntó Lane—, cuando llegue la guerra Ledan no podrá ir a luchar con nosotras, pues estará gorda y débil, confinada en la Casa de la Madre.
    La embarazada le dedicó una mueca a su hermana.
    —A ti también te tocará —la amenazó.
    Las tres jóvenes rieron, azoradas las dos que aún no habían conocido a su primer Semilla.
    —Cuéntanos cómo fue —pidió Barb, curiosa—. Cómo era él.
    —¿Te dolió? —preguntó Lane, con la misma curiosidad.
    Todas las guerreras jóvenes temían y deseaban que llegara el momento de ser llamadas por la Tiara para entrar en la Casa de la Germinación. Ledan se ruborizó, pero les habló de su experiencia.
    Dayna no las escuchaba.
   Cuando llegue la guerra, Ledan no podrá ir a luchar, había dicho Lane, pero Dayna no creía que llegara tan pronto. Sería pronto, sí, pero no tanto. Deseaba que no ocurriera nunca. Sin embargo, aunque no poseía el don de la profecía, estaba segura de que su sueño se cumpliría. Hacía más de quince años que esperaba ese momento.
   Tenía diecisiete años cuando soñó por primera vez con el unicornio. Era una criatura magnífica y poderosa; Dayna se sintió hechizada ante su belleza y conmovida por la bondad que de él se desprendía. Parecía conocerla, aunque ella no le había visto nunca, y no sabía quién o qué era. Mas no sintió temor, y le escuchó con interés. Dayna, la llamó el unicornio, y su voz era como escuchar el burbujeo y el correr de muchos ríos de agua clara y fresca. Tendrás un hijo, la anunció, un hijo varón. Dayna no había sido llamada aún a la Casa de la Germinación. Faltaban todavía muchos meses para que conociera al hombre que la fecundaría. Se entristeció al escuchar la promesa del unicornio. Alumbrar a un varón era motivo de deshonra y una muestra de debilidad. Los varones eran sacrificados. Dayna no deseaba tanta mala suerte para ella.
    —Alégrate por ello, mujer —le dijo el unicornio—, pues ese hijo que ha de nacer te honrará a ti y a las Drin Mazome llegado el momento, y será motivo de orgullo en una época lejana en la que la esperanza nos habrá abandonado a la mayoría. Has sido elegida para alumbrar a un héroe. No te lamentes por tu destino.
    El unicornio le dijo lo que debía hacer.
   —Cuando llegue el momento, ocúltalo, salva su vida, no consientas que crezca como un esclavo ni permitas que sufra daño alguno. Llévatelo lejos —la ordenó—, y yo velaré por él.
    Dayna había escuchado y asentido. Le protegería con su vida, si era necesario. Se lo prometió al unicornio.
    Volvió a saber de él meses después. Para entonces, la semilla de un hombre libre crecía en su interior y se había ganado el desprecio y el reproche de la Tiara y de las guerreras más mayores. El unicornio le recordó su promesa. Dayna no olvidó sus palabras. Y cuando le llegó el momento de dar a luz, abandonó Drinveld Meara y se encaminó hacia el norte, más allá del Paso de Sheim, y allí...
    —Háblanos de tu Semilla —pidió Barb a Dayna, interrumpiendo el curso de sus pensamientos.
    Las otras muchachas la miraron con interés y curiosidad.
    Dayna volvió a la realidad y sacudió la cabeza. Su Semilla. Ella no había pasado por la Casa de la Germinación. Su Semilla había sido un hombre libre, un apuesto y misterioso hombre del este al que ella había amado. Algo que no debería haber sucedido. Algo por lo que las guerreras más viejas aún la recriminaban con miradas silenciosas. Pero había sido la voluntad del unicornio, y Dayna la había cumplido. Les había ocultado la identidad del padre de su hijo, y no había hablado de él con nadie. Jamás.
    Se puso en pie.
   —Tal vez en otro momento —dijo. Las tres jóvenes hicieron muecas de disgusto—. Es hora de ir a ocupar nuestros puestos.
    El fastidio se borró de sus facciones, suplantado por la alegría de ponerse en marcha de nuevo. Tal vez sería ése el día en que sus anhelos se verían satisfechos. Tal vez sería ése el día que llevaban toda su vida esperando.
    —Ocurrirá hoy —anunció Lane, excitada ante la idea de una gran aventura—. Lo que estábamos esperando. Lo presiento.
    Sucederá.
    Dayna sintió un estremecimiento. Lane había hablado con tanta seguridad, con tanto convencimiento, que a Dayna se le antojó una profecía, más que un deseo expresado en voz alta. Una amenaza, la promesa de una voz gélida al tiempo que abrasadora. Hacía diecisiete años que Dayna había escuchado esa voz por primera vez, en un sueño. Había visto el renacimiento del hombre oscuro, la muerte en sus ojos rojos, en sus manos un futuro en el que no había esperanza. Sólo había sido un sueño, pensó entonces, un sueño extraño en el que se mezclaban temores y deseos, recuerdos y remordimiento. Pero había escuchado la voz del unicornio en ese sueño, la voz de las fuentes y de los arroyos, que le hacía una promesa, igual que ocurriera seis años atrás. Y su hijo había nacido, tal como profetizara el unicornio. ¿Sólo un sueño? Al principio, había querido creerlo. Después, el sueño se repitió. Sucederá, decía la voz que era una mezcla de dos voces, amenaza y promesa. Dayna llevaba diecisiete años esperando. Más, en realidad.
    El unicornio había hablado de un futuro lejano en el que la esperanza habría abandonado a la mayoría. No era sólo un sueño. Lo que estábamos esperando, decía Lane con voz alegre. Lane no lo comprendía. La guerra no sería una fiesta, no sería un juego. Ninguna de ellas lo comprendía.
    —Lo que ha de venir no te gustará tanto cuando por fin lo tengas delante —le recordó a la muchacha, con expresión sombría y tono grave—. Reza a los dioses para que te permitan morir antes de verlo.
    Fueron en busca de sus compañeras, quienes las aguardaban ocultas entre la maleza, vigilando el Paso de Sheim desde las alturas. Hicieron el relevo. Las cuatro guerreras que habían pasado la noche en el Mirador hicieron el camino de vuelta al refugio conversando en voz baja; dormirían por la mañana y esperarían a las ocho que llegarían al atardecer para ocupar su lugar durante el mes siguiente. Dayna no volvió a hablar con las tres jóvenes, que buscaron un lugar cómodo en el que pasar el resto del día sin hacer más comentarios después de la última advertencia de la guerrera madura.
   Ledan se encaramó a lo alto de un árbol y se acomodó lo mejor que pudo, no deseaba dañar al bebé que se estaba gestando dentro de ella. La mirada puesta en el oeste, controlando el camino que llevaba al Daro Arborae, y los pensamientos alrededor de las palabras que Dayna había pronunciado acerca de los sueños. Lane, oculta tras una enorme roca, era la siguiente; a unos treinta metros de su hermana, vigilaría el sendero que llegaba desde el desierto del oeste, el que llamaban Sàaräni-Erye. A cincuenta metros de ella, Dayna se confundió con la maleza y miró la encrucijada que existía a los pies del barranco, el mismísimo Paso de Sheim, y muy al norte, el lugar en el que se había separado de su hijo recién nacido. Barb se colocó a la derecha de la mujer, a una buena distancia de ella, con la mirada puesta en el este; el Paso de Sheim llevaba en esa dirección a las ciudades pobladas de Samura Dalnu.
    Esperaron."

(Continuará)



domingo, 16 de octubre de 2011

Sobre la Era de Sanaa y las fuentes de las que bebí

Después de una larga semana de silencio, vuelvo con vosotros, llena de gratitud y de entusiasmo, y con ganas de seguir compartiendo mi mundo con vosotros, queridos compañeros de viaje. He decidido responder a vuestros comentarios aquí, y no debajo de la última entrada, porque son muchas las cuestiones que entre todos mencionáis y que voy a intentar explicar.

En primer lugar, hablaré de las Eras en las que se divide la historia de Thèramon. Os diré que hay ocho Eras, y que en cada una de ellas ocurrieron hechos que se van contando en las diferentes Historias de Thèramon, cuatro de las cuales ya habéis empezado a conocer. Éstos son sus nombres:

Era de Ungetsu
Era de Oreal
Era de Rnáac
Era de Aodoir
Era de Evraim
Era de Valona
Era de Eopras
Era de Sanaa

La historia de Ogod tiene lugar durante la Era de Aodoir; habéis tenido ocasión de conocer a Ogod, el futuro rey Cornell que está presente en todas las Historias de Thèramon, en un relato que titulé: el hombre que es más que un hombre

Criatura de Fuego, Criatura de Luz  es la siguiente historia en orden cronológico; transcurre durante la Era de Valona. Habéis leído el Prólogo, dividido en varios capítulos, y podéis encontrarlo en la etiqueta Criatura de Fuego, Criatura de Luz.

El Origen de Thèramon, que empezó siendo una explicación y se ha convertido en un relato por sí mismo, que voy escribiendo sobre la marcha y que ha conseguido que algunos compañeros de viaje hayan decidido llamar a este rinconcito Blog Novela, es anterior a todas las Eras, desde luego. Estoy disfrutando mucho escribiendo, a partir de viejos relatos repartidos a lo largo de casi quinientas hojas, la historia de los primeros dioses y el camino que recorrieron hasta llegar al mundo que todos conocemos y amamos. He creado una nueva etiqueta para esta novela on-line, ahora es más fácil llegar hasta estos relatos pinchando directamente sobre la etiqueta El Origen.

La cuarta historia es en realidad la primera que esribí, su título provisional era De dragones y Unicornios, por eso le di ese nombre al blog, y transcurre durante la última era, la Era de Sanaa. De esta historia habéis leído ya varios capítulos. Os he presentado a Rodan Frais, el N'Ögard, el hombre oscuro, le habéis visto renacer, aprender de las tres Brujas Negras de las Arenas, las Darunii Madasn; también os he presentado a Dayna, una de las Drin Mazome, las mujeres guerreras que moran en Drinveld Meara, el Mar de Hierba.
He decidido que quiero presentaros a los principales personajes de esta historia antes de empezar a diseccionar el Mapa y explicaros cositas de los diferentes paises y regiones. Quiero que conozcáis un poco a las diferentes razas y tribus que habitan Thèramon. Que os familiaricéis con los nombres, que le echéis un vistazo a las costumbres, que conozcáis a los héroes que participarán en la última Gran Guerra de la Sombra. Y explicaros hasta donde pueda de dónde surgió la idea de cada tribu, para ayudaros a visualizar mejor lo que yo no sea capaz de mostraros con mis palabras.

Thèramon ha bebido de numerosas fuentes, y no sería justo que no las mencionara. Ciertamente, la influencia de Tolkien es más que evidente, y es en el Origen donde más se ve esta influencia, aunque algunos opináis que la cosmogonía os recuerda a Hesíodo  y a los clásicos griegos, yo creo que el ritmo narrativo de mi Génesis recuerda sobre todo a El Silmarillon. Pero Tolkien y la mitología griega no son los únicos inspiradores de mis Musas. Michael Ende, Theodore Sturgeon, C. S. Lewis, H. P. Lovecraft y el genial Stephen King entre otros han contribuido a la creación de Thèramon. También muchas películas, especialmente de los años ochenta, me inspiraron en su momento y me sugirieron escenarios y personajes: La Historia Interminable, desde luego, El Cristal Oscuro, Flash Gordon, Willow, Laberinto... y más recientemente, Pitch Black o Avatar, de todas ellas cogí cositas que han hecho que Thèramon se hiciera más grande y más rico.
Mencionar las canciones que más me han inspirado sería también muy largo, así que no voy a hacer una lista, pero sí citaré la banda sonora de Legend of Zelda, Ocarina of Time, Meet me halfway de Black Eyed Peas, Sleeping sun de Nightwish y Civilization de Justice; no sólo la música me inspira, los vídeos musicales tienen un papel fundamental.

El hombre oscuro es el legado de Stephen King, naturalmente. Si habéis leído Apocalipsis, ya conoceréis a Randall Flagg, cuyas iniciales son su marca de identidad; a veces se hace llamar Robert Frank, a veces Richard Frye, o Ramsey Forrest. Bauticé al N'Ögard con el nombre de Rodan Frais en honor a la creación de King, era mi propio R. F., mi hombre oscuro.


De dónde nacieron las Mazome es algo que pocos podéis imaginar. Son parecidas a las amazonas griegas, desde luego, pero no tienen su origen en ellas, sino en una película de los ochenta que podría calificarse de cutre y malísima. Jolines, Bea, ¿te tragas cualquier bodrio que den por la tele? Jajaja! Lo cierto es que hace más de diez años que no veo la tele; pero siendo adolescente me vi todas las series, programas y películas del mundo, y me encanta el cine de los ochenta, que era malo, sí, pero no nos lo parecía en aquellos tiempos. Bien, la película se titulaba América 3000, y era un relato post apocalíptico, una historia sobre un mundo dominado por mujeres guerreras, llamadas frau, cuyo líder recibía el nombre de Tiara y cuyas costumbres adoptaron mis amazonas de Thèramon, incluyendo a los Machos y a los Semilla.


Espero haber respondido a tu pregunta, Jordi. Lamento no ser original.Y espero que no te rías de mí, si llegas a ver la pelicula en cuestión.


En cuanto al nombre de la Mazome protagonista, aunque a Raquel le recuerde a su Dana (nuestra querida Dana), el origen está nuevamente en Apocalipsis, de King. Es mi homenaje a Dayna Jurgens, una mujer valiente que ha de separarse de sus amigos y enfrentarse al hombre oscuro para salvar lo que ama, una feminista, una luchadora, bisexual, valiente, hermosa; cualidades que he intentado darle a mi Dayna, no sé si lo he conseguido.

Dayna ha sido tocada por el poder del unicornio, por eso sus sueños son proféticos. En su primera aparición, tiene un sueño en el que ve el renacimiento del hombre oscuro, capítulo que ya habíamos leído anteriormente y cuyo enlace os dejé en la última entrada. Su sueño es una mezcla de dos acontecimientos, de dos nacimientos: el del N'Ögard por un lado, y el del Korceler por el otro. La destrucción y la esperanza, que nacen al mismo tiempo en lugares diferentes de Thèramon. El Korceler es una niña llamada Silenia que nace, junto con su hermano Eugene (de ahí la frase "frente a la mujer de piedra, que volvía a mostrarle el milagro del alumbramiento") del cuerpo pétreo de su madre muerta cincuenta años atrás. Ambos niños nacen de la piedra como los dragones de un huevo, y con esto ya os estoy revelando la naturaleza de ambos gemelos, los hijos del rey Cornell.
Hay dos voces en el sueño de Dayna: una oscura y otra cristalina; una es hielo y fuego, la otra es luz y vida. Una es una amenaza, la otra es una promesa. Sucederá, dicen las dos voces. El unicornio es la voz de las fuentes y de los manantiales, tal como habéis escuchado la voz de Eshor en el relato titulado "El heredero del reino del crepúsculo".
Súmale a eso que Dayna tuvo un hijo del que hubo de separarse, y ya tienes las respuestas a las incógnitas de ese capítulo.

El relato que os voy a dejar a continuación (en cuanto acabe de revisarlo, que he tenido que escribirlo al ordenador porque, como ya os he dicho otras veces, la historia original sigue en papel, guardada en su vieja carpeta, esperando el momento de ver la luz) no es el tercer capítulo de la novela; naturalmente, a lo largo de los quince años transcurridos desde el despertar del N'Ögard han pasado cosas en Thèramon, más concretamente en Räel Polita; pero sí es el que sigue al sueño de Dayna, por eso lo he elegido: creo que responde a algunas preguntas, y continúa una historia que se quedó colgada en los relatos anteriores. Vemos más de las Mazome, vemos de nuevo al hombre oscuro, comprendemos un poquito más acerca de Dayna, de su historia y de su destino. Es un capítulo muy largo; en esa Historia de Thèramon, el ritmo narrativo es distinto, como habéis podido ver, los capítulos son largos, el tono menos poético; a cada historia, su ritmo, las Musas saben por qué hacen las cosas, yo sólo soy la mano a través de la cual ellas se expresan. No había modo de dividir el capítulo en dos mitades iguales sin cortar el relato de forma brusca, así que lo he dividido en dos trozos desiguales; el primero es más largo que el segundo, y el segundo es más interesante que el primero, pero tenéis que leer el primero para poder comprender el segundo, así que ruego que me perdonéis si os dejo con la miel en los labios (bueno, eso es lo que me gustaría, jaja).
Espero que os guste. Espero que no os resulte excesivo o pesado.

Y espero vuestros comentarios, sabéis lo mucho que me ayuda conocer vuestra opinión.

Hasta luego!! Es una promesa. Y una amenaza (jajaja)

viernes, 7 de octubre de 2011

Mujeres guerreras, mujeres valientes

Intentaré ser breve, porque el relato que quiero compartir hoy es largo, y no quiero abusar de vuestra paciencia, ni robaros demasiado tiempo, ese bien tan escaso y valioso.

Sé que estáis esperando la continuación del Génesis, y quizás alguno de vosotros se sienta decepcionado al leer este relato, que pertenece a otra de las Historias de Thèramon. Pero hoy tengo razones personales para cambiar de escenario y de tono narrativo.


Éste es un relato dedicado a todas las compañeras de viaje, mujeres valientes que no se detienen ante los problemas, sino que les hacen frente, y no pierden el tiempo lamentándose, sino que buscan soluciones; mujeres fuertes que incluso en sus momentos más bajos son capaces de sonreír y de animar a quien no tiene motivos reales para sentirse triste, y no muestran su preocupación ni su desdicha, porque mostrarse fuertes las hace fuertes, y no critican al que se queja sin motivos, porque entienden que todos los motivos son válidos, incluso los imaginarios, que son vástagos de las dudas, y que todos los problemas son importantes, aunque a cada uno le parezca que los suyos son más graves que los del resto.

Éste es un relato sobre mujeres valientes, mujeres guerreras, también es un relato sobre los temores y sobre la esperanza.


Enone, Diana (prima), Susana (prima), Ana, María, Raquel, Jules, Pat, Lala, Cleo, Nekane, todas mis valientes guerreras, perdonad mi estupidez y mi egoísmo, pues no tengo motivos reales para dejarme vencer por la tristeza y sin embargo la tristeza me gana demasiado a menudo. Pero estoy aprendiendo. Desde aquí, mi admiración y mi apoyo, amigas y compañeras. Amad y creed. Amad y confiad.



Hablemos del relato.
Se titula El Despertar, y viene a ser el segundo capítulo de una Historia de Thèramon de la que os he hablado muy poco y de la que ya habéis leído un relato dividido en dos partes:


que os recomiendo volver a leer, para que os situéis en la historia de la que forma parte.

A los perezosos y a los que tenéis muy buena memoria, os dejo el enlace que os llevará hasta el relato:



Espero que lo disfrutéis. Espero que lo comentéis.


El sueño de Dayna

© Bea Magaña    (Reservados todos los derechos)

EL DESPERTAR

"Amanecía sin prisas sobre Drinveld Meara, y en el sueño inquieto de una Mazome sobrevenía el fin del mundo. En los últimos instantes de una noche sin luna, en esa oscuridad amenazadora que precede al alba, en algún paraje remoto y gélido, el horror tomaba forma, una forma engañosamente humana. Algo surgía de las profundidades de la tierra, arañando y empujando, en una grotesca parodia de alumbramiento. Un hombre oscuro renacía de la propia tierra, y su sola visión logró ensombrecer el corazón de esa mujer que, por su condición de guerrera, no le temía a nada.
     ¿Qué sucede en el resto del mundo mientras Plio cabalga con pereza y despreocupación sobre el Mar de Hierba?, se preguntaba muchas mañanas, sentada a la puerta de su cabaña, perdida en fantasías a las que no debía dar rienda suelta, sus manos ocupadas en la limpieza de sus armas y los ojos fijos en el horizonte. ¿Amanece al mismo tiempo en todas las tierras, o en algún país lejano está muriendo el día? ¿En alguna parte existe oscuridad mientras que aquí, en la extensa Pradera donde no pueden vivir los hombres, las Mazome nos disponemos a comenzar nuestras tareas diarias bajo la mirada curiosa del Pastor de Sombras? ¿O acaso el mismo sol que ahora empieza a asomar ante mis ojos alegra el corazón de todos los dizseiim de Thèramon como alegra el mío en este instante?
    Limpiar sus armas era una tarea que todas ellas realizaban de forma automática en cuanto se levantaban. Las Mazome habían nacido para la guerra, y cada mañana se preparaban para la batalla, aunque hiciera mucho tiempo que las guerras habían terminado en aquella parte del mundo que se conocía con el nombre de Samura Dalnu. Soñar despierta, sin embargo, era una actividad propia de esta mujer, no aprendida ni inculcada, que practicaba cada amanecer, en secreto, mientras se hallaba a solas con los primeros rayos del nuevo sol.
    Pero esta mañana no soñaba despierta. Esta mañana, aún no se había despertado. Dormía, y soñaba, y no podía despertar de un sueño que se le antojaba demasiado real. Dayna sentía miedo en su sueño, sentía miedo a causa de ese hombre cuyo rostro no podía ver en la oscuridad. Y lo que más le aterraba era pensar que él pudiera llegar a verla.
    Estaba segura de que si él conseguía verla, si la descubría mirándole renacer, ella moriría.
    Una silueta con forma humana, sin rostro, sin nombre, eso era todo. Un sueño que horas más tarde Dayna no recordaría. Pero había más, mucho más. El latir desbocado de su corazón valeroso, todos sus músculos tensos, como antes del comienzo de una batalla, todo su vello erizado de terror, y el silencio tan denso a su alrededor, un paraje desierto, un mundo muerto, la sensación de que una sombra se cernía sobre ella, el terror sordo, la serpiente muerta a los pies de ese hombre que no era un hombre. Cuando pueda ver su rostro, cuando le mire a los ojos, moriré. Y la necesidad enfermiza de verle la cara, de desafiar a la muerte.
    Si le miro, moriré. Si le miro, todas moriremos.
    La silueta con forma de hombre permanecía de pie, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro invisible vuelto hacia el cielo cuajado de estrellas. Y las estrellas se iban apagando a medida que sus ojos no humanos se posaban en ellas, como si le tuvieran miedo... o como si esos ojos tuvieran el poder de absorber la luz.
     No le mires.
   Dayna lo supo de pronto, que esos ojos eran rojos, ardientes como el fuego de algún infierno inimaginado, voraces, asesinos. Esos ojos podían ver muy lejos, y muy adentro, en las mentes y en los corazones de los débiles. De pronto, conocía el nombre de ese ser, aunque no le había visto con anterioridad. Se estremeció. Era su llegada lo que las Mazome habían esperado toda su vida. Era su retorno lo que todas ellas habían temido siempre. Y ninguna de ellas lo sabía.
     No le mires.
    La crueldad de los Elfos Oscuros, enemigos naturales de las Drin Mazome, no podía compararse con la de este hombre oscuro. Todos los Samurii Männar juntos no reunían la codicia suficiente para competir con este ser. Ni todos los Philias Buster poseían tanta ferocidad, ni todos los Thâr Darmanii eran tan ladinos como ese demonio disfrazado con piel humana. Pero todos ellos se le unirían, y también muchos otros. Iniciaría una guerra que las Drin Mazome no podrían ganar.
     Si le miro, tendré que arrodillarme ante su poder.
    Las guerreras del Mar de Hierba eran una raza orgullosa. Jamás se arrodillarían ante ningún hombre. También eran un pueblo diezmado. No sobrevivirían.
     No quiero morir humillada.
     El hombre oscuro se giró y la miró directamente a los ojos. Dayna no quería mirarle, no podía evitar mirarle. Sentía en sus entrañas un frío tan intenso que la quemaba por dentro. Sollozaba, y odiaba el miedo cobarde que la invadía. Sus manos temblaban con tal furia que apenas era capaz de sujetar su espada. Pero toda su vida se había preparado para morir en la batalla, y no se arrodillaría ante el poder de ese hombre.
     No hay esperanza.
     En el interior de aquellos ojos llameantes no había calor, ni luz, ni rastro de compasión. Todo cuanto esos ojos miraban se marchitaba, se quebraba, se deshacía, se convertía en cenizas. El aire se llenó de sollozos y de alaridos de terror, y el hombre oscuro sonreía. Erguido, altivo, triunfante, el Mal se abría camino a grandes zancadas, y no encontraba barreras lo suficientemente sólidas para frenar su avance. El hombre sin sombra cubría de sombra la tierra que pisaba, calzado con botas de piel de serpiente. Naciones enteras eran barridas por su mano, consumidas por su fuego, devoradas por su ansia de poder. En sus manos vacías, el hombre oscuro traía la devastación y el horror, y la guerrera temblaba y lloraba, porque en medio de tanta destrucción no había lugar para la esperanza.
     ¿Quién vendrá a ayudarnos?
     Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para apartar sus ojos de aquellos abismos llameantes que le mostraban un futuro en el que no había futuro. Giró sobre sí misma, buscando la esperanza que debía de estar en alguna parte, rezando a sus dioses, suplicando como una Mazome jamás habría hecho. Que alguien nos ayude. Pero estaba sola, y nadie acudía a su llamada.
     Estaba sola.
    ¡Estaba sola! El hombre oscuro había desaparecido. Pero no así la sensación de que la muerte la rodeaba. La muerte, y el silencio, y un frío que no quemaba, el frío húmedo de los lugares destinados al llanto y al recuerdo. Se secó las lágrimas de la cara y caminó en línea recta, caminó para alejarse del horror, caminó a lo largo de un pasillo poblado de ecos, y la tristeza venció al temor, y la compasión se apoderó de ella. Y ya no lloraba por sus hermanas, no lloraba por ella misma, sino por esa otra mujer, la que descansaba eternamente sobre un lecho de piedra y de flores que jamás se marchitarían, flores tejidas en diferentes telas que también cubrían su cuerpo inerte. Qué hermosa era, tan perfecta, y cuán triste se sentía Dayna al mirar su rostro pétreo y su vientre abultado, cargado con una vida que jamás vería la luz de los soles...
     Ni la oscuridad que ha renacido, se dijo, con un estremecimiento.
     La mujer que yacía de espaldas tenía los rasgos de una muchacha muy joven. Convertida en piedra gris, sus facciones aún conservaban vestigios de la vida que le había sido arrebatada. Su largo cabello era blanco como el de los albinos, y bajo sus párpados cerrados sus ojos eran del color del oro. Dayna no supo cómo lo sabía, pero estaba segura de que no se equivocaba. La reina dormida tenía una marca en la frente, una estrella dorada que hizo sonreír a la guerrera. Sabía que su sonrisa era de nostalgia.
     ¿Seguía soñando? ¿Cómo era posible que todo el terror hubiera desaparecido de golpe? ¿Por qué no le asustaba estar en aquel lugar de muerte y de olvido? ¿Por qué no podía despertar?
     Me estoy perdiendo el amanecer.
    Pero era el amanecer lo que estaba contemplando, aunque no comprendiera cómo era posible que la mujer de piedra estuviera dando a luz.
      Es la esperanza, eso es lo que está naciendo, se dijo, llena de júbilo.
      El llanto de un bebé llenó el mundo, y el hombre oscuro quedó olvidado.
      —Siempre hay esperanza.
     Conocía esa voz, o creía reconocerla. La había escuchado antes, en un pasado perdido que se le antojaba muy remoto. Era la voz de los manantiales, y lo que decía se cumplía. Para Dayna, al menos, se había cumplido.
     El bebé lloraba entre sus brazos, y su llanto llenaba el mundo. La guerrera era joven, y se estaba despidiendo de la criatura. A la orilla del río crecía un sauce cuyas ramas acariciaban la hierba cada vez que soplaba la brisa. La voz de las fuentes y de los ríos le había dicho lo que ocurriría, le había explicado lo que tenía que hacer. La joven guerrera no dudó. Depositó al niño en el suelo y se alejó sin mirar atrás. La hierba fresca le serviría de cuna, más tarde alguien lo recogería, no sería sacrificado. Siempre había esperanza. Con una mezcla de alivio y de remordimiento, le dio la espalda y cerró los ojos. Aún podía oir su llanto.
      Regresó la sensación de soledad y vacío. La culpa no había desaparecido. Cinco años habían transcurrido ya desde que se deshiciera de él a la orilla de un río que nacía en la frontera de un país que no había visitado nunca. Se revolvió inquieta bajo su manta. Es pasado, trató de convencerse. Ya no tiene importancia. Pero sentía el escozor de las lágrimas provocadas por la soledad en que había quedado al desprenderse de la criatura.
      —¡Dayna!
    Volvió el temor. La voz del hombre oscuro la llamaba, conocía su nombre. Trató de abrazarse al niño en busca de consuelo y de coraje. Por su vida, se había arriesgado a ser despreciada y desterrada, por salvarlo de la muerte, por darle una oportunidad a la esperanza. El llanto del recién nacido llenaba el mundo, pero la guerrera ya no lo sostenía en sus brazos. La esperanza había desaparecido, regresaba el miedo. Rezó pidiendo ayuda. No se atrevía a abrir los ojos, estaba segura de que si lo hacía sólo vería un mundo muerto envuelto en llamas, una tierra empapada en sangre y cubierta de cenizas.
      Siempre hay esperanza.
       —¡Dayna!
     La voz de los manantiales, la risa fresca de los arroyos y de las fuentes, la obligó a abrir los ojos. No lo vio a él, pero tampoco vio el fuego de la devastación. Se encontraba de nuevo en aquella cámara de muerte, frente a la mujer de piedra, que volvía a mostrarle el milagro del alumbramiento. Y sintió lágrimas de tristeza, y pensó que el niño que nacía era el suyo, el que había tenido que perder en el pasado, el que había tenido que abandonar para que pudiera vivir. Sheim, que había nacido destinado a no tener futuro. Sheim, la esperanza de su pueblo. Sheim, olvidado en un pasado que a veces retornaba en sueños.
     Es futuro, dijo una voz en su sueño, una voz que burbujeaba entre las cenizas, una voz que era dos voces en una, que hablaba de esperanza y de muerte al mismo tiempo. Sucederá.
     Dayna negó con la cabeza. Sólo era un sueño. Sólo había sido un sueño. Abrió los ojos, fijó la vista en el techo de su cabaña, perdió varios minutos escuchando el llanto del recién nacido antes de comprender que estaba despierta. No era mi hijo; era una niña, una niña guerrera. Tenía el rostro húmedo de lágrimas y se avergonzó de su propio llanto. Pero también era mi hijo. Su corazón latía con violencia, mezcla de espanto y de regocijo. La niña no había nacido sola. Se secó las lágrimas y suspiró. La niña ni siquiera había nacido aún. Sucederá. Volvió a cerrar los ojos, se sentía confusa, y cansada. El llanto del bebé llenaba el mundo, y sonrió, y después frunció el ceño. Si estaba despierta, ¿por qué seguía oyendo llorar a aquella criatura? Siempre hay esperanza, pensó, aturdida. Quería creerlo.
     Se incorporó. Vio que estaba amaneciendo, vio los primeros rayos del sol que entraban por la puerta abierta, escuchó los berridos de una criatura. Sucederá. De pronto regresó la oscuridad al interior de la cabaña, y volvió a sentir miedo. 
     —¡Dayna!
     Una silueta recortada contra el marco de la puerta, de nuevo sus músculos tensos, se puso en pie y buscó sus armas con la mirada, instintivamente. Y entonces comprendió que ya no estaba soñando, que reconocía la voz que la llamaba por su nombre desde hacía varios minutos.
      —Ha nacido una nueva guerrera, Dayna. Tienes que venir, todas nuestras hermanas están levantadas, ha amanecido un día de celebración.
     Narayan se acercó sonriente, la abrazó, la exhortó a seguirla. Dayna sintió crecer en ella la alegría. Eran muy pocas las niñas que nacían en Drinveld Meara, por eso cada nacimiento era un motivo de dicha para todas las Drin Mazome.
      Siempre hay esperanza.
      Antes de abandonar su cabaña, detuvo a su hermana más querida y la miró con el rostro demasiado serio.
      —Narayan, he soñado... —empezó.
      La otra guerrera esperó, pero Dayna no supo cómo continuar.
      He soñado con un hombre, era lo que iba a decir, un hombre oscuro que venía a destruir el mundo. Pero era motivo de vergüenza soñar con hombres, y aun hablar de ellos. No debía olvidar que era una Mazome, y que su interlocutor era una hermana guerrera. No debía olvidar las Leyes de su pueblo.
       Existían dos tipos de hombre para las Drin Mazome: Machos y Semillas.
       Los Machos, o mulos, eran hombres mutilados que se ocupaban de los más duros trabajos en la aldea; vivían hacinados en un establo, encerrados bajo llave, y eran tratados como animales. Unos pocos habían sido domesticados, y podían moverse por la aldea con total libertad, mientras que los demás no salían de su prisión hasta que sus servicios eran requeridos. Castrados y sin lengua, porque así lo disponían las Leyes, entretenían a las más jóvenes, quienes se valían de ellos en sus entrenamientos, y servían a las más mayores hasta el fin de sus días. Algunos de ellos habían nacido en la aldea, otros habían sido secuestrados en los caminos que bordeaban Drinveld Meara; ninguno de ellos volvía a ser libre una vez que había sido elegido Macho por la Tiara.
   Los hombres más afortunados eran escogidos como Semillas o sementales; eran éstos hombres apuestos, altos y vigorosos, que vivían presos como los mulos pero eran tratados con alguna consideración. Tampoco conocían la libertad hasta que sus servicios dejaban de ser necesarios. Entonces se convertían en Machos domesticados o regresaban a sus hogares, aunque después de largos años de cautiverio muy pocos encontraban un hogar a su regreso.
      Una guerrera digna de respeto no soñaba con mulos ni con sementales.
      El resto de los hombres eran enemigos, y como tales había que darles muerte. Ningún hombre dirigía las vidas de las Drin Mazome. Ésa era su Ley.
   Una guerrera que quisiera ser respetada no hablaba de los hombres que había visto en sueños, ni siquiera de los enemigos.
     He soñado con una mujer muerta, era su siguiente confesión, una mujer preñada que daba a luz después de muerta. Pero en un día como aquél, cuando una nueva vida había llegado para alegrar los corazones de las Mazome, no se debía hablar de los muertos. Traía mala suerte, y Dayna lo sabía.
      Narayan esperaba, impaciente por salir de la cabaña.
     He soñado con mi hijo, ésta era la última explicación que una guerrera querría hacerle a una hermana. Dar a luz a un varón era más deshonroso que soñar con hombres. Concebir fuera de la Casa de la Germinación iba en contra de las Leyes de la comunidad, y ninguna Mazome podía negarse a sacrificar a sus hijos varones recién nacidos. Dayna sólo había dado a luz una vez, de eso hacía cinco años. No había sido fecundada por un Semilla, y no había alumbrado a una hembra. Quién fue el padre de su hijo, tan sólo ella lo sabía. Ninguna de sus hermanas sabía lo que Dayna había hecho con su vástago. Por ello había caído en desgracia, y habría sido condenada al destierro si las Mazome hubieran sido más numerosas. No debía hablar de su hijo, ni siquiera debía pensar en él.
      No podía explicarle su sueño a Narayan.
      —¿Qué es lo que has soñado? —quiso saber la otra guerrera—. Si vas a compartirlo conmigo, apresúrate, que nos están esperando.
      Dayna sacudió la cabeza.
      —Es una tontería —dijo, al fin, y salió de la cabaña del brazo de su compañera—. He soñado que íbamos a la guerra. Un sueño que todas tenemos cada noche, cansadas como estamos de la inactividad.
      Narayan asintió, sonriendo.
      —¿Contra quién luchábamos?
      —Contra los Elfos Oscuros —mintió Dayna, y probó a sonreir—. Como en los viejos tiempos.
      —Como en los buenos tiempos —suspiró Narayan, y apretó el paso—. Y dime, ¿cómo acababa la batalla?
      —Vencíamos —le aseguró Dayna, sabiendo que no podía dar otra respuesta.
   —Por supuesto que vencíamos —afirmó la otra guerrera. Se estaban acercando a la Casa de la Madre, y había un numeroso grupo de mujeres apostadas cerca de la puerta—. Yo sueño lo mismo varias veces a la semana.
     Esperaron unos minutos, hablando de la guerra y de los viejos enemigos. Por fin, salió la Tiara llevando un bebé en sus brazos, una niña saludable que berreaba con vigor. Las guerreras lanzaron vítores y bendiciones al aire. Dayna se unió a la celebración y olvidó el mal sueño que había tenido.
      Cuando llegaba el día, era muy fácil olvidar que, en la oscuridad, una había sentido miedo. Dayna era una Mazome, y por ese motivo no dudaba, no temía, no lloraba, nunca mostraba debilidad.
    Al cabo de varias horas, decidió que su sueño no significaba nada. A fin de cuentas, ella no poseía el don de ver el futuro.
   Pero cuando llegó la noche, recordó la promesa de aquella voz que era una mezcla de dos voces. Sucederá, había amenazado el fuego; sucederá, había asegurado el rumor de las fuentes. Y Dayna volvió a sentir miedo cuando el sueño se repitió, varias noches después; el mismo sueño, que no se modificó durante los siguientes tres años, y que más tarde se convertiría en una auténtica pesadilla en la que no había rastro de la esperanza."






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