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diseño de Susana Escarabajal Magaña

domingo, 27 de noviembre de 2011

Sin preámbulos, tal como prometí


Sin preámbulos, pero con nueva portada de Susana (qué queréis, no me he podido resistir)


© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)


El libro que despertó al Mal (III)
  
"Frais les había hablado en una lengua antigua y desconocida para Vosloora, y después los Dragones Negros habían desaparecido, se habían marchado con estrépito de gigantescas alas batiendo el aire y se habían perdido de vista por el este. Los alaridos humanos habían cesado, no así los sollozos de los ciudadanos que contemplaban el rostro de Aeblir con una mezcla de alivio y de incredulidad.
    Vosloora estaba haciendo grandes esfuerzos para controlar sus propios sollozos; no deseaba llamar la atención sobre su persona. Sus ojos desorbitados miraban fijos al enorme dragón que había entrado por la ventana abierta y ahora ocupaba una gran parte de la habitación. El techo, que se encontraba a seis o siete metros del suelo, obligaba a la bestia a encoger su largo cuello; se había sentado con las alas plegadas sobre el lomo escamoso y las fauces abiertas, y esperaba órdenes de su amo. Frais, que había regresado a la alfombra y al atril, miró el libro un momento antes de cerrarlo. Por fin, sus ojos se enfrentaron a los del dragón. Ninguno de los dos tenía miedo del otro.
    —Nonurg —dijo Frais con voz profunda.
   Hilillos de humo subían en espiral desde las narinas del dragón hacia el techo de la habitación. De sus fauces abiertas colgaba una larga lengua bífida.
    —N'Ögard —saludó el dragón, con un leve movimiento de la cabeza.
    Frais asintió.
   —Exacto —dijo, y caminó a su encuentro—. Ha llegado el momento, Nonurg. Nuestro amo nos reclama, no debemos fallarle. Yo tengo una misión que cumplir, y tú harás un trabajo para mí.
    Los ojos del dragón, al principio negros como el resto del él, brillaron de pronto como dos carbones encendidos.
    —Ordena —dijo simplemente.
    Ambos parecían haber olvidado la presencia del ladrón, cuyo cuerpo enjuto temblaba tanto que parecía afectado por una fiebre maligna.
    —Busca al Korceler —ordenó Frais, y su tono de voz mostraba todo el odio que le hacía sentir ese vocablo—. Tráelo ante mí, lo quiero vivo. Él es la llave que abrirá el camino hacia nuestra victoria.
    Nonurg se tomó un par de minutos para comprender las palabras del N'Ögard. Cuando las asimiló, sus ojos volvieron a arder, impregnados del mismo odio que transmitía la voz del nigromante.
    —¿Dónde debo buscar a tu igual? —preguntó.
    La pregunta del Darok le enfureció. ¡Estúpida criatura! Si supiera dónde encontrar al Protector, ¿crees que me habría tomado tantas molestias para rescataros del exilio? Por un instante, estuvo a punto de gritarle, llevado por la frustración que su ignorancia le provocaba; si conociera la identidad y el paradero del Korceler, haría ya tiempo que él mismo lo habría capturado sin necesidad de ayuda. Pero se guardó su rabia y escondió este pensamiento antes de que Nonurg hubiera podido percibirlo. No le convenía despertar la ira de tan valioso aliado.
    Le dio la espalda y fijó la mirada en el exterior. La habitación contaba con cuatro fantásticos ventanales desde los que se veía cada rincón de la ciudad. Nada escapaba a los ojos del Mago Oscuro. Süt Zäwasze al este, hacia donde Frais miraba a menudo; al norte y al oeste y al sur, más allá de Maindûr, se divisaban las distintas ciudades de Samura Dalnu: Mercadûr, Boscadûr, Burgodûr, Dûrmater, Dûranta, Pleadûr, ciudades habitadas por Samurii Männar, ciudades de casas altas y calles estrechas, todas parecidas a Maindûr, todas ricas y prósperas, todas ellas independientes, con un gobernador, como antes había sido Maindûr. Y más allá de ellas, más allá de donde alcanzaba la vista...
    Lo que escapaba a la percepción de Rodan Frais.
    Aeblir iluminaba la tierra como si la última hora nunca hubiera existido. El primogénito de Ulcus continuaba su viaje hacia el este con su hermano menor semioculto tras su brillante estela, recordándole que el tiempo avanzaba y que sus enemigos le llevaban una gran ventaja. Mientras él se aseguraba el control de Maindûr y recordaba poco a poco, el Korceler se encontraba en algún lugar, y aprendía, y se volvía poderoso. Tenía que dar con él antes de que consiguiera reunir a sus aliados. Y no sabía por dónde empezar la búsqueda.
    Eso le llenaba de cólera, que deseaba descargar contra alguien, quien fuera.
   Nonurg esperó su respuesta en silencio. Sentía curiosidad, así como enormes deseos de ponerse en movimiento, había pasado demasiado tiempo inactivo, recluido en las antiguas estancias de Berindei, despojado de su cuerpo, obligado a existir como una mera conciencia en mitad de una nada infinita. Pero el exilio le había enseñado a ser paciente, y nada en su postura daba muestras de su agitación interior. Miraba al nigromante con serenidad y un brillo de curiosidad en los ojos, la testa apenas ladeada y las narinas humeantes, dando una falsa impresión de docilidad. Parecía la mascota más grande del mundo, sentada a los pies de su amo y mirándolo con adoración. Pero no había nacido para servir a ningún amo, a ninguno que fuera mortal, en todo caso. El conjuro que el nigromante había rescatado de aquel libro robado había modificado temporalmente este hecho, pero no podía cambiar la naturaleza de los Darok. Y Nonurg no dudaría en volverse contra el N'Ögard, a pesar de la deuda que había contraído con él, si dejaba de ser digno de ser llamado Señor.
    Frais era consciente de este hecho. Procuró controlar su ira. Recompuso su expresión. Los sollozos apagados del ladrón le recordaron que él era el N'Ögard, un ser casi divino, muy por encima de las debilidades humanas. Recuperó su aura de poder y de seguridad en sí mismo.
   —Algo me impulsó a llegar a esta ciudad —respondió por fin sin mirar al dragón—. Presumo que el Korceler no se encuentra lejos de esta parte del mundo. Rastrea cada palmo de Samura Dalnu, indaga, busca, encuentra su rastro, y vuelve luego a informarme.
    El dragón hizo una reverencia, pero el Mago Oscuro no lo vio. Su mirada se había posado en el hombre flaco envuelto en su capa raída. Esbozó una sonrisa de lunático y le señaló con un dedo.
    —Tú —dijo en voz alta, y Vosloora se encogió de miedo. El nigromante lanzó una carcajada que paralizó al pobre hombre y le heló la sangre en las venas—. Debería fulminarte ahí mismo, pues odio la cobardía tanto como ver a un niño riendo alegremente —continuó con voz serena, casi jovial—, y tus temblores delatan tu miedo, haciéndote lucir patético. Detesto el miedo, propio de ratones, ¿es eso lo que eres, ladrón?
    Vosloora cerró los ojos, seguro de que cuando los abriera podría ver las puntas de las botas del hechicero y las junturas de las baldosas del suelo bajo su nariz. Sólo esperaba que la transformación no fuera en exceso dolorosa.
    —Sin embargo me has servido bien, ladrón, así que voy a perdonarte la vida.
    —Sois benévolo, mi señor —tartamudeó Vosloora, que había descubierto que continuaba teniendo forma humana. No era capaz de pensar con calma. La visión de los Onii Darok podía llegar a enloquecer a un hombre.
    Pensó por un segundo que Rodan Frais no era un hombre. O eso, o estaba totalmente enajenado.
    —También te daré tu recompensa, pues me siento de muy buen humor esta mañana —continuó el hechicero, exhibiendo su enigmática sonrisa—. Conozco tu precio; toma lo que desees, hoy me siento en verdad generoso.
    Vosloora miró a su alrededor con menos deseo del que cabía esperar de alguien de su clase. De pronto, sentía que todo el oro del mundo no podía satisfacerle tanto como una respuesta. Mas no se atrevía a preguntarle a Frais, pues valoraba su mísera vida.
    El nigromante le vio dudar.
    —¿Acaso no hay nada en este lugar que atraiga tu atención? —preguntó, extrañado. Poseía tesoros de incalculable valor; cualquier otro habría señalado ya hacia algún arcón—. ¿No hay nada que satisfaga tu codicia, ladrón? Otros como tú ya habrían elegido su recompensa. ¿O tal vez dudas porque piensas que mereces más de lo que te atreves a coger? Has hecho un buen trabajo, ningún precio será demasiado alto en esta ocasión. Adelante, cobra lo que es tuyo.
  Vosloora avanzó como empujado por algo o por alguien hacia un cofre que rebosaba de objetos de oro y piedras preciosas. Frais sonrió. Baratijas, todas ellas, podía prescindir de ésas y de muchas otras. Vosloora extendió el brazo, aunque no había pretendido hacerlo, y señaló...
    —Bien —dijo Frais, mirando al Darok con complicidad.
    Sobre una mesa había una bola de cristal. No era más grande que el puño de un niño y no parecía gran cosa, pero el dedo extendido de Vosloora la señaló con decisión.
   La sonrisa de Frais vaciló cuando se volvió hacia el ladrón. La Ventana del Tiempo, el Ojo que todo lo veía. Había olvidado su existencia. Se esforzó en mantener una sonrisa amable.
   —No creo que quieras llevarte eso, ladrón —dijo, con fingida jovialidad y falsa camaradería—, no vale gran cosa.
    La frente de Vosloora se había perlado de sudor. Le costó hablar, pero lo consiguió.
    —Habéis dicho que podía elegir yo mismo mi recompensa —fue lo que dijo—. Mi señor, esto es lo que deseo llevarme.
    Frais carraspeó. En verdad se sentía muy satisfecho del trabajo que el ladrón había hecho para él. Había prometido darle cuanto deseara llevarse. No había puesto un límite a la recompensa, ni había enumerado los objetos que no debían ser tocados. Pero de ahí a entregarle el Ojo de Amunik...
    —Esa bola está estropeada —dijo; esto era cierto—. No verás nada en ella. Yo no la consideraría un tesoro.
   Llegó hasta el hombre y le tocó la mejilla, obligándole así a mirar hacia otro lado. Vosloora parpadeó, sintió que era liberado de algún hechizo y fijó sus ojos en el arcón repleto de cosas maravillosas.
    —Hermosas joyas para agradar a hermosas mujeres —trató de convencerle—, ¿no es acaso lo que tu corazón desea?
    —Sí, mi señor —dijo Vosloora, aturdido.
    —Bien.
    Frais se apartó unos pasos y señaló el cofre con su brazo extendido.
    —Tómalo, pues —le invitó—. Te lo has ganado.
    La cabeza del ladrón, liberada de la presión de la mano del hechicero, se volvió de nuevo hacia el Ojo de Amunik. Extendió su brazo hacia la mesa, cerró la mano en torno a la bola... y su tacto era suave, como si no estuviera hecha de frío cristal, como si estuviera viva. Y era cálida, y le hipnotizaba.
    Frais le miró, porque le extrañaba que tardara tanto en acercarse a recoger su premio, y un alarido pugnó por abrirse paso desde su garganta.
    Como alertado por ese grito que no llegó a producirse, Vosloora dudó antes de levantar la bola. Lo que vio en la expresión del nigromante le paralizó. Moriría por su osadía, ¿en qué estaba pensando? ¿Por qué se había empeñado en tener aquella cosa? Tembló.
    Frais se acercó a él de nuevo. Su expresión distaba de ser amable.
    Entonces el Darok habló.
   —Dale su recompensa —dijo, y Frais se detuvo en seco al oir su voz—. Después de todo, no funciona, ¿no es cierto?
    El hechicero forzó una sonrisa. De pronto, había perdido el buen humor.
   —El caso es que no funciona —dijo—, mas veo que nada de lo que te diga te hará cambiar de opinión. No eres muy bueno como tasador. El trabajo que has hecho vale mucho más que ese trasto inútil.
    —Es lo que deseo para mí, señor —fue capaz de decir Vosloora, aunque sentía que sus palabras no salían de su boca. Al menos, él no había pretendido decir aquellas palabras.
    Frais recompuso la expresión de su rostro y sonrió al hombre.
   —El código de honor de los ladrones obliga a éstos a cumplir su palabra —dijo, con desgana—, y yo cumpliré la mía, a pesar de que soy un ladrón diferente a ti, y me mueven otros motivos. Siempre le doy a cada cual lo que se merece, y tú me has servido bien. Adelante, cógela.
   El hombre flaco no se atrevió a responder. Había tenido mucha suerte hasta ese momento, y no deseaba tentarla. Cogió su premio sin ser consciente de haberlo hecho y miró hacia la puerta, preguntándose si se le permitiría cruzarla.
    Echó a andar, pero la voz del Mago Oscuro le detuvo. El ladrón volvió a temblar.
    —Aún tengo necesidad de tus servicios, ladrón.
    A Vosloora le costó hablar esta vez.
    —¿...Mi señor?
    Frais se le aproximó.
   —Este libro que me has traído —dijo, con aire pretendidamente pensativo— es importante para mí, como has podido observar —señaló al dragón con una mano—. Pero aún me falta otro, más especial aún que éste, para poder... digamos, para poder llevar a cabo mi tarea. Tráemelo.
    —¿Mi señor? —repitió Vosloora; tenía la garganta seca—. ¿Deseáis otro libro?
    Frunció el ceño. No era eso lo que le había prometido. Robar un libro, sí, y más tarde... el reto que el ladrón había esperado toda su vida. El nigromante ni siquiera le había dicho el nombre de ese tesoro que era único en el mundo, y Vosloora no se atrevía a preguntárselo.
   —Adivino tus pensamientos, ladrón —sonrió Frais de forma condescendiente—. ¿Qué tiene de especial un libro? Un libro no es algo único. Pero éste que ahora quiero lo es, en cierta forma. Cuando lo tenga en mis manos, podrás volver a Räel Polita en busca de ese gran tesoro del que te hablé. Mas no podrás obtenerlo mientras no sepamos su localización, ni te enviaré en su busca hasta que no tenga en mis manos... —se interrumpió, miró al dragón un instante y volvió a sonreír— lo que mis nuevos amigos y sirvientes han de encontrar para mí. Había pensado encargarle a otro esta nueva tarea, pero tú conoces bien los Archivos, ¿no es cierto? Alguien como tú sabrá encontrar el libro que necesito.
    Vosloora carraspeó.
    —¿Os referís a uno de los Libros Prohibidos? —se atrevió a preguntar.
    Frais clavó en él sus ojos fríos y despiadados.
    —Libros Prohibidos —repitió con desdén—. Así los llaman. Esos estúpidos reyezuelos. Poseen un tesoro que no valoran ni sabrían utilizar. Me asombra que no los hayan destruido aún.
    —Ningún ladrón los ha encontrado —le recordó el hombre.
   —Eso es cierto —asintió el nigromante, más calmado de lo que Vosloora habría esperado—. Mas no te inquietes, esos libros existen. Prohibidos, los llaman. Sagrados, eso es lo que son. Y yo los deseo. Uno en particular.
    —Y queréis que yo encuentre ese libro para vos.
    La sonrisa de Frais se hizo más amplia.
   —Ahora comprendo por qué continúas vivo, ladrón, y a mi servicio. Eres más despierto que la mayoría, entiendes mis necesidades y acatas las órdenes sin protestar.
    Vosloora inclinó la cabeza. Miró al suelo, pues no soportaba mirar el rostro de aquel lunático: su visión era tan aterradora como la de los Dragones Negros; podía mostrarse atractivo, amable y benevolente, pero escondía un monstruo tras esa sonrisa cordial con la que se ganaba al pueblo. Vosloora le detestaba tanto como le temía. Sus ojos se encontraron con la bola de cristal, que descansaba entre sus dos manos cerradas alrededor de ella de forma protectora. Era una sensación extraña, pero el simple hecho de tocarla le hacía sentirse protegido, como si fuera él y no la bola el que pudiera romperse en mil pedazos, como si fuera la bola de cristal la que cuidaría de que él no se quebrara, y no al contrario.
   —Habéis invocado a los Dragones Negros —dijo con voz ronca. Estaba tentando demasiado a la suerte. Pero no podía mantener la boca cerrada. Era como si alguien a quien no podía ver le obligara a hablar—. ¿Qué más podríais desear, mi señor? ¿Qué más os pueden proporcionar otros libros?
    La sonrisa se borró del rostro del Mago Oscuro.
    —Eso no te interesa —dijo sin amabilidad.
   Vosloora clavó el mentón en su pecho y decidió que había llegado el momento de despedirse.
   —Pero eres listo, ladrón, como te acabo de decir. Podrás imaginártelo —Frais hizo una pausa, para luego añadir —. Y, dentro de poco tiempo, lo verás con tus propios ojos.
   —La Guerra —aventuró el hombre flaco, deteniendo sus pasos de nuevo—. Pretendéis invocar a alguna otra criatura, más poderosa que los Dragones Negros, para iniciar una guerra.
    El hechicero lanzó una carcajada.
    —No llegas muy lejos, ¿será que no tienes imaginación? Y, sin embargo, te acercas un poco a la verdad. Ah —suspiró—, la guerra. La guerra trae muerte y dolor, y a veces nada se gana con ella. La guerra sólo es el comienzo. Al invocar a los Onii Darok he iniciado algo que no se detendrá. Guerra. Muerte. Destrucción —enumeró, haciendo pausas dramáticas que pareció saborear—. Venganza. Y, por fin, la victoria y la conquista total. El fin se acerca, pronto llegará el inicio de una nueva era. Lograré lo que mi predecesor no consiguió. Y todos aquellos que estén a mi lado vivirán, y tendrán cuanto han soñado toda su vida, mientras que nada quedará de los que se opongan a mí, ni serán recordados en los siglos venideros.
   —Me alegra estar en el bando correcto —balbuceó Vosloora, quien pensaba que su anterior apreciación no era del todo correcta: aquel hombre no estaba loco. No. Era algo mucho peor que la locura.
    Frais volvió a sonreír.
    —Sabía que podía contar contigo —dijo.
   —Ya estoy deseando recuperar para vos ese tesoro único del que me hablasteis —dijo el ladrón, esperando que el nigromante le diera alguna pista sobre ello.
    Frais le miró con intensidad durante unos minutos que a Vosloora se le antojaron eternos. El Mago Oscuro trataba de ver en el interior de aquel hombre flaco y poco agraciado. El ladrón intentaba mantener su expresión de interés y servilismo. Resultó una batalla dura. El nigromante se metió las manos en los bolsillos de su túnica negra y se acercó al dragón, que seguía su conversación sin perderse una palabra. Fue un alivio para el hombre cuando aquellos ojos sin vida se apartaron de él. Le pareció que se había liberado de una pesada carga.
   —Hermosa criatura —suspiró Frais, acariciando el pescuezo del dragón, que se dejó hacer, sumiso como un cachorro domesticado—. Poderoso. Leal. Letal.
    Se volvió hacia el ladrón. Tenía una mano cerrada en torno a algo que le había sustraído al Darok.
   —Ellos tienen una misión, igual que tú. Ellos buscarán una llave, y tú buscarás otra. Ellos, al Korceler; tú, el libro. No olvides su título: Lliure a'Nimm draait. Cuando lo tenga en mi poder, mi Señor regresará, y todo Thèramon será nuestro. Podrás ir a donde desees, hacer lo que siempre has soñado, tendrás riquezas y placeres propios de un dios, serás inmortal.
    —Eso suena —dudó Vosloora, esforzándose en buscar las palabras que sonaran más convincentes— más que tentador, mi señor. No olvidaré el título de ese libro.
    —Tráemelo —ordenó el nigromante, y le dio la espalda.
    —Os lo traeré —prometió Vosloora, e hizo una reverencia.
    Frais agitó una mano en el aire, y detrás de él la doble puerta se abrió con un chasquido. El ladrón decidió que se le estaba ordenando marcharse. No sintió el suelo bajo sus pies en su urgencia por salir.
    —Ladrón —llamó Frais, justo cuando Vosloora estaba a punto de traspasar el umbral.
    El corazón del hombre inició una loca carrera. Su frente se cubrió de sudor frío. Le venció el pánico.
   —No deseo que te marches con las manos vacías —el nigromante se acercó a él con el brazo extendido—. Ya que has elegido una bagatela como pago por tus servicios, permite que te entregue algo que sí tiene un gran valor.
    Abrió la mano y el ladrón vio sobre su palma una cosa negra de forma triangular. También se fijó en que el nigromante carecía de líneas en sus palmas, detalle que le alarmó y le intimidó por igual. Sólo entonces se percató de que no tenía la bola de cristal en sus manos. Se palpó el bolsillo de su capa, nervioso. El bulto bajo la tela le reconfortó. El hechicero continuaba hablando.
    —Escama de Darok —decía—, poderosa, un regalo de Nonurg. Llévala siempre contigo. Te ayudará en tu misión y te protegerá.
    Vosloora no se atrevió a negarse. Tenía la mano izquierda metida en el bolsillo y aferraba la bola de cristal como si se tratara del objeto más valioso del mundo. Con su otra mano, temblorosa, se apoderó de la escama negra y reprimió una mueca de repulsión. Era fría al tacto, y pesaba mucho más que la bola de cristal. No le gustó, pero el temor a enojarle le obligó a inclinar la cabeza a modo de agradecimiento.
   —Debes partir enseguida —le recomendó Frais—. No hay motivos para retrasar la victoria.
    —Como ordenéis, mi señor.
    —Sé que no me decepcionarás. Ahora déjanos.
    La puerta se cerró a espaldas del ladrón, quien echó a correr escaleras abajo como si de pronto le hubieran salido alas en los pies.
   Frais se acercó a una mesa llena de cachivaches y los arrojó al suelo de un manotazo, mientras gruñía en voz alta y maldecía en un lenguaje arcano. Sus ojos llameantes podrían haber incendiado la puerta cerrada, a la que miraba lleno de furia. ¿Cómo había podido olvidarse de la Ventana del Tiempo? Ese maldito ladrón se lo había llevado, y era un objeto tan valioso...
    —A ti no te servía —Nonurg le devolvió a la realidad—. Ese hombre se ha llevado un cristal, tan sólo eso. Tú has dicho que no funcionaba. Si tu poder no ha logrado despertar al Ojo, ¿crees acaso que un simple mortal con el corazón lleno de miedo podrá conseguir ver algo en su interior? Olvídalo, no tiene importancia.
    Frais no quería olvidarlo. Esa bola de aspecto insignificante era un objeto único en el mundo. Algo le había impelido a apoderarse de ella. ¿Debía pensar que su intuición le engañaba a veces?
    Llegó hasta el dragón y le acarició el pescuezo. Bien, no todo estaba perdido. El ladrón había aceptado la escama del Darok. Entornó los párpados y susurró:
    —Bien, mi fiel ladrón, pronto averiguaremos si eres tan leal como tratas de aparentar.
   —Has elegido a un hombre cobarde —dijo el Darok sobre su cabeza— para una misión tan importante.
    Frais se apartó de la criatura para poder mirarla a los ojos.
    —He elegido al mejor en su profesión —le explicó—. Cobarde o no, es el único capaz de encontrar ese libro y regresar con él.
   —No dudo de que lo encontrará. Pero es un hombre débil —dijo Nonurg quien, como todos los Onii Darok, podía captar los más bajos sentimientos de los hombres.
   —Y sin embargo es fuerte —le contradijo Frais, y se quedó unos segundos pensativo—. Su postura servil, casi aduladora... No sé qué creer. Me ha resultado difícil ver en su interior.
    —Solamente es un dizseiim, no hay Magia dentro de él.
    —No obstante, parece tocado por alguna clase de Magia. Es un libro cerrado para mí.
    —Es codicioso, mas no de riquezas.
    —¿Qué podría desear un ladrón, sino riquezas y tesoros?
    Nonurg inclinó un poco su enorme cabeza.
   —Hay una puerta sellada en su corazón —dijo—, y dentro guarda algo valioso e importante.
    Frais hizo un gesto de desdén con la mano. Los secretos íntimos del hombre no le interesaban tanto como su pretendida lealtad.
    —¿Traerá el libro?
    Nonurg chasqueó la lengua.
    —El poder de la escama que le has dado le obligará a hacerlo —dijo—, si resultara ser un hombre indigno de confianza. Te ayudará en tu misión y te protegerá...
    Miró al hechicero de forma interrogante y algo divertida. Frais esbozó una sonrisa.
    —Eso le he dicho.
    —Pero no le has dicho eso —adivinó el Darok.
    Frais rió.
   —Poderosa criatura, ha sido una suerte conseguir este libro —suspiró, recuperado el buen humor—. El Korceler será mío antes de lo que esperaba.
    La escama negra te obligará a seguir adelante y te protegerá de ti mismo, así como de las dudas que puedas llegar a albergar. Eso era lo que le había dicho. Aunque no era eso lo que el ladrón había entendido. Nonurg era muy listo. Encontraría rápidamente la pista del Korceler.
    —Sal ahora, tú y los tuyos, husmea el aire y tráeme noticias —le ordenó—. Mata, consígueme poder. Ya sabes lo que tienes que hacer.
    —Sí, amo —respondió Nonurg, con los ojos de nuevo encendidos. Ya podía oler la sangre, ya podía saborearla. Había esperado varios siglos este momento. Abandonó la habitación con un fuerte batir de sus gigantescas alas membranosas.
    El Mago Oscuro permaneció unos minutos pensativo. Por fin, se acercó a una de las múltiples jaulas, la abrió y cogió entre sus manos a un cuervo negro medio desplumado. Le apretó un poco el pescuezo, y se lo acercó a la cara. El ave se retorció y se sacudió en vano.
    —¿Aún recuerdas lo que es ser humano, pequeño traidor? —le preguntó al cuervo con una sonrisa de falsa camaradería—. Ésta es tu oportunidad de redimirte. Sigue a ese ladrón, infórmame de sus pasos, yo estoy ahora muy ocupado para preocuparme por él. Haz bien tu trabajo, y recuperarás tu forma original.
    Soltó al cuervo y éste revoloteó hasta posarse en el alféizar de la ventana abierta. Desde allí, le miró de una forma casi humana.
    —Recupera el Ojo de Amunik —ordenó Frais.
    El ave movió la cabeza, como si asintiera.
    —Si me fallas, no tendré piedad contigo —advirtió el hechicero.
    El cuervo alzó el vuelo con la misma rapidez con que Vosloora había corrido hasta la puerta. Frais regresó a la alfombra y al atril, y allí volvió a abrir el libro y permaneció largo rato leyendo."

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Una entrada no planeada

Sé que prometí que en la siguiente entrada os dejaría la continuación del capítulo sobre el N'Ögard, los Dragones Negros y el ladrón, y a ello pensaba dedicarme esta tarde, pero por una vez voy a incumplir mi promesa, y es que no puedo resistirme a compartir con todos vosotros la nueva sorpresa que Susana me ha dado esta tarde. No sé si merezco tanto cariño y tantas atenciones, pero os aseguro que me siento muy feliz y agradecida.

No os lo cuento, es mejor que os lo enseñe:




Diseñadas por Susana Escarabajal Magaña


Preciosas, ¿no os parece?
Una vez más, y sin decirme nada, Susana le ha dedicado una entrada a Thèramon en su blog Creative Inspiration, me lo he encontrado al llegar a casa, me he llevado una sorpresa increíble y ahora no puedo dejar de sonreir. En serio, ¿se puede ser más feliz? Tengo una prima (adoptiva) que no me la merezco.

Esta entrada no estaba planeada, como os he dicho, pero estas dos magníficas portadas han empezado a exigirme a gritos que las subiera al blog y, la verdad, ¿cómo negarme? Las miro y me da la sensación de que estoy viendo impreso el primer libro de Thèramon, y mi corazón late con fuerza, hoy siento que mi sueño está cada vez más cerca de cumplirse, es como si el Cosmos me enviara una señal. Y reboso optimismo y energía positiva.

Me encantan las dos. No sabría por cuál decidirme. ¿Querréis opinar? La encuesta está abierta. ¿Os quedaríais con la primera, la del unicornio en la portada, o con la segunda, el unicornio ocupando las dos caras del libro?

Pero no penséis que rompo mi promesa del todo. En realidad, sólo lo demoro un día o dos. El capítulo está casi listo, he omitido información repetida y he añadido un par de párrafos, quería terminar de retocarlo hoy, pero no sé si me dará tiempo. Sea como sea, será lo próximo que colgaré. Y sin preámbulos ni explicaciones, porque ya os digo ahora que ha quedado un pelín extenso. Pero ¿no decís siempre que os dejo con ganas de más? Pues esta vez servirá para compensar las anteriores.

Os deseo una feliz semana, compañeros de viaje. Que los dioses os bendigan. Que los dioses te bendigan, Susi.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Tres veces feliz

Como ya hace días que no cuelgo ningún capítulo, pensaba actualizar esta tarde y dejaros la continuación de El libro que despertó al Mal, pues sé que muchos os estais preguntando qué pasó  después de la llegada de los Dragones Negros a Samura Dalnu. Pero hoy tampoco os traigo una Historia de Thèramon. Hoy es otro día fantástico, lleno de buenas noticias y de sorpresas agradables, y quiero compartir mi felicidad con vosotros, porque no sólo de relatos vive el ser humano, y la energía positiva es la mejor medicina contra el desánimo, las dudas, la soledad y los ataques de tristeza que todos sentimos en algún momento de nuestro viaje. Y porque cuando me siento feliz quiero compartir mi dicha con el mundo entero.

Hoy quiero hablaros de tres mujeres fantásticas que hacen que mi vida está más llena de amor y de fe. Tres mujeres guerreras que me apoyan en todo momento, que me inspiran, que me quieren, y a las que adoro. Tres compañeras de viaje cuyos nombres ya forman parte de Thèramon y que se han convertido en protagonistas ocasionales de este blog que no deja de darme alegrías.
Casi hemos llegado a las ocho mil visitas!!! Me siento inmensamente feliz.

De Susana Escarabajal Magaña ya os he hablado, es una diseñadora maravillosa que en una ocasión nos dedicó una entrada en su blog, también un vídeo-blog, y no olvidéis el diseño para la nueva cabecera que tanto nos gustó a todos. Hoy Susi, a la que llamo prima porque compartimos apellido y amiga porque se ha ganado mi corazón con creces, le ha dedicado una reseña a Thèramon en su blog Fantastic Wonderland, pinchad en el enlace y echadle un vistazo, y decidme si no es para comérsela a besos!
Millones de gracias, Susi, me has hecho muy feliz.

A Julia Siles Ortega también os la he presentado; mi más antigua y querida amiga, mi inspiración constante y mi mejor crítica, que ha leído todas las novelas que escribí antes de descubrir Thèramon y que se enamoró de mi mundo en cuanto puso un pie en él, fue la que me ayudó a crear este blog, y a la que le estaré eternamente agradecida por todas las cosas buenas que me han ocurrido desde entonces. Jules es una escritora formidable, y su novela Lealtades Enfrentadas es una historia que forma parte de mí tanto como su autora. ¿Y adivináis qué ha hecho el Cosmos, en su infinita sabiduría? Pues juntar a Jules y a Susi, escritora y diseñadora, ambas de gran talento, y ponerlas a trabajar en un proyecto que va a dar mucho que hablar. Pinchad en el enlace y veréis lo que se traen entre manos.
Sé que Susi va a diseñar una portada espectacular para la maravillosa novela de Jules. Y esto también me hace inmensamente feliz.
Os deseo mucho éxito, chicas. Estoy deseando ver el resultado.

A María Martínez ya la conocéis, fue la protagonista de mi última entrada; amiga imprescindible, espíritu afín y escritora maravillosa, cuya historia me tiene robado el corazón, ha sido entrevistada de nuevo, para gran regocijo de todos los que la queremos y esperamos ansiosos y con ilusión la publicación de la primera novela de su saga A.I. Felicidades, María, y vuelvo a compartir tus buenas noticias con orgullo y con afecto.
¿Y quién se ha encargado de hacer esa entrevista y publicarla en su blog Devoradora de Libros? Pues nuestra Jules, desde luego, una mujer que tan pronto escribe una novela que nos deja con la boca abierta y el corazón desbocado como escribe un artículo que nos hace reflexionar o una reseña con todas las letras de la palabra, en esta ocasión ha demostrado que como entrevistadora también sabe lo que se hace.
A ambas, mi más sincera enhorabuena, lo habéis hecho genial, mis niñas.

Sí, me siento bien, me siento animada, me siento inspirada. Y espero haberos contagiado mi entusiasmo a través de esta entrada.
En la próxima, más Thèramon, prometido.
Y espero poder seguir compartiendo más buenas noticias con todos vosotros.
Que los dioses os bendigan y os protejan. Y gracias siempre por seguir haciendo el viaje a mi lado.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Orgullosa de ser tu amiga

Hoy no vengo a hablaros de Thèramon, sino de la esperanza, de la felicidad, de los sueños y de mi querida ilohiim María Martínez, espíritu afín, compañera de viaje y escritora de gran talento a la que tengo el honor de llamar amiga, y a la que os presento con orgullo.

María y yo compartimos el mismo sueño. Ambas escribimos porque lo necesitamos tanto como respirar, y ambas deseamos ver nuestras novelas editadas y en todas las librerías del país (qué porras, del mundo!!). Y yo, que estoy convencida de que todos los sueños se cumplen cuando les llega el momento, supe desde que leí el primer capítulo de su novela (cuyo título debemos mantener en secreto, cosas de los agentes literarios) que vería su trilogía en mi estantería de mis favoritos en un futuro cercano.

No os voy a hablar de María, porque sólo tengo cosas buenas que decir de ella, y pensaréis que al hablar con el corazón no soy objetiva; o peor, que se me da muy bien hacer la pelota (ay, si esto fuera cierto me ahorraría muchos problemas en mi vida diaria, os lo aseguro). Pero voy a ayudaros a que la conozcáis, para que podáis ver por vosotros mismos la maravillosa persona y genial escritora que es. Os invito a visitar su blog, uno de mis rincones favoritos de la blogosfera, El Blog de Anxana, y su web de autora, María Martínez, página oficial.

Hoy, otra escritora y compañera de viaje, Susana Eevee, le ha dedicado una entrevista a María en su blog Susana Escribe,  aquí os dejo el enlace:   http://susanaescribe.blogspot.com/2011/11/nuevos-autores-maria-martinez.html

Y esta noticia me ha hecho muy feliz, por eso he querido compartirla con todos vosotros. Porque prefiero compartir mi dicha a mi tristeza, y últimamente tengo demasiados días de lo último y muy pocos de lo primero. Me siento tan feliz como si la entrevista me la hubieran hecho a mí. Ésta es mi forma de amar: cuando a las personas a las que quiero les pasan cosas buenas, mi corazón se llena de gozo, y mi esperanza en el futuro se hace fuerte. Una buena noticia para mis amigos es una buena noticia para mí, y me alegra el día, y me hace recordar que los sueños se cumplen, aunque tarden, y a pesar de las dificultades. Sí, incluso los míos. Hoy no tengo dudas. Hoy no siento tristeza. Hoy doy gracias a los dioses y amo, y creo, y confío.

María, confía tú también, mi niña. Te mereces todo el éxito y toda la felicidad del mundo, y yo voy a estar ahí para ver tus sueños cumplidos y para compartir tu dicha. Gracias por formar parte de mi vida, te he dicho muchas veces lo mucho que la has enriquecido, y no sé si puedes hacerte una idea de cuánto es mucho. Océanos de amor!

...

Tengo otras dos noticias buenas que compartir con vosotros, compañeros de viaje y amigos, y ambas se refieren a Thèramon. Pero hoy es el día de María, así que me las guardo para una próxima entrada. Pero sí os diré que de entrevistas va la cosa... y hasta ahí puedo leer. 8)

El camino es largo, y difícil, y está plagado de obstáculos, y hay días grises, y también hay días llenos de luz, y hay risas, y amor, y es grande la recompensa que nos aguarda al final del recorrido. Gracias a todos por seguir haciendo el viaje a mi lado.

sábado, 5 de noviembre de 2011

En busca de la esperanza.

Ah, noviembre, cargado de lluvia, frío, oscuro, heraldo de la tristeza, que traes bajones anímicos y ganas de quedarse en la cama soñando con días cálidos y alegres, llegas sin cambios, sin novedades que me alegren el alma, sin noticias que me devuelvan la ilusión. Recuerdo un tiempo (muy lejano, cierto) en que la tristeza no era un obstáculo para mis Musas, en que la lluvia nos inspiraba, en el que no importaba que mi única compañía fueran un gato negro y un unicornio plateado, porque las palabras siempre estaban presentes, haciéndome olvidar la soledad. Algunos días me cuesta encontrar a mis Musas. Siempre tengo los pensamientos puestos en un futuro que desearía que ocurriera mañana. Y aunque no tengo verdaderos motivos para sentirme triste, sigo sufriendo esos extraños ataques de tristeza que me sumen en el silencio. Pero no me rindo, sigo intentándolo cada día, quiero creer que soy una mujer valiente, como mis Mazome. Y tarde o temprano las Musas regresan, porque con el paso de los años he aprendido a no perder la esperanza.
Todos los sueños se cumplen. Debo aprender a ser paciente. Amo, y creo. Y a pesar de que el Cosmos parece empeñado en ponérmelo difícil, sigo confiando, porque amo. La esperanza es más poderosa que la tristeza.
Y por eso nunca pierdo del todo la sonrisa.

En la entrada anterior vimos al hombre oscuro en lo alto de la Torre de Mahor, recitando un conjuro que consiguió rescatar del exilio a los terribles Onii Darok, los Dragones Negros. También conocimos a Bruno Vosloora, el ladrón que consiguió sustraer un peligroso libro de los Archivos de Räel Polita, la Ciudad de los Reyes. Pero ¿qué fue de Dayna? La última vez que supimos de ella, se hallaba en el Mirador, junto a tres jóvenes Mazome, y ocurrió algo horrible. Ahora que he aprendido a poner enlaces, os dejo el que os llevará hasta ese relato: El extraño que llegó del desierto (II), y el que os llevará hasta la primera parte de El libro que despertó al Mal.  Entre ambos capítulos ha pasado un año. Hoy os traigo de nuevo a las Drin Mazome, pues la historia de Dayna está ligada a la del ladrón, y su aventura comienza el mismo día que los Darok regresan a Thèramon.
Espero que disfrutéis de la lectura.

© Bea Magaña.  (Reservados todos los derechos)

El libro que despertó al Mal (II)

"Ledan entró corriendo en la choza gritando el nombre de Dayna; la guerrera se puso en pie y se giró hacia la recién llegada sin demostrar sorpresa alguna. Había estado esperando este momento. Por fin alguien venía a buscarla, a acusarla. Porque ella lo había sabido, y no había hecho nada para impedirlo.
    Se llevó una sorpresa cuando se fijó en la joven mujer. Solamente había transcurrido un año desde aquel extraño episodio ocurrido cerca del Paso de Sheim, pero Ledan parecía haber envejecido una década desde entonces. Dayna tuvo la certeza de que la joven guerrera sufriría un colapso allí mismo, y se adelantó para sujetarla antes de que se precipitara al suelo. Ledan respiraba con trabajo, dando la impresión de haber venido corriendo desde Sàaräni-Erye, y no desde unos cuantos metros más allá. Tenía el rostro pálido y las mejillas coloreadas, y sus ojos miraban como los de un caballo aterrado, opacos y desorbitados. Dayna la ayudó a tomar asiento y después se acuclilló frente a ella.
   —Cálmate, muchacha —le ordenó—. Si has venido a darme un recado, no lograrás hacerte entender mientras no recuperes el aliento. Y si has decidido morir de extenuación, has elegido un mal lugar y un pésimo momento. Aeblir ha desaparecido, tu alma no sabrá encontrar el camino sin la luz guía.
    Ledan la miró un momento más con sus ojos de caballo despavorido, y por fin se abalanzó sobre ella, escondió el rostro en su pecho y lloró.
    Dayna acarició el cabello de la joven, advirtiendo no por primera vez las numerosas hebras blancas que lo surcaban, y le susurró palabras de ánimo y de consuelo, mientras la muchacha se desahogaba. Había pasado un año terrible. Primero, su hermana Lane, que había enloquecido de repente y se había convertido en una anciana inútil y silenciosa con tan sólo dieciséis años; y después el parto, y aquella criatura repugnante que afortunadamente no había sobrevivido.
    —No te importe llorar, Ledan, valiente muchacha —susurró la mujer, mientras la mecía en sus brazos—. Sólo yo te estoy viendo. Llora si lo necesitas, no perderás el valor por derramar unas cuantas lágrimas.
   La joven se desahogó y por fin pareció recobrar la compostura. Seguía siendo bonita, aunque envejecida. Dayna se maravillaba de que aún conservara la cordura, después de haber dado a luz a aquella abominación. Le ofreció un trago de kirsch y la joven pareció serenarse. Tosió un par de veces, y recuperó el color.
    —¿Es esto lo que bebes cuando te sientes decaída? —casi bromeó.
   Dayna asintió. El kirsch era una aguardiente de cerezas fermentadas, bastante fuerte que sabía como un veneno para matar jabalíes y ardía en el estómago como mil soles, pero despejaba los sentidos. La muchacha esbozó una débil sonrisa.
    —Se ve que no te importa morir joven.
    —Ya no soy joven —dijo Dayna, y correspondió a la muchacha con una sonrisa falta de humor.
    Ledan tomó aire y cerró los ojos.
    Ahora es cuando va a darme la mala noticia, pensó la mujer. Pero esperó en silencio.
    —La Tiara ha mandado llamarte —fue lo que dijo Ledan—. Ordena que me acompañes, ahora mismo.
    Dayna asintió con gravedad. Había llegado el momento. Y ella lo había sabido.
    —Lane quiere hablar contigo —continuó Ledan.
    La mujer abrió mucho los ojos.
    —¿Lane?
    Se le quebró la voz.
   Lane había perdido la razón, así como la capacidad de comunicarse con sus semejantes. En un año no había dado muestras de mejoría. Se mantenía con vida porque sus compañeras no habían dejado que muriera. Pero no podía hacer nada por sí misma. ¿Quería hablar con Dayna? No era posible. Acaso su hermana también había perdido el juicio...
    —Lane te llama —repitió la muchacha, y asintió con la cabeza en un intento por hacer creíbles sus palabras—. Cuando comenzó a hablar, Narayan fue a buscar a la Tiara. Ahora ellas te esperan. Lane ha pedido verte. Tiene un mensaje que darte. 
  —Pero eso es... —Dayna no encontraba palabras. ¿Qué era? ¿Extraordinario? ¿Espantoso? Se puso en pie—. Iré inmediatamente —dijo.
    Ledan se levantó.
    —Tú tenías razón —murmuró.
    Y salió por la puerta sin dar explicaciones. Dayna la siguió.
    La propia Tiara salió a recibirlas. Ledan entró en la cabaña y Dayna permaneció junto a la puerta por orden de la anciana. Hacía mucho tiempo, ésta había tenido un nombre, pero todas lo habían olvidado. Su madre le había cedido el cetro en su lecho de muerte, y desde entonces había liderado a las Drin Mazome siendo la nueva Tiara. Era una mujer severa pero justa que no había olvidado la traición de Dayna ni la había perdonado. La mujer no creía que siguiera siendo Tiara muchos años más; la anciana guerrera ya no era una mujer fuerte.
    —Que los dioses nos ayuden —dijo, y puso una mano arrugada sobre el hombro de Dayna—; mujer, posees el don.
   Señaló con su otra mano hacia el este y Dayna miró, aunque sabía lo que encontraría allí. Era junio, pleno día, y sin embargo Samura Dalnu se había convertido en un país sin sol, y el origen de aquella catástrofe procedía de las ciudades. No podían oir los gritos de los habitantes de Maindûr, pero los presentían. La hora más negra había comenzado.
    —Caravanas de hombres y mujeres huyen de las ciudades y abandonan Samura Dalnu —continuó la Tiara con su voz cascada pero serena—. Ya no les atacamos, aunque les detenemos para exigirles información. Un extraño se ha instalado en Maindûr y se ha adueñado de la ciudad y de sus gentes. Tú sabes quién es ese hombre. Le viste llegar.
    —No es un hombre —murmuró Dayna.
    La Tiara asintió.
   —Hace un año, en el Paso de Sheim —recordó—. Perdimos a dos de nuestras guerreras. Tú lo sabías, y nosotras no quisimos creerte. El oráculo se está cumpliendo. Y yo estoy rogando a los dioses para que nos ayuden a no perder el valor. Estamos demasiado cerca del origen del Mal, y ese hombre oscuro sabe que existimos. Ruego por que no sea demasiado tarde para detenerlo.
    Dayna no supo qué contestar. Pensaba que nadie podría detener al hombre oscuro. Llevaba un año en Samura Dalnu, y era poderoso. Ya era demasiado tarde para hacer otra cosa que huir. Los Samurii Männar lo habían comprendido y habían comenzado a abandonar las ciudades hacía meses. Nadie podría ayudar a las Drin Mazome.
    —Entra, mujer, habla con la muchacha.
    Lane estaba acostada, y su rostro aparecía demacrado y sin color; Dayna tuvo la sensación de que una extraña fiebre la estaba consumiendo. Con ese cuerpo flaco parecía un espectro. Narayan y Ledan la velaban igual que a una moribunda. Dayna se arrodilló junto al lecho, aunque dudaba de que la joven fuera capaz de hablar ni de reconocerla. La Tiara permaneció de pie a sus espaldas.
    —Aquí estoy, Lane —dijo Dayna, y sintió que le temblaba la voz.
    La muchacha abrió los ojos, unos ojos que durante un año habían mirado solamente al vacío, y los clavó en el rostro de la mujer. Dayna supo que la había reconocido. Lane se esforzó por hablar. Dayna tuvo que agacharse para poder oírla.
    —... Rezando a los dioses —dijo la muchacha, y su voz fue la de una criatura muy pequeña y asustada.
    Los ojos de Dayna se anegaron.
    —¿Para que te ayuden a recuperarte? —se animó a preguntar.
    —Para... permitan morir —respondió Lane.
    Dayna ahogó un sollozo.
    —Querida Lane... —susurró.
  —Él vació mi mente después de mostrarme lo que iba a hacer —le costaba hablar, pero su voz sonó audible y espectralmente clara y serena—. Debéis sentir miedo, porque el miedo es lo único que os mantendrá a salvo de la locura. Veréis cosas terribles, y desearéis estar ciegas. Sentiréis el sufrimiento de miles de almas, y desearéis estar muertas.
    Ledan se llevó las manos a la boca. Narayan le rodeó los hombros con un brazo. La Tiara sintió flaquear sus piernas y se apoyó contra la jamba de la puerta. Dayna puso una mano sobre la frente de Lane y acarició su cabello.
   —Él es poderoso y atractivo. Desoid sus mentiras. Quiere robar a los bebés y a las mujeres, matar a los hombres, no sentirá piedad por nadie. Debéis hacerle frente. Muchas moriréis. Morir es mejor que unirse a él. Luchar es mejor que morir.
    —Shhh —cuchicheó Dayna. No quería seguir escuchando.
    —Él busca a su igual. Asolará el mundo en su búsqueda. Necesita la Vara. No podéis detenerle. No debéis entregaros sin luchar. Luchar concederá tiempo a aquéllos que pueden derrotarle.
    Muerte. Destrucción. Todo lo que Dayna había visto en sueños. El hombre oscuro era el portador del Mal. Su corazón se encogió. Rogó a los dioses para que se llevaran a aquella niña que tanto estaba sufriendo.
    —La fuerza es el número —continuó Lane. Su voz sonaba más débil—. Cuatro... amigos... la Vara... Sheim... Magos... la marca.
   —Oh, Lane —suspiró Dayna. Sus lágrimas rodaban por sus mejillas y mojaban la cara de la muchacha. Deseaba que callara; ya apenas podía entenderla.
    —No dejes que siga hablando —pidió Ledan a nadie. Gruesas lágrimas mojaban su rostro.
    Dayna se giró hacia ella.
    Lane alzó la mano, una mano que en un año no se había movido por sí misma, y aferró con fuerza la muñeca de la mujer. Ésta se sobresaltó.
   —El monstruo que nació fue un aviso —dijo Lane con voz apenas audible—. Debiste partir entonces. Pero aún no... demasiado tarde... Me lo ha dicho.
    —¿Cómo?
   —Él... tú le conoces. Él ordena que nos dejes ahora... Sabes hacia dónde. Busca al proscrito... Aquéllos que pueden ayudarnos... Sigue... camino antes recorrido... Ladrón de palabras... te llevará hasta la Vara... Sheim. Lucha con ellos y lucharás con nosotras. Él te reclama. Ve ahora.
   Guardó silencio. Cerró los ojos. La mano que antes apretara la muñeca de la mujer cayó laxa a un lado de su cuerpo tendido.
    Y Dayna no comprendía el mensaje.
    ¿Quién era él?
    Tú le conoces.
    Sintió miedo.
    —Le conoces —murmuró Lane, cuando Dayna había decidido que ya no hablaría más.
    Se agachó de forma que sus labios casi rozaban la mejilla de la joven.
    —¿Te refieres al hombre oscuro? —preguntó en voz baja.
    Lane hizo una mueca de dolor. Dayna se mordió los labios. La muchacha movió los suyos. La mujer acercó su oreja para escuchar las palabras que salían como suspiros.
   —Él habla con la voz de las fuentes y ríe con el rumor de los arroyos. Tú le conoces. Es hermoso y está cargado de bondad. Sólo su poder puede salvarnos. May-tê-addi... su nombre.
    —May-tê-addi —dijo Dayna, levantando la voz sin darse cuenta.
    A sus espaldas, la Tiara se llevó una mano al pecho.
    Dayna vio que Lane trataba de hablar y volvió a acercar la oreja a sus labios.
    —Korceler... —suspiró la muchacha—. Defiende... —dijo, con su último aliento.
    Sus ojos se opacaron y miraron al vacío. Dayna la miró llena de compasión.
    —Querida Lane... —susurró, y con una mano le cerró los ojos.
   Ledan se abrazó a su madre. Tan sólo sus sollozos rompieron el silencio. Dayna se puso en pie y miró a las otras tres mujeres. Había comprendido el mensaje.
    —Que los dioses te muestren el camino, valiente guerrera.
    Se agachó y besó la frente de Lane. Luego besó sus labios y se apartó del lecho.
    Ledan corrió junto a su hermana y lloró sobre su pecho. Después besó su frente y sus labios, como había hecho Dayna, en señal de despedida.
    Dayna se reunió con la Tiara junto a la puerta. Narayan se acercó a ellas.
    —No podremos vencer al hombre oscuro solas, pero lucharemos contra su ejército. Igual que en los viejos tiempos —dijo Dayna—. Yo debo partir. Aquéllos que pueden ayudarnos se encuentran lejos. No puedo deciros más. No sé más.
    La Tiara asintió.
    —Lucharemos mientras nos quede una gota de sangre y un soplo de aliento —prometió Narayan.
    —Sé que lo haréis —dijo Dayna.
    Las dos mujeres se abrazaron y se besaron un instante en los labios. Después, Dayna salió decidida al exterior.
    —Mujer —la llamó la Tiara.
    Dayna se volvió.
    La anciana caminó hasta ella apoyándose en el cetro, la cabeza alta y los ojos brillantes.
    —Alumbraste a un varón concebido al margen de nuestra Ley —dijo—, y le alejaste de nuestra ira y nos impediste hacer justicia.
    —Sí —Dayna no bajó la cabeza.
   —Las profecías siempre son verdaderas —continuó la Tiara—. Sheim volverá para salvar a su pueblo. Encuéntrale, y protégele como hiciste antes.
    Dayna sintió lágrimas de alivio y de gratitud. Por fin la Tiara la había perdonado.
    —Que los dioses te guíen en tu camino —se despidió la anciana, y le abrió sus brazos.
    —Que los dioses os protejan —dijo Dayna cuando se separó de ella.
    Corrió a su cabaña, cogió sus armas y se preparó para un largo viaje. A media tarde montó en su yegua y salió de la aldea. Galopaba en busca de la esperanza."




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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

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