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diseño de Susana Escarabajal Magaña

sábado, 31 de diciembre de 2011

Hoy cumplo años. Mañana cumpliré sueños

Tal como prometí, hoy os deseo una noche mágica y una feliz entrada en el año nuevo.  Pedid vuestros deseos, amad y creed, y 2012 será El Año De Los Sueños Cumplidos.
SUERTE!!!


© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

El camino antes recorrido (III)

"Las Drin Mazome eran educadas desde su infancia en las costumbres y en las Leyes de su raza, y empezaban a ser adiestradas en el manejo de las armas cuando cumplían los diez años de edad. Puesto que elegían a los mejores hombres para que ejercieran de Semillas, las niñas nacían colmadas de dones de la Naturaleza, y todas ellas crecían altas y fuertes, hermosas de una manera agreste, inteligentes e independientes. No tenían padres, y sus madres eran compañeras en la caza y en la lucha, al igual que sus hermanas. Se creaban entre ellas unos lazos de camaradería indestructibles y no dependían de una familia del modo tradicional. Una Mazome era parte de todas las demás, constituían una gran familia, y ninguna se sentía jamás sola o desamparada. Aprendían rápidamente el valor de la vida y la importancia de defender a la comunidad, aceptaban la muerte como algo inevitable y veían a los hombres como enemigos. Morir en la batalla era considerado un honor y un símbolo de valentía y de fuerza, pero todas ellas iban a luchar y a sobrevivir, pues el honor más grande era la victoria. Loa Machos no eran hombres para ellas; para las más jóvenes, eran instrumentos de juego. Antes de su primera clase de entrenamiento con armas de madera, todas las niñas habían practicado la lucha cuerpo a cuerpo con los esclavos, quienes oponían resistencia pero siempre acababan siendo derrotados y maltratados por las futuras guerreras. A los doce años, cuando la Madre las bendecía con el don de la sangre, empuñaban su primera espada de verdad y sacrificaban a un varón recién nacido. A los quince salían por primera vez de la aldea y efectuaban su primera vigilancia. Antes de los diecisiete, la mayoría había participado en alguna pequeña escaramuza, bien contra los Elfos Oscuros, bien atacando a alguna caravana o secuestrando a algún viajero solitario. Cuando cumplían diecisiete años, eran llamadas por la Tiara para entrar en la Casa de la Germinación. No había ninguna Drin Mazome de veinte años que no hubiera dado a luz por lo menos una vez.
    Las guerreras solitarias no frecuentaban las zonas civilizadas de Samura Dalnu. Se decía que hacía mucho tiempo habían viajado a las ciudades en busca de hombres para preservar su continuidad, pero la Ley era diferente cuando Dayna alcanzó su edad fértil. Ya no estaba permitido por la Ley que una guerrera concibiera fuera de la Casa de la Germinación. Cuando escaseaban los Semilla, salían a secuestrar otros. Algunas mujeres alumbraban varones que más tarde eran elegidos por la Tiara y criados en la aldea como futuros Semilla. Los varones que nacían con alguna tara eran sacrificados. Tal vez porque odiaban a todos los hombres, o porque aún recordaban a los suyos, las Drin Mazome no consentían que las suyas amaran a ninguno. Sólo aceptaban una clase de amor, y era el amor por la familia, el amor por sus hermanas, el amor por el que cualquiera de ellas estaría dispuesta a morir si con su muerte podía salvar a sus compañeras.
   Dayna había quebrantado esta Ley. A la edad de diecisiete años, le había perdonado la vida a un hombre, se había enamorado de él y había concebido un hijo que no debería haber llegado a nacer. Veintidós años más tarde, aún recordaba a aquel hombre con afecto. Ni la vergüenza ni el desprecio de sus hermanas habían apagado la llama que ardía en su corazón desde el momento en que le vio por primera vez.
   No había sido una niña rebelde ni desobediente. Su espíritu guerrero la había llevado a ser una de las mejores, había demostrado valor y decisión y pronto se había ganado el respeto de la Tiara, así como el de las guerreras veteranas. Pero su espíritu aventurero la había traicionado. Hechizada por las historias antiguas y llena de curiosidad insatisfecha, se había aventurado por caminos prohibidos y había abandonado los límites de Drinveld Meara sin autorización ni conocimiento de sus hermanas. Había espiado a los hombres de los pueblos vecinos, acaso buscando en ellos algún rasgo de su antepasados desaparecidos. Había sentido compasión por los esclavos que vivían como animales en su aldea. Había sentido fascinación por los hombres libres que recorrían los caminos. Había entrado en las ciudades y había observado a las mujeres que allí vivían, mujeres tan distintas a las Mazome, con sus extrañas vestimentas y costumbres que al principio indignaron a aquella muchacha acostumbrada a maltratar a los hombres y a esclavizarlos. En las ciudades, los hombres y las mujeres paseaban por las calles cogidos del brazo, los hombres ordenaban y las mujeres obedecían, ellas eran débiles y llevaban con orgullo a sus hijos varones entre sus brazos. Muchos hombres portaban armas, mas no vio en manos de una mujer nada más amenazador que un cuchillo de cocina. Envuelta en una capa robada para ocultar su identidad, pues era fácil reconocer a una mujer salvaje por su indumentaria, observaba y se maravillaba de lo que veía, y regresaba a su aldea y no revelaba a ninguna de su hermanas lo que sus continuas escapadas le hacían sentir.
    Fue por la noche, en una ciudad llamada Burgodûr, varios hombres la reconocieron y trataron de capturarla. Echó a correr a través de callejas oscuras, sintió miedo por primera vez en su vida, pues había oído terribles historias acerca de lo que los Samurii Männar hacían con las Mazome adolescentes, corrió a ciegas durante lo que le parecieron horas buscando la salida de la ciudad. Se abrió una puerta, una sombra se cruzó con ella, ahogó un grito y no fue capaz de oponer resistencia cuando el hombre la atrajo hacia sí, le cubrió la boca con una mano y la arrastró hasta un rincón sumido en la oscuridad.
   Dayna nunca había estado tan cerca de un hombre. Había luchado cuerpo a cuerpo con los esclavos, pero el contacto con sus cuerpos jamás le había provocado un estremecimiento, nada comparable a lo que sentía de pronto, atrapada entre la pared y el abrazo de ese desconocido. Su naturaleza la impelía a luchar contra él, a apartarle a golpes, a romperle los brazos con los que la sujetaba. Pero un instinto desconocido la mantenía inmóvil, pegada a su cuerpo, olvidada su condición, deseosa de prolongar aquel contacto que le resultaba cálido y algo más, algo que no sabía explicarse a sí misma, porque nunca antes había sentido nada parecido. Quiso decirle algo, y no supo qué decirle. Sus labios se movieron bajo la mano de él, y por unos segundos probaron su sabor, salado y metálico, en una especie de beso que no había pretendido darle.
    —No hagas ruido, o nos descubrirán a los dos —le oyó susurrar.
    Los hombres que la perseguían pasaron de largo. Y entonces el hombre la soltó.
    Era mayor que ella, alto, esbelto, y tenía los ojos azules como el cielo en un día despejado. Vestía de negro, y llevaba una amplia capa, igual que ella, con la que se confundía con las sombras. Sus movimientos eran ágiles y furtivos, su porte arrogante, su mirada fría y burlona. Le resultaba atractivo, y no habría sabido decir en qué sentido.
    Él se miró la palma de la mano, esbozó una sonrisa que Dayna no supo interpretar, la miró con curiosidad un instante y luego pareció olvidarse de ella. Una arruga se formó en su frente.
    —Podían haberme descubierto —le oyó susurrar.
    Dayna no comprendió a qué se refería.
    —Vienes de la Pradera —dijo el hombre a continuación, mirándola de nuevo, esta vez con más interés que curiosidad.
  Las Drin Mazome vestían calzones de cuero muy cortos y un corpiño o peto que cubría su pecho pero dejaba al descubierto su estómago, así como sus brazos. Calzaban botas de piel altas hasta las rodillas, y llevaban en los muslos sendas correas de cuero de las cuales pendían armas arrojadizas y afiladas, como dardos o dagas. En las muñecas, dos bandas de cuero sin curtir y ningún adorno en sus cuerpos. Y en la cabeza, una última cinta de cuero trenzado para recogerse el cabello, que caía libre y suelto hacia la espalda y que dejaba sus rostros completamente al descubierto.
    Dayna se sorprendió asintiendo.
    —Éste no es un lugar seguro para ninguno de los dos —dijo el hombre —. Vayámonos de aquí.
    Y la muchacha, faltando a sus principios y a su instinto, se dejó guiar por él y le confió su vida, porque todo él la había hechizado.
    Abandonaron aquella ciudad y se refugiaron en un cobertizo abandonado a las afueras de Burgodûr. El hombre compartió con ella la escasa comida que guardaba en un zurrón, pan, manzanas y queso curado, alimentos que Dayna no había visto ni probado antes. Conversaron durante largo rato. Ella habló muy poco, pues no tenía grandes aventuras que contar fuera de su aldea y de sus hermanas, y su instinto de supervivencia la advirtió de la necesidad de guardar en secreto las costumbres de su pueblo, pero el hombre habló sin recelo de sí mismo, de su trabajo y de su ciudad natal. Era un ladrón, miembro de una familia de ladrones de reputada fama, y había estado realizando un trabajo en Burgodûr, amparado por la oscuridad que todos los ladrones amaban. Si le hubieran descubierto, lo menos que le habrían hecho sería cortarle una mano. Y habían estado a punto de hacerlo, por culpa de ella.
    Fascinada por toda aquella información y por aquel hombre atractivo y misterioso, Dayna olvidó que se encontraba lejos de su aldea y que estaba quebrantando la más importante de las Leyes. No fue hasta que llegó el alba y un gallo cantó en alguna parte, que recordó quién era, y lo que le habían enseñado desde niña. Para entonces, el hombre se había quedado dormido con la espalda apoyada en una de las paredes de madera. Dayna se acercó a él con mucho sigilo, la mano sobre la empuñadura de su cuchillo. El hombre esbozó una sonrisa en sueños. Dayna sacó la daga de su funda.
    El hombre abrió los ojos.
    —¿Tienes que marcharte ya? —le preguntó—. ¿O no puedes irte sin haberme matado primero?
    Dayna dejó su cuchillo en el suelo frío.
    —Quiero que me enseñes algo que aún no he aprendido —le dijo.
   Se quitó la capa con la que se había abrigado durante toda la noche. Su corazón latía desbocado. Dejó su espada en el suelo, sobre la capa. Acercó su cara a la de él.
    —Y después me matarás —adivinó el hombre, sin perder la sonrisa.
    —O tú a mí —dijo la muchacha.
    El hombre la besó, y fue algo nuevo para ella.
    Cuando abandonó el cobertizo, el hombre continuaba vivo, y ella llevaba sin saberlo una semilla plantada en su vientre.
    A aquel hombre no volvió a verlo. Jamás."

7 comentarios:

  1. Bonito y sugerente ;o)
    Feliz cumple, feliz fin de año y feliz año 2012.
    Besotes con uvas.

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  2. A mí me gustaría contribuir a que Thèramon siga creciendo y seguir viendo que lo hace cada día. Mi querida Bea,como siempre hilas muy bien tus relatos y le pones una pasión inmensa. El final del relato de hoy me encanta en ese diálogo tan emotivo. Me encanta el personaje de Dayna. Esperamos más para el año entrante. Un besote muy grande y un apachurre navideño, feliz fin y comienzo de año :)

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  3. Bea Feliz año nuevo y Felecidades por esta historia de amazanonas guerreras, mujeres guerreras... ya sabes me encantan y la independecia que muesta Dayna, me ha hechizado... me gustan las mujeres guerreras pero indenpendientes, libres....
    Espero que tus musas te sigan inspirando con ese mando dorado.
    Es curioso, el otro dia soñe con un dragon negro... XD

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  4. Querida Bea, me has hecho un gran regalo con este maravilloso relato, gracias. Me encantaría desearte lo mejor para el año 2012, pero lo que voy a hacer es lanzarte un globo sonda de optimismo, felicidad, alegría y sonrisas para que todos y cada uno de tus sueños encuentre la manera de cumplirse. Un gran beso, guapa!!!!

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  5. Cuanto más leo sobre Dayna, más me gusta. Me encantó saber como se conocieron ellos dos, aunque me da pena que todo quedara en un breve encuentro. Esta historia de amor prometía porque por primera vez una mazome rompía las reglas. Por otro lado, me gusta mucho la forma en que está contada la formación de estas mujeres. Detallas hasta el tipo de entrenamiento que empleaban con cada edad. En fin, que ya sabes que las mazome me gustan mucho! Un besazooo

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  6. Visto lo visto... habrá más relatos de Dayna este año!!!
    Gracias a todos por vuestro apoyo.
    Y espero que cuando le toque el turno al ladrón, lleguéis a disfrutar tanto con su viaje como lo hacéis ahora con el de Dayna.

    Raquel, esos dos van a volver a encontrarse... a mí me encanta el capítulo en el que vuelven a verse, veintidós años después. Pero no te daré ninguna pista, tendrás que leerlo ;)

    Pat, no sé qué haría yo sin tus globos sonda, mira lo que consigues de mí:
    8))))))))))
    a eso lo llamo una super sonrisa con gafas 8)

    Silvia, J.J(I), Babel, feliz año, y gracias por dejar huella de vuestro paso.

    Océanos de amor!!!!

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  7. Bea, me has recordado un cuento mío que se titula La República Glosemática, otra coincidencia cósmica, hermanita. ¡Viva el amor, que se cuela por el ojo de una aguja! :D

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