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diseño de Susana Escarabajal Magaña

lunes, 31 de diciembre de 2012

Mi regalo de cumpleaños


Faltan muy pocas horas para que comience un nuevo año, y ya me gana el entusiasmo. ¡Si supieras la de cosas buenas que trae 2013! Nuevos retos, nuevas alegrías, infinidad de sorpresas, sueños cumplidos, libros maravillosos que por fin verán la luz, tanto en digital como en papel; y amor, océanos de amor, la energía más poderosa del universo, la única capaz de enfrentarse a la Oscuridad y vencerla.
No tengas pena por dejar atrás este año y lo que has vivido, no te lamentes por los errores que has cometido ni por las lágrimas vertidas, ni recuerdes con tristeza todas esas cosas que desearías haber hecho y que no llegaste a hacer; recuerda que no era el momento, que no estabas preparado; recuerda también que Cosmos te está guiando hasta el lugar que estás destinado a ocupar en el mundo. Si has aprendido las lecciones que te ha enseñado, ya estás más cerca. No tengas miedo. No dudes. El destino siempre se cumple. También los sueños. Ama y cree. Ama y confía.

Hoy no voy a hacer balance; si has ido viniendo con regularidad ya sabes que ha sido un año complicado y confuso para mí, un año de Oscuridad, de lucha interior, de dudas, de obstáculos, de cambios, de aprendizaje. El Año del Dragón. He conocido muy de cerca a los temibles Darok, durante un tiempo incluso me he unido a sus filas, convirtiéndome sin poder evitarlo en servidora de Skadûr; he encontrado dentro de mí al Dragón Blanco de la serenidad; he sobrevivido junto a los Dragones Azules, que no conocen el desánimo; y no me ha faltado la Música de los hermosos Sungë, que surcan los cielos orientales como hermosas serpientes de escamas nacaradas. La ira de los Dragones Rojos me ha mantenido en pie, también la terquedad de los Gwold, esos raros Dragones Dorados casi extintos; y la sabiduría de los Dragones Verdes me ha sostenido en todo momento, transmitiéndome paz al tiempo que coraje para afrontar los malos momentos. Pero ha sido la pureza de los Dragones Plateados la que me ha ayudado a conservar mi fe, pues hace tiempo cantaron para mí y me mostraron el futuro, y me hicieron dos promesas: que el destino siempre se cumple, y que también se cumplen siempre los sueños.
Por eso amo y creo. Amo y confío.
Y sigo adelante, ya sin miedo al fracaso.

Hoy es mi cumpleaños. De nuevo lo pasaré sola, pero esta vez no estoy triste. Sé que no estoy sola. Te tengo a ti. Estás lejos, no puedo abrazarte, pero estás a mi lado; tus toques, tus mensajes, tus muestras de afecto y de apoyo, tus sonrisas, tus comentarios, cada Me Gusta en la página de Historias de Thèramon, cada foto que dejas en mi muro de facebook, cada abrazo virtual, me dicen que sigues a mi lado, que me quieres, que crees en mí. No tengo motivos para sentirme triste. Ahora no puedo abrazarte, pero podré hacerlo dentro de un tiempo. Amo y creo. No hay nada imposible.
Hoy quiero dejarte un regalo, tal como te prometí en mi última entrada. Es un regalo especial, con el que pretendo darte las gracias por lo muchísimo que haces por mí. En el capítulo de hoy, te presento a los Dragones Cisne, y te regalo una promesa. Escucha la canción de los dragones y abre tu corazón a la fe. Los Plateados hablan con las voces de los mismísimos dioses. Cree. Ama. Confía.
Y lucha por tus sueños. A los dioses no les importa lo mucho que desees rendirte, o lo cobarde que creas ser; no dejarán de guiarte y de demostrarte que el destino siempre se cumple, aunque no te atrevas a ser valiente para convertirte en la persona que estás destinada a ser. No tienes más opción que luchar. Si aceptas eso, la lucha no será tal. El viaje puede ser emocionante y placentero, depende de cómo quieras afrontarlo. Mi consejo es que lo disfrutes al máximo. Recuerda que te acompañan las bendiciones de todos los dioses de Thèramon. Y mi amor.

Hagamos que 2013 sea un año mágico. Hagámoslo juntos.

***

© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Dragones Cisne (III)

"Si no hubiera visto jamás al unicornio, habría jurado que los Dragones Plateados eran las criaturas más bellas de la creación. Sólo la belleza de May-tê-addi podía superarlas. Seine no había exagerado al describirlos. Eran cisnes gigantes.
La blancura de los Dragones Plateados resaltaba en la oscuridad con brillos de plata y nácar que surcaban sus escamas parecidas a plumas. Sus cuerpos eran enormes como colinas, sus cuellos largos y majestuosos como los de los cisnes, y sus cabezas grandes terminaban en hocicos puntiagudos como picos de ave. Poseían unas alitas casi diminutas en el lomo que daban la impresión de ser meros adornos que no les permitirían elevarse al cielo. En el hocico, a la altura de los orificios nasales, les crecía un pequeño cuerno vuelto hacia los ojos, y sobre éstos tenían dos más. Branquias junto al pescuezo, disimuladas bajo escamas como plumas brillantes, y barbas bajo la quijada, que se movían como la hierba al viento. Sus colas se hallaban ocultas bajo el agua, así como sus patas de enormes garras. Y sus ojos brillantes como monedas de plata estaban rodeados por un círculos azul brillante como fuego frío. Tan de cerca podía verles Silenia.
Se movían deslizándose sobre el agua, y se detuvieron frente a la niña, a la que miraron con curiosidad.
La princesa extendió la mano derecha y les mostró a Lálya.
Las alitas de los dragones se movieron, y se agitaron sus cabezas. Parecieron querer darle a entender que la habían reconocido.
Silenia miró a su alrededor, no vio a nadie, tomó aire y cantó el nombre de la Sirena. Lálya adoptó su verdadera forma y tamaño. La princesa se dispuso a tocar la Canción del Mar. No había duda en su expresión ni en sus gestos; ni por un segundo se le ocurrió pensar que los dragones fueran a marcharse por donde habían venido o que la Magia de la Música no fuera a funcionar. Tocó la canción que se había grabado en su alma y los Dragones Cisne la escucharon, y después cantaron con ella. El corazón de Silenia se llenó de felicidad, las voces de los dragones eran hermosas como la de Ariiama. Cuando terminó su canción, ellos continuaron emitiendo su melodía, y la niña los escuchó sobrecogida. Comprendía sus palabras.
—Tienes una pregunta para nosotros —decía uno de ellos en su canción.
—Abre tu mente y tu corazón y sabrás la respuesta —decía el otro.
Silenia se dejó mecer por la Música y entró en las mentes de los dragones, y lo supo, y lo comprendió: vio las Montañas, vio la nieve, la saboreó. Presenció la guerra. Vio morir a los dragones, los vio huir, los vio como habían sido y como eran ahora. Y conoció sus nombres.
Vio al unicornio parado junto a su fuente, se vio a sí misma junto a él, ambos miraban el agua y Silenia no sabía qué veían, pero supo que era importante, que era su destino y que no podría darle al espalda.
Vio cuatro figuras borrosas que formaban un círculo a los pies de una montaña, creyó que rezaban, tenían las manos alzadas hacia el cielo. Vio tres figuras más dentro del círculo, un triángulo formado por sus manos unidas, los ojos cerrados, esto no lo vio, pero lo supo. Se vio a sí misma en el interior del triángulo que se hallaba dentro del círculo, y supo que era su destino.
—Ahora no lo comprendes —cantó uno de los dragones.
—Lo comprenderás en su momento —cantó el otro.
Vio a Eugene, que se alejaba a lomos de su caballo. Vio a alguien más con él, una figura blanca que no tenía rostro. Se vio a sí misma, y sufría, y había alguien con ella, y se sentía reconfortada.
—El futuro siempre se cumple —dijo un dragón en su canción.
—Los deseos también, princesa —dijo el otro.
—Ama y cree.
—Ama y confía.
Regresaron las llamas, la guerra, las montañas eran otras pero siempre eran las mismas, pues la guerra siempre era la misma cosa.
Por ultimo, vio a su padre, que estaba sonriendo.
Por fin, los Dragones Cisne enmudecieron, y movieron sus cabezas en señal de despedida.
—Ona Boren Swan —susurró Silenia, y vio cómo Lálya volvía a convertirse en un pasador para el cabello.
Les despidió con lágrimas en los ojos.
—Volveré a veros, aunque no sepa cuándo —prometió.
Desaparecieron en silencio, como habían llegado.
Silenia permaneció largo rato sentada mirando las aguas, escuchando los sonidos de la noche, tratando de comprender el significado de la Música. Al fin distinguió unas notas lejanas que reconoció. Bosques y desierto, tristeza, soledad, esperanza. Se puso en pie y llamó en voz alta al muchacho que la había llevado hasta allí. La flauta enmudeció. Sena tardó varios minutos en reunirse con ella.
—¿Los has visto? —preguntó el muchacho. Vio lágrimas en los ojos de la niña y la cogió por los hombros—. Princesa, ¿qué te ocurre? ¿Estás bien?
Silenia asintió.
—Ha sido maravilloso —susurró. Le dio un abrazo—. Gracias por tu ayuda.
Sena enrojeció. De pronto, deseó que el tiempo se detuviera. Habría dado cualquier cosa por poder tenerla entre sus brazos toda la noche.
La niña se apartó y se secó las lágrimas de la cara. Era una princesa, debía comportarse con dignidad y majestuosidad. Se echó la capucha sobre la cabeza.
—¿Ya has cumplido tu promesa? —preguntó el muchacho, en un intento por alargar el momento, aunque sabía que había llegado la hora de despedirse de ella.
—Ya he hecho lo que vine a hacer. Llévame de vuelta, Seine, por favor.
Hicieron el camino cogidos de la mano, casi corriendo. Se detuvieron frente a la torre semiderruida. El muchacho volvió a sacar su gancho y de nuevo cruzó el foso de oscuras aguas con la niña en brazos. Repitieron la escalada, Silenia abrazada sin miedo a su cuerpo, y recorrieron las calles de Räel Polita sin soltarse de la mano; él la ayudó a trepar al muro del jardín y al árbol que crecía cerca de su ventana. Se despidieron allí, amparados por la oscuridad.
—¿Harás una cosa más por mí? —pidió la niña. Sena esperó—. ¿Volverás mañana a la puerta secreta, a la misma hora?
—¿Quieres volver a verlos? —preguntó el muchacho sin perder la sonrisa. Le emocionaba la idea de encontrarse con ella una vez más.
—¿Quién no querría?
Sena esperó a que ella se colara por la ventana y después de deslizó sigilosamente hasta el suelo. La pelliza conservaba el dulce olor de la princesa, y el muchacho se alejó del muro del jardín con paso lento y expresión embobada. Silenia le despidió con la mano, aunque creyó que el no la había visto, y entró en sus aposentos. Durmió hasta bien entrada la mañana y no recordó lo que había soñado cuando despertó. Pasó el día entretenida con Eugene.
Al atardecer, vestida con sus ropas de princesa, se deslizó por los oscuros Pasadizos y llegó hasta la puerta secreta."


miércoles, 26 de diciembre de 2012

Regreso al Estanque de Plata

No me he olvidado de ti, aunque no te diga gran cosa últimamente. Ya sabes por qué no lo hago. No confundas mi silencio con desinterés, y sobre todo no pienses ni por un momento que he dejado de quererte. Sólo estoy poniendo en práctica las lecciones que he aprendido a lo largo de este año, porque no quiero que vuelvas a verme perdida ni vencida, sé que no es eso lo que te hará volver. Sabes que necesito tu apoyo, que agradezco tus palabras de ánimo y que tu preocupación por mí y tu afecto me hacen fuerte, pero ahora yo también sé que necesitas mi fuerza y mi decisión, mi amor y mi fe, porque eso es lo que vienes a buscar a Thèramon, y lo que te mantiene unido a mí. Y eso es lo que vas a encontrar cada vez que quieras regresar.
Los días de la tristeza y la Oscuridad se han terminado.
El año que está a punto de empezar trae muchas cosas buenas, cosas grandes, y no pienso perdérmelas.
Yo misma voy a hacer algunas de esas cosas. Ya está bien de conformarse con soñar. Ha llegado el momento de hacer realidad los sueños. Los míos, los tuyos. Los que compartimos.
Yo ya no tengo dudas. De ningún tipo. Sé lo que quiero. Y voy a por ello, esta vez sin miedo.

Como Silenia. Decidida a encontrarse con los Dragones Plateados. Tenaz. Valiente.
Porque incluso una niña de once años sabe que el destino siempre se cumple, y que ceder a la indecisión y escudarse en que hay obstáculos para disfrazar la cobardía de uno no sirve más que para retrasar ese inevitable destino que nos aguarda.
Los dioses saben. Cosmos sabe. Y yo he comprendido que no hay obstáculo insalvable, y que la paciencia siempre se ve recompensada.
Amo y creo.
Y sé que ahora me comprendes.

Ven, regresa conmigo a las orillas de Mitrali Güae. Estamos a punto de ver a los dragones. La semana que viene cumplo años, y vendré a despedir el año contigo, y te dejaré un regalo. Sé paciente. Te gustará lo que no puedo mostrarte hoy. Y te diré lo muchísimo que agradezco que sigas a mi lado, acompañándome en este viaje.

***

© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Dragones Cisne (II)

“Al atardecer, Silenia volvió a recorrer los pasadizos que la conducirían hasta la puerta secreta. Abrió con decisión, asomó la cabeza y buscó al muchacho con la mirada, poniendo mucho cuidado de no traspasar el umbral. No quería que la puerta se cerrara antes de comprobar que él hubiera cumplido su palabra. Sin su ayuda no podría regresar.
En el momento en el que, allá en los cielos, Fsaira y Aeblir se reencontraban, bañando a Thèramon de oro y turquesa, el cabello de la princesa pareció arder; sus grandes ojos miraron, nerviosos, y sus labios se curvaron en una sonrisa cuando él se movió y fue a su encuentro. Vestía ropas de muchacho, como la noche anterior, el pelo recogido en dos trenzas y una capucha que antes no le había visto. Era una niña, pero era hermosa, y no parecía una niña. Había oro en sus ojos y plata en su pelo, arena del desierto en su piel y fuego en sus labios. Sena nunca había visto una belleza semejante, a excepción de una vez... en un sueño.
Silenia se alegró al verle como se alegra uno cuando se reencuentra con un viejo y querido amigo. Sintió el deseo de abrazarle, agradecida, pero recordó que era una princesa y se contuvo. Las promesas eran sagradas, y el muchacho había cumplido la suya. Nunca podría agradecérselo lo suficiente.
Le siguió a paso rápido en la oscuridad creciente. No tardaron ni una hora en llegar al lugar en el que ambos se habían detenido la noche anterior, allí donde se alzaba el árbol solitario de ramas altas y nudosas. Se sentaron en el suelo a esperar. Las aguas del Estanque brillaban como la superficie de un espejo bajo la luz de las lunas.
—Aún tardarán un rato —anunció el muchacho—. Te haré compañía hasta que aparezcan, después de dejaré a solas con ellos.
Silenia le miró. La brisa fresca de la noche agitaba sus cabellos despeinados y se colaba por el cuello abierto de su jubón. Si sentía frío, no lo aparentaba. Su sonrisa era cálida.
—Olvidé preguntarte tu nombre —dijo.
Le salió así, con toda naturalidad, sin tratamientos de cortesía que marcaran la diferencia que existía entre ellos. Como si ella no fuera una princesa y él fuera su amigo de toda la vida. Al fin y al cabo, se había permitido la familiaridad de cogerla entre sus brazos la noche anterior. Sintió sus mejillas arder al recordarlo.
Él se dio cuenta y esbozó una nueva sonrisa.
—Puedes llamarme Sena. Es el nombre que me dieron los Nomade.
—Seine —repitió la niña, y al muchacho le encantó cómo lo había pronunciado—. Me gusta cómo suena. Seine.
El muchacho le mostró las palmas abiertas.
—A tu servicio, princesa.
Ella le tomó las manos.
—Llámame Silenia, amigo mío —pidió—. Has hecho mucho por mí. Estoy en deuda contigo.
Sena sacudió la cabeza.
—Hay favores que deben pagarse y otros que deben hacerse —dijo—. No me debes nada, Silenia, no te he ayudado esperando una recompensa.
Silenia le devolvió la sonrisa.
—¿Tardarán aún? —él asintió—. ¿Querrás hablarme de ti mientras esperamos?
Sena se encogió de hombros, sorprendido por el interés de la niña.
—No hay gran cosa que decir. No tengo padres ni hogar, hace unos años abandoné al pueblo que me crió y voy recorriendo el mundo en busca de un lugar donde asentarme. Me quedé aquí por los dragones. No sé cuándo volveré a partir. No es una historia muy interesante, princesa.
A Silenia le pareció que Sena tenía muchas cosas que contar. Le hizo pensar en sus libros de aventuras y en sus propios sueños. Quería saber más de él.
—¿De dónde procedes?
El muchacho hizo una mueca y volvió a encogerse de hombros.
—No lo sé, hace años que busco mi hogar. He vivido con una tribu de nómadas todo este tiempo, creo que me encontraron cuando era muy pequeño cerca de la orilla meridional del Mesagua, donde las Montañas Dormidas se abren y dan paso al desierto. Creo que ellos tampoco sabían quién era, ni dónde nací.
—¿Ahora no vives con ellos? ¿Por qué?
—Les abandoné al cumplir catorce años. El Oráculo dijo que había llegado el momento de buscar mis raíces.
—¿Qué edad tienes?
—Diecisiete.
—Y pierdes tu tiempo ayudando a una niña de once, cuando seguramente tienes amigas más importantes con las que pasar la noche.
Sena la miró sorprendido. No creía que Silenia hubiera querido decir lo que él había entendido. La niña le miraba con su carita inocente llena de gratitud.
—Cuando ayudas a alguien no estás perdiendo tu tiempo —dijo; se había sonrojado un poco—. Una niña de once años es tan importante como cualquier otra persona, la edad no tiene importancia. La verdad es que no tengo más amigos que los dragones y los caballos, y que paso muchas noches aquí.
—¿Duermes junto al Estanque? —Sena asintió—. Hace mucho frío aquí.
—Cuando no tienes hogar te acabas acostumbrando al frío, princesa —dijo el muchacho con humildad pero sin vergüenza—. En este lugar me siento cómodo, y puedo ver a los Dragones Cisne a menudo.
Una ráfaga de aire sopló junto a ellos y la camisa del muchacho se abolsó. Silenia vio que era vieja, que tenía la suciedad característica de la ropa que se ha usado mucho y se ha lavado sin jabón, y que estaba algo raída. ¿Y dormía al raso, con tan poco abrigo?
—Oh... —exclamó, y enrojeció de pronto.
Se desprendió de la capucha, bajo la cuál llevaba la pelliza del muchacho, que se quitó también. Había olvidado devolvérsela la noche anterior, había dormido con ella para que nadie la encontrara y se la había puesto esa tarde con la intención de dársela. Y había vuelto a olvidarse.
Sena vestía un jubón viejo y ninguna prenda de abrigo. O había contado con que ella se la devolviera, o era inmune al frío... o no tenía más ropa que la que llevaba puesta.
Extendió su brazo y, ante la sorpresa del muchacho, le tocó la cara con su pequeña mano. Su piel estaba helada. Se sintió culpable. Le ofreció la prenda.
—Perdóname, Seine, por pensar sólo en satisfacer mi curiosidad y no preocuparme por ti —se disculpó, avergonzada—. Hace frío esta noche, y no me había acordado de devolverte tu abrigo.
Sena cogió la pelliza.
—Cuando has dormido bajo las estrellas muchas noches y has conocido el frío —dijo, mientras se la ponía—, acabas por olvidar que lo tienes. Pero gracias, princesa, esta noche es especialmente fría. Se nota la cercanía del invierno.
Se miraron en silencio unos minutos. Silenia volvió a ponerse su capucha y admiró al muchacho, que no se había quejado ni le había reclamado su abrigo. Era humilde, y sin duda tenía un corazón noble.
—¿Te molesta que te pregunte sobre ti?
—Claro que no, princesa —sonrió él—. Pregunta cuanto quieras. Aún tenemos un rato para hablar.
—¿Cómo te ganas la vida? —quiso saber la niña.
Sena dejó de sonreír. La miró un momento, pensó en la respuesta que quería darle. Por fin, buscó algo en su bolsa de cuero gastado. Era un objeto brillante y delgado, parecido a un cuchillo. Brilló como la plata a la luz de las estrellas.
—Soy lo que podrías llamar un ladrón —dijo, y probó a sonreír.
Silenia se puso tensa. Sena se dio cuenta y tomó su mano. El gesto no tranquilizó a la princesa.
—No te asustes —pidió él con voz amistosa—. No soy una mala persona.
Silenia miraba el cuchillo con los ojos muy abiertos.
—¿Vas a robarme?
Sena rió.
—Por supuesto que no —dijo. No había maldad en su voz, y tampoco notas de peligro—. No soy esa clase de ladrón. Deja que me explique.
Sena había llegado a Räel Polita después de recorrer las tierras de alrededor; no tenía dinero ni familia, sólo una cuerda flexible y un garfio de hierro que utilizaba para pescar y escalar muros. No había nacido campesino, ni ganadero, ni obrero de la plata, ni leñador; no había nacido cantero, ni comerciante, ni pescador, ni porteador. A veces entraba en los establos para ver a los caballos de cerca, y si le descubrían le echaban a patadas como a un ladrón cualquiera. Otras veces le dejaban ayudar. Quienes le conocían le apreciaban. Le buscaban tareas y le pagaban con alimentos. Pero no podía quedarse entre ellos, era la Ley.
—El único gremio que te abre las puertas sin hacer preguntas es el de los ladrones —explicó—. Vivo entre ellos en la Sección Espectral, a veces duermo en el castillo abandonado y otras aquí, bajo las estrellas, cerca de los dragones. Cuando me dejan, arreglo cercas, o alimento a los caballos, o recojo verduras, o limpio de piedras las tierras que hay que cultivar, y me gano el sustento. No siempre puedo hacerlo así.
Por ese motivo utilizaba su gancho para moverse por la ciudad, conocía cada atajo, cada callejón, se movía como una sombra y a veces cometía pequeños hurtos para poder comer.
—Créeme que prefiero trabajar —dijo con cierto pesar—. Pero los míos tienen sus costumbres: sin hogar fijo, vagan de un lado a otro y cogen lo que la Madre les ofrece: peces de los ríos, fruta de los árboles; no es como robar a las personas, pero a veces no queda más remedio. En invierno no se puede pescar en el Boreagü. Y al no pertenecer a la ciudad no puedo tener una ocupación. Es una Ley.
—Debes saber que puedes pedir audiencia y explicar a los Reyes tu situación —dijo Silenia sin apartar los ojos del cuchillo de Sena—. Es cierto que existe esa Ley, pero en algunos casos los Reyes la ignoran y conceden a un forastero un lugar en uno de los gremios. ¿Lo has intentado?
—¿En qué gremio crees que me aceptarían? —preguntó el muchacho con tristeza—. Mírame, Silenia, soy un Nomade, no conozco ninguna profesión. Los Reyes no desoirían la Ley por alguien como yo.
Silenia no supo qué decir. Pensaba que podía devolverle el favor hablando con su padre, si Seine quería trabajar, Silenia podía interceder por él y ayudarle a conseguir entrar en algún gremio. Luego se dijo que no podía hacer eso, pues debía mantener en secreto su escapada.
—Solamente los soldados pertenecen a cualquier gremio —continuó hablando Sena, mirando el objeto que tenía en sus manos—. No importa su procedencia, forasteros, pueblo o nobles, a todos se les abren las puertas del ejército. Si tienen una recomendación. Y yo lo no la tengo.
—¿Te gustaría ser soldado? —preguntó Silenia, sin dejar de vigilar la mano en la que él sostenía su arma.
—Me gustaría ser Caballero —sonrió el muchacho de forma soñadora—. Podría estar cerca de los caballos, y tener algo parecido a un hogar. También podría continuar mi viaje, pero después de haber visto a los dragones me resulta difícil pensar en marcharme de aquí.
La princesa miró las aguas, serenas, vacías. Parecía que no iban a acudir esa noche.
—¿Cómo te hiciste amigo de los dragones?
Sena alzó su mano derecha y su arma emitió un destello plateado. La niña se apartó. El muchacho le enseñó lo que tanto la había alarmado. Silenia lo cogió. Era una flauta. De plata de Räel Polita, fabricada por los moradores de las Colonias, un trabajo magnífico. Se preguntó si el muchacho la habría robado.
—A los animales les gusta la música —dijo Sena—. Y a mí también. Esta flauta fue un regalo que me hizo uno de los criadores de caballos, en recompensa por haberle ayudado a capturar a una yegua que se había escapado. Ocurrió al poco de llegar a la ciudad. A veces toco para los caballos, y otras para mí. Una noche me senté aquí y toqué, y aparecieron. Dos —le enseñó dos dedos de la mano derecha—. Eran las criaturas más bellas que había visto nunca. Y toqué para ellas, y volví muchas noches. Supongo que puedo decir que soy amigo suyo, pues han venido a mí muchas veces.
—¿Cómo son? —quiso saber Silenia. Ahora que había comprendido que nada tenía que temer de Seine, se dejó vencer por la emoción, que la volvía impaciente.
Sena adoptó una expresión soñadora.
—Hermosos como cisnes —dijo—. Ya los verás. Enormes y hermosos. La primera vez que los vi me llevé un gran susto, no tenía idea de que viviera nada en el Estanque. Demasiado sorprendido y maravillado como para levantarme y salir corriendo, seguí tocando mi flauta mientras ellos se acercaban deslizándose sobre las aguas, como patos gigantescos. Empezaron a cantar y supe que eran pacíficos, y ya no tuve miedo de ellos.
—¿Cantan? —se sorprendió la princesa.
Sena volvió a mirarla.
—Desde luego. Y es el canto más dulce que he escuchado nunca. Esa noche cantaron al son de mi flauta. Desde entonces vengo a menudo y toco para ellos, y ellos cantan para mí. Ignoro si son siempre los mismos, aunque creo que sí. No sé cuántos hay. Siempre vienen dos. Siempre a la misma hora.
Miró al cielo, pareció contar estrellas.
—Ya no falta mucho —dijo.
Silenia volvió a mirar las aguas del Estanque de Plata. Su corazón latía con fuerza.
—¿Hablan?
—¿Cómo?
—Ayer dijiste que fueron ellos los que te avisaron. Cuando la bruja me atacó.
—No era ninguna bruja. Sólo una vieja de aspecto horrible. Una ladrona.
—¿No crees que fuera una bruja?
Sena sacudió la cabeza.
—Las brujas no son así.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has visto alguna?
—Ya no quedan brujas en Thèramon.
—Ah —dijo Silenia. Pensó que sólo una niña tonta e imaginativa era capaz de creerse todo lo que decían los libros—. Pero no me has contestado: ¿hablan?
Sena se encogió de hombros.
—No lo sé, yo sólo les he oído cantar.
Esperaron en silencio. Silenia le devolvió la flauta y se abrigó con la capucha. Las lunas se desplazaban con lentitud sobre sus cabezas. Sena tocó la flauta y la niña se perdió en cada nota. Su melodía sonaba a bosques y a desierto. Al cabo de un rato se hizo el silencio. La princesa abrió los ojos con pena. Sena la miraba como hechizado.
—¿Por qué has dejado de tocar?
El muchacho parpadeó, desvió la mirada y señaló el agua con la cabeza.
—Están llegando —se puso de pie—. Me alejaré lo suficiente para salvaguardar tu secreto, pero podré oir tu voz si me llamas. No creo que desees regresar sola al castillo.
—No creo que pudiera regresar sin tu ayuda —dijo la niña.
Se puso de pie y le tomó de las manos.
—Gracias, Seine, por tu discreción; esto es muy importante para mí, y no puedo explicarte los motivos ni compartirlo contigo. Con nadie, en realidad.
—Haz lo que debas hacer, princesa. Te prometí no preguntar, ¿recuerdas? Llámame cuando hayas hecho lo que has venido a hacer.
—Te llamaré.
El muchacho se alejó corriendo, sus pasos apenas hicieron ruido sobre la tierra húmeda, y la dejó a solas junto al agua. La superficie del Estanque era negra como un secreto y lisa como un espejo. No había rastro de la presencia de ninguna enorme criatura acuática. Silenia desprendió de su cabello la lira mágica y esperó. Dos sombras gigantescas se acercaron a ella. Se quedó paralizada.”

jueves, 6 de diciembre de 2012

Conociendo blogs


Conociendo blogs es una iniciativa que parte de Cristina, administradora del blog En el mundo de la fantasía. Hace una semana, se le ocurrió una encantadora manera de conocer otros blogs, y lanzó una llamada: en su entrada nos invitaba a dejar un comentario presentando nuestro blog, y fuimos muchos los que nos animamos a presentarnos. Su propuesta tuvo tan buena acogida, que se le ocurrió crear un grupo en facebook, un grupo en el que los bloggeros podamos interactuar y conocernos. Y eso es lo que te traigo esta tarde. Si quieres dar a conocer tu blog y conocer muchos otros blogs, Cristina te invita a hacerte miembro de este grupo, sólo tienes que solicitar ser admitido. Yo ya lo he hecho.

Intento poner el enlace en la foto, pero no me sale, así que si te interesa formar parte del grupo has de pinchar más abajo, o en el banner que he colocado a la derecha.






Felicidades a Cristina por su iniciativa, desde Thèramon te damos las gracias por ayudarnos a conocer otros rinconcitos y hacer que se conozca el nuestro, y te deseamos mucha suerte, compañera.





jueves, 29 de noviembre de 2012

Utopía e Inocencia


He dudado mucho a la hora de mostrarte este capítulo, que sigue a la noche en la que Silenia y su nuevo amigo regresan al castillo de Cornell. No sabría decirte qué le veo de malo, pero no acaba de gustarme. Le he dado muchas vueltas, tantas, que hasta llegué a perder las hojas manuscritas, pues mientras pensaba en la manera de plantearlo me las llevaba conmigo de un escritorio a otro, de un ordenador al otro; al final las dejé olvidadas debajo de una pila de libros y otras cosillas que constituyen mi ocupación actual, y no fue hasta ayer que las encontré, guiada por una intuición más que por mi buena memoria. 
Como sabes, hace algo más de un mes que tengo parada la escritura de CDFCDL, pues la musa se ha empeñado en darme palabras y más palabras de lo que en un principio iba a ser mi Relato Z y ha acabado convirtiéndose en una novela que, si la musa quiere y la suerte acompaña, podrás leer dentro de pocos meses. Pero ya hablaremos de Z en otro momento, quizás en otro lugar. Me estoy planteando abrir un segundo blog, pues éste está dedicado a Thèramon, y no deseo mezclar mis diferentes trabajos, ya que no tienen nada que ver la fantasía épica con el terror, ni la prosa musical que llena las páginas de Thèramon con la prosa incisiva y directa que utilizo en Z. Me pregunto si me seguirías hasta ese otro lugar. En fin, ya veré qué hago...

Hablemos de Thèramon. Hablemos de Räel Polita. Sabes que la Ciudad de los Reyes está formada por cinco antiguas ciudades: Mersha, Habai, Anatur, Ontaar y Angor. Sabes que está protegida por una muralla hecha de plata. Sabes que cuenta con cinco castillos y que está gobernada por cuatro reyes. Pero no sabes mucho más, porque me he centrado en la historia que quería contarte más que en la Historia de Thèramon y de sus países. Todo a su tiempo, las pocas horas libres de que dispongo no me dan para hacer todo lo que desearía.

En el capítulo de hoy verás un poco más de Räel Polita. De cómo funciona. Es una visión muy inocente, o eso me parece. Creo que demasiado utópica. Eso es lo que me hacía dudar a la hora de escribir este capítulo y traértelo.
Pero creo que la inocencia es una parte fundamental de este mundo que mi musa ha creado para mí. Yo misma soy más corazón e inocencia que otra cosa. Debo decir también que esta visión de la Ciudad de los Reyes nació años después de haber leído Utopía, de Tomás Moro, y que al imaginarla recreé lo que recordaba de mi lectura. Thèramon ha bebido de muchas fuentes, no sólo de Tolkien, de Lovecraft, de Sturgeon, de Ende y de King. Utopía fue un libro muy interesante del que saqué buenas ideas. Supongo que puedo decir que me gustó, porque en cierto modo veo algunas de esas ideas reflejadas en Thèramon.

Sobre mí, ¿qué puedo decirte? Ya me conoces. Amo y creo, siempre inocencia y fe, no creo que vaya a cambiar a estas alturas. El bloqueo ha desaparecido por completo y ahora escribo casi todos los días, y a buen ritmo; cuando no estoy escribiendo, estoy corrigiendo para otros. Es lo que me gusta, y lo que sé hacer. Las cosas han mejorado muchísimo, la musa está despierta y activa, está volviendo el entusiasmo y creo que también volverá la ilusión, aunque ya no tengo prisa por nada y no espero que las cosas lleguen solas, procuro escribir mi propio destino día a día. Con voluntad, con fe, con amor, con una sonrisa.
Inocente, si quieres. Pero los sueños se cumplen. Lo estoy viendo. Y tú también lo estás viendo, ¿me equivoco? Ya sabes que el viaje no es en balde. Y hemos aprendido de nuestros errores. Ahora ya no hay oscuridad ni dudas. Ahora es el momento.
Ahora ya estoy preparada para hacer realidad mis sueños.
Y los tuyos, si quieres.


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© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Dragones Cisne (I)


"La plata era un material muy apreciado por los Raelitaro, quienes la utilizaban para fabricar muchas cosas necesarias y hermosas. Era resistente y cómoda de trabajar, si se conocían los secretos de la forja y la fundición, y los obreros de la plata los conocían. Así podían darle forma para fabricar bonitos utensilios como menaje, labrarla para crear joyas y adornos, convertirla en hilos para bordado, cortarla en láminas gruesas que unían entre sí mediante un complicado sistema de fundición para reforzar las construcciones, y fabricar armas para los soldados, pues la plata de Mitrali Güae era más ligera y resistente que el hierro y el acero. Todo el mundo poseía algo hecho de plata, pues era patrimonio de todos los ciudadanos. Pagar con plata no tenía sentido entre unas gentes que nacían con el derecho a utilizarla para lo que necesitaran. Y, como bien era sabido, la plata no se podía comer. Lo único que no se fabricaba con plata en Räel Polita eran monedas, pues la ciudad no las necesitaba. Los Raelitaro pagaban con mercancías, con un favor o con su hospitalidad, Minroq Dalnu era un país próspero y pacífico que funcionaba a la perfección sin dinero.
Los obreros obtenían la plata de Mitrali Güae, la llevaban a las Colonias y le daban forma, y más tarde la cambiaban en la ciudad por alimentos y otros géneros de común necesidad. No existían salarios en una ciudad donde todos trabajaban para todos. La gente vivía feliz y no codiciaba las fortunas de sus semejantes. Pensar en la existencia de ladrones era algo ridículo e incomprensible.
Los extranjeros pagaban con sus propias monedas, que estaban fabricadas con diversos materiales, dependiendo del lugar del que procedieran. Los comerciantes consideraban estas monedas como una curiosidad. En Räel Polita, las monedas extranjeras se empleaban para fabricarse adornos para la ropa o para el cabello, e incluso los niños las hacían servir para sus juegos. Existían Casas de Cambio, donde se pagaban estas monedas con Vales que podían canjearse en el mercado por cualquier género. Había quien se dedicaba a coleccionarlas, y se las llevaba más tarde en sus viajes fuera de Minroq Dalnu. Raras veces eran usadas para comprar algo dentro de la ciudad.
Los reyes eran depositarios de cuanto se extraía del Estanque, así como de los campos de cultivo, de las granjas, de las canteras o de los bosques y ríos que circundaban Räel Polita. Administraban justa y generosamente alimentos, vestidos, madera, lo que los Raelitaro necesitaran, y eran queridos y respetados por el pueblo. Los campesinos, por ejemplo, trabajaban la tierra porque habían nacido para ello, y no se lamentaban de su mala estrella, pues consideraban una suerte tener tierras que trabajar. No pagaban impuestos por las tierras que les pertenecían, y cogían de ellas lo que necesitaban para subsistir; el resto de la cosecha era llevado a la ciudad, y en la Plaza del Mercado los Contadores del reino procedían al intercambio. Verduras a cambio de carne, pescado a cambio de frutas, madera a cambio de herramientas, ropas a cambio de cacerolas...
Silenia había interrogado a su padre a este respecto. Con la paciencia y el cariño que siempre le prodigaba a su hija, Cornell le había dado una explicación, y Silenia había comprendido, a sus nueve años, cómo podía funcionar un país entero sin una moneda de cambio.
—Ningún hombre mortal es dueño de la tierra que le da cobijo y le alimenta —había dicho el monarca—, por ese motivo todas las tierras de Minroq Dalnu pertenecen a todos los habitantes de nuestro bello país. Cuidamos de la tierra, de los ríos, de los bosques y del Estanque, así como de los Dragones Plateados, obtenemos de ellos lo que como un regalo nos ofrecen y lo compartimos, pues todos tenemos derecho a beneficiarnos de los regalos que nos otorgan los dioses, y el deber de cuidar de que estos regalos no se agoten. Los campesinos cultivan la tierra, viven de ella y traen sus cosechas a la ciudad, donde son recogidas y administradas; ellos reciben lo que no pueden sacar de la tierra, como la madera con la que construyen sus hogares y alimentan sus fuegos, y así los leñadores, que no tienen tiempo de cultivar un huerto, reciben lo que los campesinos han recogido para ellos. ¿Lo comprendes, hija mía?
Silenia había asentido.
—Los pescadores traen el pescado de los ríos al mercado y allí lo cambian por otros alimentos, y por utensilios de pesca que se les han roto, como anzuelos de plata y cañas de madera —había dicho.
Cornell había acariciado su cabello, tan rubio que parecía casi blanco y que desde hacía unos meses lucía un extraño y delicioso mechón de color gris con destellos azules que no había tenido antes de su cumpleaños.
—Eso es, querida Silenia, lo has comprendido.
—Los criadores de caballos —había dicho ella—, ¿qué ofrecen a los demás hombres y mujeres?
Cornell había sonreído.
—Ellos crían los caballos de tu viejo padre, mi preciosa niña, que sirven a los Caballeros en la batalla y en su cometido durante los tiempos de paz. Así que tu padre les entrega unos Vales que pueden canjear en el mercado por aquello que necesitan. Es tu padre quien paga el alimento de los caballos. Por eso, si el rey desea una montura nueva en sus cuadras, los criadores de caballos se la entregan, y así su pequeña y bella hija siempre tendrá el mejor de los ponis.
—Los posaderos —había insistido Silenia, curiosa—, y los taberneros. Dan de comer a las personas y les ofrecen alojamiento. ¿Cómo les pagan los ciudadanos?
—Hay muchas formas de pagar por una comida o por una cama, querida —había explicado Cornell con agrado, pues veía que su pequeña hija poseía una mente despierta y curiosa, lo que le sería de gran utilidad en el futuro—. Con alimentos, con objetos y con Vales. Los soldados, que beben con moderación y no utilizan sus enseñas para alzarse sobre los demás, no pagan cuando piden comida y cerveza en las tabernas; los taberneros llevan una cuenta de lo que nuestros soldados consumen, y cada semana los reyes recibimos esa cuenta, que pagamos en especies. Pues los soldados sirven a los reyes, y así los reyes cuidamos de su bienestar, pagando por ellos cuanto necesiten conseguir.
—Los reyes han de ser muy ricos —había dicho Silenia. Y, antes de que Cornell pudiera contestar, había seguido hablando—. Los obreros de la plata. Explícame, padre, pues el suyo es un trabajo extraño.
—¿Extraño? —había reído Cornell—. Nada tiene de extraño, hija mía. Dan forma a la plata que obtienen de Mitrali Güae, fabrican todo tipo de objetos que todos los habitantes utilizan, y reciben el pago de los demás, esto es, cuanto necesitan. ¿Que es exactamente lo que te resulta extraño?
—Que no huyen llevándose la plata, que es tan valiosa —había respondido Silenia sin necesidad de pensar.
—Imagina que fueras un campesino —había dicho el rey; Silenia había asentido—. Recoges tu cosecha, apartas lo que tu familia y tú vais a consumir, cargas tu carreta para venir al mercado, y se te ocurre que podrías quedarte con una cantidad mayor de género. Es más de lo que puedes comer en un mes. Así pues, ¿qué haces con ello?
—¿Venderlo?
—¿Eso crees?
Silenia había pensado durante varios minutos. Sus ojos se habían agrandado al comprender.
—No podría venderlo en el mercado, pues los Contadores del reino lo contarían como parte de la cosecha, ¿no es cierto?
—Exacto —había aplaudido Cornell—. Todos los intercambios se llevan a cabo en la Plaza del Mercado. Así pues, no puedes venderlo, ¿y qué ocurre?
—Que se estropea.
—De nuevo has respondido correctamente. La parte que pretendes esconder a los Contadores se estropea, ¿qué sentido tiene entonces tratar de engañar a los reyes? Algo que se echa a perder no puede ser sustituido por nada, estarías perdiendo más que el reino.
—La plata no se estropea.
—Cierto es, pero tampoco se puede comer.
—Se puede cambiar por comida en otros países.
—De acuerdo. Imagina que fueras un obrero de la plata, y que has robado al reino, y por tanto debes huir del país.
Silenia había asentido.
—Llegas a otra ciudad, en un país distinto, te instalas allí y comercias con la plata. Ésta se te acaba, ¿y qué haces entonces? Todo lo que sabes hacer es trabajar la plata de Mitrali Güae, y a Minroq Dalnu no puedes volver. Suponiendo que los dioses son benévolos contigo y nadie te roba durante tu viaje, claro. Y sabes que en ningún otro lugar vas a estar tan bien protegido como en Räel Polita. Y eres consciente de que hay soldados que vigilan las Colonias y otros que custodian los caminos, y que el castigo para un ladrón es la muerte, pues aquél que roba a los reyes está robando a todos los Raelitaro.
—No imagino que nadie quiera robar la plata.
—Y nadie lo hace, querida hija. La plata va a parar a las arcas de los reyes, que la administran justamente.
—Pero hay soldados y guardias, si nadie pretende robar la plata, ¿por qué vigilan las Colonias?
—Porque siempre es mejor ser precavido, hija mía. La codicia es una semilla que no germina con facilidad en Räel Polita, pero fue sembrada a lo largo y ancho de Thèramon hace eones, y aprovechará cualquier descuido por nuestra parte para crecer y propagarse, como la envidia, la ira y la misma Oscuridad que se instala en aquellos corazones demasiado débiles para resistirse a sus engañosas promesas.
Después de aquella conversación, Silenia tenía claro que no era necesaria una moneda para que la vida cotidiana tuviera lugar, y no comprendía que pudieran existir ladrones en la Sección Espectral, pues Räel Polita era un lugar apacible en el que todo era de todos y en el que lo más valioso, la plata, no servía para hacer rico a nadie.
Bien mirado, la madera que se traía del Bosque Cantor debía de ser más valiosa que la plata, pues los hombres que salían a buscarla corrían muchas veces grandes peligros. Para obtener la plata sólo había que cuidar de los dragones que moraban en Mitrali Güae, y alimentarlos cada estío con la nieve de las Montañas próximas.
De qué se alimentaban los Dragones Plateados el resto del año, nadie lo sabía con certeza. Tal vez el propio Estanque contenía en sus aguas peces o algas que constituían su dieta cotidiana, o tal vez era cierto que el Boreagü vertía sus aguas en Mitrali Güae, trayendo en ellas cierta cantidad de la preciada nieve. Pero era importante y necesario para todos que los dragones tuvieran su buena ración de nieve cada año. Sin ella, los Dragones Plateados no sobrevivirían, y nadie podría volver a sacar plata del Estanque, solamente los dragones sabían de dónde obtenerla o cómo producirla.
Las Montañas Próximas se encontraban al noreste de Minroq Dalnu, y el viaje en busca de la nieve solía durar dos meses sin había contratiempos. El hijo mayor de cada rey, o un capitán del ejército en su ausencia, encabezaba un grupo de soldados y porteadores que viajaban a caballo y llevaban carros cargados de plata y de armas. La plata era necesaria para negociar con los Iberige Mithrau, y las armas para mantener alejados a los ladrones que pudieran salirles al encuentro.
Los Iberige Mithrau eran un pueblo poco numeroso y por lo general pacífico que se llamaban a sí mismos Hijos de la Plata y que vivían a los pies de Boreade Nesst. A cambio de la plata que los Raelitaro les entregaban, les permitían el paso por sus tierras y les guiaban por los escarpados caminos de las Montañas Próximas, en cuya cima podían recoger la nieve que no se derretía para llevarla a Mitrali Güae y dársela a los Dragones Plateados.
—¿Por qué los Dragones Plateados no tienen su hogar en las Montañas Próximas, por qué viven aquí, tan lejos de su alimento? —había preguntado una vez Silenia a su padre. Era primavera, y el capitán de los Caballeros se estaba preparando para el viaje anual.
El camino hasta Boreade Nesst era largo y difícil. Los Buscadores de la Nieve tenían que viajar días y noches hasta llegar al río Boreagü, cruzar los Páramos de la Sal y ascender por los riscos de Iberien antes de alcanzar los límites de Iberige Dalnu. Se trataba sin duda de un viaje emocionante y extraño. Y todo para llevar a cabo un antiguo ritual que la princesa no acertaba a comprender.
Cornell se había rascado la cabeza un momento. Los Onii Swann habían sido expulsados de su hogar durante una de las muchas batallas que habían terminado convirtiendo Nunak Dev en una tierra devastada, y moraban en Mitrali Güae desde entonces, de eso hacía ya tres Eras. Naturalmente, no podía decirle a su hija que él ya había estado allí en aquellos tiempos, pues Silenia desconocía la verdadera identidad de su padre. Tuvo que fingir ignorancia e inventar una respuesta. Le dijo que cumplía con el ritual de la Nieve por amor a los Dragones Plateados, pero que desconocía su origen y su significado.
—¿Quién sabe por qué los dragones hacen las cosas? —había dicho, después de pensar durante un largo rato.
Cuando Silenia tenía once años, una lira mágica, una canción milenaria, una puerta secreta, una promesa que cumplir y un amigo que siempre sonreía, se acercó a Mitrali Güae decidida a obtener una respuesta mejor."

miércoles, 31 de octubre de 2012

Canción para la Noche de Difuntos

Te prometí una entrada terrorífica para este Halloween. Y ya sabes que Bea siempre cumple sus promesas.

Como no he sido capaz de terminar mi relato Z, porque a pesar de mis intentos la Musa se ha empeñado en que sea una novela (ya sabes que lo mío no es resumir), te dejo un poema que escribí hace unos años (por lo menos quince, pero podrían ser veinte). Lo escribí en inglés, así que no rima mucho, no me lo tengas en cuenta (je)

Desde Thèramon, te deseo una feliz kermesse de Hocassi Vihollinen. Hoy es noche de aparecidos, de monstruos y de cuentos oscuros. Y sobre todo, de creer. Así que cree. Y ama, por si acaso no hubiera un amanecer ;)

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

CANCIÓN PARA LA NOCHE DE DIFUNTOS


Cerca de la medianoche,
cuando el sol es poco más que un recuerdo
y las estrellas se cuentan por millares,
los grillos cesan en sus canciones
para escuchar cómo alguien
pronuncia en voz alta un conjuro
hace siglos olvidado.

Poneos vuestros disfraces, niños;
cantad vuestras canciones, haced vuestras bromas;
alguien llenará vuestras bolsas de dulces.
Fingid que sois peligrosos,
fingid que estáis asustados;
para que la magia empiece
todos tenéis que creer.

Escuchad: es la Noche de Difuntos;
el espíritu de Halloween se extiende
por el pueblo; las calabazas son
las dueñas de la noche,
con sus grotescas sonrisas
iluminadas desde dentro.
Creed que son las hadas,
o las luciérnagas, o el fuego
del Infierno, quien ilumina la noche;
si pensáis que son sólo velas,
la noche dejará de brillar
y la tierra acallará sus latidos.

Gritad, reid, cantad,
bailad, haced mucho ruido,
es mejor, es mejor que no oigáis
los sonidos de la noche.

La niebla se asienta
a ras del suelo, como flotando,
y las estrellas se apagan,
y todo queda en silencio unos segundos,
los que tarda en desaparecer
la última campanada de las doce
que se va, flotando en el aire,
hasta perderse en las sombras.

Entonces,el silencio se rompe:
la tierra se abre, y un par
de manos huesudas asoman,
como tétricas margaritas nocturnas.
El resto del cuerpo es
como un alarido de terror
en medio de un cuento de hadas.

Después, sólo personajes de pesadilla
que van surgiendo desde las entrañas de la tierra,
como vomitados por ésta,
seres que escapan de sus ataúdes
para sumarse a la fiesta.

Poneos vuestros disfraces, niños,
cantad y bailad, reír,
disfrutad de la fiesta, porque
pronto habréis muerto.

Fantasmas y monstruos,
demonios convocados por un viejo conjuro;
hay más muertos que vivos
en el pueblo, esta noche.

La maldición se ha cumplido
otro año más. Es Halloween,
¿no es emocionante?

Los ojos de las calabazas son
malvados, miran las calles vacías
desde sus cuencas ardientes,
vomitan fuego infernal, y ríen
mientras esperan vuestros gritos
aterrorizados.

Poneos vuestros disfraces.
Es medianoche. La fiesta
está empezando, cantad
y bailad mientras podáis.
Es Halloween. ¿No es divertido?


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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

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