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diseño de Susana Escarabajal Magaña

lunes, 7 de mayo de 2012

Mirando al pasado


Os lo voy a confesar: me gustaba la idea de empezar un relato nuevo, pretendía llevaros hasta el País de las Nieves y presentaros a los Lil Xaii, hablar a través de esa historia sobre pérdida y despedidas, sobre dolor y derrota; hablaros también de esperanza y de nuevos encuentros, de amistad y de fortaleza. Escribo lo que me sale del corazón, ya os lo he dicho otras veces; y lo que siente mi corazón en estos momentos es precisamente lo que acabo de enumerar, lo siento si la imagen que os sugieren esas ideas es de tristeza. Así es como me siento ahora.

Pero pedí vuestra opinión, y la mayoría votó por el primer relato, el de los príncipes de Räel Polita, los hijos del rey Cornell, a quien ya conocéis de oídas. Y en parte porque la mayoría eligió el camino, en parte porque soy partidaria del orden (en este caso cronológico) y creo que será más fácil entender la historia del cazador si os cuento lo que pasó antes de que estallara la guerra, he decidido hablar a través de los relatos de lealtad, de promesas cumplidas, de confianza, de valor y de fe. Porque aunque todas esas cosas se han resquebrajado a mi alrededor en los últimos tiempos, no han desaparecido del todo, y jamás por mi parte, y también es eso lo que siente mi corazón en estos momentos.

Pero no voy a empezar por el capítulo en el que los dos hermanos entran en el Laberinto Subterráneo. Así que no os extrañéis si el comienzo de esta historia no es “Aquello daba bastante miedo”, como os mostré hace dos entradas. He decidido irme un poco más hacia atrás en el tiempo, mostraros a los dos niños y la ciudad en la que viven, y algunas de las Leyes de esa ciudad, para que podáis entender por qué deciden adentrarse en el Laberinto que recorre el subsuelo de la Ciudad de los Reyes, y de paso los vayáis conociendo. Se llaman Silenia y Eugene, por cierto.

Miremos al pasado un momento.
Os cuento: Silenia ha accedido a los Prados de las Fuentes Cristalinas, un lugar secreto y mágico al que sólo uno puede entrar. ¿Os acordáis de la primera laudana?: “pa Nùn komme kham sil”; bien, pues ése es el lugar que se encuentra tras la puerta siete veces sellada. Allí, la niña ha visto al unicornio, May-tê-addi, el amado de los dioses, y ha hablado con Ariiama, la Dama de la Fuente, una Saloma Nayden, una Sirena (aunque la habéis conocido en Wad Ras como una addimantol, hija de Traytum y amada de Eshor; pero eso fue antes de que llegara a Thèramon bajo otra Apariencia; y esto es un spoiler, que lo sepáis). Ariiama le ha hablado de su destino, de la necesidad de proteger al unicornio, le ha regalado una joya muy especial (más spoiler: efectivamente, le ha regalado a Miussaura, o Lummenii-a-Llaut, camuflada bajo la Apariencia de un broche, horquilla o hebilla de plata y coral), y le ha dicho que debe ir a Mitrali Güae, el Estanque de Plata, y allí hablar con los Dragones Cisne, o Dragones Plateados.
El problema es que Silenia vive en Räel Polita, la Ciudad de Plata o Ciudad de los Reyes, que se llama así porque en realidad son cinco ciudades en una, con cinco castillos y cuatro reyes que la gobiernan, y Räel Polita es la ciudad más segura y mejor protegida de Thèramon. Naturalmente, pues en algún lugar de la ciudad mora el unicornio, o eso dicen las leyendas, y eso saben los que saben más que el resto de los mortales (hablo de Cornell, claro, que para eso es “el hombre que es más que un hombre”). Mencionar además que los familiares de los reyes, y por extensión todos los nobles de la ciudad, no tienen permitido abandonar su seguridad hasta que alcanzan los quince años de edad (y los motivos son muy largos, así que en esta ocasión me voy a ahorrar un spoiler que resultaría demasiado extenso).
El segundo problema es que Silenia debe mantener en secreto la existencia de los Prados de las Fuentes Cristalinas, y no puede confesarle a su hermano mellizo que necesita ir a Mitrali Güae. Porque si revela su secreto, la puerta se cerrará para ella, y jamás volverá a ver al unicornio. Ni seguirá siendo el Korceler.

Bien, ahora sabéis un poco más. Ya podemos empezar con la historia.

(Y, por cierto, todavía amo y creo, a pesar de todo lo que se ha roto a mi alrededor)

*******

© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

Imposible escaparse (I)

"Los Dragones Plateados vivían en Mitrali Güae, fuera de las murallas de Räel Polita. Eran unas criaturas mágicas que se alimentaban de nieve y que extraían la plata del Estanque, y el rey encargado de velar por ellos y protegerlos era el rechoncho y afable Gidean. Esto era todo lo que Silenia sabía de ellos. La princesa no tendría ocasión de verlos hasta que cumpliera quince años, edad en la que se le permitiría por fin atravesar cualquiera de las puertas de la ciudad para salir al exterior, siempre que fuera acompañada por sus Paladim, pues para entonces ya debería haber elegido al menos uno. La Dama de la Fuente le había dicho que volverían a encontrarse dentro de trece lunas, y Silenia se preguntaba si Ariiama esperaba que para entonces la princesa hubiera cumplido su encargo.
     Seguramente sí. ¿Por qué la habría citado, de no ser así? La Sirena no parecía comprender que una niña de diez años no tenía libertad para hacer ciertas cosas. Le había encomendado una difícil misión, y Silenia se sentía impotente, y no podía pedir ayuda a nadie.
(…)
    Cumplió once años y entró en la recta final de su edad infantil. Pronto dejaría de tener tiempo para jugar y ocuparían sus días otras obligaciones que no tenían ningún interés para ella. Quería ser un soldado, no una doncella esperando a que apareciera el que sería su esposo algún día. La separarían de Eugene. Dejaría de frecuentar el Laberinto, y apenas tendría oportunidades para ver a May-tê-addi y a Ariiama. A menudo sentía deseos de llorar, pues aborrecía el futuro que les esperaba a todas las princesas. Y a pesar de que era muy joven, sufría mucho. Una parte de sí había dejado la niñez atrás hacía tiempo, maduraba deprisa y pensaba como una adulta. Y lo que deseaba su parte adulta era seguir conservando los privilegios de la niñez, que la habían llevado a conocer un mundo fantástico que nadie más había descubierto. Por otro lado, su yo más infantil era consciente de sus limitaciones, y quería rebelarse. ¡Once años, tantas prohibiciones!
   Räel Polita debía de ser la ciudad más segura de todo Thèramon. Rodeada por altas murallas que a su vez estaban bordeadas por un ancho foso, vigilada por soldados día y noche, cerrada por cuatro puertas protegidas por dentro y por fuera, inexpugnable. Imposible salir sin ser vista. Imposible salir fuera como fuese.
    Silenia no tenía Protectores, era muy joven aún para elegirlos. El aya la acompañaba siempre que quería salir del castillo, y sus dos Paladim las seguían a donde fueran. Estos hombres eran soldados de Räel Polita que cumplían dos funciones. Silenia no comprendía del todo la importancia de su misión, pero desde hacía un año había empezado a bordar la primera Insignia que un día entregaría a un soldado que ella elegiría; éste se convertiría en su Protector y ya no la abandonaría jamás. Y cuando llegara el momento en el que pudiera salir de la ciudad, su Paladim la acompañaría para cuidarla, vigilarla y protegerla de cualquier peligro.
    Silenia no lo habría tenido más fácil aunque hubiera contado con la protección de su propio Paladim. Éste no podía desobedecer la Ley; no habría podido ayudarla a salir antes de la edad permitida.
    No podría salir por las puertas de la ciudad.
    Se le ocurrió que podía descender por la muralla; era buena escalando paredes, y en la noche nadie la descubriría a pesar de las antorchas que iluminaban el exterior desde lo alto del camino de ronda. La altura era considerable hasta para un adulto, pero podría conseguirlo si se armaba de paciencia y de coraje. Buscó la manera de llevar a cabo su plan. Nada de puertas, descendería por los muros como una araña.
    Asomada desde el parapeto descubrió el primer problema.
   La muralla estaba hecha de piedra, enormes bloques unos sobre otros, como las murallas interiores y la mayoría de las construcciones de Räel Polita, incluidos los castillos. Desde el Corredor no parecía difícil practicar la escalada. La princesa ignoraba que desde el exterior la muralla brillaba como un espejo bruñido. La cara externa de la muralla estaba forrada de plata, grandes planchas de la más pura plata soldadas como una armadura a lo largo de la pared, kilómetros y kilómetros de gruesas láminas de plata fundidas sobre la piedra que no dejaban ninguna hendidura en la que apoyar los pies o las manos. Únicamente una auténtica araña podría trepar por tan lisa superficie. Silenia no era una araña, y tuvo que renunciar a su plan a pesar de que en un principio le había parecido un plan estupendo.
    Pero la idea no era mala. Y, además, no tenía muchas más opciones: o se descolgaba por el muro, o lo olvidaba todo.
    Descartó la imagen de una araña trepadora y pensó en una serpiente, y esbozó una sonrisa. Lo había leído en algún libro, en las historias que hablaban de los pueblos del sur, donde existían hombres que podían convertir a las serpientes en cuerdas. El truco consistía en tocar una especie de flauta mágica que hacía dormir a las serpientes; éstas salían de sus cestas al oir la música que las hipnotizaba y se quedaban tiesas delante de su dueño; el hombre finalizaba su número trepando hacia el cielo usando a la serpiente dormida como si de una cuerda se tratara. Silenia no sabía encantar serpientes, ni tampoco dónde encontrar alguna, pero podía descolgar una escala desde lo alto de la muralla y descender por ella. Para regresar al castillo sólo tenía que volver a trepar por la escala. Era una idea estupenda.
    Salvo que no lo era, comprobó más tarde, mientras recorría el Corredor en busca de un lugar en el que sujetar la escala. La Guardia recorría el camino de ronda día y noche, y una cuerda atada a una de las almenas sería descubierta tarde o temprano por algún soldado, quien no tardaría en dar la alarma. Y Silenia no podía permitirse un alboroto semejante.
    Tampoco las serpientes, pensó desalentada.
    ¡Debía haber algún modo!
    Lo peor lo descubrió gracias a Eugene, y esto terminó por echar abajo su arriesgado plan de una vez por todas. Era definitivamente imposible. No podría salir.
    El foso de aguas oscuras que rodeaba la ciudad era ancho, pero Silenia pensaba que incluso una niña pequeña podría cruzarlo a nado; llegaría al otro lado empapada y cansada, pero se podía conseguir. El agua lamía la pared de piedra y plata y no la corroía, y sin duda era profunda, o eso parecía delatar su oscuridad. Si no podía descolgarse, bien podía arrojarse al foso y nadar hasta la orilla. El problema era volver a subir después.
    Ése no era el único problema.
    Eugene se asomó desde el parapeto lleno de curiosidad, con la esperanza de averiguar qué era lo que llamaba la atención de su hermana, pero se cansó de imaginar una explicación y por fin se interesó por sus pensamientos. Silenia, un tanto distraída, señaló las negras aguas con una mano. Eugene asintió.
    —Vivimos en la ciudad más segura de Thèramon —dijo con una mezcla de orgullo y de consternación—. Nadie puede atacarnos, la muralla se diseñó con ese fin. Forrada de plata para que nadie pueda escalar por ella, protegida día y noche por soldados que recorren este Corredor, iluminada con antorchas que van de una torre a otra, una antorcha cada cincuenta metros para descubrir cualquier intento de invasión, y rodeada por un foso que nadie podría cruzar a nado sin acabar muriendo de una forma horrible.
    Silenia le miró. Las aguas eran oscuras y parecían tranquilas. No rezumaban un olor extraño, como de ácido, no llegaban a corroer la plata del muro, ni tenían el color verde sucio de la ponzoña. Nada se movía en ellas. No existían corrientes ni remolinos. No entendía a qué se refería Eugene, cuál era el problema.
    —Los peces comedores de carne —dijo el muchacho con tranquilidad—. Si alguien cayera al foso, no llegaría a alcanzar nunca la orilla.
    Silenia sintió que se le caía el mundo encima. También sintió que se le ponía toda la piel de gallina. ¡Peces comedores de carne! Jamás había oído nada tan horrible.
    —De todos modos —prosiguió Eugene, con el ceño fruncido—, no entiendo por qué alguien querría lanzarse al foso, si no hay modo de llegar a la ciudad desde el agua. ¿Has visto los puentes levadizos? Hay más de un metro desde la superficie del agua hasta cualquiera de ellos.
    Silenia movió la cabeza. Su impotencia crecía. Räel Polita era en verdad la ciudad más segura del mundo.
    Y con motivos, desde luego, pues guardaba en su interior a la criatura más poderosa y vulnerable de Thèramon.
    La criatura a la que ella debía proteger, pues ése era su destino. El destino de un Korceler."

5 comentarios:

  1. Oye, cómo que estás triste, no no no, no puede ser, que mi chica tiene que mostrar su cara alegre, que es el reflejo de lo maravillosa que eres y del talento que tienes, solo hay que leer esta entrada para darse cuenta de ellos, ains.... mira que me harás de ir a buscarte hasta que te saque carcajadas en plan dolor de tripillas jejejeje
    Me quedo con esa imagen de la conversación, con esos peces comedores de carne, esas pirañas y esa mujer extrañada ^^
    Un beso mi cielo y espero que tu animo jamas decaiga, eres maravillosa mi Bea :DDD

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  2. ¡Me has dejado con la intriga! ¿Va a conseguir Silenia salir del pueblo? Uixxxxx ahora ya estás buscando un ratito para no dejarme así.... Y lo de la tristeza, haz el favor de sonreír, que cuando te pones a escribir nos muestras todo tu talento, que es mucho. Así que arriba ese ánimo, fuera lágrimas, adiós mala pata

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  3. ¡Me encanta!mí niña,ya estoy deseando saber como dán con la salida y por lo que tienen que pasar para salir.Yo tampoco quiero verte triste,un besazo mí niña,sabes que para mí vales mucho.Te quiero
    Firmado:Sara

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  4. Era la ciudad más segura de Theramon y una cárcel para Silenia.
    Y hablando de Silenia, parece que me has descrito a mí cuando tenía trece años. Siempre deseaba pertener al mundo de los mayores y al mismo tiempo, luchaba contra los cambios físicos de la adolescencia. Me ha encantado este personaje.
    No sé como hará para escapar, pero estoy casi convencida de que lo logrará.
    Un besazo Beaaa!

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  5. Un relato precioso y un personaje muy especial. Ya estoy deseando saber más de Silenia; me gusta mucho esta muchacha, me gustan su audacia y su valentía; creo que junto con Dayna, son de los personajes que más me gustan, ah, y las Gudamin. Nuevamente te has lucido; una vez más nos has hecho soñar con este relato. Espero que para el lunes haya uno nuevo. No te dejes vencer por el desánimo; los fieles quedarán; los infieles marcharán para siempre a donde nadie pueda encontrarlos. Tú sigue escribiendo, sigue soñando, sigue tejiendo hilos de Amor...
    Y recuerda: YO TAMBIÉN AMO Y CREO.
    BESOS, mi niña.

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