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diseño de Susana Escarabajal Magaña

lunes, 25 de junio de 2012

¿Imposible escaparse?


¿Te acuerdas de Silenia, la princesa que hizo una promesa a la Dama de la Fuente? En el capítulo anterior la dejamos ideando maneras de escaparse de Räel Polita, la ciudad más segura de Thèramon. No se le ocurrieron grandes planes, recuerda que no es más que una niña de once años que solamente conoce lo que ha podido leer y lo que le han contado sus mayores, y los pocos que se le ocurrieron no eran factibles. Pero eso no la hizo desistir de su empeño en visitar el Estanque de Plata. Lo que más me gusta de Silenia es su determinación. Puede que sea una cría, que sea ñoña, que esté llena de ideas románticas acerca del mundo y de la vida, pero su decisión es firme, y su lealtad inquebrantable. Ha sabido guardar su secreto durante años, incluso delante de su hermano mellizo, al que no puede ocultar nada, porque sus corazones se entienden sin necesidad de palabras. Y está decidida a proteger al unicornio al precio que sea. Todavía no es consciente de lo mucho que va a tener que dar de sí misma para cumplir con su destino de Korceler, pero conoce la importancia de su misión, y ha aceptado ser la Protectora del amado de los dioses.

Hoy te dejo la continuación del capítulo. Esta parte de la novela no es mi favorita, necesita una revisión, tengo que pulir y cambiar algunas cosas, pero me gusta lo que transmite: determinación, voluntad, tesón. Lealtad.
Voy a dejar atrás los sentimientos tristes y los negativos y voy a centrarme en estos que hoy comparto contigo, si es que sigues aquí, haciendo el viaje a mi lado. Lealtad. Voluntad. Determinación. Sentimientos positivos, porque la vida también está llena de cosas buenas que muchas veces no vemos ni apreciamos porque nos centramos demasiado en las que no lo son tanto o las que no lo son en absoluto.
Bienvenido, optimismo.
Estoy decidida a cumplir mis promesas y mis sueños. Sé que no hay obstáculo insuperable, cuando una le pone voluntad. Y, siempre, fe y amor.


© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

Imposible escaparse (II)


"El tiempo pasaba, y la promesa de visitar a los Dragones Plateados continuaba incumplida.
—¿Te das cuenta de que somos prisioneros? —le preguntó a su hermano una mañana de verano. Había consternación en su rostro.
Ese día no tenían clases, pues era el día de mercado y a los nobles se les daba fiesta. Habían salido a que les diera el sol, y después de pedir permiso al aya y de prometer que no se moverían del Corredor, donde había guardias suficientes para velar por ellos y vigilarlos, habían corrido escaleras arriba de la Torre del Ojo y habían accedido a lo alto de la muralla por la puerta de madera y acero que existía en un lateral de la torre. Al otro lado había una puerta idéntica que llevaba al camino de ronda que comunicaba el castillo de Cornell con el de Charm. Los dos hermanos solían frecuentar más el corredor que llevaba al castillo de Gidean. Desde allí se veía mejor el Fuerte de los Caballeros.
Se encontraban sentados sobre el parapeto, mirando al exterior. Sus pies colgaban sobre el vacío. Bajo ellos, el foso y sus invisibles peligros. Más allá, tierras y pastos, aldeas, el reflejo del Boreagü y los picos blancos de Boreade Nesst. La Guardia se paseaba de un extremo a otro del Corredor; cuando llegaba a su altura, uno de los soldados les dedicaba una sonrisa llena de curiosidad y preocupación: los niños no debían arriesgarse a sentarse sobre el muro; aunque aquellos dos tenían el consentimiento del rey, y los soldados de la Guardia no osaban reprenderles, antes bien, les vigilaban con atención, dispuestos a correr a auxiliarles si era decisión de los dioses que resbalaran y se precipitaran al vacío. Aeblir iluminaba la tierra, pero las aguas del foso se mantenían oscuras, como si absorbieran la luz.
Eugene asintió. Estaban tan protegidos que nadie podía entrar en la ciudad si los reyes no lo permitían; del mismo modo, ellos no podían salir. Sus sueños de aventuras y viajes tendrían que esperar aún varios años.
—Mira los campesinos —dijo Silenia con tristeza—. Cruzan cada mañana la Puerta Norte para ir a las tierras. Los obreros de la plata que no viven en las Colonias traspasan la Puerta Sur, y los leñadores salen por la Puerta Oeste, todos salen para ir a alguna parte. Los criadores de caballos utilizan la Puerta Este, debajo de nosotros. Y los soldados, ellos cruzan cualquiera de las puertas. Todos salen —repitió—. Excepto nosotros, que somos presos de estos muros.
—Es el precio que debemos pagar por ser hijos de rey —dijo Eugene, haciendo una mueca. Parecía tenerlo muy asumido, pero tampoco le entusiasmaba la idea de vivir en una prisión de plata y joyas—. Pero un día seré Caballero y cruzaré esta puerta montado sobre el mejor corcel de las cuadras de nuestro padre, y podré ver el mundo entero.
Silenia no compartió su entusiasmo.
—Y te llevaré conmigo —aseguró su hermano, y la tomó de la mano para reforzar con ese gesto su promesa.
Silenia no sonrió, ni le miró. La idea no la consolaba. Faltaba una eternidad para que la profecía de Eugene se cumpliera.
Los forasteros entran por cualquier puerta libremente, pues Räel Polita está abierta a todos aquellos que vengan en son de paz —continuó quejándose—. Y, cuando se marchan, vuelven a cruzar las puertas con total libertad.
—Mientras que los nobles que deseen salir deben ir acompañados de sus Paladim —añadió Eugene.
Silenia miraba a lo lejos. No sonreía.
—Los niños de la ciudad pueden ir a donde lo deseen, sin necesidad de ser escoltados por adultos. Entran y salen de la ciudad y recorren cada una de las Secciones sin miedo a perderse —siguió diciendo.
—Esos niños trabajan todo el día con sus padres —continuó Eugene con un intento de sonrisa. Empezaba a contagiársele el pesimismo de su hermana—. Muchos viven fuera de los muros de Räel Polita, desprotegidos ante cualquier ataque.
—Pero pueden ver a los Dragones Plateados —se le escapó a Silenia. Miró a su hermano y no captó en su expresión rastro de comprensión o de sospecha—. Pueden ir a las caballerizas, al molino, llegar hasta el Boreagü; pueden visitar el mercado, asistir a las fiestas, participar en el concurso de tiro y jugar con otros niños. Nosotros no podemos hacer eso. ¿Por qué los príncipes no podemos salir de la ciudad? —se quejó—. ¿Por qué no se nos permite siquiera recorrer la ciudad sin un Paladim a nuestras espaldas?
—Es la Ley —dijo Eugene con un encogimiento de hombros.
—No entiendo de qué pretenden protegernos esas Leyes estúpidas.
Tenía mucho cuidado al hablar con Eugene, pues no quería ni debía hablarle de su planes ni hacerle sospechar. Pasaba mucho tiempo con él, pero trataba de no insistir demasiado en el tema que tanto la preocupaba. Sólo se atrevía a hacer un comentario o una pregunta muchos días después de haber hecho los anteriores. Aun así, Eugene no pasó por alto su preocupación constante.
—Si no te conociera, diría que estás buscando un modo de huir de la ciudad, querida hermana mía —dijo una tarde, casi sonriendo. El verano había quedado atrás.
Silenia se sintió enrojecer.
—No hay modo —sacudió la cabeza con resignación—. No importa cuánto deteste mi prisión. Podría pensar durante años y no hallaría una salida.
—Así que no estaba equivocado. Quieres escaparte.
Silenia le devolvió una mirada triste.
—¿No lo has pensado nunca? Salir siquiera un día, sentirte libre, salir sin ser visto o seguido por una horda de Protectores, mezclarte con el pueblo y ver algo más que paredes forradas de tapices y ventanales cubiertos de cortinas y encajes.
Eugene esbozó una sonrisa.
—Salir de la ciudad, visitar las tierras de Minroq Dalnu, cruzar las fronteras —asintió—. Saber qué hay al otro lado del Boreagü, escalar los Picos de Fuego y llegar más allá de Boreade Saaru, ver otros pueblos y aprender sus costumbres distintas de las nuestras.
Sus ojos se animaron con un brillo que Silenia había visto muchas veces antes al hablar con él de sus sueños y del futuro que tal vez nunca se cumpliría.
—Internarme en Parome Arborae y enfrentarme a los Ente Arborea —siguió diciendo con entusiasmo—; navegar por el Pantano de las Lágrimas, llegar hasta el límite de la tierra, descubrir si se puede llegar más lejos. Ver qué aspecto tiene Süt Zäwasze de cerca y comprobar si es cierto que no hay nada más allá del abismo.
—Viajar al desierto del sur, acompañar a los Nomade en su recorrido, navegar por el Mesagua hasta su desembocadura —añadió Silenia, y tenía el mismo brillo emocionado en los ojos dorados.
—Explorar el Bosque Negro, enfrentarme a las peligrosas mujeres guerreras del Mar de Hierba, conocer las extrañas costumbres de los habitantes de Samura Dalnu y seguir hasta el norte, ¡hay tanto por ver! Thèramon es tan extenso, y sólo lo conocemos por los viejos mapas de los Archivos y por las historias del aya.
Silenia suspiró.
—A veces, pienso que Thèramon sólo es un nombre, una idea sobre la que fantasear. El único mundo que conocemos es el que podemos ver desde este Corredor.
Eugene la miró un momento, miró después hacia el foso y por fin suspiró, al tiempo que sus ojos se apagaban.
—En ocasiones, yo también lo pienso, hermana. Como he pensado en fugarme alguna vez y hacer realidad esas fantasías, vivir las aventuras que soñamos en voz alta —admitió—. Pero no hay forma de hacerlo. De momento, no podemos salir de la ciudad.
—Ya veo —murmuró Silenia.
Su hermano miró hacia el cielo y fijó sus ojos soñadores en el resplandor azulado de Fsaira, que avanzaba desde el este al encuentro de los dos soles dorados.
—Excepto que diéramos con una puerta a través de los Pasadizos —pensó en voz alta.
La niña abrió mucho los ojos.
—¿Existen puertas para salir de la ciudad desde el Laberinto Subterráneo? —preguntó, esperanzada.
Eugene se encogió de hombros.
—Se dice que las hay, o las hubo hace mucho tiempo —dijo—. Pero no existen mapas de los Pasadizos. Y yo no he dado con ninguna puerta de salida. Aunque tampoco he explorado más allá de la puerta que lleva a las mazmorras.
Pero si existían puertas para acceder a los Prados de las Fuentes Cristalinas desde el Laberinto, no era imposible que Silenia pudiera encontrar otras. La Dama de la Fuente le había dicho que la Magia de la Música era poderosa, y que ella ya estaba preparada para aprenderla. ¿La ayudaría la Magia a encontrar una puerta en el Laberinto Subterráneo?
Existían tres maneras de acceder a los otros castillos desde el castillo de Cornell. La que empleaban los adultos acompañados de Protectores llevaba de un castillo a otro saliendo por la puerta principal y atravesando las distintas Secciones de la ciudad. La segunda, la que utilizaban los niños sin necesidad de que alguien les acompañara, les conducía a lo largo de la muralla avanzando por el camino de ronda que comunicaba entre sí las torres de cada castillo. La tercera era la que solían emplear los reyes cuando tenían prisa por reunirse con sus iguales. Los niños habían bajado alguna vez, por diversión, pero no se habían atrevido a internarse en el Laberinto Subterráneo, en el cual era tan fácil perderse.
Pero tenía que intentarlo. Tenía que visitar Mitrali Güae. Había hecho una promesa.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —adivinó Eugene. Su expresión era traviesa y resuelta.
Silenia esbozó una sonrisa.
Cornell les había conducido alguna vez por los pasillos que discurrían bajo las calles de la ciudad, y les había enseñado cómo llegar a los diferentes castillos rápidamente y sin perderse. Había alguna clase de magia en los Pasadizos, eso pensaban los niños, pues se podía llegar por ellos hasta el castillo más alejado tardando la mitad de tiempo del que les llevaría hacerlo desde la superficie, pero también era cierto que uno podía perderse en los Pasadizos y vagar por ellos durante días sin posibilidad de ser rescatado, pues no había guardias que vigilaran el Laberinto Subterráneo. Y no había que olvidar que debajo de la ciudad se hallaban las mazmorras, que sólo los dioses sabían si estaban aún en uso.
Los dos hermanos sabían que el Laberinto Subterráneo conducía a cualquier parte de la ciudad que uno deseara alcanzar, pero ellos no conocían los caminos. Habían bajado solos, a escondidas de Cornell y de sus sirvientes, por la simple diversión de investigar y explorar, y habían vuelto tras sus pasos al comprender que podían llegar a perderse sin remedio. En una ocasión se habían topado con una antigua puerta que debía de llevar a las mazmorras que, según decían, no se utilizaban desde hacía generaciones, aunque quién sabía, en algún lugar tenían que estar encerrados los malhechores, y no se habían atrevido a seguir. De hecho, ni siquiera habían comprobado si la puerta estaba o no cerrada con llave.
Silenia pensó en la vieja puerta y lo supo. Su corazón le dijo que aquélla era la forma de salir de la ciudad.
—Por las mazmorras —dijo.
Eugene estuvo de acuerdo.
A ninguno de los dos se le ocurrió pensar que era imposible que existiera una salida en la zona de las viejas mazmorras, pues en ese caso todos los reos se habrían escapado de su prisión a lo largo de los años. Sólo eran niños con la cabeza llena de fantasías y de ideas de aventura, y ambos estaban convencidos de que la salida debía de encontrarse allí.
Se miraron durante un momento, los dos emocionados, Silenia pensando en los Dragones Plateados y Eugene viendo en su imaginación centenares de posibles aventuras. Si encontraban la forma de salir, irían juntos, y volverían sin ser vistos, y ambos verían cumplido uno de sus sueños.
—Adelante, entonces —dijo Eugene, resuelto—. A las mazmorras. Al menos, mientras investigamos en busca de una puerta de salida nos olvidaremos del aburrimiento que nos rodea.
Silenia asintió.
—A las mazmorras —dijo—. Hasta que la encontremos.
Se sonrieron.
Hicieron planes."

2 comentarios:

  1. Mí niña,me he quedado con la miel en los labios,ya estoy deseando saber que aventuras les sucederán a Eugene y Silenia.
    Gracias por dejarnos acompañarte en tu camino hacia tus sueños.TQ
    SARA

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  2. ¡Quiero más Bea! Ya estás poniendo esa cabecita tuya a escribir la continuación. ¡Me gusta Silena! Y lo que más ilusión me hace es tu resurrección como escritora...
    ¡Ama y cree! BESOSSSSSSSSSSSS

    ResponderEliminar

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