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diseño de Susana Escarabajal Magaña

domingo, 19 de agosto de 2012

Laudaner


Te prometí que el domingo te mostraría algo muy especial. Bea siempre cumple sus promesas.
Uf, qué nerviosa estoy. Y qué emocionada!!!

La entrada de hoy habla de cambios. Los habrás visto al llegar. ¿Qué te parece el nuevo diseño? A mí me gusta más que el anterior. De hecho, cuanto más lo veo, más me gusta. Y eso que me daba tanto miedo cambiarlo. Ahora podrás leer las entradas con más comodidad, ese fondo azul claro es menos agresivo que el negro con letras blancas, ¿no te parece?
El fondo es obra de Ana, digamos que ha sido nuestro primer contacto (el mío, al menos) con un programa llamado Gimp para retocar fotos y hacer diseños chulos. Yo lo más que conseguí fue aplastar la foto de la cabecera, que era lo que quería, por cierto: adoro esa foto, pero me parecía demasiado grande, ¿cómo conseguir una cabecera algo más discreta sin eliminar a Halodan, que le confiere toda la personalidad al blog? Éste fue el resultado. También he cambiado las letras del título, ahora tienen un aire más épico, ¿no crees?

Pues vaya cosa que me enseñas, quizás estés pensando. Sí, el diseño no es lo mío. Tampoco los cambios. Me siento cómoda con lo que conozco, aunque no sea perfecto. Cambiar es una especie de trauma, algo que me aterra, que me bloquea y me paraliza. Pero lo cierto es que llevo meses bloqueada y paralizada... ¿Debería decir llevaba?
Algo ha cambiado.
Y éste es el resultado. Lo que vas a leer. No es el diseño lo que quería mostrarte hoy, lo que prometí enseñarte. Es el relato. Un relato nuevo, recién salido del horno, como se suele decir.
Espero que te alegre. Es lo primero que escribo en meses. Y ha salido casi de un tirón. Casi como en los viejos tiempos.
Quería compartir contigo mi entusiasmo y mi alegría.

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

LAUDANER

“Cada tarde, a la misma hora, durante un instante que parece eternizarse, los cielos arden en una explosión de color: oro, granate y turquesa mezclados, la demostración visible del amor de dos seres inmortales que son tan reales como las criaturas que contemplan su unión con el corazón encogido y los ojos maravillados. El tiempo parece detenerse. Thèramon aguanta la respiración. La oscuridad no se atreve a hacer acto de presencia. Ungetsu aguarda su momento, respetuosa y emocionada.
Es la hora del ocaso.
Y a pesar de que se trata de un espectáculo que se repite a diario, no por ello deja de resultar emocionante y digno de ser contemplado.
Pero hay mucho dolor detrás de tanta maravilla. Cuán grande es la pasión de Fsaira, qué inmenso su amor, que no puede ser correspondido, profundo ha de ser su pesar, tanto como el mío, pues amo lo que no puedo tener. Lo que ni siquiera consigo encontrar.
Habría dado mi vida por volver a verle, por ser su elegida, por tener el honor de protegerle. Por volver a escuchar su hermosa voz, su risa burbujeante, semejante al rumor de los arroyos. Por acariciar de nuevo sus sedosas crines y verme reflejada en el violeta de sus ojos. Lo habría dado todo por él. Lo di todo. Mi vida, mi cordura, mi voz, mi último aliento, todo lo perdí mientras le buscaba, mientras le esperaba. Al unicornio que me hizo una promesa que jamás llegó a cumplir.
—No puedes encontrar al unicornio, Bema; no, si él no desea ser encontrado.
Kylos se acerca revoloteando, llenando el aire con ese sonido de campanillas que ya adoro. Hubo un tiempo en el que las notas de mi llaut sonaban con la misma belleza. Un tiempo en el que mi voz apagaba todas las demás voces. En el que era respetada y admirada, la más grande laudaner de Thèramon que ha dado esta Era.
Pero perdí mi voz, enfrascada en una búsqueda que todavía no ha terminado.
Perdí la cordura, la fe en los dioses, el deseo de vivir.
Perdí la capacidad de narrar historias.
Perdí mi camino. Me perdí a mí misma.
Largo ha sido mi viaje, a través de un sendero tenebroso, sin una luz que me guiara, pues ya no podía verla en sus hermosos ojos. Febril ha sido mi empeño, intenso mi deseo, fluctuante mi fe. Por momentos pensé que los dioses me mostraban el camino, por momentos sentí que me habían abandonado. Mi corazón me decía que nunca hay que dejar de luchar por lo que se ama, que siempre hay que perseguir el sueño que nos mantiene con vida. Pero mi corazón fue tocado por la amargura, dañado por la indiferencia, quebrado por la traición, y perdí las fuerzas para seguir buscando. Me detuve. Temerosa de pronto, envuelta en una gélida oscuridad. Perdida, rezando a los dioses, esperando que él viniera a mi encuentro y me sanara.
Esperando. Sin moverme, esperando a la vera del camino, enferma, inerte. Dejé de buscar, me limité a esperar. No sucedió nada. Los dioses enmudecieron, la oscuridad me envolvió, tardé en comprender que mi inmovilidad había hecho que todo se detuviera a mi alrededor.
—Continúas buscando en el lugar equivocado.
No me muevo. No giro la cabeza para buscar a la criatura que me acompaña desde hace ya algún tiempo. Al igual que el unicornio, Kylos no se deja ver fácilmente. Su voz parece proceder de todas partes, su aleteo me rodea, su risa me envuelve. Pero es tan diminuta que no sabré localizarla, no importa el empeño que le ponga. Podría mostrarse ante mí con un tamaño mayor, pero no quiere hacerlo. Tampoco se lo pido. Bastante honor me hace al quedarse a mi lado. Las Gudamin no gustan de alejarse de su hogar; y aunque disfrutan con la compañía de algunos dizseiim, no suelen prolongar sus encuentros con ellos. Por algún motivo que no me ha explicado, ha decidido acompañarme en mi viaje. Un trecho. No sé hasta cuándo. No quiero aventurar nada. No me hago preguntas. Hace mucho tiempo que no me siento viva.
Tampoco me importunan sus palabras. Es una criatura muy sabia. Y el sonido de su voz me reconforta. Ignoro si sabe hasta qué punto.
—La búsqueda del unicornio es la búsqueda de uno mismo —dice, y siento una especie de caricia en un lado del rostro. Me gusta que haga eso. No quiere aumentar su tamaño para que pueda verla mejor, pero siempre me avisa de su presencia, primero me llega su voz, después me regala el roce de sus delicadas alas iridiscentes.
Creo que sonrío, pero lo hago sin darme cuenta. Creo también que mi sonrisa es triste. Sí, todavía lo es. Aún siento un vacío en el pecho que me produce dolor. Aunque desde que Kylos está cerca, mi corazón ya no sangra. Y mis ojos ya no están cerrados. La Gudamin me ha ayudado a abrirlos.
—Te estás perdiendo el ocaso.
Vuelvo a sonreír, todavía sin humor, pero ya sin pena. Demasiado tiempo mis ojos han estado velados por una densa oscuridad que me impedía disfrutar de tan magnífico espectáculo. Ahora que de nuevo puedo ver, no estoy mirando al cielo. Sobre nuestras cabezas está teniendo lugar el encuentro entre Fsaira y Aeblir, pero mi atención se halla centrada en un punto más cercano. Miro delante de mí, no puedo dejar de mirar la imponente figura que me devuelve la mirada, mientras me pregunto, admirada y llena de temor, qué quiere de mí, cuáles son sus intenciones; por qué no se aparta, o me ataca, o al menos deja de mirarme. O me habla.
Mientras me pregunto si mi búsqueda ha concluido, o si es el propósito de mi viaje lo que ha cambiado.
Acaricio las cuerdas de mi llaut. Las notas que le voy arrancando estos días no conforman una melodía, pero a mis dedos les agrada el contacto, y mi corazón reacciona con anhelo a cada una de esas notas sueltas. Deseo volver a oir el sonido de mi propia voz declamando la más hermosa de las laudanas que jamás se hayan escrito. Si pudiera, si tan sólo fuera capaz...
—Si te atrevieras —Kylos vuelve a leer dentro de mí.
Si me atreviera. La Gudamin tiene razón, como de costumbre. He tardado en comprender que la oscuridad pudo tocarme porque mi temor se lo permitió. Sentía el corazón tan vacío, que lo llené de dudas, en lugar de llenarlo de esperanza. Pero Kylos me recordó que En el principio era el Vacío, y recitando los versos de la historia que tantas veces he narrado me abrió los ojos: Pero las primeras estrellas no habían nacido todavía, y aún tardarían en aparecer, pues no era su destino ser creadas, sino que habrían de surgir del dolor y de la pérdida. La Oscuridad es real, no así los motivos que encontré para dudar. Si encontraba una nueva esperanza, si permitía que surgieran las estrellas, la oscuridad se retiraría.
Pero llevaba tanto tiempo buscando al unicornio... ¿Debía olvidar mi anhelo, inventarme una ilusión nueva que me devolviera la esperanza?
—No tienes que renunciar a tu búsqueda —me dijo un día la Gudamin, con su voz semejante a campanillas de cristal—. Sólo debes empezar a mirar en el único lugar en el que aún no has buscado. Mira dentro de tu corazón.
Y lo hice.
Ahora sé que no perdí la voz, que elegí enmudecer. Escogí dudar, escogí temer, escogí morir. Me detuve, y el mundo se detuvo a mi alrededor. Nada pasó, tan sólo los días. Kylos me hizo comprender muchas cosas, me hizo ver que no hay decisiones irrevocables. Que podía elegir de nuevo. Volver a tener un sueño. Recuperar la esperanza. Creer en mí misma otra vez, crear música como en el pasado, ser de nuevo la mejor laudaner de Thèramon. Era mi decisión.
Podía elegir ponerme en pie, y eso fue lo que hice.
Deseé. Creí. Recé. Recuperé mi llaut y recité con ella: De este modo el Vacío dejó de ser Berindei, la Nada Infinita, y desde ese momento fue llamado Viorel, que en la lengua de los heryshi significa Lleno de Vida.
Cuando di el primer paso, algo ocurrió. Algo que no había esperado.
Yo estaba buscando al unicornio... y encontré a un dragón en el camino.
Es al dragón a quien miro ahora, mientras los cielos arden y una Gudamin encantadora y diminuta me arrulla con su risa burbujeante al tiempo que me acaricia con sus alitas iridiscentes. Al dragón que me devuelve la mirada, inmóvil a apenas unos pasos de donde yo me encuentro.
—¿Debería sentir miedo? —pregunto en voz baja, no sé si hablo con Kylos, con el dragón o conmigo misma.
El enorme dragón ladea la cabeza, sus ojos refulgen un instante con un fuego dorado, ésa es toda la respuesta que obtengo por su parte.
La pequeña Gudamin ríe, campanillas llenando el silencio, revolotea junto a mi cabeza, todo su cuerpo despide destellos irisados.
—Lo desconocido siempre causa miedo. Lo nuevo siempre asusta. Tú decides si echas a correr y vuelves a esconderte, o te acercas y te atreves a descubrir qué tratan de decirte los dioses al enviarte a uno de sus elegidos.
—Los dioses se divierten hablando con enigmas. Yo buscaba al unicornio. ¿Por qué encuentro a un dragón?
—Los unicornios y los dragones son criaturas muy parecidas, Bema, ambos proceden de la misma fuente, ambos son hijos de los Primeros Dioses que moraron en Wad Ras. Los unicornios llevan la esencia de Ergin, y los dragones la de Enlil, los dioses hermanos, los Primeros Padres. No te extrañe lo que has encontrado, los dioses saben que es lo que estabas buscando. Pero recuerda que la búsqueda del unicornio es una búsqueda interior. No encontrarás al unicornio en otro lugar más que en tu corazón. Puede ser que ya lo hayas encontrado, y que tu unicornio interior haya invocado a este dragón, pues los dragones nacieron para amar y proteger a los unicornios, como bien sabes, dado que conoces mejor que nadie la Historia de Thèramon y sus orígenes.
—Pero no todos los dragones son buenos. Algunos se dejaron seducir por el poder ponzoñoso de la Sombra.
—Tú misma te has dejado arrastrar por la oscuridad de Skadûr, y eso no significa que tu corazón no sea puro.
Suspiro. Kylos tiene razón. Siempre la tiene.
Y yo no puedo apartar mis ojos del dragón. No puedo decir a qué raza pertenece. Definitivamente, no es uno de los Sungë, los hermosos perlados que surcan los cielos sin alas, ni uno de los Kanzio, que se deslizan sobre la tierra sin patas, como gigantescas serpientes del color de los bosques ancestrales; tampoco uno de los Swann, que viven en las aguas, semejantes a enormes cisnes plateados. Su aspecto es imponente y casi amenazador, pero no es negro como los perversos Darok, que sirven al poder que busca la caída del unicornio, tampoco es de color rojo, como los Ygnos que moran en el Desierto de las Ilusiones y no sirven más que a sus propósitos; ni azul, como los fieros y compasivos Nyil, amigos de los Blaük Duneii.
Su aspecto me recuerda a los dorados Gwold, de los que mucho se habla y tan poco se sabe, porque hace muchas Eras que los Dragones Dorados desaparecieron sin dejar rastro. Aunque hay quien dice que los Gwold eran los descendientes directos de Halodan Sturgeon, el primer dragón que pisó Thèramon, el hermoso Blanco del que nacieron los primeros Baskonios.
Podría ser un Baskonio. Podría ser un auténtico Onii que haya elegido esta Apariencia para mostrarse ante mí, porque no desea mostrarme su verdadero aspecto. No lo sé. Me intriga. Quisiera descubrir qué hay detrás de lo que mis limitados ojos de dizseiim son capaces de ver.
—¿Por qué no deja de mirarme?
—Los dragones son sensibles a la belleza, Bema, y aman especialmente la música. Tú posees las dos cosas que podrían atraer a una criatura como ésta.
—Te equivocas, Kylos, yo no soy hermosa...
—Claro que lo eres. Posees una luz interior tan hermosa que es capaz de competir con la propia Ungetsu, ¿cómo no iba a adorarte ese dragón, que nació amando a la Luna Oculta?
—...Y tampoco puedo crear música, hace tiempo que lo intento, pero he olvidado cómo se hace.
—Eres una laudaner, Bema, la mejor que ha dado esta Era. Hay música en tu voz, y en tus palabras. Cuando cantas laudanas ya existentes, cuando recitas historias ya escritas, cuando narras otras que vas creando sobre la marcha. Naciste con ese don, y no puedes deshacerte de él, como no puedes arrancarte el corazón voluntariamente. El corazón se rompe, pero nunca del todo. Y la voz se apaga, pero nunca para siempre. Ahora vuelves a sentir los latidos de tu corazón; del mismo modo, volverás a narrar las historias de Thèramon que tantos aman. Es tu destino.
Siento que algo está cambiando. Que el mundo que me rodea ha comenzado a moverse de nuevo. Mi decisión de levantarme y seguir caminando ha hecho que lo demás se mueva conmigo. Y el movimiento me ha traído algo que no había imaginado.
Miro al cielo un momento. Los amantes reunidos inician el camino de regreso hacia el horizonte oriental. La noche se despliega en silencio, pronto los más afortunados podrán volver a ver el rostro hermoso de la Luna Oculta. Pero no es el final de otro día, sino el comienzo de uno nuevo. Es la hora del amanecer.
Y el dragón parece sonreír, como si supiera lo que estoy pensando. Supongo que lo sabe, los dragones tienen ese poder.
Es una criatura hermosa, como lo son todos los dragones. Es un enviado de los dioses, no puede ser de otro modo. Cierto que su tamaño me asusta. Pero su presencia me reconforta. El propósito de los dioses, lo desconozco. Y sin embargo, me hablan, y yo escucho. Los dioses no suelen darnos lo que queremos, pero sí lo que necesitamos.
Y algo está cambiando. A mi alrededor, también en mi interior.
Me asustan muchísimo los cambios, pero estoy aprendiendo a aceptarlos.
Y si los dioses hablan, es porque el momento se acerca. El momento de hacer realidad mis sueños. Y me pregunto si estoy preparada. Parece ser que los dioses piensan que sí.
Así que me siento más fuerte.
Y miro al dragón con otros ojos. Y empiezo a acercarme a él. Con cautela, pero sin miedo.
Lo que me aguarda más adelante, no me atrevo a aventurarlo.
Pero llevo mi llaut conmigo, y ¿sabes?, vuelvo a ser capaz de tocarlo. Y me gusta la música que surge de sus cuerdas. Mírame, soy una laudaner, y tengo muchas historias que contarte.
No temas al dragón que me acompaña, yo ya no lo hago. Más bien agradece su presencia, porque me ha devuelto la voz.
¿Quieres ponerte cómodo? He venido a cantarte una laudana. Escucha, siente la música, déjate mecer por mi voz. La historia que vengo a contarte es la más hermosa que el mundo ha escuchado jamás.
Es la historia de Thèramon. Es mi historia. Y también es la tuya.
Y empieza aquí...”

miércoles, 8 de agosto de 2012

¿Imposible regresar?

Agosto. Todo el mundo parece estar de vacaciones. Todos menos yo. Y este año ha sido porque así lo he querido. Para un año que me toca coger mis quince días en el mes más solicitado, voy y decido que prefiero esperar a septiembre para desconectar del trabajo y quedarme en casa escribiendo. Porque soy optimista, y pretendo recuperar el ritmo a lo largo de este mes, y así aprovechar las vacaciones para avanzar en la escritura de Criatura de Fuego, Criatura de Luz.

Como ya te dije, la opinión de mi Lector Cero me ha ayudado a resolver las dudas que tenía. Dudas acerca de la prosa, y del ritmo narrativo. El capítulo en el que me quedé atascada ya no supone un problema, sé lo que tengo que corregir y cómo seguir, y lo que no sé lo sabe mi Musa, así que tampoco me preocupan los posibles giros argumentales. Siempre he escrito de esta manera: casi de forma automática, dejando que la historia se cuente por sí misma (¿dejando? jajaja, curiosa manera de decirlo, ya que no es cuestión de permitir, sino de aceptar), por lo que soy la primera en sorprenderme cuando leo lo que la propia historia me dice. Pero la prosa... ah, compañero, el tema de la prosa sí que me tiene preocupada. Porque te gusta lo que voy colgando en este blog, te gustan los relatos de Los Prados de las Fuentes Cristalinas, una historia que lleva diez años escrita, y es mucho lo que mi prosa ha cambiado desde entonces. ¿Evolucionado? Quiero pensar que sí. Es más musical, más hermosa, más poética, y menos ñoña. Lo que me estaba haciendo dudar era pensar que, si te gusta lo que lees aquí, quizás no te guste lo que leerás dentro de un tiempo; también que, si eres un lector exigente y no te entusiasma lo que ves ahora, quizás no tengas interés en descubrir lo que verás después. ¿Debería, pues, seguir trayéndote capítulos de esta vieja historia de Thèramon? ¿Me estoy haciendo una publicidad negativa, de cara al futuro?

No temas, voy a seguir contándote esta historia. Pero debo advertirte: lo que me traigo entre manos ahora es mucho mejor. Pretendía decir que es infinitamente mejor, pero no quiero parecer demasiado pagada de mí misma. Al menos, no presumiré hasta que la nueva historia de Thèramon esté terminada.
Pero es buena, muy buena...

Sobre el ritmo narrativo te hablaré en otro momento. Hace días que no lees nada sobre Silenia, y no quiero tenerte esperando más tiempo. He titulado la entrada de hoy ¿Imposible regresar? porque este fragmento de la historia empezó con una pregunta: ¿Imposible escaparse? La aventura de Silenia no termina en el relato de hoy, de hecho, he vuelto a cortar el capítulo porque de nuevo era demasiado extenso. Ahora estoy pensando en Ana, y en lo que hablamos hace unos días acerca de la diferencia entre extenso y largo. Cuando no pasa nada, cuando no hay acción, el relato se hace largo (lo que en mi idioma equivale a aburrido), mientras que cuando empiezan a pasar cosas, no importa cuántas páginas ocupe lo que estás leyendo, porque disfrutas con lo que lees.
Como en la vida.

Cuando no hay novedades, cuando cada día es igual al anterior, cuando no ocurre nada que te haga mirar al futuro con esperanzas renovadas, la espera se eterniza, y pierdes los ánimos, y pierdes la fe. Te aburres, te cansas, te desesperas. Te preguntas si merece la pena soñar, desear, esperar. Amar y creer. Un día miras hacia atrás y te das cuenta de que has perdido meses de tu vida, ¡se te han hecho tan largos, tan duros! Pero de pronto te parece que han pasado en un suspiro. Los has perdido. No has aprovechado el tiempo. Y aunque no ha pasado nada, muchas cosas han cambiado. Lo único que no ha cambiado es lo que tú sientes. Y te preguntas si será posible recuperar lo que tenías, lo que tanto amabas. ¿Imposible regresar a ese lugar en el que has sido feliz? Empiezo a creer que la única forma de regresar es seguir caminando, no mirando hacia el pasado sino hacia el futuro, creyendo que lo encontrarás más adelante en el camino. Y eso es lo que estoy haciendo, no está siendo fácil, pero mi fe sigue intacta, y también mi amor. Es hora de mirar hacia delante, de seguir escribiendo la historia que quedó interrumpida, de hacerla crecer, de hacerla realidad. De creer que todos los sueños se cumplen, incluso cuando parece que esos sueños se han hecho pedazos.
Llámame tonta, pero amo y creo.
Todavía. Siempre.

Perdona si soy insistente, pero de nuevo te pido que, si te gusta lo que has leído, dejes tu comentario. Me ayudas, ya sabes.
Me pregunto si hay alguien que no esté de vacaciones. Si hay alguien que vendrá a leer el capítulo de hoy.
Bueno, qué demonios, me apetecía compartirlo. Puede que sí haya alguien, puede que vengas tú.

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© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Sombras y Notas (IV)

"Supo, antes de mirarle, que ese muchacho no era Eugene, y tampoco alguien a quien ella conociera. Supo también, o más bien lo creyó, que éste, fuera quien fuese, no era peligroso como la anciana. Se lo dijeron el sonido del viento y el sonido del agua, mezclados con el de su propio corazón conformaban una melodía tranquilizadora. Silenia se relajó.
Cuando miró al muchacho, le vio sonreír.
—Ha ido por poco —susurró él, medio sofocado aún por la carrera; la miraba con una sonrisa amistosa y un poco traviesa—. Si los dragones no me hubieran avisado, esa bruja se te habría comido ahí mismo.
Silenia ahogó una exclamación.
—¿Habéis visto a los dragones? —preguntó, al borde del colapso.
El muchacho rió. Su risa era franca, sana, y no había en ella rastro de maldad.
—Pues claro, vengo a verlos a menudo.
Silenia miró a sus espaldas; allí estaba el Estanque, en completa calma. Delante de ella, una desierta oscuridad. La ciudad había quedado muy atrás. La noche avanzaba rápida. El muchacho se había recostado contra el tronco del único árbol que Silenia había visto desde que llegara al límite de las Colonias.
—¿Dónde...? —preguntó, señalando el agua—. ¿Dónde están?
El muchacho se encogió de hombros.
—Se han marchado —dijo—. A dormir, tal vez. Quién sabe. Lo que es seguro es que ya no volverán, no esta noche.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque sólo asoman una vez. Cuando deciden marcharse, no hay nada que les haga volver. A menos que alguien los llame, claro. Pero yo no conozco la manera de llamarles.
Silenia se dejó caer sobre el suelo, abatida. Sintió el escozor de las lágrimas y luchó por contenerlas. El muchacho se apartó del árbol y se acuclilló junto a ella. El estilete llamó su atención y se lo arrebató para admirarlo a la luz de las estrellas.
—Así que vienes de los castillos, y quizás éste es tu primer paseo por el pueblo de los rufianes. Ésta es un arma de aprendiz, ¿vas a ser soldado?
Cuando Silenia alzó la cabeza para mirarle, la lira mágica brilló entre su pelo. El muchacho frunció el ceño.
—Espera, ¿qué clase de soldado, por muy noble que sea, llevaría un pasador de brillantes en el pelo, como una chica?
Silenia se llevó una mano a la cabeza y advirtió su descuido. Se ruborizó.
El muchacho se acercó más, tanto que la princesa pudo sentir su aliento en la cara. Se apartó de él, sobresaltada. Le oyó reír.
—¡Por los dioses! Eres una chica, y no un soldado. Y pareces muy joven —se sentó en el suelo, frente a ella—. ¿Se puede saber cómo has llegado hasta aquí? Este lugar no es seguro para una muchacha, y queda muy lejos de los castillos.
Aquéllas habían sido casi las palabras que pronunciara la bruja varios metros atrás. Silenia se puso tensa. Se dio cuenta de que era una niña indefensa hablando con un desconocido. Y él tenía el estilete en sus manos.
—¿Por qué habría de responderos? —preguntó, a la defensiva.
El muchacho se tomó un minuto para pensar una respuesta.
—Porque yo no te pediré nada a cambio de esa información —se le ocurrió. Le devolvió el arma—, ni por escoltarte hasta el castillo del que te has escapado, si es que tienes intención de regresar. Pero eso no podrá ser hasta el amanecer, y la noche es fría, y hablar es una forma tan buena como cualquier otra de pasar el tiempo y olvidar el frío que hace.
Silenia apretó los labios. No podía confesarle a nadie la existencia de la puerta secreta. Tampoco podía confesar los motivos que la habían llevado hasta ese lugar. Aunque su corazón le decía que podía confiar en ese muchacho, no podía hablar abiertamente con él. Había hecho una promesa.
Él resopló, más divertido que molesto ante su silencio.
—Oh, vamos, tengo curiosidad. ¿Cómo has conseguido fugarte y burlar a la Guardia?
Silenia bajó los ojos.
—No me he fugado —dijo.
Pero enseguida sacudió la cabeza. Sí lo había hecho. Furtiva como un ladrón en la oscuridad. Y todo para nada. Los dragones no volverían esa noche, y el amanecer quedaba peligrosamente cerca.
—De acuerdo, no te has fugado —aceptó el muchacho—. Y tampoco deseas volver. ¿Has decidido marcharte lejos, recorrer el mundo y vivir grandes aventuras? Me parece que eres muy joven para eso. No creo que estés preparada para salir a recorrer el mundo tú sola.
—Si quisiera partir lejos de Minroq Dalnu, no iría sola —replicó Silenia con cierto aire de suficiencia—. Mi hermano Eugene me acompañaría. Y no importaría nuestra edad, señor, porque ni él ni yo tenemos miedo a lo desconocido. No, no tengo intención de abandonar el país esta noche. Y sí deseo volver al castillo.
—En ese caso, te acompañaré por la mañana —se ofreció el muchacho, divertido—.Hasta entonces, dime...
—No necesito vuestra compañía, señor.
El muchacho sonrió.
—Dime, ¿dónde has pensado pasar la noche? —continuó, ignorando su postura altiva y su falsa seguridad en sí misma—. La aldea más próxima queda a varias leguas, y no encontrarás hospedaje en las Colonias. Me gustaría ofrecerte mi casa...
Silenia no tenía intención de pasar la noche fuera del castillo. Así se lo dijo. Se dio cuenta de que a la noche le quedaba muy poco tiempo. Se puso en pie.
—...Pero me temo que no tengo ningún lugar donde pueda alojarte.
—No me habéis escuchado. No sé por qué sigo hablando con vos.
—Hablas con altanería, te das aires de princesa —continuó hablando el muchacho; ella se había girado y parecía dispuesta a marcharse—. ¿Lo eres? Nunca he conocido a una princesa de verdad.
Silenia se volvió a mirarle, pero no le respondió.
—Seguramente te has asustado mucho al ver a esa vieja —intentó el muchacho entablar conversación con ella. No quería que se fuera—, pero ahora estás a salvo.
La princesa no tenía motivos para desconfiar de ese desconocido. Sin embargo, tenía poco tiempo, y no podía perderlo hablando con él.
—Tengo que irme —dijo. Pero no se movió de donde estaba.
El muchacho la vio dudar.
—¿Tienes hambre?
Ella volvió a mirarle, esta vez con el ceño levemente fruncido. El muchacho había sacado una manzana de su morral. Se la tendió.
—Es todo lo que puedo ofrecerte —dijo con humildad—. Algo de fruta. Y mi pelliza, para abrigarte del frío de la noche. No importa si eres una princesa o no, debes de tener frío como una muchacha normal. Mi pelliza es vieja, pero está limpia.
Silenia se sintió conmovida por su amabilidad. Miró una vez más hacia la oscuridad, se dijo que no sabría regresar, se giró hacia el muchacho y vi que éste se había quitado la pelliza y se la ofrecía con una sonrisa gentil y sincera. Aquel gesto era todo lo contrario al tratamiento que había recibido por parte de la vieja bruja. Tendió la mano y aceptó la manzana, y después se sentó frente a él y le miró a los ojos.
—Sería descortés rechazar vuestro ofrecimiento después de que me habéis salvado de la bruja —dijo.
El muchacho sonrió, y la cubrió con su abrigo.
Silenia mordió la manzana, y vio que él hacía lo mismo con otra que tenía en la mano. Y se dijo que era la primera vez que hablaba con un plebeyo, que estaba compartiendo una comida con él, y que ni siquiera se había presentado.
—Soy Silenia —le dijo—, hija de Cornell. Tengo once años y soy aprendiz de soldado.
Vio una expresión de cómica extrañeza en el rostro del muchacho y decidió preguntarle su nombre más tarde.
—Casi —se corrigió, y le explicó—: en realidad no puedo ser soldado porque no soy un varón, pero entreno cada día con mi hermano Eugene, quien pronto será admitido en el ejército en calidad de aprendiz de Caballero.
Se dijo que, ya que había empezado a hablar, podía continuar respondiendo a sus preguntas.
—Me he escapado para ver a los Dragones Plateados, pero no puedo deciros el motivo, y debo...
—¿Por qué no?
Silenia no estaba acostumbrada a que la interrumpieran, pero no podía enfadarse con el muchacho por su descortesía cuando le veía sonreír de aquel modo.
—Hice una promesa —dijo, simplemente.
—Me parece justo —asintió él—. Las promesas son sagradas, y deben cumplirse, así como respetarse. No te preguntaré el motivo.
Silenia se lo agradeció con una sonrisa y una leve inclinación de la cabeza. Pensó que ese muchacho debía de haber nacido con una sonrisa, puesto que no la perdía ni un instante. Luego su propia sonrisa se apagó, y su expresión se tornó seria y preocupada.
—Mi fuga ha sido en vano, si es cierto lo que habéis dicho y los dragones no volverán esta noche —dijo con pesar—. Temo que el alba me encuentre fuera de las murallas de la ciudad. Si mi aya entra en mi habitación y no me ve dormida en mi cama, me meteré en un buen lío. Debo regresar cuanto antes, pero no sé dónde estoy. Me habéis traído a una zona extraña y sin duda muy alejada. ¿Cómo daré con la puerta...?
—A la luz del día verías que ni es extraña ni está alejada —dijo el muchacho, al tiempo que escarbaba en la tierra húmeda con aire distraído—. El castillo de Cornell se halla al norte de aquí, a unos treinta minutos a buen paso. Te acompañaría gustoso, pero las puertas de la ciudad están cerradas hasta el amanecer. Deberías saberlo, princesa. No podrás volver esta noche.
—Sí podré —insistió Silenia—. Aún tengo tiempo. Si mi aya despierta y no me encuentra en mi habitación, no dará la voz de alarma enseguida. Pensará que estoy haciendo alguna travesura, y me buscará por todo el castillo antes de avisar a la Guardia. No tienen por qué descubrirme. Pero debo darme prisa. Estoy perdiendo un tiempo precioso hablando con vos.
—El problema no es el tiempo, princesa —suspiró el muchacho. Miró el agujero que había hecho en el suelo y depositó el corazón de su manzana en él—. Verás, si te llevo hasta la Puerta Este ahora, pueden pasar dos cosas: que los soldados de la Guardia no te reconozcan y nos echen de allí, lo cual no sería del todo malo; o bien que sí te reconozcan, lo que sería terrible. Pensarían que te he secuestrado, me detendrían para interrogarme, tu padre sabría que te has escapado y te castigaría. Ambos nos meteríamos en un lío.
Tapó el agujero con las manos y volvió a mirar a la niña.
—No es que por el día fueran a mejorar las cosas, claro —añadió—. Tu padre se enteraría igualmente. Pero podrías llegar hasta la Sección Mersha pasando desapercibida, y nadie sabría que has salido de la ciudad. Sea como sea, estás metida en un lío. ¿Ha merecido la pena llegar hasta aquí?
—No comprendéis nada. Pretendo entrar por el mismo lugar por el que he salido, y no es ninguna de las puertas de la ciudad. Nadie me ha visto salir, y no me verán cuando entre. Sólo necesito saber dónde me encuentro, así podré orientarme y dar con la puerta secreta —los ojos de Silenia ardían—. Debía venir a Mitrali Güae y ver a los dragones. Incluso si me descubrieran y me castigaran, señor, habría merecido la pena mi aventura, aunque haya sido en vano, pues sé cómo volver a salir y sé que puedo llegar hasta este lugar de nuevo.
—De acuerdo —dijo el muchacho—, no es necesario que te enfades conmigo. Dime dónde está esa puerta y te llevaré hasta ella.
Silenia le observó durante unos segundos. Por fin, movió la cabeza.
—Debo llegar al castillo del rey Narob. Una vez allí, sabré encontrarla por mí misma.
—El castillo del rey Narob —repitió el muchacho. Si le extrañó esa información, no la cuestionó—. Sígueme, entonces.
El camino que a ella le había llevado casi media noche recorrer les llevó poco más de media hora desandar juntos. Cuando llegaron al arbusto que Silenia había visto al salir por la puerta, le pidió que se detuviera.
—¿Es aquí? —se extrañó el muchacho.
—Por aquí he salido —asintió ella.
La puerta estaba oculta. Ella no la había dejado así. Debía de tratarse de una puerta mágica, si se había fusionado con el paisaje y había dejado de parecer una puerta. Cuando por fin la localizó, descubrió que no podía abrirla. El muchacho se acercó para ayudarla, pero entre los dos no fueron capaces de moverla. Silenia se dejó caer sobre el suelo, desconsolada. Si se trataba de una puerta mágica, ésta sólo se podía abrir desde el interior. El alba se aproximaba. Pronto podría distinguir las murallas de la ciudad. Sintió que se le agolpaban las lágrimas.
El muchacho se acuclilló junto a ella.
—¿No podrás entrar por aquí?
Ella movió la cabeza.
—Entonces tendrás que escalar la muralla. Rápido, ven conmigo. Si empieza a clarear nos descubrirán.
Silenia le siguió a su pesar, porque él había vuelto a cogerla de la mano y la arrastró tras de sí. El muchacho la llevó hasta la muralla, se detuvo al borde del foso y miró hacia arriba. La princesa se fijó en las aguas oscuras y pensó en los peces comedores de carne.
—No podremos cruzar a nado —dijo con voz apagada—. Ni escalar la muralla. No llegaré a tiempo.
Entonces miró hacia arriba y descubrió que ni siquiera estaban delante del castillo de Cornell. La torre casi derruida que se veía sobre sus cabezas pertenecía a la Sección Angor.
El muchacho metió la mano en su morral de cuero sin curtir y sacó lo que parecía una cuerda muy larga y delgada.
—Llegarás, si confías en mí —prometió.
Sacó de la bolsa un objeto que tenía un brillo apagado y lo anudó a la cuerda con movimientos rápidos y diestros. Comprobó que no se soltara. Miró a la niña.
—No te rindas ahora, Silenia, hija de Cornell. Vamos a entrar en la ciudad, y llegaremos a tu castillo a tiempo. No descubrirán tu huida. Confía en mí.
Silenia alzó la cabeza.
—Pero, ¿cómo...?
El muchacho sonreía.
—¿Confías en mí, princesa?
Silenia le miró fijamente. No tenía motivos para no hacerlo. Desde que le conociera, él no había hecho otra cosa que tratar de ayudarla. Y aunque ignoraba lo que pretendía hacer, él era su única oportunidad. Movió la cabeza para decir que sí. La sonrisa del muchacho se intensificó. Ella sonrió a su vez.
—Y que los dioses nos sean benévolos —dijo."

miércoles, 1 de agosto de 2012

Aullido y Opinión

Hace unas semanas os traje una noticia que me había animado y emocionado a partes iguales: los compañeros del Proyecto Lupus In Fabula habían estrenado sección, ¿recordáis?, y mi fan-fic de El Silmarillion había sido elegido para inaugurarla.
Entonces os dije: alienta que hablen de una, que crean en su trabajo, que la apoyen.
También dije, casi a gritos: Gracias por este aullido, LIF!!!

Hoy, los lobos aúllan de nuevo. Aúllan mi nombre. Y los comentarios que he leído en la entrada que LIF me ha dedicado me han dejado sin palabras. Tanto, que llevo quince minutos tecleando y borrando, intentando escribir una entrada que debería ser tan sencilla como: os dejo el enlace, disfrutad con las respuestas y los fragmentos de Thèramon, yo disfruté respondiendo el cuestionario y me las vi negras para elegir un único texto que ilustrara lo que Thèramon representa, así que le envié a Abel Murillo tres textos, confiando en que él sabría hacer la elección que yo era incapaz de realizar, ¿y sabéis qué? Pues que Abel incluyó los tres, no sé si porque todos ellos le parecieron hermosos o si es que le resultó tan difícil como a mí quedarse con uno solo. 

Pinchad en la foto, es el enlace:




GRACIAS DE NUEVO, LIF!!!



Hoy es un día doblemente especial. Veréis, tengo que hablaros de Criatura de Fuego, Criatura de Luz, de la evolución de la prosa (la mía) y de las dudas que he tenido durante mucho tiempo acerca de esta historia en particular. Aunque de esto os hablaré en otra ocasión, porque ya sabéis que lo mío no es hacer resúmenes, y hoy no quiero robarle protagonismo a Lupus In Fabula, ya que ellos son los protagonistas de la entrada de esta tarde.
Acerca de esas dudas, se me ocurrió buscar un Lector 0, alguien que leyera lo que llevo escrito de esa historia y me diera una opinión objetiva, a poder ser alguien que no sea lector habitual de literatura fantástica, que me aprecie lo suficiente como para ser sincero pero no tanto como para dejarse llevar por los sentimientos y alabar mi trabajo sin atreverse a criticarlo. Y encontré a uno. Al mejor, creo. Un buen escritor, al que llamo amigo, al que admiro y aprecio, al que respeto y en el que confío, porque hace mucho tiempo que me mostró su confianza dejándome leer su obra inédita, permitiéndome corregirle y aceptando mi opinión y mis sugerencias; un hombre serio, amante de la lectura, de la buena prosa, que no ha llegado a leerse El Señor de los Anillos, y que por sus gustos literarios ni siquiera debería haber mostrado curiosidad por Thèramon desde los comienzos de este blog. Sí, he sido muy afortunada al poder contar con su ayuda. Su opinión es la más objetiva que he recibido hasta ahora, y la que más me ha ayudado a resolver esas dudas.
Por eso hoy estoy tan animada.
Por eso Antonio es el segundo protagonista de esta entrada.

Debería limitarme a poner el enlace para que podáis llegar al blog de LIF y leer la encuesta. 
Pero soy una ñoña sentimental, ya lo sabéis, y actúo con el corazón más que con la cabeza.
Así que, con el permiso de Abel y de Mara (no se lo he pedido, se lo pido aquí y ahora), voy a traeros los comentarios que he leído esta tarde en su blog. Porque me han emocionado. Y porque ese tipo de comentarios son los que me alientan a seguir haciendo crecer Thèramon.
Gracias por vuestras palabras, compañeros de viaje.

 comentarios:

  1. Verdaderamente, Bea Magaña es una artista a tener en cuenta. He tenido la suerte de conocerla cibernéticamente hace un tiempo y de conocer su mágico mundo Thèramon y estoy seguro que poco a poco será siendo conocida. Lo que me gusta de este mundo, Thèramon, es la gran personalidad y carga literaria que posee, ¡es como si este mundo estuviera lleno de tesoros incalculables! Saludos
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  2. ¡Una grandísima escritora y una maravillosa persona!!! ¡Gracias por acercárnosla un poquito más!!! ¡Besos!!!
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  3. En efecto, Bea Magaña es dueña de una de las prosas más evocadoras y poéticas de la fantasía española. Con ella ha creado un mundo particular y mágico, un verdadero lujo por descubrir.


*_*
Ésta es la cara que se me ha quedado al leerlos. Gracias, gracias, tres veces gracias!!!


Ah, y para los que sentis curiosidad por saber quién es el desconocido que rescató a Silenia de las garras de la "bruja", deciros que esta semana os dejaré la continuación del capítulo. No lo he subido todavía porque tenía una promesa que cumplir. La corrección está terminada, ahora ya puedo quitarme el supertraje de correctora y ponerme con mi propia novela. 
Tengo mucho trabajo por delante... Pero ahora ya estoy preparada para hacerlo. ¡Y qué ganas tengo, por todos los dioses!



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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

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