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diseño de Susana Escarabajal Magaña

jueves, 29 de noviembre de 2012

Utopía e Inocencia


He dudado mucho a la hora de mostrarte este capítulo, que sigue a la noche en la que Silenia y su nuevo amigo regresan al castillo de Cornell. No sabría decirte qué le veo de malo, pero no acaba de gustarme. Le he dado muchas vueltas, tantas, que hasta llegué a perder las hojas manuscritas, pues mientras pensaba en la manera de plantearlo me las llevaba conmigo de un escritorio a otro, de un ordenador al otro; al final las dejé olvidadas debajo de una pila de libros y otras cosillas que constituyen mi ocupación actual, y no fue hasta ayer que las encontré, guiada por una intuición más que por mi buena memoria. 
Como sabes, hace algo más de un mes que tengo parada la escritura de CDFCDL, pues la musa se ha empeñado en darme palabras y más palabras de lo que en un principio iba a ser mi Relato Z y ha acabado convirtiéndose en una novela que, si la musa quiere y la suerte acompaña, podrás leer dentro de pocos meses. Pero ya hablaremos de Z en otro momento, quizás en otro lugar. Me estoy planteando abrir un segundo blog, pues éste está dedicado a Thèramon, y no deseo mezclar mis diferentes trabajos, ya que no tienen nada que ver la fantasía épica con el terror, ni la prosa musical que llena las páginas de Thèramon con la prosa incisiva y directa que utilizo en Z. Me pregunto si me seguirías hasta ese otro lugar. En fin, ya veré qué hago...

Hablemos de Thèramon. Hablemos de Räel Polita. Sabes que la Ciudad de los Reyes está formada por cinco antiguas ciudades: Mersha, Habai, Anatur, Ontaar y Angor. Sabes que está protegida por una muralla hecha de plata. Sabes que cuenta con cinco castillos y que está gobernada por cuatro reyes. Pero no sabes mucho más, porque me he centrado en la historia que quería contarte más que en la Historia de Thèramon y de sus países. Todo a su tiempo, las pocas horas libres de que dispongo no me dan para hacer todo lo que desearía.

En el capítulo de hoy verás un poco más de Räel Polita. De cómo funciona. Es una visión muy inocente, o eso me parece. Creo que demasiado utópica. Eso es lo que me hacía dudar a la hora de escribir este capítulo y traértelo.
Pero creo que la inocencia es una parte fundamental de este mundo que mi musa ha creado para mí. Yo misma soy más corazón e inocencia que otra cosa. Debo decir también que esta visión de la Ciudad de los Reyes nació años después de haber leído Utopía, de Tomás Moro, y que al imaginarla recreé lo que recordaba de mi lectura. Thèramon ha bebido de muchas fuentes, no sólo de Tolkien, de Lovecraft, de Sturgeon, de Ende y de King. Utopía fue un libro muy interesante del que saqué buenas ideas. Supongo que puedo decir que me gustó, porque en cierto modo veo algunas de esas ideas reflejadas en Thèramon.

Sobre mí, ¿qué puedo decirte? Ya me conoces. Amo y creo, siempre inocencia y fe, no creo que vaya a cambiar a estas alturas. El bloqueo ha desaparecido por completo y ahora escribo casi todos los días, y a buen ritmo; cuando no estoy escribiendo, estoy corrigiendo para otros. Es lo que me gusta, y lo que sé hacer. Las cosas han mejorado muchísimo, la musa está despierta y activa, está volviendo el entusiasmo y creo que también volverá la ilusión, aunque ya no tengo prisa por nada y no espero que las cosas lleguen solas, procuro escribir mi propio destino día a día. Con voluntad, con fe, con amor, con una sonrisa.
Inocente, si quieres. Pero los sueños se cumplen. Lo estoy viendo. Y tú también lo estás viendo, ¿me equivoco? Ya sabes que el viaje no es en balde. Y hemos aprendido de nuestros errores. Ahora ya no hay oscuridad ni dudas. Ahora es el momento.
Ahora ya estoy preparada para hacer realidad mis sueños.
Y los tuyos, si quieres.


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© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Dragones Cisne (I)


"La plata era un material muy apreciado por los Raelitaro, quienes la utilizaban para fabricar muchas cosas necesarias y hermosas. Era resistente y cómoda de trabajar, si se conocían los secretos de la forja y la fundición, y los obreros de la plata los conocían. Así podían darle forma para fabricar bonitos utensilios como menaje, labrarla para crear joyas y adornos, convertirla en hilos para bordado, cortarla en láminas gruesas que unían entre sí mediante un complicado sistema de fundición para reforzar las construcciones, y fabricar armas para los soldados, pues la plata de Mitrali Güae era más ligera y resistente que el hierro y el acero. Todo el mundo poseía algo hecho de plata, pues era patrimonio de todos los ciudadanos. Pagar con plata no tenía sentido entre unas gentes que nacían con el derecho a utilizarla para lo que necesitaran. Y, como bien era sabido, la plata no se podía comer. Lo único que no se fabricaba con plata en Räel Polita eran monedas, pues la ciudad no las necesitaba. Los Raelitaro pagaban con mercancías, con un favor o con su hospitalidad, Minroq Dalnu era un país próspero y pacífico que funcionaba a la perfección sin dinero.
Los obreros obtenían la plata de Mitrali Güae, la llevaban a las Colonias y le daban forma, y más tarde la cambiaban en la ciudad por alimentos y otros géneros de común necesidad. No existían salarios en una ciudad donde todos trabajaban para todos. La gente vivía feliz y no codiciaba las fortunas de sus semejantes. Pensar en la existencia de ladrones era algo ridículo e incomprensible.
Los extranjeros pagaban con sus propias monedas, que estaban fabricadas con diversos materiales, dependiendo del lugar del que procedieran. Los comerciantes consideraban estas monedas como una curiosidad. En Räel Polita, las monedas extranjeras se empleaban para fabricarse adornos para la ropa o para el cabello, e incluso los niños las hacían servir para sus juegos. Existían Casas de Cambio, donde se pagaban estas monedas con Vales que podían canjearse en el mercado por cualquier género. Había quien se dedicaba a coleccionarlas, y se las llevaba más tarde en sus viajes fuera de Minroq Dalnu. Raras veces eran usadas para comprar algo dentro de la ciudad.
Los reyes eran depositarios de cuanto se extraía del Estanque, así como de los campos de cultivo, de las granjas, de las canteras o de los bosques y ríos que circundaban Räel Polita. Administraban justa y generosamente alimentos, vestidos, madera, lo que los Raelitaro necesitaran, y eran queridos y respetados por el pueblo. Los campesinos, por ejemplo, trabajaban la tierra porque habían nacido para ello, y no se lamentaban de su mala estrella, pues consideraban una suerte tener tierras que trabajar. No pagaban impuestos por las tierras que les pertenecían, y cogían de ellas lo que necesitaban para subsistir; el resto de la cosecha era llevado a la ciudad, y en la Plaza del Mercado los Contadores del reino procedían al intercambio. Verduras a cambio de carne, pescado a cambio de frutas, madera a cambio de herramientas, ropas a cambio de cacerolas...
Silenia había interrogado a su padre a este respecto. Con la paciencia y el cariño que siempre le prodigaba a su hija, Cornell le había dado una explicación, y Silenia había comprendido, a sus nueve años, cómo podía funcionar un país entero sin una moneda de cambio.
—Ningún hombre mortal es dueño de la tierra que le da cobijo y le alimenta —había dicho el monarca—, por ese motivo todas las tierras de Minroq Dalnu pertenecen a todos los habitantes de nuestro bello país. Cuidamos de la tierra, de los ríos, de los bosques y del Estanque, así como de los Dragones Plateados, obtenemos de ellos lo que como un regalo nos ofrecen y lo compartimos, pues todos tenemos derecho a beneficiarnos de los regalos que nos otorgan los dioses, y el deber de cuidar de que estos regalos no se agoten. Los campesinos cultivan la tierra, viven de ella y traen sus cosechas a la ciudad, donde son recogidas y administradas; ellos reciben lo que no pueden sacar de la tierra, como la madera con la que construyen sus hogares y alimentan sus fuegos, y así los leñadores, que no tienen tiempo de cultivar un huerto, reciben lo que los campesinos han recogido para ellos. ¿Lo comprendes, hija mía?
Silenia había asentido.
—Los pescadores traen el pescado de los ríos al mercado y allí lo cambian por otros alimentos, y por utensilios de pesca que se les han roto, como anzuelos de plata y cañas de madera —había dicho.
Cornell había acariciado su cabello, tan rubio que parecía casi blanco y que desde hacía unos meses lucía un extraño y delicioso mechón de color gris con destellos azules que no había tenido antes de su cumpleaños.
—Eso es, querida Silenia, lo has comprendido.
—Los criadores de caballos —había dicho ella—, ¿qué ofrecen a los demás hombres y mujeres?
Cornell había sonreído.
—Ellos crían los caballos de tu viejo padre, mi preciosa niña, que sirven a los Caballeros en la batalla y en su cometido durante los tiempos de paz. Así que tu padre les entrega unos Vales que pueden canjear en el mercado por aquello que necesitan. Es tu padre quien paga el alimento de los caballos. Por eso, si el rey desea una montura nueva en sus cuadras, los criadores de caballos se la entregan, y así su pequeña y bella hija siempre tendrá el mejor de los ponis.
—Los posaderos —había insistido Silenia, curiosa—, y los taberneros. Dan de comer a las personas y les ofrecen alojamiento. ¿Cómo les pagan los ciudadanos?
—Hay muchas formas de pagar por una comida o por una cama, querida —había explicado Cornell con agrado, pues veía que su pequeña hija poseía una mente despierta y curiosa, lo que le sería de gran utilidad en el futuro—. Con alimentos, con objetos y con Vales. Los soldados, que beben con moderación y no utilizan sus enseñas para alzarse sobre los demás, no pagan cuando piden comida y cerveza en las tabernas; los taberneros llevan una cuenta de lo que nuestros soldados consumen, y cada semana los reyes recibimos esa cuenta, que pagamos en especies. Pues los soldados sirven a los reyes, y así los reyes cuidamos de su bienestar, pagando por ellos cuanto necesiten conseguir.
—Los reyes han de ser muy ricos —había dicho Silenia. Y, antes de que Cornell pudiera contestar, había seguido hablando—. Los obreros de la plata. Explícame, padre, pues el suyo es un trabajo extraño.
—¿Extraño? —había reído Cornell—. Nada tiene de extraño, hija mía. Dan forma a la plata que obtienen de Mitrali Güae, fabrican todo tipo de objetos que todos los habitantes utilizan, y reciben el pago de los demás, esto es, cuanto necesitan. ¿Que es exactamente lo que te resulta extraño?
—Que no huyen llevándose la plata, que es tan valiosa —había respondido Silenia sin necesidad de pensar.
—Imagina que fueras un campesino —había dicho el rey; Silenia había asentido—. Recoges tu cosecha, apartas lo que tu familia y tú vais a consumir, cargas tu carreta para venir al mercado, y se te ocurre que podrías quedarte con una cantidad mayor de género. Es más de lo que puedes comer en un mes. Así pues, ¿qué haces con ello?
—¿Venderlo?
—¿Eso crees?
Silenia había pensado durante varios minutos. Sus ojos se habían agrandado al comprender.
—No podría venderlo en el mercado, pues los Contadores del reino lo contarían como parte de la cosecha, ¿no es cierto?
—Exacto —había aplaudido Cornell—. Todos los intercambios se llevan a cabo en la Plaza del Mercado. Así pues, no puedes venderlo, ¿y qué ocurre?
—Que se estropea.
—De nuevo has respondido correctamente. La parte que pretendes esconder a los Contadores se estropea, ¿qué sentido tiene entonces tratar de engañar a los reyes? Algo que se echa a perder no puede ser sustituido por nada, estarías perdiendo más que el reino.
—La plata no se estropea.
—Cierto es, pero tampoco se puede comer.
—Se puede cambiar por comida en otros países.
—De acuerdo. Imagina que fueras un obrero de la plata, y que has robado al reino, y por tanto debes huir del país.
Silenia había asentido.
—Llegas a otra ciudad, en un país distinto, te instalas allí y comercias con la plata. Ésta se te acaba, ¿y qué haces entonces? Todo lo que sabes hacer es trabajar la plata de Mitrali Güae, y a Minroq Dalnu no puedes volver. Suponiendo que los dioses son benévolos contigo y nadie te roba durante tu viaje, claro. Y sabes que en ningún otro lugar vas a estar tan bien protegido como en Räel Polita. Y eres consciente de que hay soldados que vigilan las Colonias y otros que custodian los caminos, y que el castigo para un ladrón es la muerte, pues aquél que roba a los reyes está robando a todos los Raelitaro.
—No imagino que nadie quiera robar la plata.
—Y nadie lo hace, querida hija. La plata va a parar a las arcas de los reyes, que la administran justamente.
—Pero hay soldados y guardias, si nadie pretende robar la plata, ¿por qué vigilan las Colonias?
—Porque siempre es mejor ser precavido, hija mía. La codicia es una semilla que no germina con facilidad en Räel Polita, pero fue sembrada a lo largo y ancho de Thèramon hace eones, y aprovechará cualquier descuido por nuestra parte para crecer y propagarse, como la envidia, la ira y la misma Oscuridad que se instala en aquellos corazones demasiado débiles para resistirse a sus engañosas promesas.
Después de aquella conversación, Silenia tenía claro que no era necesaria una moneda para que la vida cotidiana tuviera lugar, y no comprendía que pudieran existir ladrones en la Sección Espectral, pues Räel Polita era un lugar apacible en el que todo era de todos y en el que lo más valioso, la plata, no servía para hacer rico a nadie.
Bien mirado, la madera que se traía del Bosque Cantor debía de ser más valiosa que la plata, pues los hombres que salían a buscarla corrían muchas veces grandes peligros. Para obtener la plata sólo había que cuidar de los dragones que moraban en Mitrali Güae, y alimentarlos cada estío con la nieve de las Montañas próximas.
De qué se alimentaban los Dragones Plateados el resto del año, nadie lo sabía con certeza. Tal vez el propio Estanque contenía en sus aguas peces o algas que constituían su dieta cotidiana, o tal vez era cierto que el Boreagü vertía sus aguas en Mitrali Güae, trayendo en ellas cierta cantidad de la preciada nieve. Pero era importante y necesario para todos que los dragones tuvieran su buena ración de nieve cada año. Sin ella, los Dragones Plateados no sobrevivirían, y nadie podría volver a sacar plata del Estanque, solamente los dragones sabían de dónde obtenerla o cómo producirla.
Las Montañas Próximas se encontraban al noreste de Minroq Dalnu, y el viaje en busca de la nieve solía durar dos meses sin había contratiempos. El hijo mayor de cada rey, o un capitán del ejército en su ausencia, encabezaba un grupo de soldados y porteadores que viajaban a caballo y llevaban carros cargados de plata y de armas. La plata era necesaria para negociar con los Iberige Mithrau, y las armas para mantener alejados a los ladrones que pudieran salirles al encuentro.
Los Iberige Mithrau eran un pueblo poco numeroso y por lo general pacífico que se llamaban a sí mismos Hijos de la Plata y que vivían a los pies de Boreade Nesst. A cambio de la plata que los Raelitaro les entregaban, les permitían el paso por sus tierras y les guiaban por los escarpados caminos de las Montañas Próximas, en cuya cima podían recoger la nieve que no se derretía para llevarla a Mitrali Güae y dársela a los Dragones Plateados.
—¿Por qué los Dragones Plateados no tienen su hogar en las Montañas Próximas, por qué viven aquí, tan lejos de su alimento? —había preguntado una vez Silenia a su padre. Era primavera, y el capitán de los Caballeros se estaba preparando para el viaje anual.
El camino hasta Boreade Nesst era largo y difícil. Los Buscadores de la Nieve tenían que viajar días y noches hasta llegar al río Boreagü, cruzar los Páramos de la Sal y ascender por los riscos de Iberien antes de alcanzar los límites de Iberige Dalnu. Se trataba sin duda de un viaje emocionante y extraño. Y todo para llevar a cabo un antiguo ritual que la princesa no acertaba a comprender.
Cornell se había rascado la cabeza un momento. Los Onii Swann habían sido expulsados de su hogar durante una de las muchas batallas que habían terminado convirtiendo Nunak Dev en una tierra devastada, y moraban en Mitrali Güae desde entonces, de eso hacía ya tres Eras. Naturalmente, no podía decirle a su hija que él ya había estado allí en aquellos tiempos, pues Silenia desconocía la verdadera identidad de su padre. Tuvo que fingir ignorancia e inventar una respuesta. Le dijo que cumplía con el ritual de la Nieve por amor a los Dragones Plateados, pero que desconocía su origen y su significado.
—¿Quién sabe por qué los dragones hacen las cosas? —había dicho, después de pensar durante un largo rato.
Cuando Silenia tenía once años, una lira mágica, una canción milenaria, una puerta secreta, una promesa que cumplir y un amigo que siempre sonreía, se acercó a Mitrali Güae decidida a obtener una respuesta mejor."

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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

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