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diseño de Susana Escarabajal Magaña

viernes, 7 de octubre de 2011

El sueño de Dayna

© Bea Magaña    (Reservados todos los derechos)

EL DESPERTAR

"Amanecía sin prisas sobre Drinveld Meara, y en el sueño inquieto de una Mazome sobrevenía el fin del mundo. En los últimos instantes de una noche sin luna, en esa oscuridad amenazadora que precede al alba, en algún paraje remoto y gélido, el horror tomaba forma, una forma engañosamente humana. Algo surgía de las profundidades de la tierra, arañando y empujando, en una grotesca parodia de alumbramiento. Un hombre oscuro renacía de la propia tierra, y su sola visión logró ensombrecer el corazón de esa mujer que, por su condición de guerrera, no le temía a nada.
     ¿Qué sucede en el resto del mundo mientras Plio cabalga con pereza y despreocupación sobre el Mar de Hierba?, se preguntaba muchas mañanas, sentada a la puerta de su cabaña, perdida en fantasías a las que no debía dar rienda suelta, sus manos ocupadas en la limpieza de sus armas y los ojos fijos en el horizonte. ¿Amanece al mismo tiempo en todas las tierras, o en algún país lejano está muriendo el día? ¿En alguna parte existe oscuridad mientras que aquí, en la extensa Pradera donde no pueden vivir los hombres, las Mazome nos disponemos a comenzar nuestras tareas diarias bajo la mirada curiosa del Pastor de Sombras? ¿O acaso el mismo sol que ahora empieza a asomar ante mis ojos alegra el corazón de todos los dizseiim de Thèramon como alegra el mío en este instante?
    Limpiar sus armas era una tarea que todas ellas realizaban de forma automática en cuanto se levantaban. Las Mazome habían nacido para la guerra, y cada mañana se preparaban para la batalla, aunque hiciera mucho tiempo que las guerras habían terminado en aquella parte del mundo que se conocía con el nombre de Samura Dalnu. Soñar despierta, sin embargo, era una actividad propia de esta mujer, no aprendida ni inculcada, que practicaba cada amanecer, en secreto, mientras se hallaba a solas con los primeros rayos del nuevo sol.
    Pero esta mañana no soñaba despierta. Esta mañana, aún no se había despertado. Dormía, y soñaba, y no podía despertar de un sueño que se le antojaba demasiado real. Dayna sentía miedo en su sueño, sentía miedo a causa de ese hombre cuyo rostro no podía ver en la oscuridad. Y lo que más le aterraba era pensar que él pudiera llegar a verla.
    Estaba segura de que si él conseguía verla, si la descubría mirándole renacer, ella moriría.
    Una silueta con forma humana, sin rostro, sin nombre, eso era todo. Un sueño que horas más tarde Dayna no recordaría. Pero había más, mucho más. El latir desbocado de su corazón valeroso, todos sus músculos tensos, como antes del comienzo de una batalla, todo su vello erizado de terror, y el silencio tan denso a su alrededor, un paraje desierto, un mundo muerto, la sensación de que una sombra se cernía sobre ella, el terror sordo, la serpiente muerta a los pies de ese hombre que no era un hombre. Cuando pueda ver su rostro, cuando le mire a los ojos, moriré. Y la necesidad enfermiza de verle la cara, de desafiar a la muerte.
    Si le miro, moriré. Si le miro, todas moriremos.
    La silueta con forma de hombre permanecía de pie, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro invisible vuelto hacia el cielo cuajado de estrellas. Y las estrellas se iban apagando a medida que sus ojos no humanos se posaban en ellas, como si le tuvieran miedo... o como si esos ojos tuvieran el poder de absorber la luz.
     No le mires.
   Dayna lo supo de pronto, que esos ojos eran rojos, ardientes como el fuego de algún infierno inimaginado, voraces, asesinos. Esos ojos podían ver muy lejos, y muy adentro, en las mentes y en los corazones de los débiles. De pronto, conocía el nombre de ese ser, aunque no le había visto con anterioridad. Se estremeció. Era su llegada lo que las Mazome habían esperado toda su vida. Era su retorno lo que todas ellas habían temido siempre. Y ninguna de ellas lo sabía.
     No le mires.
    La crueldad de los Elfos Oscuros, enemigos naturales de las Drin Mazome, no podía compararse con la de este hombre oscuro. Todos los Samurii Männar juntos no reunían la codicia suficiente para competir con este ser. Ni todos los Philias Buster poseían tanta ferocidad, ni todos los Thâr Darmanii eran tan ladinos como ese demonio disfrazado con piel humana. Pero todos ellos se le unirían, y también muchos otros. Iniciaría una guerra que las Drin Mazome no podrían ganar.
     Si le miro, tendré que arrodillarme ante su poder.
    Las guerreras del Mar de Hierba eran una raza orgullosa. Jamás se arrodillarían ante ningún hombre. También eran un pueblo diezmado. No sobrevivirían.
     No quiero morir humillada.
     El hombre oscuro se giró y la miró directamente a los ojos. Dayna no quería mirarle, no podía evitar mirarle. Sentía en sus entrañas un frío tan intenso que la quemaba por dentro. Sollozaba, y odiaba el miedo cobarde que la invadía. Sus manos temblaban con tal furia que apenas era capaz de sujetar su espada. Pero toda su vida se había preparado para morir en la batalla, y no se arrodillaría ante el poder de ese hombre.
     No hay esperanza.
     En el interior de aquellos ojos llameantes no había calor, ni luz, ni rastro de compasión. Todo cuanto esos ojos miraban se marchitaba, se quebraba, se deshacía, se convertía en cenizas. El aire se llenó de sollozos y de alaridos de terror, y el hombre oscuro sonreía. Erguido, altivo, triunfante, el Mal se abría camino a grandes zancadas, y no encontraba barreras lo suficientemente sólidas para frenar su avance. El hombre sin sombra cubría de sombra la tierra que pisaba, calzado con botas de piel de serpiente. Naciones enteras eran barridas por su mano, consumidas por su fuego, devoradas por su ansia de poder. En sus manos vacías, el hombre oscuro traía la devastación y el horror, y la guerrera temblaba y lloraba, porque en medio de tanta destrucción no había lugar para la esperanza.
     ¿Quién vendrá a ayudarnos?
     Tuvo que hacer un esfuerzo titánico para apartar sus ojos de aquellos abismos llameantes que le mostraban un futuro en el que no había futuro. Giró sobre sí misma, buscando la esperanza que debía de estar en alguna parte, rezando a sus dioses, suplicando como una Mazome jamás habría hecho. Que alguien nos ayude. Pero estaba sola, y nadie acudía a su llamada.
     Estaba sola.
    ¡Estaba sola! El hombre oscuro había desaparecido. Pero no así la sensación de que la muerte la rodeaba. La muerte, y el silencio, y un frío que no quemaba, el frío húmedo de los lugares destinados al llanto y al recuerdo. Se secó las lágrimas de la cara y caminó en línea recta, caminó para alejarse del horror, caminó a lo largo de un pasillo poblado de ecos, y la tristeza venció al temor, y la compasión se apoderó de ella. Y ya no lloraba por sus hermanas, no lloraba por ella misma, sino por esa otra mujer, la que descansaba eternamente sobre un lecho de piedra y de flores que jamás se marchitarían, flores tejidas en diferentes telas que también cubrían su cuerpo inerte. Qué hermosa era, tan perfecta, y cuán triste se sentía Dayna al mirar su rostro pétreo y su vientre abultado, cargado con una vida que jamás vería la luz de los soles...
     Ni la oscuridad que ha renacido, se dijo, con un estremecimiento.
     La mujer que yacía de espaldas tenía los rasgos de una muchacha muy joven. Convertida en piedra gris, sus facciones aún conservaban vestigios de la vida que le había sido arrebatada. Su largo cabello era blanco como el de los albinos, y bajo sus párpados cerrados sus ojos eran del color del oro. Dayna no supo cómo lo sabía, pero estaba segura de que no se equivocaba. La reina dormida tenía una marca en la frente, una estrella dorada que hizo sonreír a la guerrera. Sabía que su sonrisa era de nostalgia.
     ¿Seguía soñando? ¿Cómo era posible que todo el terror hubiera desaparecido de golpe? ¿Por qué no le asustaba estar en aquel lugar de muerte y de olvido? ¿Por qué no podía despertar?
     Me estoy perdiendo el amanecer.
    Pero era el amanecer lo que estaba contemplando, aunque no comprendiera cómo era posible que la mujer de piedra estuviera dando a luz.
      Es la esperanza, eso es lo que está naciendo, se dijo, llena de júbilo.
      El llanto de un bebé llenó el mundo, y el hombre oscuro quedó olvidado.
      —Siempre hay esperanza.
     Conocía esa voz, o creía reconocerla. La había escuchado antes, en un pasado perdido que se le antojaba muy remoto. Era la voz de los manantiales, y lo que decía se cumplía. Para Dayna, al menos, se había cumplido.
     El bebé lloraba entre sus brazos, y su llanto llenaba el mundo. La guerrera era joven, y se estaba despidiendo de la criatura. A la orilla del río crecía un sauce cuyas ramas acariciaban la hierba cada vez que soplaba la brisa. La voz de las fuentes y de los ríos le había dicho lo que ocurriría, le había explicado lo que tenía que hacer. La joven guerrera no dudó. Depositó al niño en el suelo y se alejó sin mirar atrás. La hierba fresca le serviría de cuna, más tarde alguien lo recogería, no sería sacrificado. Siempre había esperanza. Con una mezcla de alivio y de remordimiento, le dio la espalda y cerró los ojos. Aún podía oir su llanto.
      Regresó la sensación de soledad y vacío. La culpa no había desaparecido. Cinco años habían transcurrido ya desde que se deshiciera de él a la orilla de un río que nacía en la frontera de un país que no había visitado nunca. Se revolvió inquieta bajo su manta. Es pasado, trató de convencerse. Ya no tiene importancia. Pero sentía el escozor de las lágrimas provocadas por la soledad en que había quedado al desprenderse de la criatura.
      —¡Dayna!
    Volvió el temor. La voz del hombre oscuro la llamaba, conocía su nombre. Trató de abrazarse al niño en busca de consuelo y de coraje. Por su vida, se había arriesgado a ser despreciada y desterrada, por salvarlo de la muerte, por darle una oportunidad a la esperanza. El llanto del recién nacido llenaba el mundo, pero la guerrera ya no lo sostenía en sus brazos. La esperanza había desaparecido, regresaba el miedo. Rezó pidiendo ayuda. No se atrevía a abrir los ojos, estaba segura de que si lo hacía sólo vería un mundo muerto envuelto en llamas, una tierra empapada en sangre y cubierta de cenizas.
      Siempre hay esperanza.
       —¡Dayna!
     La voz de los manantiales, la risa fresca de los arroyos y de las fuentes, la obligó a abrir los ojos. No lo vio a él, pero tampoco vio el fuego de la devastación. Se encontraba de nuevo en aquella cámara de muerte, frente a la mujer de piedra, que volvía a mostrarle el milagro del alumbramiento. Y sintió lágrimas de tristeza, y pensó que el niño que nacía era el suyo, el que había tenido que perder en el pasado, el que había tenido que abandonar para que pudiera vivir. Sheim, que había nacido destinado a no tener futuro. Sheim, la esperanza de su pueblo. Sheim, olvidado en un pasado que a veces retornaba en sueños.
     Es futuro, dijo una voz en su sueño, una voz que burbujeaba entre las cenizas, una voz que era dos voces en una, que hablaba de esperanza y de muerte al mismo tiempo. Sucederá.
     Dayna negó con la cabeza. Sólo era un sueño. Sólo había sido un sueño. Abrió los ojos, fijó la vista en el techo de su cabaña, perdió varios minutos escuchando el llanto del recién nacido antes de comprender que estaba despierta. No era mi hijo; era una niña, una niña guerrera. Tenía el rostro húmedo de lágrimas y se avergonzó de su propio llanto. Pero también era mi hijo. Su corazón latía con violencia, mezcla de espanto y de regocijo. La niña no había nacido sola. Se secó las lágrimas y suspiró. La niña ni siquiera había nacido aún. Sucederá. Volvió a cerrar los ojos, se sentía confusa, y cansada. El llanto del bebé llenaba el mundo, y sonrió, y después frunció el ceño. Si estaba despierta, ¿por qué seguía oyendo llorar a aquella criatura? Siempre hay esperanza, pensó, aturdida. Quería creerlo.
     Se incorporó. Vio que estaba amaneciendo, vio los primeros rayos del sol que entraban por la puerta abierta, escuchó los berridos de una criatura. Sucederá. De pronto regresó la oscuridad al interior de la cabaña, y volvió a sentir miedo. 
     —¡Dayna!
     Una silueta recortada contra el marco de la puerta, de nuevo sus músculos tensos, se puso en pie y buscó sus armas con la mirada, instintivamente. Y entonces comprendió que ya no estaba soñando, que reconocía la voz que la llamaba por su nombre desde hacía varios minutos.
      —Ha nacido una nueva guerrera, Dayna. Tienes que venir, todas nuestras hermanas están levantadas, ha amanecido un día de celebración.
     Narayan se acercó sonriente, la abrazó, la exhortó a seguirla. Dayna sintió crecer en ella la alegría. Eran muy pocas las niñas que nacían en Drinveld Meara, por eso cada nacimiento era un motivo de dicha para todas las Drin Mazome.
      Siempre hay esperanza.
      Antes de abandonar su cabaña, detuvo a su hermana más querida y la miró con el rostro demasiado serio.
      —Narayan, he soñado... —empezó.
      La otra guerrera esperó, pero Dayna no supo cómo continuar.
      He soñado con un hombre, era lo que iba a decir, un hombre oscuro que venía a destruir el mundo. Pero era motivo de vergüenza soñar con hombres, y aun hablar de ellos. No debía olvidar que era una Mazome, y que su interlocutor era una hermana guerrera. No debía olvidar las Leyes de su pueblo.
       Existían dos tipos de hombre para las Drin Mazome: Machos y Semillas.
       Los Machos, o mulos, eran hombres mutilados que se ocupaban de los más duros trabajos en la aldea; vivían hacinados en un establo, encerrados bajo llave, y eran tratados como animales. Unos pocos habían sido domesticados, y podían moverse por la aldea con total libertad, mientras que los demás no salían de su prisión hasta que sus servicios eran requeridos. Castrados y sin lengua, porque así lo disponían las Leyes, entretenían a las más jóvenes, quienes se valían de ellos en sus entrenamientos, y servían a las más mayores hasta el fin de sus días. Algunos de ellos habían nacido en la aldea, otros habían sido secuestrados en los caminos que bordeaban Drinveld Meara; ninguno de ellos volvía a ser libre una vez que había sido elegido Macho por la Tiara.
   Los hombres más afortunados eran escogidos como Semillas o sementales; eran éstos hombres apuestos, altos y vigorosos, que vivían presos como los mulos pero eran tratados con alguna consideración. Tampoco conocían la libertad hasta que sus servicios dejaban de ser necesarios. Entonces se convertían en Machos domesticados o regresaban a sus hogares, aunque después de largos años de cautiverio muy pocos encontraban un hogar a su regreso.
      Una guerrera digna de respeto no soñaba con mulos ni con sementales.
      El resto de los hombres eran enemigos, y como tales había que darles muerte. Ningún hombre dirigía las vidas de las Drin Mazome. Ésa era su Ley.
   Una guerrera que quisiera ser respetada no hablaba de los hombres que había visto en sueños, ni siquiera de los enemigos.
     He soñado con una mujer muerta, era su siguiente confesión, una mujer preñada que daba a luz después de muerta. Pero en un día como aquél, cuando una nueva vida había llegado para alegrar los corazones de las Mazome, no se debía hablar de los muertos. Traía mala suerte, y Dayna lo sabía.
      Narayan esperaba, impaciente por salir de la cabaña.
     He soñado con mi hijo, ésta era la última explicación que una guerrera querría hacerle a una hermana. Dar a luz a un varón era más deshonroso que soñar con hombres. Concebir fuera de la Casa de la Germinación iba en contra de las Leyes de la comunidad, y ninguna Mazome podía negarse a sacrificar a sus hijos varones recién nacidos. Dayna sólo había dado a luz una vez, de eso hacía cinco años. No había sido fecundada por un Semilla, y no había alumbrado a una hembra. Quién fue el padre de su hijo, tan sólo ella lo sabía. Ninguna de sus hermanas sabía lo que Dayna había hecho con su vástago. Por ello había caído en desgracia, y habría sido condenada al destierro si las Mazome hubieran sido más numerosas. No debía hablar de su hijo, ni siquiera debía pensar en él.
      No podía explicarle su sueño a Narayan.
      —¿Qué es lo que has soñado? —quiso saber la otra guerrera—. Si vas a compartirlo conmigo, apresúrate, que nos están esperando.
      Dayna sacudió la cabeza.
      —Es una tontería —dijo, al fin, y salió de la cabaña del brazo de su compañera—. He soñado que íbamos a la guerra. Un sueño que todas tenemos cada noche, cansadas como estamos de la inactividad.
      Narayan asintió, sonriendo.
      —¿Contra quién luchábamos?
      —Contra los Elfos Oscuros —mintió Dayna, y probó a sonreir—. Como en los viejos tiempos.
      —Como en los buenos tiempos —suspiró Narayan, y apretó el paso—. Y dime, ¿cómo acababa la batalla?
      —Vencíamos —le aseguró Dayna, sabiendo que no podía dar otra respuesta.
   —Por supuesto que vencíamos —afirmó la otra guerrera. Se estaban acercando a la Casa de la Madre, y había un numeroso grupo de mujeres apostadas cerca de la puerta—. Yo sueño lo mismo varias veces a la semana.
     Esperaron unos minutos, hablando de la guerra y de los viejos enemigos. Por fin, salió la Tiara llevando un bebé en sus brazos, una niña saludable que berreaba con vigor. Las guerreras lanzaron vítores y bendiciones al aire. Dayna se unió a la celebración y olvidó el mal sueño que había tenido.
      Cuando llegaba el día, era muy fácil olvidar que, en la oscuridad, una había sentido miedo. Dayna era una Mazome, y por ese motivo no dudaba, no temía, no lloraba, nunca mostraba debilidad.
    Al cabo de varias horas, decidió que su sueño no significaba nada. A fin de cuentas, ella no poseía el don de ver el futuro.
   Pero cuando llegó la noche, recordó la promesa de aquella voz que era una mezcla de dos voces. Sucederá, había amenazado el fuego; sucederá, había asegurado el rumor de las fuentes. Y Dayna volvió a sentir miedo cuando el sueño se repitió, varias noches después; el mismo sueño, que no se modificó durante los siguientes tres años, y que más tarde se convertiría en una auténtica pesadilla en la que no había rastro de la esperanza."






9 comentarios:

  1. Ostras, Bea!

    Me has puesto los pelos de punta; tanto por la parte del sueño (genial!!!!!) como describiendo ese mundo donde los hombres son o mulos o sementales. Seguro que todos los varones desearíamos ser semantales... pues eso de estar mutilado, como que no!!!! jejeje
    Un relato potente y feminista que me ha fascinado.

    Aún sin acción, pero este relato ya ha sido mucho más movido que los anteriores; el poder hipnótico de ese sueño es lo más concomitante a Thèrmaon que he leído hasta ahora. Te atrapa, te posee, no puedes escapar pues te das cuenta que no quieres escapar, y te da miedo despertar y ver que solo es un relato y no la realidad.

    Mis felicidades, señora escritora; no dejas de sorprenderme. Este blog va camino de convertirse (si no lo ha hecho ya) en un peregrinaje obligado para todos los sibaritas del buen gusto en la prosa. ¿Quién me dijo que no sabía describir?????

    Gracias por existir y por deleitearnos así; haces que el mundo sea mejor. Y contra eso solo podemos agradecértelo de manera infinita.

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  2. Desde luego, una genialidad! Me ha hecho sentir, y con ese sentimiento también, te doy las gracias...

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  3. Me encanta el sueño, y como se siente al despertar, la historia k cuenta es previsible como excusa para no decir la verdad,y me ha encantado la definicion de los hombres, tiene un punto de verdad y un punto de exageracion que me ha divertido.
    Tambien me ha gustado y sorprendido el cambio de tono de esta historia, cosa que me ha hecho reelera por puro placer, y cosa que tiene un problema... Que quiera mas ya.
    Muchas gracias.por compartirlo.
    MASMASMASMASMASMASMASMAS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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  4. Está genial el relato. Las mazome me han recordado mucho a las amazonas, mujeres guerreras, autosuficientes y un poco mezquinas con el sexo opuesto. El nombre de esta guerrera me resulta similar al de la prota de otra novela... quién será? xd. Por eso me gusta más.
    Me ha desconcertado un poco el tema del hombre malvado, el sueño y el bebé, pero imagino que irás dejandolo cada vez más claro en tus próximos relatos. Estupendo como siempre, Bea. Un besazo!!

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  5. Bueno, ya llega el momento de mi comentario :D
    Coincido con todos los demás: fantástico. El relato sigue con tu costumbre de fascinarnos e introducirnos en un vértice que nos obliga a querer leer más... me ha dejado intrigada la profecía oculta en los sueños de la muchacha :D
    Cierto que has conseguido recrear una población matriarcal semejante a las amazonas, pero dotándolas de una personalidad y una fuerza que sólo podían ser obra tuya :O Sigue sorprendiéndome tu capacidad para describir las situaciones de tal manera que diciendo pocas cosas, consigues que nos hagamos una idea perfecta de lo que está sucediendo...
    Muchas gracias por este pedazo de Theràmon y muchas gracias por la mención... eres un sol, Bea.
    Un beso enorme!

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  6. ¡Muy bueno Bea!!! ¡Te hace sentir cosas increíbles! Me gusta mucho como escribes, el ritmo, el poder de tus palabras,... ¡Simplemente genial!
    ¡Un beso!

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  7. A todos, muchas gracias por vuestros comentarios. Es mucho lo que me sugieren, mucho lo que deseo explicaros, por eso os responderé s todos en una nueva entrada, como preámbulo al relato que colgaré esta tarde o mañana, pues tengo que revisarlo, y me va a llevar un par de horas al menos.
    Gracias por seguir haciendo el viaje a mi lado, ya sabéis que sin vosotros no habría viaje.
    Océanos de amor!!

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  8. Muchos alumbramientos en este fragmento, que preñan el blog de interés por seguir leyendo. Pues parece que se sugiere un papel de todos esos nacimientos o renacimientos en el climax de la acción. Felicidades.

    Un saludo.

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  9. Querida Bea, coincido con un comentario de por ahí arriba: me ha impresionado el trato de los hombres. Quizás sea porque estamos más acostumbradas (¿Cómo es posible que alguien pueda acostumbrarse a eso nunca?) a ver que son las mujeres, en la gran mayoría de las distintas culturas, las que son un cero a la izquierda y ver así, aunque sea en un escrito fantástico, que son las mujeres las que tratan a los hombres como muchos de ellos nos han tratado a nosotras (no en estos términos, pero sí en otros y hoy en día aún peor en algunos sitios) a lo largo de los siglos, me ha impresionado muchísimo. Digamos que me ha revuelto las tripas casi tanto como verlo en mujeres. Odio el machismo, pero también odio el feminismo, puesto que ambas palabras conllevan la supremacía de un sexo sobre el otro cuando lo ideal sería vernos como iguales. No podría pertenecer a las mazome, pero es genial que hayas llegado a crear una comunidad de este tipo, cuyas costumbres dejan mucho que desear y son bastante criticables y son una sociedad muy cerrada donde ni siquiera se puede hablar claramente y que, aún así, estén en el lado luminoso de toda esta historia. DECIDIDAMENTE, ME ENCANTA THÈRAMON

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Viajeros de tierras lejanas, amigos de siempre, vuestra visita nos alegra y vuestra opinión nos ayuda, recordad que cada vez que dejáis huella de vuestro paso, Thèramon crece.

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