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diseño de Susana Escarabajal Magaña

domingo, 30 de octubre de 2011

Feliz Halloween!!

Llega la noche de Halloween, que en Thèramon es llamada Hoccasi Vihollinen, la Noche Más Oscura. Se dice que, en esta noche, las almas de los que murieron sin honor deambulan sobre la tierra, buscando la redención que les otorgue el descanso. También las almas de los inocentes cuya vida fue arrebatada antes de tiempo regresan para completar las tareas que dejaron pendientes. Es una noche especial, en la que los espíritus errantes recogen los deseos que los mortales han depositado en los altares y los cumplen, siguiendo las órdenes de los dioses. También es una noche para contar historias al amor de una hoguera. Historias de terror, de magia, de maravilla.
Yo escribo fantasía, no terror. Pero he buscado un relato oscuro para esta ocasión. Espero haber acertado en mi elección.
Este relato sigue la historia de Dayna y del hombre oscuro, así que estoy cumpliendo mi otra promesa. A los que queríais saber más: os presento a un hombre libre que una vez amó a una Mazome ;)

Y os animo a volver a pasar por el Templo de Alodial y dejar vuestras plegarias en el altar. Recordad que los dioses están escuchando.
Amad y creed. Amad y confiad.

Feliz Halloween, compañeros de viaje!!!


© Bea Magaña. 
    (Reservados todos los derechos.)

EL LIBRO QUE DESPERTÓ AL MAL.

"De repente, el sol desapareció.
   Así, sin más, como por arte de brujería, el gran Aeblir ocultó su rostro, y la ciudad quedó completamente a oscuras, sumida en una noche más negra que la propia noche y más amenazadora que la misma muerte. Todos los corazones se encogieron de temor, y el aire se llenó de sollozos y de gritos de espanto y de confusión que debieron de oírse a muchas leguas de distancia. El caos que reinara en las calles durante los últimos meses se intensificó en unos segundos, alcanzando su cenit. Probablemente eso era lo que Frais deseaba, lo que había estado aguardando desde su llegada a Samura Dalnu.
   Se había hecho la oscuridad, más negra que una noche sin luna, y Bruno Vosloora pensó que estaba presenciando la llegada del fin del mundo. Se envolvió en su capa y trató inútilmente de contener los temblores que sacudían su cuerpo flaco. Si Frais se percataba de su miedo, Vosloora no viviría lo suficiente para llegar a comprender lo que había ocurrido, ni para descubrir si Aeblir decidía volver a mostrar algún día su hermoso rostro.
    Pero Frais se hallaba concentrado en lo que fuera que estaba haciendo, y parecía haberse olvidado de la presencia de tan leal sirviente. Al traerle el libro, el ladrón había adelantado los planes del nigromante, quien no había perdido un solo segundo en poner manos a la obra y utilizar el conjuro que había estado buscando durante años. Vosloora no se había retirado, pues aún no había recibido su recompensa; ahora deseaba no haber puesto jamás un pie en aquella espaciosa habitación. Los latidos de su corazón se le antojaban ensordecedores. Un sudor frío le bajaba desde las sienes. No quería morir. Tampoco le atraía la idea de ser torturado y convertido en un bicho miserable, una rata o quizás un repugnante cuervo, fin último de todos aquellos que cometían la torpeza de hallarse cerca del hechicero cuando las cosas no le salían como había previsto.
    Pero no parecía que las cosas le estuvieran saliendo mal, a juzgar por su expresión. De hecho, parecía que el nigromante había conseguido alcanzar el cenit de su poder, pues había logrado lo imposible al controlar al mismísimo Aeblir. A una orden del Mago Oscuro, el astro dorado había sido ocultado por una capa de negrura y vacío, en una horrible imitación de lo que Aeblir hacía con su hermano menor a eso del mediodía. Vosloora pensó que no había nada que Frais no pudiera conseguir. Si deseaba gobernar sobre todo Thèramon, gobernaría. Nadie podría oponérsele.
    Como nadie se le había opuesto cuando llegó, surgido quién sabía de dónde, y se instaló en la Torre de Mahor, desde donde podía ver toda la ciudad y más allá de ésta. Como un rey desterrado que hubiera vuelto del exilio y hubiera ocupado el trono que por derecho le pertenecía, así había llegado y se había quedado. ¿De dónde venía? Era un misterio para todos. ¿Por qué había elegido Maindûr como su hogar? Nadie podía imaginar sus motivos. Pero allí estaba, y la mitad de los ciudadanos le servían, y muchos otros habían huido o desaparecido, y todo había cambiado.
     Pero el cambio de verdad llegaría ese día, gracias al libro que Vosloora había robado de los Archivos de Räel Polita, en el vecino Minroq Dalnu. Y el ladrón temblaba ahora dentro de su capa, y temía por su vida.
    Cuando la luz del sol se extinguió, Rodan Frais pronunció en voz baja unas palabras ininteligibles y todas las velas y antorchas que había en la habitación se encendieron al unísono. Vosloora dio un respingo, sobresaltado.
    Vosloora nunca había sido el más valiente de los hombres. No era partidario de arriesgarse si no era absolutamente necesario. Había nacido ladrón, no guerrero. Estaba en su naturaleza ser furtivo, no osado. Trabajaba por encargo, y era el mejor en su profesión, capaz de robar cualquier cosa, cualquiera. No era un hombre codicioso, y nunca se llevaba nada para sí mismo, a menos que se tratara de alguna curiosidad, de gran o de escaso valor, poco importaba siempre que fuera algo raro y único. Lo que le motivaba no era el beneficio en sí, sino el éxito de su empresa, la superación personal, saber que podía entrar en cualquier casa o palacio, saber que las puertas cerradas no constituían un obstáculo para él, poder llevarse algo que otros antes que él no habían conseguido. Era lo bastante rico como para ir pensando en retirarse. Además, ya no era un hombre joven.
     Pero seguía buscando un reto, hacer algo que nadie hubiera hecho antes. Robar un tesoro único y fantástico. Llevaba esperando un verdadero reto toda su vida.
     Y ese reto se lo había propuesto Rodan Frais. Y él había aceptado. Y ahora se encontraba en aquella habitación, llena de trastos inútiles y de riquezas por igual, y no pensaba en la recompensa, ni en desafíos. Sólo deseaba poder salir de la Torre de Mahor con vida.
    Todo el mundo temía a Rodan Frais, todos, incluso los ladrones que trabajaban para él, incluso los asesinos que le servían, incluso los capitanes de su reducido ejército, incluso las valerosas mujeres guerreras que vivían en el vasto Mar de Hierba, incluso los hostiles hombres-pájaro que moraban en las profundidades de Kron Arborae, el Bosque de Piedra. El poder de Frais no conocía límite ni rival, o eso se decía. Anciano de edad, que no de apariencia, contenía en su interior todos los poderes del inframundo, y en su cerebro todos los oscuros hechizos que jamás se hubieran inventado o utilizado. Podía leer en las mentes de los hombres y hurgar en sus corazones para manipularlos, tenía poder sobre infinidad de criaturas mortales y sobre algunas inmortales, su maldad no tenía parangón y su codicia era desproporcionada, comparable a la de los Onii Gwold, de quienes se decía que se habían extinguido.
    Bruno Vosloora pertenecía a la más ilustre familia de ladrones que había existido en Maindûr a lo largo de generaciones. Uno no decidía que quería dedicarse a robar; el latrocinio era algo que se llevaba en la sangre. Desde tiempos inmemoriales, sus antecesores se habían dedicado al robo, y existían antiguas leyendas y laudanas que hablaban de tiempos remotos y prósperos en los que algún Vosloora había robado grandes tesoros a poderosos reyes delante de su narices. A la muerte de su padre, el afamado Bronson Vosloora, Bruno había pasado a ser el ladrón más hábil y escurridizo de todos los tiempos. Había conseguido almacenar enormes tesoros que tenía escondidos a lo largo y ancho de Samura Dalnu, pero no habría lamentado la pérdida de ninguna de aquellas fortunas. Nada era valioso, nada era único, todo podía ser reemplazado.
    Los objetos únicos no habían sido su éxito, sino su herencia. Su padre, y su abuelo antes que su padre, se habían hecho con los últimos tesoros únicos existentes en el mundo, y los habían guardado junto con antiguos tesoros exclusivos que sus antepasados habían ido encontrando a lo largo del tiempo. Estas maravillas se hallaban ocultas en una cueva que nadie conocía, muy al oeste de Samura Dalnu, en el interior de Sàaräni-Erye. Ese libro que había robado para Rodan Frais debería haber sido guardado en su cueva, cuya entrada estaba cerrada con una enorme roca que sólo se movería si un Vosloora pronunciaba en voz alta determinada frase. Se le ocurrió la idea de robarle al nigromante el libro que acababa de entregarle, pero se obligó a desechar este pensamiento. A cada segundo que pasaba, temía más por su vida.
    A juzgar por los alaridos que iban ganando intensidad, algo horrible estaba sucediendo fuera de la Torre en la que ellos dos se encontraban. La repentina ausencia de luz no podía ser el único motivo de tanto lamento y desesperación. ¿Se estaría abriendo la tierra, o acaso una horda de trasgos habría invadido la ciudad? A Vosloora le vencía la curiosidad. Pero no se atrevía a acercarse a ninguno de los ventanales, no se atrevía a moverse. La voz grave de Frais le mantenía paralizado, temblando como un perro cobarde a los pies de su amo.
    Siempre había sido un hombre físicamente agraciado, y por ello adorado entre las mujeres y envidiado por los hombres. Jamás se había enamorado, pero había amado a muchas mujeres hermosas, a las que consideraba como valiosos tesoros únicos e insustituibles. Las mujeres habían sido su segundo pasatiempo, las había buscado cuando no había habido tesoros que rastrear. Había seducido y enamorado a las mujeres más bellas del mundo entero, jóvenes y maduras, casadas, solteras, comprometidas, castas, viudas, reinas y campesinas, brujas, ninfas, incluso una vez había conseguido que una Drin Mazome le amara por propia voluntad, traicionando las Leyes de su tribu. Algunas veces las había utilizado para dar grandes golpes. Y solamente en una ocasión una bruja le había burlado, cambiando su apariencia, y él había compartido su lecho por segunda vez, creyendo que era la primera. Del mismo modo que no visitaba con frecuencia su cueva de las maravillas, para no acostumbrarse a la visión de sus tesoros exclusivos y así arrebatarles su singularidad, no había tomado una esposa, pues al repetir la experiencia esa mujer habría dejado de ser única para él, y habría perdido su valor y su atractivo.
   Pero ahora era diferente. Ahora era un hombre casi viejo; su belleza había sido destruida por el tiempo, ese enemigo invisible e implacable, realizaba su trabajo al abrigo de las sombras y pagaba por la compañía de mujeres hermosas. Ahora era un hombre flaco de ojos hundidos y manos nudosas, aún ágil de pies y de mente, ojos penetrantes pero apagados, cabello ralo y huesos frágiles. Ahora no disfrutaba del latrocinio como en su juventud, pues no quedaba en el mundo nada de auténtico valor que llevar a su cueva. No tenía esposa ni descendencia, nadie a quien enseñar todo lo que sabía, su oficio moriría con él, y nadie heredaría la frase mágica que abría la puerta disimulada de la cueva de sus antepasados. No tenía amigos, pues los ladrones eran temidos por las buenas gentes y causaban más recelo que simpatías. Sus compañeros de oficio le respetaban, pero desconfiaban de él, como ladrones inteligentes. Y ahora era un ladrón mal mirado por muchos, pues trabajaba para Rodan Frais, y el hechicero no era apreciado por nadie.
    A Vosloora tampoco le gustaba el Mago Oscuro. Sus ojos profundos, llenos de una luz infernal, y su enigmática sonrisa, eran motivo suficiente para congelarle la sangre a cualquiera. Sin embargo, éste le había ofrecido el reto que había esperado toda su vida.
    Si bien esperaba anhelante el momento de ver su sueño hecho realidad, en ocasiones como la de ahora deseaba alejarse de Maindûr, abandonar Samura Dalnu y refugiarse en el desierto, allí donde el sol del mediodía brillaba siempre con fuerza y sólo desaparecía cuando le llegaba la hora, para regresar al día siguiente con todo su esplendor y todo su poder, vivir en su cueva llena de maravillas, retirarse, no volver a ver a Rodan Frais ni oír hablar más de él.
     Y sin embargo...
    La habitación en la que se hallaban los dos hombres era tan espaciosa que habría podido contener a todos los habitantes de Maindûr con sus animales domésticos, o ésa era la impresión que daba. Situada en el último piso de la Torre de Mahor, contaba con cuatro fantásticos ventanales desde los que se veía cada rincón de la ciudad. Nada escapaba a los ojos del Mago Oscuro.
   Aunque ahora sus ojos se hallaban concentrados en las palabras que con tanto fervor leía en voz baja, palabras que Vosloora no conocía y que le helaban la sangre tanto como se la helaban los iris rojizos el nigromante.
   La habitación se hallaba atestada de cosas extrañas, algunas sin aparente valor y otras magníficas y preciosas: numerosos objetos fabricados en oro y plata y gemas, coronas, cetros, cálices, fuentes, grandes arcones repletos de tesoros en todos los rincones: brazaletes, collares, zarcillos, túnicas de seda y de hilo de oro, joyas de nácar y marfil, bronce, oro rojo; tapices antiguos en las paredes, decenas de estanterías repletas de libros arcanos, multitud de frascos de cristal de todos los colores imaginables, llenos de cosas inimaginables; jaulas de acero, de mimbre, de madera, de cristal, en cuyo interior se movían horripilantes bestias enanas, serpientes enormes, criaturas que Vosloora no había visto antes, aves, arañas, híbridos que no podían haber nacido de la naturaleza; montones de pergaminos arrugados, una estantería que cubría una pared del suelo al techo llena de saquitos de tela y de cuero y de piel y de otros materiales extraños que sin duda contenían especias y polvos mágicos; bolas de cristal de varios tamaños, capas de oro, balanzas, libros y más libros, velas por doquier, un espejo redondo que no reflejaba la habitación ni su contenido, varias mesas en las que se apilaban más libros y pergaminos, pisapapeles de obsidiana, de cuarzo, de mármol negro, miles de cosas que no habían estado allí antes de la llegada del nigromante y que nadie había visto traer a Maindûr, y todo ello diseminado sin orden ni concierto. Pero no había nada en el centro mismo de la habitación, nada excepto una alfombra de intrincada urdimbre y un atril sobre el cual descansaba abierto el libro que Vosloora había robado de la Ciudad de los Reyes dos meses atrás.
    Le había llevado mucho tiempo conseguir ese libro en particular. La Biblioteca de Räel Polita era la más grande y la mejor protegida de todo Thèramon, como si contuviera en su interior grandes tesoros y maravillas. Y, a juzgar por el interés del nigromante, así debía de ser. Otros como él habían acudido a la Ciudad de los Reyes en busca de valiosos tesoros. Ninguno había encontrado los llamados Libros Prohibidos. Pero él había conseguido sustraer un ejemplar bastante especial.
    ¡Y cómo se arrepentía ahora de haberlo hecho!
   Cincuenta metros por debajo de ellos, los ciudadanos de Maindûr gritaban horrorizados. A cincuenta metros de él, el nigromante sonreía y continuaba con su salmodia. A Vosloora se le pusieron los pelos de punta. Aún era de noche, y aún se oían los alaridos y los gritos de alerta y de confusión. Presentía que algo malo estaba a punto de suceder. Algo terrible, en realidad.
     Pero no se atrevía a asomarse al ventanal que tenía a sus espaldas.
   Frais leía en voz baja y monótona las frases del conjuro, y el ladrón no comprendía una sola palabra. El hechicero no elevaba el tono de voz, pero la multitud gritaba cada vez con mayor fuerza. ¿Qué estarían viendo, se preguntaba Vosloora, si era imposible distinguir nada en esa impenetrable oscuridad? Su corazón latía con mayor violencia conforme pasaban los minutos, y el cuello de su camisa estaba empapado de sudor. Se moría por salir de allí, buscar refugio en alguna oscura taberna y beberse toda la cerveza casera del mundo, pensar en grandes robos imposibles y en hermosas mujeres guerreras, comer un suculento filete poco hecho y dormir una larga siesta.
    La expresión de concentración de Frais se había convertido en un rictus de frenesí y de locura. Vosloora se estremeció. Decidió que no deseaba cerveza, ni comida, ni mujeres. Simplemente, sobrevivir a aquella habitación y al monstruo que tenía delante. Habría entregado cuanto poseía, habría renunciado a su cuna y a su profesión, habría dado su mano derecha, con tal de poder abandonar aquella habitación de una pieza, y con su cordura intacta.
    Concentrado en sus temores, apenas se dio cuenta de que la voz del nigromante había dejado de ser un murmullo y se había vuelto apasionada y febril. Palabras extrañas pronunciadas a viva voz se confundían de pronto con un potente ruido de desgarramiento que provenía del exterior. Gritos de parturienta taladrando sus oídos. Y el ladrón estaba de pie ante la ventana, aunque no tenía consciencia de haberse movido en ningún momento. Del cielo surgió un rayo de luz procedente de un sol apagado que parecía estar pariendo alguna horrible criatura. Apenas habían transcurrido unos minutos, pero Vosloora tuvo la impresión de llevar horas oyendo los alaridos de la multitud y de la sombra que nacía de las entrañas de ese sol negro, una sombra oscura que traía la muerte con su nacimiento. Más rayos de luz dispersos, procedentes del sol moribundo, revelaban el horror que estaba tomando forma. Y ruidos de aleteos, ensordecedores, como aleteos de murciélagos colosales, Oyó cómo Frais reía y cerró los ojos. Unos segundos tan sólo, y todo habría terminado. O debería decir empezado. Una luz verdosa surgía del libro abierto sobre el atril y se reflejaba en el rostro enloquecido del Mago Oscuro. Y el sol quería brillar, detrás de decenas de criaturas surgidas de la pesadilla de un lunático. Gigantescas, horripilantes, negras criaturas de enormes alas y aliento de fuego que habían acudido a la llamada de Frais y que ensordecían con sus rugidos las voces de hombres y mujeres que corrían despavoridos a esconderse de la muerte.
    –Onii Mura Darok –exclamó Rodan Frais casi a gritos, y volvió a reír. Vosloora sintió que su corazón se negaba a seguir latiendo y se le escurría a través del estómago–. Al fin habéis llegado. Os he estado esperando durante muchos años. Ahora sois míos.
    Frais se apartó del atril y corrió hacia la ventana, que se abrió de par en par sin que nadie la tocara cuando el nigromante extendió ambos brazos en dirección a los Dragones Negros. Éstos miraron hacia él. Por un momento, se hizo el silencio. Por fin uno de ellos, el más grande de todos, voló al encuentro del hechicero. Después de varios siglos de destierro y olvido, los Onii Darok habían regresado al hogar.
    Y habían reconocido a su Señor."


12 comentarios:

  1. Como adoro recibir vuestros comentarios, pongo aquí el que acaba de dejarme Cleo en mi muro:

    Cleopatra Smith- No puedo comentar en el blog con el móvil, pero quiero que sepas que lo he leído, disfrutado, incluso vivido. Eres genial Bea. Un beso enorme.
    Hace 14 minutos

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  2. Bea, es increíble la imaginación que demuestras al escribir tus relatos. Puedo ver casi de manera tangible la atmósfera exterior y el interior de la torre. Me imagino al mago oscuro salmodiando en voz baja y a Vosloora apostado frente a la ventana, sin saber exactamente qué le depararía el futuro. Lo que no tengo claro es si el niño que ha nacido es el hijo de Dyna y si es él el encargado de traer la oscuridad a Thèramon. ¡Así que tienes que seguir escribiendo para contárnoslo!!!!
    ¡Un beso!

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  3. Bueno, Beba, de nuevo me voy a tener que quitar el sombrero y decirte: chapó! Posiblemente no se te dé bien el terror (que mira que lo dudo, eh? :P) pero eres una artista a la hora de crear una atmósfera oscura, cargada de amenazas, intriga...el miedo podía palparse mientras leía, en serio.
    Muchas gracias por otra muestra única y perfecta de tu capacidad literaria.
    Un beso enorme, guapa, y ya sabes que espero el siguiente :P

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  4. Vale, refrescame la memoría ¿quiénes son los Onii Darok? Oye, y menudo morro que tiene el Vosloora. Todas le valen al tío pellejo jajajja
    Espero que sigas contando qué pasó con los dragones negros, porque tiene toda la pinta de que arrasaron la comarca. Y eso cómo les afecto a las mujeres guerreras? Besoteeees y feliz halloween!

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  5. Me gusta, en especial las descripciones, haces que pueda ver a los personajes de la historia delante mía.
    Me gusta eso, es algo que trato de conseguir en mis novelas y es dificil dar esa sensación al lector.
    Un beso.

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  6. ¿Así que a nadie le ha resultado aburrido este relato? Hum... quizás es que yo lo he releído demasiadas veces en la última década, o quizás es que soy demasiado crítica comigo misma... o tal vez he hecho una buena labor con las tijeras de podar virtuales, ah, tengo que pensar en esto último... Hum... pero dejemos que sigan opinando, eso nos ayuda mucho... (la voz en off procede de mis Musas; creo que en esta ocasión sienten curiosidad más que ninguna otra cosa).
    Por mi parte, agradecimiento y afecto, ¿cómo no sentirlo por vosotros, compañeros de viaje?

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  7. Hola,preciosas letras van desnudando lentamente la integral y pura belleza de este blog,si te va la palabra elegida, la poesía,te invito al mio,será un placer,es
    http://ligerodeequipaje1875.blogspot.com/
    gracias, buen día, besos otorgados...

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  8. Bea, todavía no he podido leer esta entrada, cuando lo haga, te dejaré otro comentario. Sólo quiero decirte ahora que en esta url tienes un cuento mío dedicado a ti, es de puro humor. http://lacasaagramatical.blogspot.com/2011/11/el-pretendiente.html

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  9. ¿Pero cómo va a ser aburrido, Bea? Es un ser espantoso, Rodan Frais, trayendo criaturas de pesadilla al mundo real. La atmósfera siniestra está estupendamente conseguida acudiendo al efecto de énfasis producido por el contraste entre los personajes y entre los pensamientos de la figura del ladrón y lo que sucede en el mundo real. Yo no veo nada malo en este fragmento, Bea. Muy al contrario todo él demuestra extraordinariamente tu talento. Te ha salido "redondo", Bea. Por cierto, yo conozco a más de un Rodan Frais en mi vida personal, el cielo nos libre de ser perjudicados por la magia de sus falsedades y envidias ancestrales.

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  10. Don Vito, te agradezco que hayas dejado el enlace a tu blog, he podido leer allí hermosos poemas, me ha gustado tanto que me he hecho seguidora.
    Te agradezco también tus bellas palabras, mi mundo crece cada vez que alguien dice cosas hermosas sobre él.
    Ven siempre que quieras, en Thèramon todos son bienvenidos, únete a nosotros en nuestro viaje si te apetece, y deja que los demás compañeros conozcan tu rincón.
    Besos burbujeantes.

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  11. Luis, gracias por tu crítica, me alientas a seguir compartiendo esta Historia de Thèramon. Sé que hay mucho que pulir y recortar, hace diez años tendía a repetirme demasiado, me alegra comprobar que he aprendido lo suficiente como para eliminar los párrafos que sobraban y conseguir que la historia no pierda su sentido.
    (El relato que me dedicaste me hizo reir, te digo gracias; ya te dejé mi comentario en tu blog, pero en esta ocasión no me importa ser repetitiva).
    Un abrazo, amigo.

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  12. Bea, te escribo triste.
    HE intentado contactar contigo por email, pero no lo encuentro.
    He tenido que borrar todo lo escrito hasta ahora en mi blog. Ya van dos intentos de plagio y no puedo más. Me han destrozado.
    Te lo digo porque ya Storyteller no es lo que era. Skadur ha visitado mi mundo, dejando sólo cenizas.
    Ahora mis libros, mis mundos, mis hijos se hayan subidos a Lulú.com. Estoy triste, Bea... me siento desesperanzada.
    Un millón de besos, nena. Sigo tu historia aunque no tan asiduamente como me gustaría. Pero no me olvidod e Thèramon ni un sólo segundo.

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