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diseño de Susana Escarabajal Magaña

viernes, 14 de marzo de 2014

Presentándote a los Olaf Ubbimen


EL OSO Y EL DRAGÓN (II)
(c) Bea Magaña (Reservados todos los derechos)



Los Hijos de los Búfalos, como se llamaban a sí mismos, vivían en las llanuras de Adaven, en el sur de Xaina Dalnu, repartidos en dos docenas de aldeas que Brend visitaba con frecuencia a lo largo del año. Dos días enteros de viaje a pie separaban cada aldea de la siguiente, y era corriente que primos y primas llegaran de visita y se quedaran varias semanas, participando juntos en pequeñas cacerías durante el día y celebrando fiestas durante la noche. Brend era muy querido por sus familiares, y pasaba largas temporadas fuera del hogar de sus padres, aunque siempre estaba de vuelta para la temporada del Búfalo Gris.
Siempre era invierno en el País de la Nieve, pero existían distintas estaciones, que se diferenciaban entre sí por la intensidad del frío y de las nevadas y de la luz diurna, y por la fauna. La caza del Búfalo Gris era el acontecimiento más importante de la primavera, estación en la que muchos animales llegaban del norte y del este y se reunían en los límites del Desierto de Hielo, donde la nieve parecía retirarse y se podían encontrar multitud de parajes cubiertos de agua y de verde. También en la primavera despertaban de su hibernación los grandes Osos Negros, aunque se decía que no quedaban muchos y que era muy difícil encontrarse con alguno.
A los catorce años, el joven Brend se había visto las caras con un viejo Oso Negro, y había vivido para contarlo.
Era costumbre que los muchachos participaran en su primera cacería al cumplir los catorce años, acompañando a sus mayores, y demostraran su valor matando o ayudando a matar al gran búfalo, lo que les convertiría en hombres y en auténticos cazadores. El día que Brend se inició en la caza, todos se sintieron muy decepcionados de él.
Los cazadores regresaron a la aldea portando un magnífico ejemplar de Búfalo Gris, los rostros cansados y alegres; tres hombres habían resultado heridos y dos muchachos habían conseguido cubrirse de gloria. Brend no estaba entre ellos. El hijo del valeroso Bärn había desaparecido antes de que llegaran al claro donde se encontraban los búfalos, y no había regresado a la aldea. La preocupación y la vergüenza lucharon en el interior de Bärn, y al final ganó la vergüenza. A los ojos de todos los cazadores, Brend había resultado ser un cobarde, y esto había disgustado y apenado mucho al hombre. No quiso mirarle a la cara cuando le vio llegar mucho después, cargando sobre los hombros un animalejo no mayor que una oveja y con aspecto fatigado. Brend sólo había logrado matar a un desmán gigante, y esto le valió miradas de reproche y de burla que, no obstante, duraron solamente unos minutos.
—¿Tanto esfuerzo le ha costado cazar una rata? —se mofó alguien a la izquierda del muchacho.
Las risas de los niños no acobardaron a Brend. Depositó su captura a los pies de su padre y se arrodilló ante él, esperando su reconocimiento. El gran cazador miró la pieza con ira y tristeza y le dio la espalda a su hijo.
Al ver la reacción del Thain, los tíos y los primos de Brend le dieron también la espalda.
En silencio, todos los cazadores le dieron la espalda.
Entre murmullos de reprobación, los ancianos le dieron la espalda.
Sus hermanos mayores, avergonzados, le dieron la espalda.
Su madre, con lágrimas de pena y de vergüenza brillándole en los ojos, apartó el rostro.
Su hermano Barom, que tenía dieciséis años y había conseguido grandes honores al clavar su lanza en el costado de un búfalo en su primera cacería, le miró con ojos centelleantes y le susurró con desprecio:
—Eres un cobarde, Brend. Has abandonado a los tuyos y te atreves a volver trayendo una rata como disculpa, deshonrándonos a todos. Habrías hecho mejor en no regresar a la aldea. Me avergüenzo de ser hermano tuyo.
Y también le dio la espalda.
A la luz de la hoguera, los ojos de Brend brillaron de lágrimas y su frente de sudor. A su alrededor todo eran espaldas y silencio. Brend sabía bien qué significaba aquello: su aldea le rechazaba, le expulsaba. No obstante, a pesar de que le subía la fiebre y empezaba a perder el conocimiento, se mantuvo en su postura, espalda recta y frente muy alta. No era ningún cobarde. Había vuelto porque estaba en su derecho, y no iba a marcharse en silencio con la cabeza gacha y el honor hecho pedazos.
Cazar animales pequeños no constituía una deshonra, y el desmán que había traído era en realidad un ejemplar de gran tamaño, y su carne era apreciada. Pero nadie le perdonaría que hubiera desaparecido, demostrando tan descaradamente su miedo en su primera cacería.
La figura vuelta de su padre se tornó borrosa, pues se le nublaba la vista. Un segundo después se desplomó junto a su pieza y nadie se acercó para asistirle. Había dejado de ser alguien en la aldea; había dejado de existir para los suyos.
Pero la verdad era que Brend no había temido la caza, como todos pensaron. Aunque había pasado mucho miedo ese día. Y no había huido ni se había escondido, aunque más tarde no sería capaz de explicar cómo había llegado a separarse del grupo. Los había seguido todo el camino, emocionado y deseoso de demostrar su valía, acompañando a sus primos en una canción de caza para propiciar la buena suerte y el éxito, el carcaj lleno de flechas rebotando contra su espalda y la lanza firmemente sujeta en su mano izquierda. Los adultos marchaban en cabeza y los más jóvenes detrás. Las canciones habían cesado. Tres oteadores se habían adelantado. El viento que soplaba desde el desierto era gélido y dañaba los ojos del muchacho. Habían reanudado la marcha, y él se había situado a la izquierda, detrás del grupo que encabezaba su padre.
Había resbalado. Sin que los demás se percataran, ya que estaban demasiado ocupados avanzando y tomando posiciones, Brend se había hundido un metro en la nieve y no se había atrevido a gritar para llamar la atención del grupo, pues le habían enseñado que el silencio y el sigilo eran las mejores armas de un buen cazador. Al forcejear para tratar de salir a la superficie se había hundido más, y había perdido de vista a los suyos. Por fin se había visto arrastrado hacia abajo, se había deslizado en silencio con los ojos desorbitados y la boca demasiado llena de nieve para gritar. La caza había comenzado y nadie se había acordado del muchacho. Éste había rodado por una pendiente poco pronunciada y la nieve se lo había tragado.
Claro que nadie creería su historia, pues los cazadores del ala izquierda del grupo habían pasado antes por allí y ninguno se había hundido; y todos eran más grandes y pesados que él. Pero así había sucedido, y así fue como lo relató cuando le dieron la oportunidad de hablar.
Belamí tenía sólo cinco años y adoraba a su hermano Brend. Escondida detrás de las piernas de su madre, observó la reacción de todo el pueblo y no la comprendió: Brend había cazado algo, después de todo, y a nadie parecía importarle eso. Cuando le vio desplomarse con los ojos cerrados y una mueca de dolor en el rostro, corrió a su lado y se arrodilló junto a él. Le llamó con su vocecita de niña, pero su hermano no abrió los ojos. Bärn se giró y trató de apartarla. La pequeña se aferró a las ropas de su hermano y protestó a gritos.
—Vuelve al lado de tu madre —ordenó Bärn, y miró con pena a su hijo, aunque su voz sonó firme y autoritaria.
Belamí vio la sangre antes que nadie.
—Tu hermano ha deshonrado a este pueblo —dijo Bärn con tristeza—, y a todos los Olaf Ubbimen. No debes sentir compasión por él.
—Pero Brend está herido —sollozó la niña, y apartó las pieles que cubrían el torso de su hermano antes de que su madre consiguiera levantarla en brazos para llevársela.
—¿Una rata ha herido a Brend? —susurró alguien a su derecha con tono despectivo.
Hubo algunas risas.
Pero Naolah ya había visto las heridas de su hijo, y se arrodilló a su lado.
La caída le había atontado. Había sacudido la cabeza para despejársela y había mirado a su alrededor. Tenía la sensación de que la tierra se había abierto bajo sus pies y se lo había tragado, y pensó que había llegado al tenebroso inframundo antes de comprender que se hallaba en el interior de una cueva de grandes dimensiones. Desde una abertura en el techo, la misma por la que él había caído, entraba una luz mortecina. Quedaba a demasiada altura, no tenía modo de alcanzar el exterior desde el suelo. Había perdido su lanza y la mayoría de sus flechas. Y había perdido a su grupo. Mareado y dolorido, se había puesto en pie y había buscado una salida. No tenía idea de dónde estaba.
Naolah habló desde el suelo, la cabeza alzada hacia su esposo, quien se negaba a mirarla. Su voz sonó a ruego, pero firme.
—Eres un bravo cazador y un líder justo, y siempre has sido un buen padre. No le des la espalda a tu hijo ahora, Bärn, mira primero sus heridas. Mi pueblo, los Grosso Mennaro, sin ser cazadores reconocerían inmediatamente estas huellas que nuestro hijo tiene en su pecho. Solamente un oso dejaría estas marcas.
Todos se acercaron para mirar.
—Un oso muy grande —asintió Bärn, después de estudiar las heridas del muchacho. Y había orgullo en su voz.
Al oir la afirmación del Thain, todos los habitantes de la aldea, que se hallaban congregados en aquel lugar, suspiraron y emitieron exclamaciones de alivio y de satisfacción. Cuatro cazadores se apresuraron a levantar al muchacho para llevarlo a un lugar caliente y seco. Belamí no se separó del cuerpo inconsciente de su hermano hasta que éste se recuperó.
Brend fue curado y muy bien cuidado esa noche y las siguientes, y su padre no le molestó con preguntas mientras le duró la fiebre. Tres días después, aún acostado y arropado con pieles hasta la barbilla, fue capaz de explicarles lo que recordaba de su aventura.
Se había topado con el oso junto a la entrada de la cueva, si eso era aquel lugar; no le dio vergüenza confesar que se había quedado paralizado delante del animal. Era un Oso Negro enorme y viejo, y vio a Brend enseguida. Muy pocos habían visto a uno tan de cerca, pero todos sabían que los Osos Negros eran asesinos y comedores de hombres. Incluso un adulto fornido y valeroso como su padre habría temblado ante aquél. Brend no había sabido qué hacer, su cuchillo no habría llegado a traspasar el espeso pelaje del oso, ni siquiera habría podido acercarse tanto como para intentar clavárselo. No se acordó del arco que llevaba a la espalda. El animal gruñó y arremetió contra él. Brend había echado a correr, y tampoco trató de ocultárselo a su padre. Pero el oso había sido más rápido y le había lanzado un zarpazo. El dolor había sido instantáneo e intenso. Brend se había encomendado a los dioses.
El oso había despertado hambriento y atacó al muchacho con furia. Herido en el pecho y en los brazos, Brend había sacado su cuchillo dispuesto a morir como un valiente. El cuchillo había cortado el aire delante de la cara del oso. El animal había rugido. De algún modo, el muchacho había conseguido herirle cerca del hocico. Enfurecido, el oso se había puesto a dos patas y le había dado otro zarpazo. Brend había caído al suelo sin sentido, y en su cabeza habían sonado un centenar de campanas celestiales dándole la bienvenida al Jardín Encantado de los Dioses.
Mucho más tarde había abierto los ojos. El oso había desaparecido, y también las campanas que había escuchado, si acaso habían existido fuera de su cabeza. Enfebrecido y sintiéndose muy débil, había abandonado la guarida del Oso Negro y había buscado a los suyos. Había anochecido, pero aún pudo ver al desmán escarbando con su hocico trompetudo entre la nieve. Recordando el rostro de su padre, Brend le había disparado una única flecha certera. La luna había salido, y le ayudó a orientarse. Arrastrar al desmán le había costado un terrible esfuerzo, pero había llegado a la aldea y se lo había cargado a los hombros para aparecer ante su padre como un cazador, no como una vieja debilitada trasportando un pesado fardo.
Desde esa noche, nadie volvió a burlarse de él y de su primera captura. Los más pequeños le llamaban a menudo Brendoso el Negro. Desde entonces, la zarpa del oso se mantuvo visible en su pecho, una huella cicatrizada que decía a cualquiera que la mirase que Brend era un valeroso cazador, y por ello todos le respetaban y le querían tanto como a su padre, el gran Thain.
Cuando se recuperó de sus heridas y pudo por fin levantarse, Bärn le llevó a la cabaña de Malúak y le dijo que se sentía muy orgulloso de él. Naolah le besó en la frente y le susurró que no debía tener miedo. Se había comportado como un verdadero hombre en la caza; Malúak le enseñaría algo que todos los cazadores juntos no habrían podido ayudarle a aprender. Entró en la cabaña de la mujer después de recibir las bendiciones de sus padres. Malúak le sonrió.
Todos los niños soñaban con la cabaña de Malúak y esperaban anhelantes el momento de entrar y quedarse a solas con ella. Era una mujer hermosa de treinta años a la que todos en la aldea conocían y apreciaban. Ella era la Knupsmasse, la Desfloradora, la encargada de enseñar a los muchachos a ser hombres en su primera vez. Brend había fantaseado con aquella ocasión varias veces, pero cuando por fin estuvo frente a ella le temblaron las rodillas. Malúak le habló, y él olvidó su temor; ella le ofreció un bebedizo y el muchacho perdió su nerviosismo.
Así fue como, tres semanas después de haber sobrevivido a su encuentro con el Oso Negro, Brend se convirtió en un hombre, y pensó que no podría olvidar a Malúak jamás.
Pero la olvidó, porque la caza y la aventura ocuparon todo su tiempo y sus pensamientos. Pasaron los años, y Brend no volvió a preocuparse por las mujeres, hasta que un día conoció a Namoi y miró por primera vez con sus ojos de hombre, y avanzó en pos de su destino.
En pos de su destino, sin correr, sin detenerse, avanzaba ahora, y recordaba el pasado, y se preguntaba si en cualquier momento escucharía la voz del viento susurrarle al oído al pasar junto a él de viaje hacia el Mar del Último Día.
Rush gruñó y Brend sacudió la cabeza. El sueño y el cansancio le estaban venciendo. Se destapó la cara y el viento gélido le hirió, pero también le despejó. No podía quedar mucho. Lo deseó con todo su corazón.

sábado, 25 de enero de 2014

Empieza el viaje


EL OSO Y EL DRAGÓN (I)
©Bea Magaña. Reservados todos los derechos.

Llegaba el crepúsculo y la tormenta arreciaba. El viento helado que soplaba desde las montañas le dañaba los ojos, haciéndole lagrimear, pero Brend no se acobardó ni se dejó vencer por el cansancio. Ignoraba cuántos días más tendría que continuar caminando a través de aquella vasta llanura congelada, y tampoco sabía si conseguiría llegar a su destino. Había perdido la noción del tiempo, y no estaba seguro de seguir la dirección correcta. Avanzaban despacio, pues el peso del dragón era excesivo incluso para la fortaleza de Rush. El enorme animal tiraba del trineo y Brend tenía que ayudarle constantemente. El desierto se le antojaba eterno. Hacía horas que el dragón no se movía.
Nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran las dimensiones del Desierto de Hielo. Los Hijos de los Búfalos vivían al sur de éste, en las agrestes Llanuras de Adaven, y nunca se internaban en él. Brend ignoraba qué clase de gente moraba más allá. Xaina Dalnu era un país muy extenso, frío y cubierto de nieve todo el año; en esas condiciones no parecía improbable que estuviera deshabitado. No obstante, era de todos sabido que los Albos tenían su hogar en algún cercano a las Montañas Heladas. Eso se decía. Y Brend quería creerlo. La única esperanza para el dragón era encontrar a los Hijos de la Nieve. Eso pensaba Brend. El cazador no descansaría hasta dar con ellos.
O moriría en el intento.
Parecía que ése era su inevitable destino, morir sin haber alcanzado el final del desierto. Sin embargo, Brend había estado a punto de morir una vez, y había sobrevivido al ataque del gran Oso Negro. No tenía miedo ahora. Su decisión era más fuerte que el temor. Fatigado, aterido y hambriento, continuó avanzando sin permitirse aciagos pensamientos. La determinación de Rush era tan firme como la suya.
Al inicio de su viaje, la sangre caliente y oscura del dragón había empapado las huellas que iba dejando el trineo sobre la nieve y había atraído a un numeroso grupo de yeinas, pero Brend las había mantenido a distancia con sus flechas. No parecía haber carroñeros en el interior del desierto. En realidad, no veía señales de que nada viviera en él. El trineo se deslizaba con mayor facilidad sobre el hielo y apenas dejaba huellas, y las que dejaba eran borradas inmediatamente por el viento. Frente a ellos, el desierto parecía interminable. La tormenta de nieve les azotaba y les impedía ver hacia dónde se dirigían. El dragón había dejado de sangrar y el cazador no dejaba de vigilarlo, preocupado. Ignoraba si aquello era una buena señal, si era a consecuencia del frío que ya no sangrara o una defensa que la propia criatura empleaba para sobrevivir. Le parecía que aún respiraba. Apretó el paso, temeroso de no llegar a tiempo.
Brend no sabía nada sobre dragones. El que llevaba en el trineo, malherido, era el primero que veía en su vida. Era una criatura hermosa y magnífica, de cuerpo largo y estrecho, grandes patas terminadas en zarpas y ojos de rubí que ahora brillaban con una luz mortecina. Su enorme cabeza era redonda y su hocico achatado, pero poblado de dientes afilados como los de los lobos. No parecía tener orejas, su cuerpo estaba cubierto de escamas nacaradas, era suave al tacto. El joven cazador desconocía su poder y se preguntaba si resistiría ese viaje o si moriría durante el trayecto.
Hacía días que caminaba a grandes zancadas, cubierto de pieles hasta la nariz, sin decir una sola palabra. A veces se detenía un momento, acariciaba la cabeza de Rush y miraba su preciosa carga. El dragón era joven, pero lo suficientemente grande para que parte de su cuerpo se arrastrara fuera del trineo. Le miraba con sus enormes ojos de rubí, pero no se movía ni emitía sonido alguno. Brend volvía entonces la vista al frente y caminaba más deprisa. No se había atrevido a detenerse para comer ni para dormir, pero no se permitía flaquear. Cuando sentía que le abandonaban las fuerzas, sacaba de su morral un pedazo de cecina de venado y lo masticaba penosamente. De vez en cuando se agachaba, cogía un puñado de nieve y se lo llevaba a la boca. Desde que habían entrado en el desierto, conseguir un puñado de nieve había resultado algo más difícil. La sed y el frío habían cuarteado sus labios.
Brend pensaba en su familia mientras daba un paso tras otro, recordaba los rostros de sus padres y hermanos para darse ánimos, pensaba en sus primos y primas, en sus aventuras y en las fiestas que celebraban juntos, y el deseo de reunirse con ellos mantenía su corazón caliente y le daba fuerzas. Su vida pasaba ante sus ojos, y sonreía bajo la capucha de piel porque había tenido una existencia grata y satisfactoria. Se preguntaba si volvería a ver a Namoi. Echaba de menos el verde de los campos y el marrón de las tierras yermas, el rojo del fuego, y la cerveza de miel de Askiven.
Volvió a mirar los ojos del dragón. Éste le devolvió la mirada. En la creciente oscuridad, su cuerpo escamoso se destacaba con una especie de iridiscencia. Brend esbozó una sonrisa porque aún estaba vivo. La lengua de Rush colgaba larga hacia el suelo, pero el animal no daba muestras de cansancio. Brend se preguntó si los dragones podían comunicarse con los lobos, aunque no pudieran hablar con los hombres. Rush parecía comprender la importancia de alcanzar rápidamente las Montañas Heladas, y concentraba toda su energía en arrastrar el trineo. A veces aceptaba un buen pedazo de carne ahumada de manos de Brend, y la masticaba sin dejar de trotar. El cazador se sentía muy orgulloso de él.
Había encontrado a Rush hacía cuatro años, durante una de sus salidas en solitario en busca de nuevas presas y aventuras. Un animal muy grande había atacado a la manada, y sólo había sobrevivido el cachorro, al que Rush había cuidado y alimentado durante la noche. Después lo había llevado a la aldea y se había enfrentado a los cazadores, quienes se opusieron a tener un lobo blanco entre ellos. Los lobos blancos eran asesinos, y crecían de forma monstruosa, mucho más que los lobos grises que vivían en los cerros de Odnaven, pues eran descendientes de Naoned, la loba cavernaria de la leyenda. Al final, el anciano Shamán decidió que Brend y el cachorro eran hermanos de espíritu, y nadie dudó de que las señales eran claras: el gran Oso Negro había atacado a los dos, y ambos habían sobrevivido. Rush era su mejor amigo. Brend habría dado la vida por defender a su lobo. Asimismo, creía sinceramente que Rush le protegería hasta la muerte.
No se podía dudar de la nobleza del enorme animal. Era fuerte y valeroso además de bello. Había sido él quien encontrara al dragón, en realidad. Él, que había forcejeado hasta que Brend consintió en quitarle el arnés, y había aullado hasta desgañitarse para llamar su atención. Rush, el noble lobo blanco de mirada fiera y amenazadoras fauces, de algún modo había convencido a Brend de que debían desviarse de su camino. Había lamido las heridas del dragón y había tirado del trineo con tesón, encaminándose hacia Sibh-Eryal como si supiera lo que hacía. Brend había confiado en Rush. Ocho días después, exhausto, hambriento y enfebrecido, y tal vez perdido en mitad del desierto, seguía confiando en él.
Brend era hijo de cazadores, y había sido educado desde niño para seguir los pasos de sus padres y abuelos. Amaba la nieve, la caza, el riesgo y la aventura, y siempre estaba dispuesto a salir, acompañado o solo, en busca de nuevas presas. A los catorce años se había unido por primera vez a su padre y a sus tíos y, aunque no había conseguido dar muerte al gran Búfalo Gris, se había ganado el reconocimiento de los suyos y el respeto de los más ancianos, así como la admiración de sus padres y la adoración de los más jóvenes, quienes le habían convertido casi en una leyenda. A los diecisiete años había salido de caza solo por primera vez. A los diecinueve había encontrado a Rush. A los veinte se había enamorado.
Y ahora corría sin saberlo a encontrarse con su destino, con su lobo adulto a un lado y un dragón moribundo a sus espaldas, y sólo pensaba en Askiven y en su adorada prima Namoi.

lunes, 20 de enero de 2014

Un nuevo ciclo


¿Recuerdas lo que siempre te digo, que no hay peor batalla que la que uno libra contra sí mismo?

Llevo mucho tiempo sin pisar Thèramon. Demasiado tiempo sin acercarme al Templo de Alodial a rezar a Enlil, a Neera y a Ulcus, sin caminar a lo largo del Corredor junto a dos jóvenes príncipes Raelitaro, sin acercarme a Mitrali Güae para escuchar cantar a los plateados Swan, sin adentrarme en el temido Desierto de las Ilusiones, sin recorrer las oscuras calles de Maindûr; demasiado tiempo sin venir a pedir consejo a los sabios Ilohiim, sin cabalgar junto a los Caballeros de Mersha, sin enfrentarme a los desquiciados Philias Buster, sin guerrear junto a las valerosas Drin Mazome; demasiado tiempo sin sentarme en mi mesa favorita de la Taberna de Óster a tomar una cerveza y a hablar de dragones y unicornios.

Demasiado tiempo luchando contra Skadûr, contra la Oscuridad y la tristeza, contra las dudas, el miedo y el bloqueo.

No voy a mentirte. No voy a decirte que por fin he resultado vencedora. Creo que mi batalla interior no ha terminado todavía. He dejado atrás muchos temores, la mayoría de mis dudas, gran parte de la tristeza y casi toda la Oscuridad. He soltado mucho lastre emocional y he conseguido romper el bloqueo que me impedía respirar con naturalidad. He dado palos de ciego durante meses, buscando el camino de regreso a Thèramon, me he detenido, he tomado caminos equivocados, he encontrado Luz donde menos lo esperaba y he empezado a dar pasitos tímidos que con el paso de los días se han ido convirtiendo en pasos cada vez más decididos. Ahora sé a dónde quiero llegar, y de nuevo el camino se muestra ante mis ojos sin más obstáculos que algunos absurdos espejismos provocados por las pocas dudas que aún me quedan. No sé a cuántas derrotas voy a tener que enfrentarme todavía, pero estoy dispuesta a seguir levantándome tras cada caída. Hasta conseguirlo. Hasta alcanzar mi destino.

He aprendido que ninguna derrota es un fracaso. Que sólo si nos rendimos estamos fracasando. De cada derrota aprendemos y nos llevamos una valiosa lección que nos ayuda a vencer más adelante. Ya no hay miedo al fracaso; tampoco hay miedo al éxito. Lo único que me frena soy yo misma, y estoy muy cerca de congraciarme con esa parte de mí que me impide avanzar. Necesitaba alejarme de Thèramon para volver a Thèramon. Necesitaba escribir Z, sacar toda la rabia y cerrar un ciclo para volver a ser la laudaner, la dragona, la diosa creadora de mundos, la que ama y cree, la que sabe que todos los sueños se cumplen, también el destino.

Ya estoy preparada para volver. Y traigo nuevas historias para ti. Historias de dragones y unicornios, de princesas y de ladrones y de mujeres guerreras y de hombres oscuros; historias de cazadores de búfalos, de sabios albinos, de hombres-pájaro, de ejércitos infernales. Sin olvidar a los personajes a los que ya conoces, voy a dejarlos momentáneamente a un lado y te voy a presentar a otros que comparten la misma historia, aunque en un país diferente. Este año voy a llevarte a Xaina Dalnu, el País de las Nieves. Quiero contarte una historia de pérdida, de sanación, de encuentros, de decisión, de aceptación. Porque he cerrado un ciclo, y el nuevo ciclo empieza de esta forma: dejando atrás algo que amaba, algo que me impedía aceptar quién soy y lo que soy, enfrentándome a la pérdida y al vacío, caminando a pesar de la desolación y de la soledad, aceptando la misión que me fue encomendada.

Ignoro si sigues ahí, dispuesto a continuar el viaje a mi lado. Creo que sí, pero no puedo estar segura. Hace tiempo dejé de responder a tus comentarios, no podía comunicarme, y después tú dejaste de comentar. Pero el contador de visitas ha seguido subiendo a pesar de mi silencio y de esta larga pausa. Supongo que no te has marchado del todo. Yo tampoco me he ido nunca del todo.

Sea como sea, voy a seguir contándote historias, por si sigues interesado en leerlas. Pero sobre todo voy a seguir contando Historias de Thèramon porque lo necesito. Ya sabes: tanto como respirar.

La próxima vez que nos veamos, no hablaré yo; hablará la laudaner. Ya tengo el texto preparado. Hoy te dejo una imagen de la parte de Thèramon que vamos a recorrer durante los próximos meses. Y el título del capítulo que colgaré en mi próxima entrada: El Oso y el Dragón.

Que Enlil te bendiga.

domingo, 1 de septiembre de 2013

El nuevo Mapa

De los Archivos de Räel Polita: el Mapa de Thèramon en la Era de Sanaa


© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)


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Este mapa, así como todos los textos que aparecen en este blog, están registrados en Safe Creative y en el Registro de la Propiedad Intelectual. Bea Magaña tiene reservados todos los derechos. Te ruego que los respetes.


Nota:

Éste es el aspecto de Thèramon en la Era de Sanaa, la última. Desde su creación hasta la actualidad, Thèramon ha sufrido numerosas transformaciones, muchas de ellas traumáticas. En sus orígenes, era poco más que una isla rodeada de un mar infinito. La historia de la retirada del Mar se cuenta en el Libro de los Dioses. Por tres veces Traytum ordenó retirarse a las aguas, y esto provocó que la isla original creciera, hasta llegar a ser lo que ves aquí. Desde la Era de Aodoir, no hay Mar que bañe las costas de Thèramon, pues el dios de las Aguas Profundas abrió un inmenso abismo entre la tierra y su reino acuático.

El mapa está incompleto. Thèramon está habitado por numerosas razas, y existen más ciudades y aldeas de las que he marcado aquí. A medida que visito cada región, conozco a sus habitantes y descubro sus ciudades. Si bien éste es el mapa definitivo, llegará el día en el que pueda completarlo.

De momento, creo que te servirá bastante bien para orientarte.


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Bien, aquí tienes el nuevo Mapa de Thèramon, obra de Carlos Gran. como ves, no tiene nada que envidiar a los mapas de  las novelas fantásticas que hayas podido leer. Me siento muy complacida, agradecida, emocionada. Y me encantaría conocer tu reacción. ¿Querrás dejar tu comentario? Agradeceré todas las opiniones.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El Cartógrafo


Hace algo más de un mes te dije que pronto podría enseñarte el nuevo mapa de Thèramon. Bien, por fin puedo cumplir mi promesa. Aunque no sé si te interesa verlo. Como te dije en mi última entrada, ignoro si sigues haciendo el viaje conmigo. La ausencia de comentarios me hace pensar que no sientes curiosidad, que no tienes especial interés. Que te da igual si te enseño el mapa o si me lo guardo para mí, que soy la única que todavía cree en Thèramon y en su futuro. Pero como también te dije en mi última entrada, vuelvo a escribir para mí, para mi propio regocijo, sin importar si no hay nadie esperando una historia. Me ha costado demasiado superar el Bloqueo como para dejar de respirar de nuevo porque a nadie le interese lo que tengo que contar.

Y, por si acaso sigues aquí, quiero compartir esta novedad contigo.

Si has visto las últimas actualizaciones de la página de Historias de Thèramon en Facebook sabrás que hace veinte días que el mapa quedó terminado. ¿Por qué he esperado tanto tiempo para volver a este lugar? Mi responsabilidad y mi prudencia tienen la culpa. Tenía dos correcciones y dos lecturas para valoración, y quería registrar el mapa antes de hacerlo público. Ayer, por fin, recibí la notificación del registro. Con los derechos de autor de la imagen en mi poder, ya puedo enseñarla.

Pero antes tengo que hacer una cosita. Porque seré muchas cosas malas, pero no soy una aprovechada, y tampoco una desagradecida.

Hace unos años, en mi trabajo, había un compañero que tenía el feo vicio de atribuirse el mérito del trabajo que hacíamos las demás. Cuando montábamos las mesas para los banquetes, él siempre se pavoneaba delante de mi jefe presumiendo de lo precioso que le había quedado el comedor. Las camareras nos habíamos encargado de mover las mesas y de vestirlas, habíamos puesto la vajilla y la cubertería y doblado las servilletas en forma de lazos, pero ese compañero nunca nos mencionaba cuando le mostraba al jefe el resultado final. Y él recibía los halagos y la palmadita en la espalda, cuando no había hecho otra cosa que pasearse mientras nosotras trabajábamos. Un aprovechado, como ves.

Yo no funciono así.

Si te mostrara el mapa sin hablarte primero del cartógrafo, me sentiría un fraude. Porque todo el mérito sería para mí. Y lo más que yo he hecho ha sido poner en un papel lo que visualizaba en mi cabeza. Todo el trabajo de dibujo, retoque, colorido y demás ha sido de Carlos Gran.

Carlos Gran es el autor de la Saga de los Tres Reinos, cuyo primer libro he tenido el honor de corregir; Averyn saldrá publicado dentro de un mes, y llevará en la contraportada una breve sinopsis escrita por mí. Doble honor que me hace, pues con una mención en la página de agradecimientos me sentía suficientemente pagada. Pero a Carlos se le ocurrió que podía devolverme el favor por la corrección, y decidió hacerme un mapa chulo para mis Historias de Thèramon.

Así que, aunque los derechos de la imagen los tenga yo, porque Carlos me la ha regalado, el aplauso ha de ser para él, que ha hecho un magnífico trabajo, primero a mano y luego con el ordenador. Además de la paciencia que ha tenido, porque no es nada fácil trabajar en un dibujo con las vagas indicaciones que le di al principio y que le hice retocar un millón de veces: aquí falta un río; esta ciudad va más a la derecha; esta montaña ha de ser más grande; ¿puedes poner dragones en las zonas en las que hay dragones?... No es fácil trabajar en equipo cuando las dos partes viven a cientos de kilómetros de distancia y se comunican por mensajes de Facebook, foto va, foto retocada y escaneada viene.

Deja que te hable un poco del proceso de dibujo del mapa. La primera vez que Carlos lo vio, era tal y como tú ya lo conoces, porque tiene su propia página aquí, en este blog. Compáralo con el diseño que fui capaz de hacer utilizando un programa llamado Mapper (no te rías mucho de mí, por favor, sé que es muy cutre; ambos mapas lo son, los dibujé yo, je)





Mi intención era ponerle montañas y árboles que parecieran montañas y árboles, como en los mapas de verdad. No me salió nada bien. Pero Carlos captó la idea. Y se inspiró en estos dos mapas para dibujar el mío.


Mapa de la Tierra Media.                                                               Mapa de Eragon 



El resultado, es lo que ves en esta muestra.



Carlos Gran es un artista. Ha conseguido que Thèramon tenga un mapa digno de las mejores novelas de fantasía épica.

Te prometo el mapa entero en mi siguiente entrada, no quiero que la imagen le robe protagonismo al cartógrafo, esta entrada está dedicada a él.


abrazo épico entre Averyn y Thèramon, Feria del Libro de Madrid 2013


Escritor, artista, compañero y amigo. Carlos Gran merece mi agradecimiento y tu aplauso.

viernes, 19 de julio de 2013

De mapas y de tesoros


Si la casualidad no existe, entonces los dioses nos hablan.

Si leíste mi última entrada, sabrás que muchas cosas han cambiado. A mi alrededor, también dentro de mí. He necesitado mucho tiempo de silencio y desconexión para encontrar el camino que había perdido. Durante todo este tiempo, me he preguntado infinidad de veces si te encontraría aquí a mi vuelta. He descubierto que en ocasiones tomamos un camino que nos aleja de los lugares que amábamos, y que el olvido, la desidia o las nuevas ocupaciones e intereses nos impiden volver a esos lugares, a pesar de que en algún rincón de la memoria o del corazón sigamos viendo los paisajes que una vez nos conquistaron. Ignoro si sigues viniendo de vez en cuando. Si aún esperas una historia, más información sobre este mundo que he empezado a mostrarte, o una noticia, alguna novedad. Si te asomas aunque sólo sea para comprobar si he actualizado el blog. Mi silencio no es la mejor forma de atraerte, lo sé. Pero este silencio era necesario, pues mi tristeza, mis dudas y mi batalla contra la Oscuridad tampoco eran beneficiosas para Thèramon.

A pesar de mi silencio, a pesar de mi aparente inactividad, no me he rendido, sigo aquí, y todavía tengo muchas historias que contarte, aunque no vengas a leerlas.

Hoy es un día especial. Hace dos años, por sorpresa y sin proponérmelo, nació la página de Thèramon en Facebook. Una página que no tenía administrador, pero que enseguida recibió varios Me Gusta, ante mi desconcierto, pues no sabía cómo Criatura de Fuego, Criatura de Luz (Libro) había aparecido de pronto en la red social. Pero comprendí que, con sus Me Gusta, los compañeros de viaje mostraban su apoyo a mi trabajo, y me animaban a continuar haciéndolo. Así que, sin saber muy bien lo que tenía que hacer, conseguí que esa página que se había creado de forma automática desapareciera, y abrí la oficial, que no tardó en tener cien seguidores. ¡Caramba! Pues sí que hay amigos de Thèramon en Facebook, pensé. A día de hoy, somos algo más de doscientos.

Y últimamente no hay actividad en esa página.

Pero no porque no tenga nada que contar. Mi musa está activa, hace meses que está muy activa, aunque mi silencio te dé a entender lo contrario. Lo cierto es que me falta tiempo para todo lo que me traigo entre manos.

Ya te he contado que cuando no puedo escribir me dedico a corregir las novelas de otros. Que lo hago sin cobrar, porque no poseo un título que me acredite como correctora, así que no me dedico a ello profesionalmente, aunque mi trabajo sea muy profesional. Hay mucha gente que no entiende que haga esto. ¿Por qué pierdo mi tiempo corrigiendo a otros en lugar de dedicarme a escribir mis propias novelas? No es una pérdida de tiempo, en realidad. Intento explicárselo, pero siguen sin entenderlo. No me importa. Corregir me ha enseñado mucho. Y me ha aportado muchas cosas buenas. Me ha ayudado a superar la tristeza, la apatía, el bloqueo, a recuperar la voluntad y la constancia, a salir de mi estado vegetativo. He encontrado verdaderas joyas literarias, también he encontrado muy buenos amigos. Y a pesar de que no cobro por mi trabajo, he sido muy bien recompensada. Una mención en la página de agradecimientos de una novela que ha encontrado editorial es un regalo que me llega al corazón. Un libro dedicado, agradecimiento y afecto en unas pocas palabras, es un tesoro de valor incalculable. Los que piensan que soy una tonta por trabajar gratis no entienden que soy una persona muy afortunada. Hay cosas muchísimo más valiosas que el dinero. Pronto podré enseñarte una de esas cosas.

¿Recuerdas que te dije que había un nuevo Mapa de Thèramon en proceso? Me muero por enseñártelo. Ese mapa es la forma que uno de los escritores que dejó su novela en mis manos para que la corrigiera ha tenido de demostrarme su agradecimiento. Y es un artista dibujando mapas. Al ver el resultado, y eso que todavía no está terminado, mi musa se ha vuelto loca de entusiasmo y se ha puesto a trabajar de modo que la inspiración me desborda. Pronto volveré a escribir una historia de Thèramon. Y te mostraré el nuevo mapa. Si el anterior te gustó, el nuevo te va a encantar.

O no. No sé, como te he dicho antes, ignoro si sigues viniendo.

Pero empiezo a creer que sigo haciendo este viaje acompañada.

Hoy, por eso de que la página de Historias de Thèramon cumple dos años, tenía previsto actualizar el blog. Qué importaba si no ibas a venir a leer esta entrada. Tenía algo que decirte, y pensar que no iba a haber nadie interesado en lo que escribo ya no iba a servirme de excusa. Durante demasiado tiempo he sucumbido a esa duda, alimentando con mi inseguridad al maldito bloqueo del que estoy intentando deshacerme por todos los medios. Ahora puedo decirte que he superado ese temor. Que vuelvo a sentir la necesidad de escribir para mi propio disfrute, y que lo haré aunque no tenga lectores, porque escribir historias es lo que me hace sentir viva y completa. Si no hay nadie interesado en leer mis historias, no hay nadie a quien pueda decepcionar si no son lo suficientemente buenas. Sin olvidar mi sueño de publicar, vuelvo a escribir para mí, para mi propio disfrute. Publicar no es una prioridad. Escribir vuelve a ser una necesidad.

Pero ¡qué casualidad! (y recuerda que yo no creo en la casualidad), que entro en el blog decidida a hablar de tesoros y de mapas, y me encuentro con un par de comentarios nuevos (como un mensaje de los dioses), que me han hecho pensar que quizás estaba equivocada, y sí sigue habiendo personas interesadas en Thèramon. De algún modo, el contador de visitas ha superado las 25000, seiscientas visitas en el último mes son muchas visitas para un blog sin actividad, ¿no te parece? Bien, pues tendré que encontrar tiempo para actualizarlo con más frecuencia, porque seré muchas cosas, pero no soy una desagradecida y tampoco una desconsiderada. Si hay una sola persona que espera más Thèramon, habrá más Thèramon. Ya veré cómo me las apaño entre corrección y escritura de Z.

Y como no soy una desagradecida, desde aquí respondo al segundo comentario que he recibido hoy, en el que Juank, del blog El Cuentahistorias, me informaba del premio que me ha concedido. Citando el texto que aparece en su entrada: Este premio se otorga a blogs con el objetivo de promocionarlos dependiendo siempre de originalidad, valores, cultura y contenidos... Querido Juank, me siento muy honrada de que hayas visto todo eso en mi blog, e inmensamente agradecida por el premio. Otro tesoro que encuentro, y que ha hecho que hoy sea un día doblemente especial.


Mira, mi segundo premio bloggero!!!

domingo, 5 de mayo de 2013

Cambios

A estas alturas, ya sabes que hay tres cosas que soy incapaz de hacer: resumir, rendirme y aceptar los cambios.
Mi asignatura pendiente es aprender a decir lo que pienso o siento con pocas palabras. Mi objetivo en no rendirme jamás, levantarme siempre después de cada caída y seguir luchando por aquello en lo que creo. Y en cuanto a los cambios... ¿qué puedo decirte? Por fin he comprendido que cambiar no es malo, que la evolución es necesaria, y que es un error empeñarse en quedarse estancado en lo que conocemos, porque no llegaremos a ninguna parte si no nos movemos. Y se trata de avanzar en pos de nuestro destino, ¿no?

Hace dos años mi vida cambió. Como si los astros se hubieran alineado, una serie de circunstancias y de casualidades (recuerda que yo no creo en la casualidad) se sumaron para sacarme de mi estado vegetativo y para romper un bloqueo que durante seis largos años me había impedido hacer lo que siempre había sido para mí tan natural como respirar. Abrí este blog, conocí a personas estupendas que hoy forman parte de mi mundo tanto como los personajes de mis historias, y volví a sentirme viva después de casi una década de vagar por el mundo sin voluntad ni deseo ni ilusión. Ahora, mientras escribo la novela que me mantiene alejada temporalmente de Thèramon y de este lugar, comprendo que fui como un zombi durante todos esos años. Y que morí en sentido figurado porque me negaba obstinadamente a aceptar que las cosas habían cambiado.

He necesitado estos dos años de ilusión, de esperanzas, de felicidad, de desengaños, de despedidas no deseadas y encuentros no previstos, de lágrimas y de lucha interior, para comprender que la evolución no sólo es positiva, sino también necesaria. Y ahora miro atrás y no siento dolor ni ira por las cosas malas que me han pasado, pues todas ellas, junto con las buenas, que también las ha habido, me han traído hasta aquí, renovada y mejorada como persona y como escritora.

Echo de menos caminar por los parajes de Thèramon, pero no me duele haberlo dejado a un lado momentáneamente, porque lo que estoy escribiendo ahora también es Thèramon en parte, y me ha ayudado a terminar de aprender las lecciones que el Cosmos quería enseñarme y que yo me empeñaba en ignorar. Z me ha hecho más fuerte, un poco más sabia, y me ha ayudado a desprenderme de mis temores y de mis dudas. Y eso es bueno para Thèramon, porque por fin he descubierto de dónde nacen mis bloqueos, y cómo evitarlos; he comprendido que el amor es la fuente de toda creación, pero que del vacío sí se pueden crear mundos; que los únicos obstáculos que nos impiden avanzar en pos de nuestros sueños son los que nos ponemos nosotros mismos; que la timidez, la vergüenza y el miedo no son más que excusas que no necesitamos; que las decepciones no matan, que las heridas sanan con el tiempo, que todo gusano debe encerrarse en su crisálida un tiempo para poder regresar al mundo transformado en bella mariposa. Que si nos empeñamos en buscar al unicornio, nunca veremos que estamos rodeados de dragones. Que los dioses nos hablan, pero que no oiremos sus voces más que en nuestro interior.

Thèramon no ha muerto, al contrario, está más vivo que nunca, lo está en mi corazón y en mi cabeza, aunque estos últimos meses no haya tenido tiempo ni siquiera para seleccionar un nuevo capítulo que mostrarte. Las correcciones y Z se llevan todo el tiempo libre del que dispongo, que ya sabes que no es mucho. Pero cuando Z esté acabada, volveré a Thèramon y te mostraré cosas maravillosas.

Una de ellas ya está en marcha. No puedo enseñártela todavía, porque apenas he visto el primer paso, pero te puedo asgurar que me ha gustado muchísimo y que a ti también te va a encantar. El nuevo MAPA de Thèramon va tomando forma. Y ahora sí que parece un mapa, no ese dibujo medio cutre que yo hice y que recibió tantos elogios en su día. Dame tiempo, y te lo mostraré en todo su esplendor. Dame tiempo, y te demostraré que la perseverancia y la fe son el camino correcto hacia nuestro destino. Dame tiempo, y te demostraré que todos los sueños se cumplen cuando estamos preparados.

Y búscame en mi blog de autora, si quieres saber qué estoy haciendo y por qué no tengo tiempo de subir nuevos capítulos de Thèramon al blog. Estoy trabajando para darte más de una sorpresa, más de una alegría. Con la ayuda de los dioses, te daré muchas. Las cosas han cambiado, ya te lo he dicho, yo misma he cambiado, y ya no tengo miedo.

Últimamente no comentas, no dejas huella de tu paso más que en el contador de visitas, pero la cifra que marca ese contador me dice que sigues aquí, haciendo el viaje a mi lado. Permite que hoy te dé las gracias por dos años de apoyo, de creer en mí, de acompañarme y de mostrarme el camino cuando me he extraviado. Deseo que sigas haciéndolo. 

Vamos a por el tercer año!!!!

viernes, 15 de marzo de 2013

¿Me acompañas?

Estás aquí porque amas Thèramon. Vienes porque mi prosa te gusta, porque mis palabras te inspiran, porque ya formas parte de mi mundo, porque quieres saber más de él, o de mí. Cuando dejas huella de tu paso, sé que sigues haciendo el viaje a mi lado. Cuando no te manifiestas, sé que has estado aquí, porque el contador de visitas te ha visto, aunque yo no lo haya hecho. 
Thèramon existe en mi cabeza y en mi corazón, seguirá existiendo aunque no haya nadie que desee conocer sus historias. Pero sé que hay alguien que desea leerlas, muchos alguien, en realidad. Así que Thèramon existe físicamente porque tú estás aquí. Y por ello te doy las gracias.
Tu compañía, tu aliento y tu fe en mí han sido la mejor medicina contra la timidez, las dudas y el miedo a asomarme al mundo y decir con orgullo que soy escritora. Lo he dicho en voz baja, sí, pero creo que mi prosa ha hablado por mí mejor de lo que yo podría haberlo hecho. Y de eso se trataba. Porque soy muy mala echándome flores, y la mejor forma que tenía de decirle al mundo que soy una buena escritora era mostrándole al mundo lo que hago.

Dicen de mi prosa que es hermosa, musical, adictiva. Que emociona, que engancha. Dicen que tengo tanto talento como imaginación. Dicen que tengo un don especial para narrar. Y aunque sé que todavía tengo mucho que aprender y algunas cosillas que pulir, las únicas críticas negativas que he recibido hasta ahora han sido opiniones subjetivas, del tipo: "demasiadas Y en este párrafo" (cierto, pero era una repetición hecha a propósito), "demasiados nombres thèramónicos de golpe" (claro, pero ¿a que llevan una traducción o una explicación siempre que se puede?), y "demasiado corto, o eso me ha parecido, me ha sabido a poco, quiero más" (esta última crítica siempre me encanta 8), será que tengo un poco de ego aunque a veces me parezca que no el suficiente).

Adoro que te guste mi forma de narrar. 

Pero no sólo escribo Historias de Thèramon, ya lo sabes, te he dejado muestras de otras historias en este mismo blog. No soy una escritora de Fantasía Épica exclusivamente. Es difícil encontrar una etiqueta para definirme. Tengo una musa caprichosa que no se amolda a géneros o a tópicos. Le gusta hacer mezclas. Puedo decirte que Z está originando angustia, miedo y risas por igual, no sé si voy a poder catalogarla como Terror cuando llegue el momento de buscarle editorial.
Creo que la mejor forma de describir lo que hago es diciendo: "es diferente; sorprende, impacta, te llega muy adentro, te hace sentir".
Si lo digo yo, suena un tanto prepotente. Pero son ya muchos los que lo dicen. Así que he decidido empezar a creérmelo. Y he hecho algo que hasta ahora no me había atrevido a hacer.

He decidido compartir en Wattpad otra de mis historias. Una que no tiene nada que ver con Thèramon. Una cuya prosa podría echar a perder mi reputación (soy "la Tolkien española" (jajaja), ¿recuerdas?),  o ganarme el corazón y/o la atención de lectores que no son demasiado aficionados a la Fantasía épica. Diría que 800 lecturas no son una mala cifra, así para empezar. Parece que ECPNSBET está gustando. Si sientes curiosidad, te invito a pinchar en este ENLACE y a opinar.

Quiero hablarte de ECPNSBET. También quiero hablarte de Z. Y de otras cosas. Pero no aquí, este lugar es Thèramon, y así quiero que continúe. Que vengas aquí a leer más de este mundo que ya amas, a aprender más sobre su geografía, su idioma, su mitología y sus razas. Quiero seguir dejándote capítulos de una historia que ya conoces, mostrarte el nuevo mapa que está en proceso, contarte novedades cuando las haya, así como buenas noticias, que llegarán cuando la primera Historia de Thèramon esté lista para iniciar su aventura en busca de editorial.
Entonces, ¿cómo hablarte de mis otros trabajos?

Después de mucho pensarlo, he tomado una decisión. Y así ha nacido VOY A SER LEYENDA,  mi blog de autora. Por eso estoy hoy aquí, sin un capítulo de Thèramon para ti, pero con algo nuevo en las manos, algo que quiero mostrarte. Tendrás más capítulos, te lo prometo. Pero hay nuevos proyectos en marcha que quiero compartir contigo, y lo haré desde mi blog de autora, al que puedes acceder pinchando en el nombre. 

¿Me acompañas? 







domingo, 17 de febrero de 2013

¿Te imaginas?

¿Escritor es cualquier persona imaginativa capaz de juntar letras hasta expresar en frases coherentes lo que hay en su cabeza? ¿Escritor es una persona que publica y vende libros? ¿O es todo lo que hay entre lo primero (digamos, el aspirante o aprendiz) y lo último (la consecución de un sueño, la meta a la que todos aspiramos)?

Tengo un sueño. Sueño con ver mis historias publicadas. Empecé a escribir a los diez años, cuando no sabía del mundo más que lo que había ido leyendo en los libros que sustraía de las estaterías de mis yayos, primero, y de mis abuelos, después. No sabía mucho del mundo, pero sí algo de los sentimientos, y sobre ellos escribía. Con ingenuidad, con inocencia, con pasión; con errores, pero sin dudar, porque escribía de manera automática, por instinto, como si hubiera nacido para ello. Pronto comprendí que necesitaba escribir tanto como respirar. Y cuando terminé mi primera novela, al poco de cumplir los trece años, supe que deseaba que el mundo leyera lo que había escrito. Porque era hermoso.

Aún no he publicado, pero me llamo a mí misma escritora.

Poco o nada sé del mundo editorial, aunque en los dos últimos años he conocido a muchos escritores que, como yo, tienen un sueño, y mucho talento. Gracias a nuestras conversaciones he comprendido que en España los autores noveles no lo tenemos fácil. Las editoriales apuestan por nombres conocidos, y más en estos tiempos de crisis, en los que nadie quiere arriesgarse a invertir en un valor que no sea cien por cien seguro. Muchos se cansan de esperar y eligen el camino de la autopublicación, ahora más sencillo gracias a la aparición de Amazon en España. Yo todavía no he elegido ese camino, quiero ver Thèramon en papel, quiero probar primero el método tradicional. Pero no descarto subir una de mis novelas a Amazon. Si no encuentro editorial para Z, podría decantarme por la otra vía. Hay quien opina que Amazon es un escaparate desde el que llamar la atención de las editoriales. Y yo no soy partidaria de que las buenas historias acaben olvidadas en el fondo de un cajón.

Mi cruzada personal es leer y promocionar tantas de esas novelas como caigan en mis manos, siempre que cumplan los requisitos que, en mi opinión, las convierte en recomendables: buena prosa, buena historia, buena presentación; que enganche, que emocione, que sorprenda. Que me deje con ganas de más. Soy una voz pequeñita que suena en el desierto, pero es lo más que puedo hacer en este momento por mis compañeros de letras y por mí misma. No debemos permitir que el talento permanezca oculto. Si somos muchos los que gritamos, quizás un día las editoriales nos escuchen, y dejen de invertir en sagas extranjeras y en autores consagrados, y empiecen a apostar fuerte por nosotros, por nuestras sagas, por nuestro talento.

¿Te imaginas que yo no estuviera sola en esta cruzada?
¿Te imaginas que hubiera otros como yo, que lucharan por cambiar las cosas, que tuvieran el valor y los medios para dar un paso más?
¿Te imaginas que alguien decidiera crear una editorial que apostara por nosotros?

Ha nacido Palabras de Agua, la editorial que yo misma crearía si tuviera los medios, los conocimientos y los contactos necesarios para hacerlo. De la mano de tres valientes que comparten el mismo sueño y la misma cruzada que yo: Juan de Dios Garduño, Raúl Lepe y David Prieto. Ninguno de ellos es amigo mío, así que no vayas a pensar que les hago publicidad gratuita movida por el afecto, apoyo su iniciativa y su proyecto porque considero que lo merecen, y porque ya era hora de que alguien se atreviera a dar un paso más para cambiar las cosas. Yo también soy escritora. Yo también quiero mi oportunidad.

Palabras de Agua inicia su andadura con un proyecto que requiere de la ayuda de todos. Para publicar su primera novela, Calles de Chatarra, de Alejandro Guardiola, necesitan mecenas. Esto es lo que significa crowfunding: la financiación correrá a cargo de las pequeñas donaciones que vayan recibiendo. No pienses que se trata de donar tu dinero sin más, lo que haces con tu aportación es reservar el libro en un formato u otro (en papel o en digital), dependiendo de la cantidad que quieras o puedas permitirte aportar. Para saber más, pincha AQUÍ. Si difundes, si compartes, también les estarás ayudando a abrir nuevos caminos. Como escritor, como lector, tienes la oportunidad de poner tu granito de arena.

¿Te imaginas que Palabras de Agua se hubiera interesado por Thèramon, que quisieran publicar una de mis historias, pero no tuvieran los medios económicos necesarios para llevar a cabo la edición? Si estuviera en tu mano, ¿les ayudarías? Si fuera Thèramon, de Bea Magaña, una desconocida, y no Calles de Chatarra, de Alejandro Guardiola, finalista del Premio Minotauro, ¿no harías tu aportación?

Piensa en ello, ¿vale? Nos estarás ayudando a todos.


jueves, 31 de enero de 2013

Promesas


Ya sabes cuáles son los pilares básicos de Thèramon: el honor, el valor, la fe, la honestidad, la lealtad. Esos pilares rigen mi vida. Sé que soy demasiado inocente, o ingenua, porque tiendo a utilizar más el corazón que la cabeza, y aunque no me considero una persona valiente, sí soy honesta, leal y no dejo promesas sin cumplir. Aunque a veces tarde, porque mi tiempo libre es escaso y son muchas mis ocupaciones (ésas son las promesas que dependen de mí), o porque se requiera tiempo, trabajo y constancia, y voluntad (ésas son las promesas que dependen de ti). Sé que no todo el mundo comparte mis ideales; que hay demasiada hipocresía, egoísmo, mentira y traición a mi alrededor. Pero también sé que hay bondad, inocencia y amor suficientes para hacerme olvidar el dolor y la tristeza que me provocan los sentimientos negativos y las malas acciones de las personas, tanto de las que no me importan demasiado como de aquéllas en las que decido confiar y a las que aprecio.

Quiero pensar que la bondad siempre vence. Si creyera que la Oscuridad tiene alguna posibilidad, Thèramon no existiría. Mi fe se tambalea a veces, pero nunca la pierdo del todo, y cada vez se hace más fuerte. Sé que hay muchísimas cosas buenas esperándonos más adelante en el camino, lo sé porque las he visto. Todavía me gana la impaciencia algunos días, y entonces Cosmos me envía un mensaje que me abre los ojos y me hace comprender que todas mis dudas son estúpidas. Ocurrirá, dicen los Dragones Cisne; Ocurrirá, dice el amado de los dioses. Y yo creo, porque sé con certeza que así será. Porque ya lo he visto.

El año pasado afirmé una serie de cosas que a día de hoy ya se han cumplido. Ama y cree, porque esto sucederá; ¿creías que lo decía para quedar bien, porque trataba de animarte, pensabas que no creía realmente en tus sueños, en tu talento, en tus proyectos o en tu valía? ¿Que me limitaba a expresar en voz alta mis propios deseos? Ahora ya sabes que mi intuición no suele equivocarse; que cuando te digo que el destino siempre se cumple, no estoy simplemente repitiendo un mantra, que cuando te prometo que todos los sueños se cumplen cuando estamos preparados te estoy haciendo una promesa; y las promesas son sagradas; apuesto mi honor a que ocurrirá, porque mi honor es lo más valioso que poseo, y no tengo miedo de perderlo al apostarlo.

Por eso te insto a que no dejes de creer. Aunque a veces tengas dudas, aunque te encuentres con obstáculos que te parecen insuperables, aunque la oscuridad sea tan densa que no te permita ver una pequeña luz de esperanza, esa luz siempre está ahí, brilla en Thèramon, pero es el reflejo de tu propia alma. Ama y cree. Y sigue luchando para hacer realidad lo que imaginas, porque llegará el momento en el que estarás preparado para empezar a vivirlo.

Acabaré las correcciones (dame tiempo); acabaré la novela que tengo entre manos (dame tiempo); la publicaré, como tú has publicado la tuya después de que haya pasado por mis manos (cree); acabaré una de las Historias de Thèramon y también la verás en tu estantería, si quieres (cree); y te daré ese abrazo que tengo guardado especialmente para ti. Sucederá.

Hoy te dejo el final del capítulo que unió a Silenia y a Sena (Seine) junto a las orillas del Estanque de Plata. Me gusta especialmente ese capítulo porque habla de promesas. Y de destino.

¿Recuerdas cómo terminaba el capítulo anterior? «Al atardecer, vestida con sus ropas de princesa, se deslizó por los oscuros Pasadizos y llegó hasta la puerta secreta.»

Pues desde ahí parte el de hoy. Sé que es breve, discúlpame si después de tanto tiempo de silencio esperabas un texto más extenso. He aprovechado que no era muy largo para extenderme en mi mensaje, y sé que te interesa más leer sobre Thèramon que escuchar mis divagaciones. Pero yo también soy Thèramon. No debes olvidarlo.
Ama y cree.

***

© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Dragones Cisne (IV)


"Encontró allí a Sena, esperándola como la noche anterior. Abrió la puerta y le llamó, y el muchacho se acercó a ella, En ningún momento salió la niña al exterior ni permitió que la puerta se cerrara.
Sena casi no la reconoció. Silenia llevaba un vestido verde claro y escarpines blancos manchados de barro, el cabello recogido con una diadema de plata y brillantes y un pañuelo de hilo bordado en una mano. Se enamoró de aquella visión y supo que no se marcharía de Räel Polita hasta que ella le abrazara de nuevo.
—Quiero que aceptes esto —dijo Silenia.
Sena la miró con extrañeza e inquietud. Había supuesto que volvería a acompañarle al Estanque. No se atrevió a coger lo que ella le entregaba. La miró a los ojos, confundido.
—Me ayudaste, y te estaré eternamente agradecida —dijo ella de nuevo—. Por favor, toma esto.
—No esperaba una recompensa —protestó Sena, y sintió que le escocían los ojos.
—Ni yo pensé que pudiera recompensarte, pues nada tengo de valor —dijo Silenia—. Pero tengo a mi hermano Eugene, quien será un buen Caballero cuando sea hombre, y por él he sabido que esto te ayudará a entrar en el ejército. Utilízalo para abrir la puerta. Espero que encuentres donde echar raíces y que veas tu sueño cumplido.
Hizo un gesto con la mano, y por fin Sena se atrevió a tomar lo que le entregaba. No podía saber lo que era, pues la niña lo había envuelto en un pañuelo.
—Dijiste que necesitabas una recomendación —sonrió Silenia—. Ésta que ahora te entrego es válida. Acéptala, con mi gratitud.
Sena cerró sus manos temblorosas en torno al pañuelo.
—La utilizaré —prometió—. Seré el soldado que siempre he deseado ser, no te defraudaré, princesa.
Ella hizo una inclinación de cabeza.
—Sé que serás un buen Caballero —le dijo. De pronto, le pareció a Sena que estaba hablando con una reina, no parecía una niña de once años. Se dijo que no lo había parecido en ningún momento—. Gracias por haber sido mi Protector. Si algún día vuelvo a verte, espero que lleves al enseña de los dragones en el cinturón, así podré reconocerte y agradecerte de nuevo lo que has hecho por esta niña.
Sena se llevó un puño cerrado al pecho.
—Si alguna vez voy a la batalla, lucharé en tu nombre, princesa.
—Cuídate, amigo mío. Gracias por todo. Y si vuelves a ver a los Dragones Cisne, salúdalos de mi parte —se despidió Silenia.
Después cerró la puerta y Sena no la vio más. El muchacho desenvolvió el regalo que la princesa le había dado, sus ojos se llenaron de lágrimas de emoción y gratitud, se llevó el pañuelo a los labios y luego al pecho, e hizo una promesa de corazón."

lo que veo cuando leo lo que escribes

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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

Mi primer premio bloggero

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