diseño de Susana Escarabajal Magaña

martes, 29 de mayo de 2012

La orquesta sigue tocando


Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana en algún lado.
Nada nuevo puede nacer si algo viejo no muere antes.
Si sigues mirando hacia atrás, nunca verás lo que te aguarda delante.
La vida sigue, dice la gente, cuando intenta consolar a quien ha sufrido una pérdida. La orquesta sigue tocando, el show debe continuar, como cantaba el gran Freddie Mercury. Hay que aceptar, hay que pasar página, hay que cerrar la puerta y mirar hacia el futuro.

La gente habla creyendo que así ayuda, pero la gente no sabe nada: sólo uno es capaz de conocer la intensidad del dolor, porque es uno quien lo lleva dentro. La gente dice que la vida sigue, que llorar es bueno, que el tiempo lo cura todo. Pero nadie tiene una explicación para lo ocurrido, nadie propone una solución, nadie señala a un culpable. Y uno carga con su parte de culpa, y no responde a los comentarios inútiles, y no explica cómo se siente en realidad, porque sabe que nadie podrá comprenderle.

Ánimo, amiga; que todo se supera. Que la vida sigue. Has perdido lo que más amabas, pero la orquesta continúa tocando. Se te ha roto el corazón, pero sigues viva. Y mientras hay vida, hay esperanza. Estás sola. Debes aceptarlo. Puede que no te guste la música, pero con el tiempo tendrás que bailar.
Pero la aceptación no pone el motor en marcha.
Y cuando el vacío que sientes es tan grande que no puedes expresarlo con palabras, cuando no puedes escribir porque se te ha roto el corazón, cuando no te salen historias porque no te queda nada hermoso que transmitir... permites que la Sombra se apodere de ti, y pierdes las ganas de vivir, y pierdes la fe en todo, en el amor, en los dioses, en ti mismo.
Y una recibe apoyo moral y afecto a raudales, pero nadie parece tener un buen consejo, o una fórmula mágica que la ayude a levantar cabeza. Y una tiene que levantarse sola, encontrar por sí misma un motivo para desear dar el primer paso.
Cuesta...
Lleva su tiempo.
Pero un día, por fin, una deja de arrastrarse y hace un esfuerzo y se pone en pie, al principio se tambalea, luego da un paso... el primer paso siempre es el más difícil, pero después una camina por inercia. Al principio sin sentir, como una autómata, pero es un comienzo.
La orquesta sigue tocando. Y un día comprendes que el baile es un acto mecánico.
Con el tiempo, un robot puede volverse humano.

Hoy voy a hacer algo que no he hecho antes. Voy a compartir un relato que no tiene que ver con Thèramon, y lo voy a copiar entero; aviso ahora: es largo. Pero después de casi un mes sin tener nada mío que leer, quizás alguno de vosotros se anime a leerlo hasta el final. Es algo que escribí después de que mi padre muriese, justo antes de que me sobreviniera el Bloqueo y no fuera capaz de escribir ni una simple postal de Navidad durante años. Así me sentí ante la pérdida sufrida, y así es como me he sentido en los últimos tiempos. No encuentro otro modo de expresarlo, y al mismo tiempo es un agradecimiento a los amigos que han estado a mi lado en los peores momentos, y una disculpa por haberles fallado, por haber dejado que la Oscuridad se apoderase de mi alma, por haberme centrado tanto en mi dolor y haberles, en cierto modo, abandonado. No podía hablar de ello, tampoco podía escribir. Pido perdón por haber sido idiota. He permitido que la tristeza durase demasiado tiempo. No me he olvidado de mis amigos, me he olvidado de mí misma. He olvidado mis sueños. He olvidado que amo y creo, a pesar de todas las cosas malas y tristes.

Pero algo ha conseguido que el motor se ponga en marcha. Y hoy ya no quiero seguir mirando al pasado. Lo que tenga que ser, será. El Cosmos dirá. Y mientras llega el momento de ver mis sueños cumplidos, seguiré escribiendo, porque vuelvo a creer en mí misma. Y con amor voy a seguir haciendo el viaje, acompañada o sola, hasta llegar a mi destino.


©Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

"El mundo se encontraba a oscuras. Su cabeza reposaba sobre una almohada que debería haberse hallado en el suelo. Se sentía descansado, y también entumecido, como si hubiera permanecido mucho tiempo inmóvil en la misma postura. Se sentó con cierto esfuerzo y vio que la persiana estaba bajada. Giró la cabeza y vio la puerta cerrada. Más cerca, junto a la cama, una silla vacía le hacía compañía. Frunció el ceño sin darse cuenta. Intentó comprender aquel enigma, no tuvo éxito. Una especie de niebla dentro de su cabeza le impedía pensar. Volvió a tenderse de espaldas, cerró los ojos, probó a dormirse de nuevo. El sueño no vino. Tenía la sensación de que ya había hecho aquello antes, varias veces. No le importó que fuera cierto.
Cuando la necesidad de ir al lavabo se volvió acuciante, se levantó.
Las primeras horas de su despertar se habían perdido en las brumas de una memoria aquejada de amnesia temporal. El muchacho desorientado se deslizaba como en un sueño por el escenario vacío del mundo, transformado en un autómata que se movía por inercia. Lagunas en su memoria, sensación de irrealidad, acciones rutinarias de las que no tenía conciencia: se duchó, se vistió, comió; no habló, no tenía nada que decir. Su madre habló poco, nerviosa o temerosa, Alex no la escuchaba del todo, tampoco respondió a su abrazo, no quería consuelo, no pensó que ella pudiera necesitarlo. No pensaba, en realidad, no sentía nada.
Las horas pasaron en silencio.
El silencio se le antojaba obligado, la conmoción metamorfoseada en desidia le impedía romperlo. Su madre le miraba con los labios apretados y el corazón encogido, profundas ojeras en su rostro demacrado que no conmovieron el corazón inerte del hijo que pocos días atrás la había acusado de traición y que de pronto no le dirigía la palabra. A ratos sonaba el teléfono. En esos momentos, a Alex se le hacía un nudo en el estómago y se le secaba la garganta. Algunas personas querían hablar con él, pero él negaba con la cabeza y no se ponía. No sentía deseos ni necesidad de romper el silencio. Albert no llamó. El alivio y la culpa se confundían, ambos sentimientos iban en dos direcciones distintas.
Las horas pasaron en blanco.
Recuerdos fragmentados, deambular constante, visitas al despacho vacío, fotografías volcadas, incapacidad para derramar una lágrima. El violín había enmudecido, también la flauta, el órgano electrónico sólo sabía interpretar una melodía fúnebre y desacompasada. Su madre sentada en el sofá, junto al teléfono silencioso, expresión ausente y una taza de tila que se enfriaba entre sus manos temblorosas. Los libros hablaban en un idioma extranjero, jugar al ordenador era una blasfemia; la calle era una selva inexplorada y amenazadora espiada con anhelo y temor supersticioso desde la ventana cerrada del segundo piso.
El timbre del teléfono cercenando el silencio, estridente y ofensivo como la risa en un velatorio. Curiosidad insatisfecha, esperanza incumplida. Lágrimas en los ojos de su madre, que hablaba en susurros sin advertir la presencia fantasmal de Alex junto a la puerta del comedor. Frases escuchadas a medias y al principio no comprendidas, retazos de información almacenada con esfuerzo y apenas procesada. Su madre intentando hacerle hablar, tarea inútil además de complicada; Alex recogía información y permanecía mudo, perdido en el interior de su cabeza, indolente, hermético, igual que un autómata.
Al atardecer el teléfono enmudeció. La esperanza se hizo añicos, el horror cobró forma después de una cena temprana y frugal; finalizada la jornada laboral, le llegaba el turno a las visitas de compromiso. Rostros consternados, rostros serenos, rostros compasivos desfilando ante sus ojos, aire de luto y tragedia, pañuelo a punto y susurros cómplices, apretones de manos y carreras escaleras arriba para huir de las frases de condolencia y de ánimo. Descubrir lo que se ocultaba detrás de la cortina negra del olvido consciente, comprender que la negación era inútil, reconocer que lo había sabido desde el momento en que abrió los ojos, sentir resquebrajarse el corazón.
Roberto Belmonte estaba muerto. No había sido una pesadilla, había ocurrido de verdad. Alex se había quedado sin padre.
Y la culpa, acompañando a este pensamiento egoísta, la culpa que pesaba como una losa en su corazón atormentado.
El estómago no pudo retener la comida, las tazas de tila se duplicaron sobre la mesita baja del comedor. Los brazos amorosos de la madre desconsolada no podían consolar al muchacho que no hablaba de lo que le afligía. La aparición de las primeras estrellas no tuvo un efecto sedante. Miedo a cerrar los ojos, terror a ver en la oscuridad de una nueva pesadilla lo que se ocultaba detrás de la tupida cortina negra.
Y la certeza de que no habría nadie velando su sueño esta vez, saber que no habría unos brazos reconfortantes que le sujetaran, impidiéndole volverse a mirar el rostro cargado de reproche de su padre muerto.
—No ha sido culpa tuya, hijo.
Alex hizo una mueca. Estaba sentado sobre la cama, rodillas flexionadas y ojos cerrados, abrazándose a sí mismo, luchando contra el impulso de llorar. Estaba solo. El hombre se había marchado el día anterior, Alex sabía que la voz que oía no era real; sin embargo, le reconfortaba, igual que su presencia le había reconfortado en el sueño. No quería que se marchara, por eso no abrió los ojos. Se limitó a hacer una mueca que tuvo poco de desdén y mucho de tristeza.
—Tal vez quiera cargar usted con la culpa por mí —susurró.
La voz sonó afectuosa, amable y cálida, dando la impresión de que su dueño estaba sonriendo.
—Si eso hace que te sientas mejor.
Alex guardó silencio. En realidad, no hacía que se sintiera mejor. Abrió los ojos y miró al hombre, dispuesto a decírselo, pero el hombre ya no se encontraba allí.
—Me he quedado solo —se dijo el muchacho, y volvió a cerrar los ojos, esta vez con fuerza, como si quisiera impedir que se le escaparan las lágrimas que no era capaz de fabricar.
Una luna pálida apareció entre la intrincada red de estrellas que tapizaban la ventana cerrada del dormitorio, y Alex continuaba despierto, por momentos extraviado en el inmenso vacío que le rodeaba. Infinidad de rostros desfilaban ante sus ojos, horas después de que la última visita se hubiera marchado. Rostros llorosos, rostros preocupados, rostros compasivos, estos últimos eran los que más le atormentaban. ¿Qué sabían los dueños de esos rostros lo que Alex sentía, lo que necesitaba? No su compasión, desde luego. No sus palabras huecas y manoseadas.
La gente habla creyendo que así ayuda, pero la gente no sabe nada: sólo uno es capaz de conocer la intensidad del dolor, porque es uno quien lo lleva dentro. La gente dice que la vida sigue, que llorar es bueno, que el tiempo lo cura todo. Pero nadie tiene una explicación para lo ocurrido, nadie propone una solución, nadie señala a un culpable. Y uno carga con su parte de culpa, y no responde a los comentarios inútiles, y no explica cómo se siente en realidad, porque sabe que nadie podrá comprenderle.
Su padre había muerto, y Alex tendría que haber sabido que iba a ocurrir, porque su padre se lo había dicho. No me voy a morir mientras estés fuera, le había prometido, o acaso había sido una advertencia. Daba lo mismo, Alex la había desoído, se había marchado, le había abandonado. Su decisión había empujado a su padre a tomar su propia decisión. No había sido accidental.
Y Alex se había quedado sin padre.
No podía llorar. Su padre estaba muerto, y Alex podía aceptarlo, como se acaba por aceptar siempre aquello que es inevitable. Puede que no hoy, quizás tampoco mañana, pero acabaría aceptándolo. Sin embargo, no había lágrimas. La culpa era más fuerte que la pena, los remordimientos no dejaban lugar para el luto. Y la culpa era de dos clases. Aceptar lo que significaba la muerte de su padre era una tarea más complicada. No se permitía llorar. Las lágrimas no le devolverían lo que había perdido, como no podían lograrlo las palabras.
—¿No puedes dormir?
Su madre en el umbral, una silueta delgada de voz amable y cargada de llanto, además de preocupada; la luz procedente del pasillo no permitía ver claramente su rostro, y Alex pensó que era mejor así. Alzó la cabeza, la miró, hizo un gesto de negación. Su madre entró en el dormitorio y se acercó a la cama.
—¿Quieres hablar?
Alex volvió a negar con la cabeza. No había hablado con ella en todo el día, como tampoco había hablado con sus dos mejores y únicos amigos, que habían llamado por teléfono al salir del instituto. No se sentía preparado para abrirle su corazón a nadie, un corazón que por momentos sentía inerte. Tampoco deseaba oir de labios de su madre las mismas frases vacías que había escuchado esa tarde, repetidas hasta la náusea por decenas de personas que no le conocían y que le habían mirado con lástima, creyendo que comprendían por lo que Alex estaba pasando.
—¿Quieres que me quede un rato? —intentó Helena, aunque presentía que la respuesta volvería a ser una negativa silenciosa.
Alex no la miró esta vez. No le gustaba verla llorar, y no sentía deseos de unir sus lágrimas a las de ella. Negó de nuevo con la cabeza y cerró los ojos. Oyó a su madre suspirar. Después notó el contacto de su mano cálida en la mejilla.
—De acuerdo —se despidió, resignada—. Hablaremos en otro momento, cuando tú quieras. Intenta dormir un poco, cariño. Descansar te hará bien. No hay prisa. Nuestro mejor aliado es el tiempo.
Alex sintió la necesidad de gritar al oir esas palabras que había empezado a odiar en boca de su madre. Que la vida sigue. Que el tiempo lo cura todo. Que la banda sigue tocando. Su pesar se acentuó. Consiguió controlar el grito de frustración que le estaba naciendo en la boca del estómago y se negó a seguir escuchando. No necesitaba palabras vacías, sino una solución. Su madre, al parecer, no podía dásela.
—Te quiero, Alex —las últimas palabras de la mujer le llegaron con cierto retraso. Cuando abrió los ojos y levantó la cabeza, ella ya no se encontraba a su lado.
Vio marchar a su madre sin mover un músculo, no abrió la boca para desearle buenas noches, no le dijo que la quería, no le dijo lo que pensaba. Su madre había aceptado demasiado pronto, eso le parecía. ¿Y era posible que se encontrara tan perdida como él, tan desvalida, tan atada de pies y manos? Demasiado joven para ser viuda, demasiado madre para pensar en casarse de nuevo, ¿por eso sus lágrimas a todas horas? Convertida en una fuente humana, llorando por los dos, incapaz de proponer una alternativa, quién sabía si conservaba alguna esperanza. Alex no tenía ninguna.
¿Qué será de mí?
El sueño tardó en llegar y no le proporcionó descanso. Sumándose a la antigua pesadilla, una multitud de rostros anónimos le acosaba, decenas de voces repitiéndole las mismas frases ajadas e inútiles que no le servían de consuelo ni de ayuda. Ánimo, muchacho; que todo se supera. Que la vida sigue. Tu padre ha muerto, pero la orquesta continúa tocando. Han pasado cinco días, Albert se ha marchado, el nuevo curso ha comenzado. Estás solo. Debes aceptarlo. Puede que no te guste la música, pero con el tiempo tendrás que bailar. La única música que Alex oía era una melodía fúnebre que surgía del interior del despacho de su padre muerto. Roberto Belmonte se mofaba, ¿bailar? ¿bailarás sobre mi tumba?, le reprochaba, ¿tan pronto me has olvidado? Su padre no podía descansar en paz, necesitaba que Alex reconociera su culpa. Y Alex la reconocía, aunque no tuviera el valor de hacerlo en voz alta, porque sólo podía confesarse ante su padre, y su padre se había marchado para siempre.
Padre muerto, padre perdido, todo es lo mismo.
Estoy solo.
Su padre había muerto, y el sábado amaneció para todo el mundo menos para Alex, quien continuaba viviendo por inercia en un eterno viernes de vacío y de sinsentido. La culpa no se había extinguido, el dolor era demasiado profundo para compartirlo, las frases sobadas de los demás le rebotaban en los oídos y no le llegaban al cerebro. Su madre lloraba a ratos y no sabía qué decirle, los ojos inexpresivos y secos de Alex la asustaban. El tiempo se sucedía a intervalos, momentos en blanco que duraban minutos e incluso horas. Visitas a las que no deseaba ver, el timbre del teléfono le aterraba, nunca era Albert. Empezó a contar las tazas de tila que bebía su madre; demasiadas, sin que ello le hiciera reaccionar.
Uno puede aceptar la muerte, del mismo modo que puede aceptar la culpa. Ánimo, muchacho; que todo se supera. Que la vida sigue. Tu padre ha muerto, pero la orquesta continúa tocando. Han pasado cinco días, Albert se ha marchado, el nuevo curso ha comenzado. Estás solo. Debes aceptarlo. Puede que no te guste la música, pero con el tiempo tendrás que bailar.
De pie junto a la puerta abierta del despacho vacío, recordaba a su padre sentado ante el tablero de ajedrez, fumando en pipa y sonriendo con paciencia, amor en su mirada, sabiduría en su expresión. Le había amado. ¿Quién le había arrebatado aquello? ¿Dios, el Destino, el hombre? Alex no creía en ningún dios, ya no creía en el destino, y en cuanto al hombre... ¿por qué culparle, acaso había disparado contra su padre? No había sido el hombre el que llenó el vaso de whisky una y otra vez, en todo caso, aunque su padre le hubiera utilizado como excusa para beber en exceso. ¿Debía Alex considerarse libre de culpa, bajo el mismo argumento?
—Me abandonaste —le recordó el fantasma de su padre—. Me sustituiste por él.
—No lo hice —susurró Alex, compungido. Era cierto. Casi lo había hecho... Casi, solamente.
Y su padre ya no estaba sentado en su butaca preferida, frente al tablero de ajedrez. El fantasma que le increpaba con reproche ocupaba el sillón giratorio, el mismo desde el que una vez le había ordenado que saliera del despacho y llamara a la puerta antes de volver a entrar. Su padre, el amable y atento, el mago que hacía figuras de humo con su pipa y le contaba historias fantásticas, había desaparecido. Muerto del todo, si bien su némesis aún resistía, hundido en su sillón de orejas y sosteniendo un vaso de oro líquido con una mano que no sabía de caricias y que más parecía una garra.
Alex abandonó el despacho a la carrera y se encerró en su habitación, temblando como una hoja y con el corazón desbocado por el miedo.
—Yo le dejé morir —le confesó al hombre que no se encontraba a su lado. Al igual que la noche anterior, Alex hablaba con su fantasía sin atreverse a abrir los ojos, por temor a que se desvaneciera en el aire como el sueño que era—. Elegí marcharme, a pesar de saber que estaba enfermo y que me necesitaba. Le abandoné. Es como si le hubiera matado yo.
Era un alivio decirlo en voz alta, aunque nadie real pudiera oir su confesión. Al mismo tiempo, era horrible oírse a sí mismo abriéndole su corazón a alguien, aunque ese alguien no se encontrara allí en realidad.
—Elegir es un derecho, hijo. Respetar las decisiones de los demás es un deber —la voz hablaba con la misma calma que el Albert de carne y hueso, y su tono reconfortaba a Alex. En parte—. Belmonte debería haber respetado tu decisión, eso es lo que hace uno cuando ama a alguien, comprender, y respetar. Cuán egoísta ha de ser un hombre para no permitir que su hijo se marche una semana. Un hogar no es una prisión, y cuando los lazos se convierten en cadenas no es correcto decir que se trata de amor. Existió egoísmo, mas no por tu parte. Te achacas una culpa que no te corresponde.
—Pero no era una semana, no era solamente un viaje, y ambos lo sabíamos. Intentas hacer que él parezca el malo, porque no te gustaba, pero era mi padre, ¿lo entiendes? Él era mi padre. No había elección posible, y aun así... —a Alex se le hizo un nudo en la garganta, y se obligó a guardar silencio. No quería recordar al tirano que ocupaba el sillón de orejas; era al anciano afectuoso que esperaba frente al tablero de ajedrez al que defendía. Como la voz no dijo nada, tomó aire y siguió hablando—. Lo olvidé. Por perseguir un sueño que de todos modos no iba a cumplirse, olvidé mi lealtad y mis obligaciones. Olvidé que él era mi padre. Él, y no otro. Y el lo comprendió. Mi decisión le empujó a tomar la suya. Decidió que yo no volvería, que no tenía sentido esperarme.
Alex suspiró. Le costaba un gran esfuerzo contener las lágrimas, si bien sabía que éstas no saldrían aunque él se lo permitiera.
—Cuando descubrí que te quería —dijo en voz baja—, le condené a morir. Merezco la culpa, así como el castigo. Y tengo ambos.
—No le mató tu amor, hijo, sino su odio —dijo la voz con sensatez.
Alex sacudió la cabeza.
—Mi amor y su odio fueron la misma cosa. Ambos tenían la misma raíz. Y ahora debo odiarte, para que mi padre no pueda volver a reprocharme que le abandoné. Si no siento afecto por su enemigo, mi padre podrá descansar en paz.
—¿Y tú, tendrás paz?
Alex no respondió. El hombre inspiró lentamente y exhaló luego el aire en un suspiro que podía ser de cansancio o de tristeza.
—El odio no es la solución, hijo —había ahora amargura en esa voz que Alex oía con la imaginación—. Sé que el azar ha obrado en mi contra, sé que siempre relacionarás la muerte de tu padre con la visita que me hiciste, sé que me culpas de lo ocurrido tanto como te culpas a ti mismo. Pero obligarte a odiarme no aliviará el dolor que sientes, ni te devolverá lo que has perdido.
—No has entendido nada —dijo Alex en voz baja, sin abrir los ojos pero mirando al hombre—. No siento dolor, sino vacío. Todo estaba perdido antes de que mi padre muriese. No te he llamado para que me consueles, estás aquí porque compartes mi culpa, como ya sabes. El azar no tuvo nada que ver.
—Entiendo —dijo la voz, y en su imaginación Alex vio al hombre asentir con seriedad—. Si tu decisión es odiarme, lo respeto.
La voz no dijo nada más, y Alex tardó casi un minuto en comprender el significado de sus palabras. Sintió una gran frustración. El amor dolía tanto como el odio, porque ya nada importaba. Su padre había muerto, y Alex había perdido a su padre.
Abrió los ojos y se enfrentó a la imagen que su dolor había conjurado.
—¿Por qué tuviste que aparecer? —le acusó—. Todo lo que ha sucedido es culpa tuya. ¿Por qué no permaneciste en el pasado olvidado de mis padres? No habría conocido el odio, tampoco el amor, ni el dolor por la pérdida, ni la culpa. Ojalá nunca te hubiera conocido.
El hombre no respondió. Había desaparecido. Alex sintió un acceso de rabia, que la pena no pudo mitigar.
—¡No te he perdonado! —le gritó al hombre que no había estado ahí.
Imaginó que, en algún lugar, su padre sonreía.
Su padre, con el rostro del tirano, hundido en el sillón de orejas.
No sintió alivio ante esa idea.
Me he quedado solo.
El sábado dio paso al domingo, el dolor de Alex se hizo más profundo, su pesadumbre más clara. El teléfono sonaba, también el timbre de la puerta. Sólo una persona no llamaba, sólo una no venía. Alex empezó a pensar que se volvería loco si todo el mundo seguía tratando de consolarle por una pérdida que sólo él era capaz de comprender. Se refugió en el silencio de nuevo, se negó a escuchar. Ya le había quedado claro que nadie parecía tener un buen consejo, o una fórmula mágica que le ayudara a levantar cabeza. Tendría que levantarse solo, encontrar por sí mismo un motivo para desear dar el primer paso.
Éste es el despacho de un hombre muerto.
Haciendo acopio de valor, Alex entró en el despacho de su padre y pasó revista a las fotografías de las estanterías, ignorando al fantasma de Belmonte, el señor Hyde en batín y zapatillas de andar por casa que había suplantado a su verdadero padre. Algunas de ellas estaban volcadas. Las enderezó, lamentando la ausencia del padre al que había adorado. Le echaba de menos. Le necesitaba a su lado. Pero Roberto ya no volvería. Y Alex no era capaz de llorar por él. Se culpaba por haberle dejado solo, y la culpa le hacía daño. El fantasma de Belmonte le exigía sin palabras que reconociera esa culpa, y Alex le odió por ello. Enseguida se reprochó por pensar en él con rencor. Quería recordarle como había sido en el pasado, pero el anciano desaliñado y déspota no se lo permitía.
—¿Por qué has existido? —le preguntó, con los ojos llenos de lágrimas de rabia.
Y, sin necesidad de que el anciano respondiera, Alex supo la razón. Había salido al exterior porque Roberto se lo había permitido. Belmonte y su padre eran la misma cosa. Su padre se había rendido.
—No me rendí, hijo. Me obligaste a hacerlo cuando me abandonaste.
Alex cerró los puños y apretó las mandíbulas para no abalanzarse a golpear e insultar al sillón vacío. Las lágrimas se negaban a caer de sus ojos anegados.
—Es mentira —dijo, con la voz temblorosa—. Te habías rendido mucho antes. Permitiste que te odiara. Me hiciste daño. Me empujaste a los brazos de Albert, y después te dejaste morir. Te rendiste, y ahora no hay futuro, ¿estás satisfecho? No hay futuro para ninguno de nosotros.
Abandonó el despacho y cerró la puerta tras de sí, dejando la mitad de las fotografías volcadas. Aquél era el mausoleo de un hombre muerto. No tenía sentido echarle de menos, su padre ya no existía. Era huérfano.
¿Qué voy a hacer ahora?
Habló un poco. Respondía con monosílabos a las voces del teléfono. Para su madre sólo había encogimiento de hombros y mirada perdida. Pero cuando llegó la noche, las oscuras ojeras de su madre empezaron a llamar su atención.
Nos hemos quedado solos.
—¿Cómo se encuentra tu madre?
La imagen de Albert había vuelto a acudir a la cabecera de su cama. Alex la había invocado, porque no podía dormir. Prefería enfrentarse al recuerdo de ese hombre que al fantasma de Belmonte, prefería su compañía ficticia a la soledad y al vacío. Pero si esperaba consuelo o consejo, su fantasía le decepcionó.
—¿Por qué no llama por teléfono y se lo pregunta a ella directamente?
El Albert que su imaginación había conjurado le miraba con expresión seria.
—Te lo estoy preguntando a ti, Alex.
Le pareció muy significativo que su propia fantasía le llamara por su nombre, y no con aquel apelativo que tanto le enfurecía y que sin embargo se desesperaba por escuchar. Le miró durante unos segundos y después giró la cabeza, avergonzado.
—Prefiero que se marche —susurró—. No sé por qué le he llamado.
Pero lo sabía, aunque se negara a reconocerlo. Y sin embargo no importaba, al menos a Albert no parecía importarle, porque desapareció antes de que Alex hubiera terminado la frase, sin despedirse siquiera.
Exactamente igual que el Albert de carne y hueso.
Alex se tumbó de espaldas y se cubrió los ojos con un brazo, decidido a no llorar.
¿Qué pueden saber los demás acerca del dolor? ¿Cómo puede nadie intentar consolar a quien ha sufrido una pérdida? ¿Cómo podía saber nadie lo que Alex sentía dentro de su corazón destrozado, si Alex no lo compartía? Ya era domingo por la noche, y Albert no había llamado para condolerse, no había dado la cara, no se había dignado a dar una explicación o a proponer una solución, había desaparecido en silencio, igual que su padre. No había padre para Alex. Ni pasado, ni futuro; padre muerto, padre perdido, todo era lo mismo, todo daba lo mismo.
Alex ya no sentía nada. Ni remordimiento, ni rabia, ni odio, todo eso había quedado atrás, dentro de un féretro que no llegó a ver más que en sus pesadillas. No sentía dolor, ni pena, ni deseo, Albert se los había llevado consigo, a falta de un trofeo mejor. No sentía miedo. No sentía ilusión. Nada. Si acaso, vacío, que es la ausencia de todo sentimiento. La aceptación lleva a la madurez, y la madurez es una esfinge de piedra. Los autómatas no aman, no odian, sólo se mueven por inercia. El tiempo les proporciona la capacidad de pensamiento, pero la tecnología capaz de obrar tal milagro se encuentra latente en el futuro, y el futuro queda muy lejos."


lunes, 7 de mayo de 2012

Mirando al pasado


Os lo voy a confesar: me gustaba la idea de empezar un relato nuevo, pretendía llevaros hasta el País de las Nieves y presentaros a los Lil Xaii, hablar a través de esa historia sobre pérdida y despedidas, sobre dolor y derrota; hablaros también de esperanza y de nuevos encuentros, de amistad y de fortaleza. Escribo lo que me sale del corazón, ya os lo he dicho otras veces; y lo que siente mi corazón en estos momentos es precisamente lo que acabo de enumerar, lo siento si la imagen que os sugieren esas ideas es de tristeza. Así es como me siento ahora.

Pero pedí vuestra opinión, y la mayoría votó por el primer relato, el de los príncipes de Räel Polita, los hijos del rey Cornell, a quien ya conocéis de oídas. Y en parte porque la mayoría eligió el camino, en parte porque soy partidaria del orden (en este caso cronológico) y creo que será más fácil entender la historia del cazador si os cuento lo que pasó antes de que estallara la guerra, he decidido hablar a través de los relatos de lealtad, de promesas cumplidas, de confianza, de valor y de fe. Porque aunque todas esas cosas se han resquebrajado a mi alrededor en los últimos tiempos, no han desaparecido del todo, y jamás por mi parte, y también es eso lo que siente mi corazón en estos momentos.

Pero no voy a empezar por el capítulo en el que los dos hermanos entran en el Laberinto Subterráneo. Así que no os extrañéis si el comienzo de esta historia no es “Aquello daba bastante miedo”, como os mostré hace dos entradas. He decidido irme un poco más hacia atrás en el tiempo, mostraros a los dos niños y la ciudad en la que viven, y algunas de las Leyes de esa ciudad, para que podáis entender por qué deciden adentrarse en el Laberinto que recorre el subsuelo de la Ciudad de los Reyes, y de paso los vayáis conociendo. Se llaman Silenia y Eugene, por cierto.

Miremos al pasado un momento.
Os cuento: Silenia ha accedido a los Prados de las Fuentes Cristalinas, un lugar secreto y mágico al que sólo uno puede entrar. ¿Os acordáis de la primera laudana?: “pa Nùn komme kham sil”; bien, pues ése es el lugar que se encuentra tras la puerta siete veces sellada. Allí, la niña ha visto al unicornio, May-tê-addi, el amado de los dioses, y ha hablado con Ariiama, la Dama de la Fuente, una Saloma Nayden, una Sirena (aunque la habéis conocido en Wad Ras como una addimantol, hija de Traytum y amada de Eshor; pero eso fue antes de que llegara a Thèramon bajo otra Apariencia; y esto es un spoiler, que lo sepáis). Ariiama le ha hablado de su destino, de la necesidad de proteger al unicornio, le ha regalado una joya muy especial (más spoiler: efectivamente, le ha regalado a Miussaura, o Lummenii-a-Llaut, camuflada bajo la Apariencia de un broche, horquilla o hebilla de plata y coral), y le ha dicho que debe ir a Mitrali Güae, el Estanque de Plata, y allí hablar con los Dragones Cisne, o Dragones Plateados.
El problema es que Silenia vive en Räel Polita, la Ciudad de Plata o Ciudad de los Reyes, que se llama así porque en realidad son cinco ciudades en una, con cinco castillos y cuatro reyes que la gobiernan, y Räel Polita es la ciudad más segura y mejor protegida de Thèramon. Naturalmente, pues en algún lugar de la ciudad mora el unicornio, o eso dicen las leyendas, y eso saben los que saben más que el resto de los mortales (hablo de Cornell, claro, que para eso es “el hombre que es más que un hombre”). Mencionar además que los familiares de los reyes, y por extensión todos los nobles de la ciudad, no tienen permitido abandonar su seguridad hasta que alcanzan los quince años de edad (y los motivos son muy largos, así que en esta ocasión me voy a ahorrar un spoiler que resultaría demasiado extenso).
El segundo problema es que Silenia debe mantener en secreto la existencia de los Prados de las Fuentes Cristalinas, y no puede confesarle a su hermano mellizo que necesita ir a Mitrali Güae. Porque si revela su secreto, la puerta se cerrará para ella, y jamás volverá a ver al unicornio. Ni seguirá siendo el Korceler.

Bien, ahora sabéis un poco más. Ya podemos empezar con la historia.

(Y, por cierto, todavía amo y creo, a pesar de todo lo que se ha roto a mi alrededor)

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

Imposible escaparse (I)

"Los Dragones Plateados vivían en Mitrali Güae, fuera de las murallas de Räel Polita. Eran unas criaturas mágicas que se alimentaban de nieve y que extraían la plata del Estanque, y el rey encargado de velar por ellos y protegerlos era el rechoncho y afable Gidean. Esto era todo lo que Silenia sabía de ellos. La princesa no tendría ocasión de verlos hasta que cumpliera quince años, edad en la que se le permitiría por fin atravesar cualquiera de las puertas de la ciudad para salir al exterior, siempre que fuera acompañada por sus Paladim, pues para entonces ya debería haber elegido al menos uno. La Dama de la Fuente le había dicho que volverían a encontrarse dentro de trece lunas, y Silenia se preguntaba si Ariiama esperaba que para entonces la princesa hubiera cumplido su encargo.
     Seguramente sí. ¿Por qué la habría citado, de no ser así? La Sirena no parecía comprender que una niña de diez años no tenía libertad para hacer ciertas cosas. Le había encomendado una difícil misión, y Silenia se sentía impotente, y no podía pedir ayuda a nadie.
(…)
    Cumplió once años y entró en la recta final de su edad infantil. Pronto dejaría de tener tiempo para jugar y ocuparían sus días otras obligaciones que no tenían ningún interés para ella. Quería ser un soldado, no una doncella esperando a que apareciera el que sería su esposo algún día. La separarían de Eugene. Dejaría de frecuentar el Laberinto, y apenas tendría oportunidades para ver a May-tê-addi y a Ariiama. A menudo sentía deseos de llorar, pues aborrecía el futuro que les esperaba a todas las princesas. Y a pesar de que era muy joven, sufría mucho. Una parte de sí había dejado la niñez atrás hacía tiempo, maduraba deprisa y pensaba como una adulta. Y lo que deseaba su parte adulta era seguir conservando los privilegios de la niñez, que la habían llevado a conocer un mundo fantástico que nadie más había descubierto. Por otro lado, su yo más infantil era consciente de sus limitaciones, y quería rebelarse. ¡Once años, tantas prohibiciones!
   Räel Polita debía de ser la ciudad más segura de todo Thèramon. Rodeada por altas murallas que a su vez estaban bordeadas por un ancho foso, vigilada por soldados día y noche, cerrada por cuatro puertas protegidas por dentro y por fuera, inexpugnable. Imposible salir sin ser vista. Imposible salir fuera como fuese.
    Silenia no tenía Protectores, era muy joven aún para elegirlos. El aya la acompañaba siempre que quería salir del castillo, y sus dos Paladim las seguían a donde fueran. Estos hombres eran soldados de Räel Polita que cumplían dos funciones. Silenia no comprendía del todo la importancia de su misión, pero desde hacía un año había empezado a bordar la primera Insignia que un día entregaría a un soldado que ella elegiría; éste se convertiría en su Protector y ya no la abandonaría jamás. Y cuando llegara el momento en el que pudiera salir de la ciudad, su Paladim la acompañaría para cuidarla, vigilarla y protegerla de cualquier peligro.
    Silenia no lo habría tenido más fácil aunque hubiera contado con la protección de su propio Paladim. Éste no podía desobedecer la Ley; no habría podido ayudarla a salir antes de la edad permitida.
    No podría salir por las puertas de la ciudad.
    Se le ocurrió que podía descender por la muralla; era buena escalando paredes, y en la noche nadie la descubriría a pesar de las antorchas que iluminaban el exterior desde lo alto del camino de ronda. La altura era considerable hasta para un adulto, pero podría conseguirlo si se armaba de paciencia y de coraje. Buscó la manera de llevar a cabo su plan. Nada de puertas, descendería por los muros como una araña.
    Asomada desde el parapeto descubrió el primer problema.
   La muralla estaba hecha de piedra, enormes bloques unos sobre otros, como las murallas interiores y la mayoría de las construcciones de Räel Polita, incluidos los castillos. Desde el Corredor no parecía difícil practicar la escalada. La princesa ignoraba que desde el exterior la muralla brillaba como un espejo bruñido. La cara externa de la muralla estaba forrada de plata, grandes planchas de la más pura plata soldadas como una armadura a lo largo de la pared, kilómetros y kilómetros de gruesas láminas de plata fundidas sobre la piedra que no dejaban ninguna hendidura en la que apoyar los pies o las manos. Únicamente una auténtica araña podría trepar por tan lisa superficie. Silenia no era una araña, y tuvo que renunciar a su plan a pesar de que en un principio le había parecido un plan estupendo.
    Pero la idea no era mala. Y, además, no tenía muchas más opciones: o se descolgaba por el muro, o lo olvidaba todo.
    Descartó la imagen de una araña trepadora y pensó en una serpiente, y esbozó una sonrisa. Lo había leído en algún libro, en las historias que hablaban de los pueblos del sur, donde existían hombres que podían convertir a las serpientes en cuerdas. El truco consistía en tocar una especie de flauta mágica que hacía dormir a las serpientes; éstas salían de sus cestas al oir la música que las hipnotizaba y se quedaban tiesas delante de su dueño; el hombre finalizaba su número trepando hacia el cielo usando a la serpiente dormida como si de una cuerda se tratara. Silenia no sabía encantar serpientes, ni tampoco dónde encontrar alguna, pero podía descolgar una escala desde lo alto de la muralla y descender por ella. Para regresar al castillo sólo tenía que volver a trepar por la escala. Era una idea estupenda.
    Salvo que no lo era, comprobó más tarde, mientras recorría el Corredor en busca de un lugar en el que sujetar la escala. La Guardia recorría el camino de ronda día y noche, y una cuerda atada a una de las almenas sería descubierta tarde o temprano por algún soldado, quien no tardaría en dar la alarma. Y Silenia no podía permitirse un alboroto semejante.
    Tampoco las serpientes, pensó desalentada.
    ¡Debía haber algún modo!
    Lo peor lo descubrió gracias a Eugene, y esto terminó por echar abajo su arriesgado plan de una vez por todas. Era definitivamente imposible. No podría salir.
    El foso de aguas oscuras que rodeaba la ciudad era ancho, pero Silenia pensaba que incluso una niña pequeña podría cruzarlo a nado; llegaría al otro lado empapada y cansada, pero se podía conseguir. El agua lamía la pared de piedra y plata y no la corroía, y sin duda era profunda, o eso parecía delatar su oscuridad. Si no podía descolgarse, bien podía arrojarse al foso y nadar hasta la orilla. El problema era volver a subir después.
    Ése no era el único problema.
    Eugene se asomó desde el parapeto lleno de curiosidad, con la esperanza de averiguar qué era lo que llamaba la atención de su hermana, pero se cansó de imaginar una explicación y por fin se interesó por sus pensamientos. Silenia, un tanto distraída, señaló las negras aguas con una mano. Eugene asintió.
    —Vivimos en la ciudad más segura de Thèramon —dijo con una mezcla de orgullo y de consternación—. Nadie puede atacarnos, la muralla se diseñó con ese fin. Forrada de plata para que nadie pueda escalar por ella, protegida día y noche por soldados que recorren este Corredor, iluminada con antorchas que van de una torre a otra, una antorcha cada cincuenta metros para descubrir cualquier intento de invasión, y rodeada por un foso que nadie podría cruzar a nado sin acabar muriendo de una forma horrible.
    Silenia le miró. Las aguas eran oscuras y parecían tranquilas. No rezumaban un olor extraño, como de ácido, no llegaban a corroer la plata del muro, ni tenían el color verde sucio de la ponzoña. Nada se movía en ellas. No existían corrientes ni remolinos. No entendía a qué se refería Eugene, cuál era el problema.
    —Los peces comedores de carne —dijo el muchacho con tranquilidad—. Si alguien cayera al foso, no llegaría a alcanzar nunca la orilla.
    Silenia sintió que se le caía el mundo encima. También sintió que se le ponía toda la piel de gallina. ¡Peces comedores de carne! Jamás había oído nada tan horrible.
    —De todos modos —prosiguió Eugene, con el ceño fruncido—, no entiendo por qué alguien querría lanzarse al foso, si no hay modo de llegar a la ciudad desde el agua. ¿Has visto los puentes levadizos? Hay más de un metro desde la superficie del agua hasta cualquiera de ellos.
    Silenia movió la cabeza. Su impotencia crecía. Räel Polita era en verdad la ciudad más segura del mundo.
    Y con motivos, desde luego, pues guardaba en su interior a la criatura más poderosa y vulnerable de Thèramon.
    La criatura a la que ella debía proteger, pues ése era su destino. El destino de un Korceler."

lunes, 30 de abril de 2012

Un año juntos

Me llamo Bea, y mi obsesión son los dragones. Mi pasión, las letras. Mi necesidad, escribir.

Y con tan insólita presentación, empezó esta aventura, este viaje en busca de la consecución de un sueño.
Hoy hace un año. Hoy cumplimos un año juntos.

Quería mostrar Thèramon al mundo, ver cómo era recibido, comprobar si mi mundo era lo bastante atractivo y mi prosa lo suficientemente buena para ser tomados en consideración. Encontré el valor para salir de las sombras y darme a conocer. Encontré lectores. La acogida fue mejor de lo que esperaba, recibí mucho apoyo, innumerables comentarios de aliento y de admiración. Renació la ilusión, desapareció el Bloqueo de los últimos seis años, mi Musa se volvió loca de contento.

Pero lo mejor de todo fue que encontré amigos, los mejores amigos que he tenido nunca.

Y eso es lo que quiero celebrar hoy. No los más de cien seguidores, aunque me satisface la cifra; no las 12300 visitas, aunque me entusiasma ver que el número sigue creciendo; no las dos entrevistas que me han hecho, ni el premio que he recibido, ni los muchos blogs en los que me han mencionado, que son motivo de celebración, desde luego, y por lo cual me siento orgullosa y agradecida. Lo que quiero celebrar es que llevamos un año juntos, haciendo este viaje, juntos, luchando por nuestros sueños, juntos, amando y creyendo, amando y creando. 
Juntos. Una de las palabras más bonitas del diccionario.

Thèramon se alimenta del amor que recibo, de vuestro amor. Mientras haya uno solo de vosotros que siga amando y creyendo, Thèramon continuará creciendo. Cuantos más de vosotros seáis, más grande se hará. Gracias por ayudarme a mantenerlo vivo, gracias por seguir haciendo el viaje a mi lado.



Lo que os traigo hoy es mucho más especial que un capítulo. Esta laudana es una especie de sinopsis de la primera de las Historias de Thèramon: "De dragones y unicornios" nace a partir de esta canción, y todo lo que ocurre, incluyendo las aventuras de Dayna y de Vosloora, sirve al propósito de salvaguardar el Equilibrio que existe gracias a la presencia del unicornio. Es de él, naturalmente, de quien habla esta laudana:

"Él vive en un mundo perfecto
rodeado de luz y de belleza.
Las risas suenan igual que canciones
las lágrimas son melodías también.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Se mueve a lo largo y a lo ancho
de su mundo perfecto.
De día el sol brilla en su cuerno
de noche las estrellas viven en sus crines.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Todos los pueblos le conocen
cada criatura le respeta
sus amigos se alegran al verle
sus enemigos se apartan a su paso.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

La vida fluye a su paso,
la muerte trae una vida nueva.
Tdo está bien cuando él está bien.
La Luz se apaga si él desaparece.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

El Viento sopla junto a todos
el Viento no puede llevárselo.
Todos se marchan, todos regresan,
él permanece siempre igual.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

La Luz brilla, la Oscuridad duerme
la Oscuridad siempre regresa
los amigos esperan, alerta
los enemigos aguardan su momento.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Los amigos están lejos
no se ven desde hace mucho tiempo
no saben que son amigos
hasta que el enemigo aparece.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Se reunirán, se unirán sus amigos
la Música se oirá de nuevo
Luz y Oscuridad se enfrentarán
así es como existe el equilibrio.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo."









lunes, 23 de abril de 2012

Dos relatos


Cuenta la leyenda que San Jorge mató al dragón... por eso hoy no os voy a desear un feliz día de Sant Jordi; como dragona que soy (apodo que he adoptado después de que muchos de mis amigos me hayan llamado así infinidad de veces) debería odiar a ese traidor asesino de dragones. Pero, ¿sabéis?, existe otra leyenda, una que no se llegó a escribir porque después de que los dragones se ocultaran de los ojos humanos fueron los humanos los que se dedicaron a contar la historia a su conveniencia, que dice que el dragón no murió. El dragón luchó, y sobrevivió, y aún hoy vive, y es más fuerte que nunca.

Así que hoy voy a desearos un feliz Día del Libro, porque son los libros los que nos han unido en este viaje, y voy a celebrarlo con un relato... no, con dos relatos... no, lo cierto es que lo que pretendo hacer es mostraros las dos opciones y dejar que vosotros escojáis.

Casi había decidido cambiar de historia y presentaros a los Lil Xaii, llevaros hasta el País de las Nieves, iniciaros en las costumbres de las tribus que lo habitan y mostraros a los Onii Sungë, unos dragones que nada tienen que ver con los temibles Darok o Dragones Negros. Digo casi, porque aunque algunos me animabais a contar esa nueva historia, otros os mostrabais convencidos de que soy capaz de seguir con la que ya conocemos incluyendo a los personajes clave de los que apenas he hablado todavía... Y mientras tecleaba y viajaba con el cazador a través del Desierto de Hielo, en mi cabeza reescribía un viejo capítulo y recorría el Laberinto Subterráneo con los hijos del rey Cornell. Así que ahora tengo dos relatos para vosotros. ¿No os alegra?

Pero no quiero contar ambas historias a la vez, hoy un capítulo sobre los jóvenes príncipes y mañana uno sobre el cazador y los Albos, porque cambiar de historias constantemente confunde al lector, y ése no es mi estilo. Bastante confundo ya al lector con los giros inesperados que suceden dentro de una sola historia. Pero eso es obra de mi musa, así que no me lo tengáis en cuenta... Bien, os pongo en antecedentes:

El primer relato no es el inicio de la historia que conocéis, la que empecé a contar por la mitad porque en ese momento deseaba hablar de mujeres guerreras y valientes. Esta historia comienza antes del nacimiento de los hijos del rey Cornell, sigue hablando de su infancia y explica el momento en el que Silenia llega sin saber cómo a los Prados de las Fuentes Cristalinas y se encuentra cara a cara con el unicornio, el amado de los dioses. Descubre que su destino es proteger al unicornio de su gran enemigo, al que llaman la Sombra, y enfrentarse al servidor de ese enemigo, al que se conoce con el título de N'Ögard. Ya sabéis quién es Rodan Frais, y habéis conocido a Skadûr y a Eshor en los relatos sobre el Origen de Thèramon, así que sólo os diré que, para cumplir su destino, Silenia debe visitar el Lago de Plata y hablar con los Dragones Cisne; pero el lago se encuentra fuera de los muros de Räel Polita, y a ella no se le permite abandonar la seguridad de la Sección en la que vive. Sin embargo, a Eugene se le ocurre que debe haber una salida al exterior en alguna parte del Laberinto Subterráneo que existe bajo las calles de la Ciudad de los Reyes, y así comienza el capítulo...

“Aquello daba bastante miedo, ésa era la verdad, pero ninguno se atrevió a decirlo en voz alta; cada uno tenía sus propios motivos para no echarse atrás. Silenia no quería dar media vuelta mientras existiera una mínima posibilidad de hallar una salida, y Eugene no estaba dispuesto a admitir que no poseía el valor suficiente para acompañar y proteger a su hermana en cualquier momento y situación. De modo que continuaron avanzando cogidos de la mano, intentando mirar a todas partes al mismo tiempo, mientras la oscuridad se hacía más densa a su alrededor y el eco de sus pisadas se volvía siniestro y amenazador. Estaban juntos, y eso les hacía sentirse valientes.”

El segundo relato comienza años más tarde, cuando el ejército del nigromante ya se ha puesto en movimiento. Para entonces, Silenia y Eugene ya tienen dieciséis años y se han encontrado con el ladrón (que sí, consigue llegar hasta los Archivos de Räel Polita y hacerse con el famoso libro), y junto con su amigo y Protector, el caballero Sam, abandonan la Ciudad de Plata para buscar... bien, para buscar algo que necesitan para derrotar al N'Ögard (no más spoilers por hoy, si no os importa). En este relato nos trasladamos a Xaina Dalnu y conocemos a Brend, un cazador y viajero que nos va a mostrar otra parte de Thèramon que poco tiene que ver con la vida en la Ciudad de los Reyes o en la Ciudad de los Ladrones, nada con la vida en Ciudad del Puerto, y algo con la vida en el Mar de Hierba, hogar de las Drin Mazome. Brend no sabe que una guerra ha estallado en el sur, pero un día, regresando de uno de sus viajes, se encuentra con un dragón herido, y decide hacerse cargo de la hermosa criatura. Y así comienza el capítulo...

Llegaba el crepúsculo y la tormenta arreciaba. El viento helado que soplaba desde las montañas le dañaba los ojos, haciéndole lagrimear, pero Brend no se acobardó ni se dejó vencer por el cansancio. Ignoraba cuántos días más tendría que continuar caminando a través de aquella vasta llanura congelada, y tampoco sabía si conseguiría llegar a su destino. Había perdido la noción del tiempo, y no estaba seguro de seguir la dirección correcta. Avanzaban despacio, pues el peso del dragón era excesivo incluso para la fortaleza de Rush. El enorme animal tiraba del trineo y Brend tenía que ayudarle constantemente. El desierto se le antojaba eterno. Hacía horas que el dragón no se movía.”


¿Os gustan? ¿No os dicen gran cosa? ¿Uno de los comienzos os resulta más sugerente que el otro? ¿Qué historia queréis leer?
(¿Debería dedicarme a otra cosa?)

Es vuestro turno, compañeros de viaje. Por favor, comentad, indicadme el camino, elegid por mí, necesito un empujón y vosotros podéis ayudar a que la musa vuelva con fuerza. Sólo tenéis que ser sinceros y hacer una elección.
A ver si dentro de unos días podemos celebrar el primer año del blog con un relato.

Que los dioses os bendigan, amigos.
Amad y creed.
Y leed algún libro bueno. Hoy es el día perfecto.

domingo, 15 de abril de 2012

Tres motivos de orgullo

Hablemos de batallas ganadas.
Hablemos de sueños cumplidos.
Hablemos de amar, y de creer.

Hablemos de tres amigas maravillosas, de tres mujeres guerreras, de una semana llena de buenas noticias que me han levantado el ánimo y me han hecho muy feliz. Porque no son sólo los éxitos personales los que nos alegran el corazón, cuando amamos de verdad,  los logros de aquéllos a los que amamos nos alegran tanto como si fueran nuestros.

Hace días que muchos escritores se dedican a reflexionar en sus blogs acerca del mundo editorial y de los problemas que los autores noveles tenemos a la hora de darnos a conocer. Editoriales que no apuestan más que por lo conocido y comercial, editoriales que tienen un número limitado de publicaciones al año y no se arriesgan con trabajos nuevos, agentes editoriales que no se mueven lo suficiente o que no muestran el interés que a los autores representados les gustaría, distribuidoras que no llegan tan lejos como deberían... Amazon ha llegado a España y muchos optan por la autopublicación, pasando de editoriales, agentes y distribuidoras, y hay detractores que opinan que de ese modo cualquiera puede tener su libro publicado aunque sea una bazofia, los hay que eligen esta opción porque su paciencia se ha agotado, los hay que siguen defendiendo el lilbro en papel aunque empiezan a mirar con otros ojos el tema de la edición digital... 
Yo, ¿qué queréis que os diga? Lo mío es escribir, del resto no tengo la más remota idea. Nunca hasta ahora he intentado ponerme en contacto con editorial alguna, en parte porque soy muy tímida, en parte porque no sabía a quién dirigirme, pero sobre todo porque quería tener una novela realmente buena para presentar, una historia que nadie en su sano juicio se plantearía rechazar. Y así han pasado los años y hay siete novelas acumulando polvo en mi estantería, y ¿os digo una cosa? No me preocupa demasiado si nunca las veo publicadas. Desde que encontré la puerta de entrada a Thèramon, lo que escribí antes ya no me parece tan importante. Así que voy a concentrar todas mis energías en sacar adelante estas Historias de Thèramon, y cuando llegue el momento lucharé por ellas hasta verlas editadas. A poder ser, en papel.

¿Soy una soñadora? ¿Soy una ingenua? Soy optimista, paciente y sigo creyendo que los sueños se cumplen.

Ah, y de momento he dado el primer paso: he enviado una de mis novelas (no de Thèramon) a una agencia editorial. Que no se diga que sólo lucho por mis sueños con palabras de ánimo y de fe!!!

Lo que me impulsó a hacerlo fue una conversación que mantuve con mi amiga Pat Casala, administradora del blog La aventura de crear mundos paralelos, mujer luchadora y optimista donde las haya, inspiradora de mis sonrisas y gran escritora. De esa conversación nacieron dos proyectos: el mío de contactar por primera vez con una agencia, y el suyo de publicar una de sus novelas en Amazon. Pues bien, ambas nos lanzamos a pesar de los nervios y del miedo, y ahora yo estoy a la espera de una respuesta y Pat está vendiendo su novela con un éxito mayor de lo que ella misma se esperaba. Puedo decir que he leído El secreto de las cuartetas, que he aportado mi granito de arena corrigiendo el texto, y que la siento un poco mía, por eso me siento tan orgullosa y tan feliz en estos momentos. 
¿Y sabéis qué? Pues que Pat me menciona en la página de agradecimientos!!! 
¿Cómo? ¿Que aún no tienes su novela? Pues deberías, sale mi nombre (jajaja). Deberías, porque es una gran historia que debe ser leída. Mira, te lo pongo fácil: pincha en el enlace y luego ven y dime: Bea, tenías razón, es muy buena.

Unos publican en Amazon, y otros siguen el camino tradicional y buscan editorial. Pues bien, Enone Cantosereno, administradora del blog Páramos de soledad, espíritu afín e inspiradora de mis musas, y otra gran mujer guerrera, nos ha dado la buena noticia esta semana: su novela Eterna Oscuridad va a ser publicada dentro de un par de meses. Y me siento orgullosa, porque ha luchado mucho para ver su sueño cumplido, y desde aquí le deseo toda la suerte del mundo y mucho éxito. 

Ahora viene lo más difícil, al menos para alguien como yo, la promoción, el darse a conocer, las presentaciones, uf, sentarse delante de un montón de personas a hablar de tu novela, eso es lo que más me frena a mí, que soy tímida de un modo que no podéis ni imaginar. Pero Enone no tiene miedo a eso, al contrario, está entusiasmada con la idea. Y de ella aprendo. Porque llegará un día en el que yo misma tenga que estar sentada delante de un puñado de gente desconocida, hablando de Thèramon... y ¡qué remedio! Tengo que aprender a superar mi vergüenza. ¿Y si os digo que contemplo la idea de publicar en Amazon porque de ese modo no tendría que hablar en público? Lo sé, para algunas cosas soy muy cobarde todavía...

Darse a conocer, lo más difícil, ¿cierto? Tener agente y ver que pasa el tiempo y que no hay noticias de ninguna editorial. Saber que tu novela es buena, que es grande, que va a encantar al mundo entero, y tener que esperar, porque los tiempos que corren, la crisis, las editoriales, las modas... plantearte la publicación digital, pensar que no serás lo bastante paciente...
María Martínez, mi hermanita adoptiva, administradora del blog de Anxana, sabia consejera y un corazón de oro, y un talento extraordinario que no se va a quedar en la sombra, descubre esta semana que un par de personas han hecho una página para promocionar su trabajo. Y se sorprende!!! Caray, pues yo también quiero que publiquen la saga A.I de María Martínez!! Venga, pincha en el enlace y únete, es nuestro deber apoyar a los autores de casa, y como lectores es nuestro derecho disfrutar de obras tan magníficas como la que ha escrito María. Lo digo con conocimiento de causa, he leído las dos primeras novelas, y ya sabéis que soy una lectora muy muy exigente y que no digo que algo es grande si no lo creo de verdad.

El Año de la Publicación. Vamos a concentrarnos es eso, en esas palabras, en esa idea. Vamos a luchar por nuestros sueños. Tenemos talento, el apoyo de mucha gente que nos aprecia y que disfruta con nuestra prosa y nuestras historias, tenemos un sueño, tenemos fe. 

Ah, deciros que ahora podéis hacer vuestros comentarios sin tener que perder el tiempo descifrando claves estúpidas. Me he aburrido de que la máquina me pida que demuestre que no soy una máquina. A ver si asi os animáis a dejar vuestra opinión más a menudo 8)

Feliz fin de semana. Y gracias por seguir acompañándome en este viaje.
Que los dioses os bendigan y os protejan. Y que os hagan llegar la Luz que os envío, y todo mi amor.
No os rindáis nunca.
Yo sigo creyendo. Y amando.

lunes, 9 de abril de 2012

No te rindas

Sigo aquí.
¿Creías que me había rendido?
No, rendirse es una palabra que no está en mi diccionario.
Sólo he hecho una pausa, para reflexionar, sabes. A veces, guiarse por la intuición no es suficiente; a veces, uno tiene que pararse en medio del camino y sacar el mapa, y buscar un camino alternativo. Porque hacer las cosas a medias no es una buena manera de hacer las cosas, por mucho que pongas el corazón en la tarea. A veces miras al frente y te preguntas: ¿cómo puedo seguir por este camino, si hay una barrera que no me siento capaz de saltar? Y miras hacia atrás y piensas: ¿cómo he llegado hasta aquí?
Dicen que hacia atrás, ni para coger impulso. Pero yo no estoy de acuerdo. Hay que mirar hacia atrás para poder ver en qué momento elegiste un camino que, según tu intuición, era el correcto, pero que de pronto se convirtió en una ciénaga. No es fácil atravesar una ciénaga, un paso en falso y puedes hundirte, y perderte para siempre.

Hablemos de este blog.
No tenia ni idea de lo que hacía cuando empecé, Jules y Ana me habían hablado del tema pero yo no había visitado un blog en mi vida. Puedes escribir lo que quieras, lo que piensas, como en un diario, o hablar de Thèramon, o incluso poner relatos. Tú prueba, verás que enseguida le coges el tranquillo y empiezas a tener seguidores, a la gente le va a encantar lo que escribes!! Mis amigas, que confían en mí mucho más de lo que yo confío en mí misma. Pero ahí que me planté, con ilusión y esta ingenuidad que me caracteriza, y ¡oye! que parece que Thèramon gustó a mucha gente.
Con el tiempo he comprendido que un blog es mucho más que un portal desde el que mostrarse al mundo; que sí, que se trata de escribir cosas interesantes que gusten a la gente, de atraer y mantener la atención del lector, de hacer cosas nuevas que te hagan ganar nuevos seguidores y de recibir muchas visitas y comentarios... pero es mucho más que eso, o así es como yo lo veo. Gracias a este blog he encontrado a los mejores amigos que he tenido jamás, he sido feliz, he logrado superar mis ataques de tristeza, he perdido el miedo a muchas cosas. Sí, tengo cien compañeros de viaje, una cifra más que fantástica, y el número de visitas sigue subiendo gracias a un montón de viajeros anónimos que no dejan huella de su paso. Pero ya no brinco de emoción como una niña ante las cifras; lo que me hace feliz y me anima a seguir haciendo el viaje es ver que hay compañeros fieles que siguen pidiendo más Thèramon.

Escribo lo que me sale del corazón. Os mostré el prólogo completo de “Criatura de Fuego, criatura de Luz”, luego algunos capítulos del Origen de Thèramon, una muestra de su idioma, un poco de su geografía y de sus moradores. Y un día, inspirada por un puñado de buenas amigas valientes que estaban pasando por un mal momento personal, rescaté a las Drin Mazome de su carpeta y me adentré en la aventura de Dayna, una mujer guerrera de la que tengo mucho que aprender. Más tarde, siendo yo misma la que vivía un mal momento personal, os traje a Vosloora, el ladrón que luchaba contra su lado más oscuro. Ambas historias van unidas, y están inacabadas. Aquí, en el blog, no en el cuaderno en el que escribí los dos primeros libros de esta Historia de Thèramon. Quiero contaros esa historia. Pero... ¿cómo os lo explico?
Dayna y Vosloora, junto con el niño Vic y su amigo Pop, comparten su aventura con otros personajes a los que todavía no os he presentado. Silenia, Eugene y Sam son los héroes de esta historia, y su presencia en las vidas de la guerrera y del ladrón son fundamentales. Si ahora os llevo a Räel Polita y sigo con el relato, y meto a esos tres personajes sin haberos explicado nada sobre ellos, os estaría dando a leer un relato mal hilado.
Ya os dije hace mucho tiempo que esa historia necesita una reescritura...
Desde luego, sois vosotros los que decidís, si queréis seguir leyendo a pesar de los inevitables interrogantes que surjan.

Pero tengo otra historia preparada para vosotros. ¿O creíais que se habían acabado los relatos?
Escribo lo que me sale del corazón. Escribo según mi estado de ánimo, según lo que me rodea y me afecta, para bien o para mal. La historia que he elegido para continuar el viaje habla de pérdida, de dolor, de despedidas, de esperanza, de serenidad, de amistad, de fe. De desiertos helados y ciudades ocultas, de montañas y de bosques, de guerreros y de sabios. Y me apetece mucho volver a la ciudad de la eterna primavera, los Lil Xaii siempre consiguen sanar mis heridas y devolverme las fuerzas.
¿Qué, os apetece conocer a los Ilohiim de cabellos blancos y ojos violeta a los que ama el Sol Azul?


Hoy no os dejo un capítulo, pero quiero dejaros algo. Es un poema titulado “No te rindas”, de Mario Benedetti. Para todos vosotros, que tenéis un sueño, que a veces dudáis y perdéis la fe, que a veces os sentís solos, como a mí me ocurre. Sé que no estoy sola, y no voy a dejar de creer. Pensad que siempre estoy con vosotros. Que os quiero.


                                                          No te rindas


Sigo aquí.
Observando. Esperando. Aprendiendo.
Amando. Confiando.
Creyendo.
Soñando.
Creando.
Haciendo el viaje, en definitiva.

lunes, 26 de marzo de 2012

Sentimientos contradictorios

Deshazte de lo Negro, o no tendrás descanso.
Esto fue lo que le dijo el Corso al ladrón en el capítulo anterior. Y el ladrón se deshizo de la escama de Nonurg, porque su encuentro con la Gudamin le había llenado el corazón de paz, y le había hecho olvidar sus dudas. Allí donde el Poder del Blanco se manifiesta con más intensidad, uno encuentra la fuerza que necesita para tomar las decisiones correctas. 

Pero lo Negro siempre está al acecho, y vuelve si se lo permitimos; basta un instante de duda para que la Oscuridad se apodere de nosotros nuevamente, y es muy difícil desprenderse de ella, porque el poder de Skadûr es precisamente el de cegarnos para que no veamos la Luz que nos rodea, ni siquiera la Luz que llevamos dentro. 

Sentimientos contradictorios nos invaden en todo momento, decisión y dudas, voluntad y desmotivación, deseo y flaqueza, fe y desesperanza. ¿Por qué cuesta tanto quedarse con los primeros, por qué tan a menudo pensamos que la única opción es rendirse? Deseamos creer, pero perdemos la fe en todo; queremos luchar, pero nos quedamos inmóviles, lamentándonos en lugar de motivarnos. Nos dejamos arrastrar hacia la locura, permitimos que Skadûr gane la batalla, nos convertimos en servidores de la Sombra, y nos hacemos daño a nosotros mismos, y hacemos daño a los que nos aman.
La Oscuridad nos convierte en monstruos.

Pero siempre hay motivos para la esperanza. Incluso en la noche más negra, brilla una Luz en alguna parte, esperando a que alces los ojos y la contemples, y te dejes inundar por el amor que desprende.
Ama y cree.
El destino siempre se cumple; también los sueños.
Confía en la sabiduría del Cosmos.
Recuerda ese lugar especial.
El destino es una rueda que gira, tarde o temprano volverás a ese lugar en el que las dudas no existen. Cuando eso suceda, aprovéchalo, recuerda lo que has aprendido a lo largo de tu viaje, vuelve al camino que abandonaste, recupera el sueño que  te hacía sentir vivo. Y vívelo sin miedo, lucha para que se convierta en una realidad, sé valiente, sé fiel a tu corazón, sé feliz.


Cuando has sido tocado por el Poder del Blanco, éste ya nunca te abandona. Pero depende de ti abrazarlo o darle la espalda. Siempre va a estar contigo, protegiéndote, dispuesto a darte la oportunidad de salvar tu alma. No esperes a que sea demasiado tarde. 


****************

© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

El Salto de Corso (IV)

"Atravesó el Ducagua y dejó atrás los árboles, y comenzó a descender en dirección oeste con el corazón más ligero y la firme determinación de ignorar el encargo de Rodan Frais. Mejor aún, pensó cuando se detuvo a descansar a media tarde, buscaría a alguien a quien pudiera informar de los planes del nigromante, ayudaría a los servidores del Poder del Blanco a derrotar al Mago Oscuro. No sabía lo que era el Poder del Blanco, pero la idea le hizo sentirse feliz y en paz.
    Miró la bola de cristal infinitas veces, buscando en su interior la imagen que se le había mostrado en el sueño que tuvo en el Salto de Corso, pero la bola continuaba apagada, y no vio nada en ella. Eso no le desanimó.
    Dos días después de dejar atrás el Salto de Corso, harto de un viejo cuervo que parecía seguirle obsesivamente, le lanzó un puñado de piedras, pero erró cada tiro.
    Cuando se detuvo la noche siguiente, volvió a ver al cuervo; estaba posado sobre su capa extendida cerca de la hoguera que acababa de encender. Pensó en la Ventana del Tiempo y en la advertencia que el Corso le había hecho, y corrió a espantar al ave. Miraphora continuaba en un bolsillo. En el otro halló la escama de Nonurg. Asqueado más que sorprendido, la arrojó lejos.
    Continuó su camino, y su humor volvió a decaer. De pronto no tenía muy claro por qué motivo deseaba llegar a Räel Polita, y al minuto siguiente espoleaba a su caballo, con la idea de robar el libro latiéndole en las sienes.
    A medida que se alejaba del Salto de Corso, la influencia del Blanco se apagaba y, a pesar de que el Ojo de Amunik le protegía, regresaban sus dudas y el poder de Frais le invadía, y se dejaba llevar por su lado más oscuro y débil. Miraba el Ojo con insistencia y nada veía en él. Sin que Vosloora lo supiera, Miraphora se alimentaba de sus recuerdos más ocultos; pero al rechazar el poder del Blanco y rendirse a su lado oscuro, no conseguía reunir la magia necesaria para despertar al Ojo que Todo lo Ve.
    No se atrevía a soltar el Ojo de Amunik, que se había convertido en una especie de talismán para él. Y no lograba deshacerse de la escama del Darok, aunque la había lanzado lejos, incluso la había enterrado, ésta siempre volvía a su bolsillo.
    Y regresó la fiebre, y Vosloora olvidó sus buenos propósitos, y a medida que pasaban los días su avance se hacía más rápido y más fatigoso, y más firme su convicción. Robaría ese libro, se lo llevaría a su Señor. Forzó tanto a su caballo que un día éste no pudo más y se desplomó, con el hocico lleno de espuma blancuzca. Cojeando un poco a causa de la caída, Vosloora continuó a pie bajo el ardiente sol de finales del estío, durmió al raso y cuando se le acabaron las provisiones no se preocupó de conseguirse otras, y cuando se le acabó el agua bebió del Mörtem Mearae. Recuperaba la cordura por momentos, y se alegraba de viajar a pie, porque así ganaría tiempo... así perdería tiempo, porque tardaría más... tardaría más en encontrar el libro, y el mundo ganaría tiempo. Sentimientos contradictorios le estaban volviendo loco.
    Pensaba en los Dragones Plateados que vivían en Mitrali Güae, él los había visto una vez. Eran hermosos, esos dragones parecidos a cisnes gigantescos. Bellos, como aterradores eran los Darok. Destruiría el libro. Deseaba no encontrarlo. Pensaba en el libro, a veces olvidaba su importancia, y dejaba la mente en blanco, y entonces pensaba en el Ojo de Amunik, y lo sacaba del bolsillo y lo miraba, y había olvidado por qué era tan especial, pero sabía que no debía perderlo. Era su talismán, no quería perderlo. Le parecía que el cuervo que revoloteaba cerca de él era el mismo que había espantado días atrás. Le parecía que la escama negra ardía dentro del bolsillo de su camisa. Le parecía que acabaría quemando la tela y perforando su carne, y que le llegaría al corazón.
    Se desplomó sobre la arena y miró el cielo, y el sol ardiente le cegó. Se encontraba en la Playa de la Desolación, y su cordura se había hecho añicos. Escuchó los graznidos de aquel cuervo molesto y aciago. No había nada en su cabeza.
    Y un único deseo poderoso latía en ese corazón tocado por la escama de Nonurg, más fuerte que su propia voluntad, que ya no existía: conseguiría el Libro Prohibido, y regresaría para entregárselo a su legítimo dueño. A Frais, que era dueño también de su alma."

domingo, 18 de marzo de 2012

Un lugar especial

El camino es largo y está plagado de obstáculos, eso ha quedado claro, ¿cierto?
Pero en todo viaje que se precie siempre hay un momento para el descanso, y un lugar especial en el que reponer fuerzas y reencontrar la fe perdida. A veces es un lugar físico, pero no es obligatorio que lo sea. Y cuando no lo es, puede llegar a ser lo que tú quieras, lo que tú imaginas: un palacio luminoso, una acogedora cabaña en la montaña, el claro de un bosque, una playa paradisíaca, una alfombra de pieles junto a una chimenea encendida; o un blog como éste... ¿dónde has sido feliz, dónde te has sentido fuerte y amado, dónde has deseado quedarte para siempre? Piensa; recuerda, recupera las sensaciones, siéntete vivo de nuevo. Y regresa a ese lugar especial, allí donde has sentido el Poder del Blanco, la Luz que anhela tu alma, el amor que te reconforta, la fe que te hace conservar la ilusión y los sueños. Porque ese lugar especial no ha quedado atrás, lo llevas contigo en todo momento, vive en tu recuerdo, en tu corazón. Y volverás a encontrarlo cuando lo necesites, si lo deseas, si lo buscas, incluso aunque no lo busques, pues forma parte de ti, y tú formas parte de él.
Cuando has sido tocado por el Poder del Blanco, su Luz ya nunca te abandona. Y volverá a ti cuando tu aventura te lleve de nuevo ante la oscuridad de las dudas, de la desesperanza y del desaliento.
Y volverás a creer.
Y cumplirás tu destino.
Tarde o temprano, el Cosmos responde.

Hoy os dejo al ladrón en ese lugar especial. Espero que el relato os llene de esperanza. Y espero vuestra opinión.

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

El Salto de Corso (III)

"La casa del Corso era una choza de madera que se caía a pedazos, igual de vetusta que el dueño y en tan mal estado como él. La madera carcomida presentaba grietas por las que se colaría el agua en los días lluviosos. Los cristales de la única ventana estaban rotos, y por ellos entraría el gélido viento en las noches de invierno. No había más mobiliario que dos sillas, una mesa coja y un camastro de peor aspecto que la cama de un burdel. Pero Vosloora tomó asiento muy agradecido después de la dura cabalgata cuesta arriba, se desprendió de la capa y le ofreció el barril de ron al anciano. Éste colocó dos tazas de metal abolladas sobre la mesa que cojeaba y sirvió la bebida. Después sacó una vieja pipa de alguna parte y se la llevó a la boca. Vosloora advirtió que el tipo hurgaba en su petaca raída y no encontraba una sola hebra de tabaco. No comprendía por qué la situación de ese hombre le acongojaba tanto. Buscó en sus bolsillos su propia petaca y se la puso en la mano al hombre, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.
    –Toda la vida aquí –lloriqueó el Corso, y se olvidó de la pipa y de las tazas llenas–, nadie viene a ver al Corso, y nadie le enterrará cuando muera con la pipa vacía y la garganta seca y la mirada en el horizonte, buscando a su sirena, que no volverá para alegrarle el corazón con sus cánticos.
    El ladrón no quiso entristecerle más diciéndole que las sirenas no existían. Le llenó la pipa y alzó su taza.
    –Bueno, lamento no poder hacer que veas a tu sirena, viejo, pero no morirás sin tabaco ni ron. Que al menos ése sea un motivo para brindar.
    –Eres un buen hombre, grumete –dijo el anciano, emocionado–. Acabas de salvarle la vida a este viejo.
    Vosloora bajó la cabeza. No era un buen hombre. Pero en el interior de esa choza destartalada se sentía bien consigo mismo, y apenas se acordaba de Rodan Frais o de los Onii Darok, ni siquiera del encargo que el Mago Oscuro le había ordenado. En aquel lugar, la escama de Nonurg no ejercía su nocivo poder, como lo había hecho en Ciudad del Puerto, aunque Vosloora ignoraba que el regalo del Darok influyera para algo en sus decisiones, así como desconocía que el Ojo de Amunik le influía en el sentido opuesto.
    –Pareces enfermo, grumete –dijo el Corso, mirando al ladrón con detenimiento–. Llevas una pesada carga sobre tus hombros, eso es lo que creo. Deberías quedarte a pasar la noche y descansar.
    –La verdad es que ahora me siento muy bien –reconoció Vosloora, casi con sorpresa–. Tengo la sensación de que éste es un lugar especial.
    –¿Sientes el Poder del Blanco aquí? –preguntó el Corso entre dientes, a pesar de que no tenía ni uno.
    –¿Cómo? –Vosloora sacudió la cabeza.
    El anciano suspiró.
    –¿Es un largo viaje el que debes hacer? –quiso saber–. Tal vez deberías quedarte un par de noches y descansar bien antes de seguir tu camino.
    Vosloora le miró con el ceño fruncido. Aquél no era un hombre normal. No, eso era absurdo. Era un dizseiim, longevo en extremo pero en absoluto poseedor de ningún poder mágico.
    –Debo partir cuanto antes –respondió con pena, aunque casi había olvidado el motivo y la urgencia de su viaje.
    El anciano miró su taza vacía.
    –Siempre estoy solo –repitió su lamento–. Sin amigos, sin familia. Moriré, y no habrá nadie que entierre mi viejos huesos.
    Vosloora no supo qué decir. Se vio a sí mismo, viejo y abandonado, y se le encogió el estómago. Comprendía al anciano, porque era el destino que le esperaba a él.
   –He visto un cuervo por los alrededores –continuó el Corso, como si el juicio le abandonara por momentos–. Me preguntaba si es tuyo, grumete. ¿Me lo darías? Un cuervo al menos me haría compañía. Tú no lo necesitas.
    –No tengo ningún cuervo –dijo el ladrón. Se sentía tan relajado que podría haberse quedado dormido sobre aquella mesa inestable.
    –Un cuervo negro –insistió el anciano–. Son pájaros de mal agüero, y son ladrones. Quiere algo Blanco. No debes viajar con nada Negro.
    A Vosloora se le cerraban los ojos. Era una sensación agradable.
    –Me gustaría que alguien sepultara mi cuerpo cuando muera –insistió el Corso.
    El ladrón le miró.
    –No vas a morir pronto –le dijo–. Acabas de decir que te he salvado la vida.
   –¿Sabes lo que dice mi gente? –al Corso se le iluminaron los ojos–. Dicen que si salvas la vida de alguien como yo, obtendrás un regalo especial. Otra vida, para que la reclames si mueres cuando no te ha llegado el momento. ¿Entiendes eso?
    Vosloora sacudió la cabeza. Sirvió dos vasos de ron. El anciano chupó su pipa.
    –Tú has salvado mi vida. Mas no del todo. Aún no me has mostrado lo que ansío ver.
    El ladrón pensaba que se hallaba dentro de un sueño. Le parecía estar flotando. Y a su alrededor, invisible, un aura de color blanco le llenaba de paz. Había olvidado quién era, y cuál era su misión.
    –¿Cómo podría mostrarte lo que no existe? –preguntó, aturdido.
   –La Ventana del Tiempo. El Ojo que Todo lo Ve –susurró el anciano–. Muéstrame lo que deseo ver, salva mi vida, grumete. No tendré otra oportunidad.
    –El Ojo no funciona –dijo Vosloora, como hipnotizado.
    –Hazlo funcionar –ordenó el Corso–. Salva mi alma.
    El ladrón le miró. Le parecía que detrás de aquel rostro apergaminado se escondía otro, juvenil y hermoso y asexuado, y ligeramente iridiscente. ¿Sería el ron? ¿Habría ingerido algún tipo de veneno? No sentía su propio cuerpo.
    Con manos que no sentía, buscó en sus bolsillos la bola de cristal y se la mostró al viejo pirata. El anciano miró con avidez. Vosloora también miró. Y aunque él no vio nada, el hombre esbozó una sonrisa y asintió con la cabeza cuando el interior de Miraphora se iluminó y le mostró el rostro de la hermosa Ariiama.
    –Mira –le ordenó–, ¿no es preciosa?
    Vosloora se esforzó por ver algo. Pero no veía ninguna sirena, no veía nada.
    –Cree, grumete, mira con el corazón.
    Le pareció que la bola se encendía, incluso la sintió caliente en sus manos. Pero no vio una sirena. Lo que Miraphora le mostró le dejó perplejo. Una Mazome muy joven y hermosa, eso era lo que le mostraba, ¿alguna vez había conocido a una criatura así? Y tenía algo entre sus brazos, algo pequeño envuelto en un pedazo de tela, o de piel. ¿Era un bebé? No lo sabía. Ni siquiera estaba seguro de que aquella visión fuese verdadera, y no una ilusión.
    El Corso carraspeó, Vosloora parpadeó y la Ventana del Tiempo volvió a ser una bola de cristal que no funcionaba. El ladrón no estuvo seguro de que el último minuto hubiera existido, así que lo olvidó.
    –Has salvado mi alma, grumete –susurró emocionado el Corso–. Mi vida te pertenece ahora. Utilízala con bondad. Mas recuerda mis palabras: sólo aquél que sirve al Blanco podrá beneficiarse de este don que ahora te ofrezco. Aleja la Oscuridad de tu corazón, o esta vida será entregada a otro que haga algo bueno por ti. Es la Ley de las Gudamin. Conserva el Ojo de Amunik, pues sólo él te guiará por el camino recto. Deshazte de lo Negro, o no tendrás descanso.
    Vosloora guardó la Ventana del Tiempo y miró al anciano con ojos despejados. El pobre estaba desquiciado. Seguía con su monólogo, y no parecía haber advertido la presencia del ladrón.
    –¿Quién enterrará este viejo esqueleto cuando muera?
    Vosloora terminó su bebida y se puso en pie.
    –Debo partir, buen hombre. Lamento no poder acompañaros más tiempo.
   –Pero es de noche, y no debes adentrarte en el bosque de noche –dijo el Corso, alarmado–. Por favor, acepta mi hospitalidad, pues has sido generoso compartiendo tu bebida y tu tabaco conmigo, descansa en mi casa esta noche y no tientes al destino.
   Vosloora salió al exterior y descubrió con asombro que era noche cerrada. No era una buena idea continuar cuando apenas podía ver el camino. Aceptó el ofrecimiento del anciano. Durmió tranquilamente y descansó en aquella cama cochambrosa mejor de lo que lo había hecho alguna vez en la cama de una reina.
    Cuando despertó, Aeblir ya brillaba junto a Plio en el centro del cielo y calentaba la tierra, y el viejo no estaba en la choza. Y él se sentía rejuvenecido y descansado como no recordaba haber estado en años. Cogió sus pertenencias, comprobó que el Ojo de Amunik seguía en su bolsillo y salió al exterior.
    El Corso se hallaba tumbado junto al agua, en el borde del acantilado. Vosloora asió las riendas de su caballo y fue al encuentro del viejo.
    –¿Habéis pasado la noche al raso, buen hombre? –saludó con jovialidad.
   No necesitó más que una mirada para comprender que estaba hablando con un cadáver. El cuerpo del anciano parecía llevar mucho tiempo a la intemperie, era imposible que hubiera muerto la noche anterior. Vosloora se sintió desconcertado. De pronto, todo le parecía un mal sueño. Cuando menos, un sueño extraño.
    El viejo llevaba un aro de oro en su oreja derecha. Vosloora recordó las historias arcanas que había escuchado en Ciudad del puerto.
    E hizo algo que nunca antes se le habría ocurrido hacer.
   Buscó una pala dentro de la choza, cavó con ella un agujero lo suficientemente profundo y metió en él el cadáver del Corso.
    —Que los dioses te ayuden a encontrar tu camino, viejo —murmuró a modo de plegaria.
   Lo sentía como si se hubiese tratado de un familiar. Y ni siquiera estaba seguro de haberlo conocido nunca. Depositó junto al cuerpo el barril y la petaca, aunque no halló ni la pipa ni las tazas que el anciano utilizara la noche anterior. ¿Había ocurrido realmente? Lo ignoraba. Empezaba a dudar de su cordura. Echó una palada de tierra sobre el cuerpo, y le pareció oir la voz del Corso junto a su oído:
    —No olvides recoger tu pago.
    Desconcertado, miró a su alrededor, pero no había nadie. Sólo él. Sólo el Corso. Se arrodilló junto a la fosa y le quitó el aro de la oreja. ¿Acaso el difunto estaba sonriendo? No fue así como lo encontró. Y, además, se parecía a su padre. No lo había advertido la noche anterior, pero el rostro del anciano era el rostro de Bronson Vosloora. Le recorrió un estremecimiento. Tapó el cuerpo lo más deprisa que pudo y entonces se permitió descansar. No sabía qué estaba ocurriendo. Todo aquello era muy extraño. Deseaba alejarse de ese lugar.
    No supo por qué lo hizo. Obedeciendo a un impulso, sacó de su bolsa de piel la escama de Nonurg y la depositó sobre la tumba que acababa de rellenar. Al momento se sintió liberado de un peso.
    No miró atrás cuando decidió emprender su camino.
    Por ese motivo, no vio al cuervo que cogía la escama entre sus garras y echaba a volar siguiendo sus pasos.
    Y tampoco vio que sobre la tumba del anciano se extendía como por arte de magia un manto de hierba fresca y de flores preciosas, que la choza desaparecía y ocupaba su lugar un sauce milenario, y que de la tierra removida surgía una risa que sonaba como campanillas de cristal, ni vio la diminuta figura que revoloteaba por su jardín como si fuera una alegre mariposa con cuerpo de mujer y alas violetas en la espalda."

lo que veo cuando leo lo que escribes

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Por Susana © Registrado por Bea Magaña