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diseño de Susana Escarabajal Magaña

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Regreso al Estanque de Plata

No me he olvidado de ti, aunque no te diga gran cosa últimamente. Ya sabes por qué no lo hago. No confundas mi silencio con desinterés, y sobre todo no pienses ni por un momento que he dejado de quererte. Sólo estoy poniendo en práctica las lecciones que he aprendido a lo largo de este año, porque no quiero que vuelvas a verme perdida ni vencida, sé que no es eso lo que te hará volver. Sabes que necesito tu apoyo, que agradezco tus palabras de ánimo y que tu preocupación por mí y tu afecto me hacen fuerte, pero ahora yo también sé que necesitas mi fuerza y mi decisión, mi amor y mi fe, porque eso es lo que vienes a buscar a Thèramon, y lo que te mantiene unido a mí. Y eso es lo que vas a encontrar cada vez que quieras regresar.
Los días de la tristeza y la Oscuridad se han terminado.
El año que está a punto de empezar trae muchas cosas buenas, cosas grandes, y no pienso perdérmelas.
Yo misma voy a hacer algunas de esas cosas. Ya está bien de conformarse con soñar. Ha llegado el momento de hacer realidad los sueños. Los míos, los tuyos. Los que compartimos.
Yo ya no tengo dudas. De ningún tipo. Sé lo que quiero. Y voy a por ello, esta vez sin miedo.

Como Silenia. Decidida a encontrarse con los Dragones Plateados. Tenaz. Valiente.
Porque incluso una niña de once años sabe que el destino siempre se cumple, y que ceder a la indecisión y escudarse en que hay obstáculos para disfrazar la cobardía de uno no sirve más que para retrasar ese inevitable destino que nos aguarda.
Los dioses saben. Cosmos sabe. Y yo he comprendido que no hay obstáculo insalvable, y que la paciencia siempre se ve recompensada.
Amo y creo.
Y sé que ahora me comprendes.

Ven, regresa conmigo a las orillas de Mitrali Güae. Estamos a punto de ver a los dragones. La semana que viene cumplo años, y vendré a despedir el año contigo, y te dejaré un regalo. Sé paciente. Te gustará lo que no puedo mostrarte hoy. Y te diré lo muchísimo que agradezco que sigas a mi lado, acompañándome en este viaje.

***

© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Dragones Cisne (II)

“Al atardecer, Silenia volvió a recorrer los pasadizos que la conducirían hasta la puerta secreta. Abrió con decisión, asomó la cabeza y buscó al muchacho con la mirada, poniendo mucho cuidado de no traspasar el umbral. No quería que la puerta se cerrara antes de comprobar que él hubiera cumplido su palabra. Sin su ayuda no podría regresar.
En el momento en el que, allá en los cielos, Fsaira y Aeblir se reencontraban, bañando a Thèramon de oro y turquesa, el cabello de la princesa pareció arder; sus grandes ojos miraron, nerviosos, y sus labios se curvaron en una sonrisa cuando él se movió y fue a su encuentro. Vestía ropas de muchacho, como la noche anterior, el pelo recogido en dos trenzas y una capucha que antes no le había visto. Era una niña, pero era hermosa, y no parecía una niña. Había oro en sus ojos y plata en su pelo, arena del desierto en su piel y fuego en sus labios. Sena nunca había visto una belleza semejante, a excepción de una vez... en un sueño.
Silenia se alegró al verle como se alegra uno cuando se reencuentra con un viejo y querido amigo. Sintió el deseo de abrazarle, agradecida, pero recordó que era una princesa y se contuvo. Las promesas eran sagradas, y el muchacho había cumplido la suya. Nunca podría agradecérselo lo suficiente.
Le siguió a paso rápido en la oscuridad creciente. No tardaron ni una hora en llegar al lugar en el que ambos se habían detenido la noche anterior, allí donde se alzaba el árbol solitario de ramas altas y nudosas. Se sentaron en el suelo a esperar. Las aguas del Estanque brillaban como la superficie de un espejo bajo la luz de las lunas.
—Aún tardarán un rato —anunció el muchacho—. Te haré compañía hasta que aparezcan, después de dejaré a solas con ellos.
Silenia le miró. La brisa fresca de la noche agitaba sus cabellos despeinados y se colaba por el cuello abierto de su jubón. Si sentía frío, no lo aparentaba. Su sonrisa era cálida.
—Olvidé preguntarte tu nombre —dijo.
Le salió así, con toda naturalidad, sin tratamientos de cortesía que marcaran la diferencia que existía entre ellos. Como si ella no fuera una princesa y él fuera su amigo de toda la vida. Al fin y al cabo, se había permitido la familiaridad de cogerla entre sus brazos la noche anterior. Sintió sus mejillas arder al recordarlo.
Él se dio cuenta y esbozó una nueva sonrisa.
—Puedes llamarme Sena. Es el nombre que me dieron los Nomade.
—Seine —repitió la niña, y al muchacho le encantó cómo lo había pronunciado—. Me gusta cómo suena. Seine.
El muchacho le mostró las palmas abiertas.
—A tu servicio, princesa.
Ella le tomó las manos.
—Llámame Silenia, amigo mío —pidió—. Has hecho mucho por mí. Estoy en deuda contigo.
Sena sacudió la cabeza.
—Hay favores que deben pagarse y otros que deben hacerse —dijo—. No me debes nada, Silenia, no te he ayudado esperando una recompensa.
Silenia le devolvió la sonrisa.
—¿Tardarán aún? —él asintió—. ¿Querrás hablarme de ti mientras esperamos?
Sena se encogió de hombros, sorprendido por el interés de la niña.
—No hay gran cosa que decir. No tengo padres ni hogar, hace unos años abandoné al pueblo que me crió y voy recorriendo el mundo en busca de un lugar donde asentarme. Me quedé aquí por los dragones. No sé cuándo volveré a partir. No es una historia muy interesante, princesa.
A Silenia le pareció que Sena tenía muchas cosas que contar. Le hizo pensar en sus libros de aventuras y en sus propios sueños. Quería saber más de él.
—¿De dónde procedes?
El muchacho hizo una mueca y volvió a encogerse de hombros.
—No lo sé, hace años que busco mi hogar. He vivido con una tribu de nómadas todo este tiempo, creo que me encontraron cuando era muy pequeño cerca de la orilla meridional del Mesagua, donde las Montañas Dormidas se abren y dan paso al desierto. Creo que ellos tampoco sabían quién era, ni dónde nací.
—¿Ahora no vives con ellos? ¿Por qué?
—Les abandoné al cumplir catorce años. El Oráculo dijo que había llegado el momento de buscar mis raíces.
—¿Qué edad tienes?
—Diecisiete.
—Y pierdes tu tiempo ayudando a una niña de once, cuando seguramente tienes amigas más importantes con las que pasar la noche.
Sena la miró sorprendido. No creía que Silenia hubiera querido decir lo que él había entendido. La niña le miraba con su carita inocente llena de gratitud.
—Cuando ayudas a alguien no estás perdiendo tu tiempo —dijo; se había sonrojado un poco—. Una niña de once años es tan importante como cualquier otra persona, la edad no tiene importancia. La verdad es que no tengo más amigos que los dragones y los caballos, y que paso muchas noches aquí.
—¿Duermes junto al Estanque? —Sena asintió—. Hace mucho frío aquí.
—Cuando no tienes hogar te acabas acostumbrando al frío, princesa —dijo el muchacho con humildad pero sin vergüenza—. En este lugar me siento cómodo, y puedo ver a los Dragones Cisne a menudo.
Una ráfaga de aire sopló junto a ellos y la camisa del muchacho se abolsó. Silenia vio que era vieja, que tenía la suciedad característica de la ropa que se ha usado mucho y se ha lavado sin jabón, y que estaba algo raída. ¿Y dormía al raso, con tan poco abrigo?
—Oh... —exclamó, y enrojeció de pronto.
Se desprendió de la capucha, bajo la cuál llevaba la pelliza del muchacho, que se quitó también. Había olvidado devolvérsela la noche anterior, había dormido con ella para que nadie la encontrara y se la había puesto esa tarde con la intención de dársela. Y había vuelto a olvidarse.
Sena vestía un jubón viejo y ninguna prenda de abrigo. O había contado con que ella se la devolviera, o era inmune al frío... o no tenía más ropa que la que llevaba puesta.
Extendió su brazo y, ante la sorpresa del muchacho, le tocó la cara con su pequeña mano. Su piel estaba helada. Se sintió culpable. Le ofreció la prenda.
—Perdóname, Seine, por pensar sólo en satisfacer mi curiosidad y no preocuparme por ti —se disculpó, avergonzada—. Hace frío esta noche, y no me había acordado de devolverte tu abrigo.
Sena cogió la pelliza.
—Cuando has dormido bajo las estrellas muchas noches y has conocido el frío —dijo, mientras se la ponía—, acabas por olvidar que lo tienes. Pero gracias, princesa, esta noche es especialmente fría. Se nota la cercanía del invierno.
Se miraron en silencio unos minutos. Silenia volvió a ponerse su capucha y admiró al muchacho, que no se había quejado ni le había reclamado su abrigo. Era humilde, y sin duda tenía un corazón noble.
—¿Te molesta que te pregunte sobre ti?
—Claro que no, princesa —sonrió él—. Pregunta cuanto quieras. Aún tenemos un rato para hablar.
—¿Cómo te ganas la vida? —quiso saber la niña.
Sena dejó de sonreír. La miró un momento, pensó en la respuesta que quería darle. Por fin, buscó algo en su bolsa de cuero gastado. Era un objeto brillante y delgado, parecido a un cuchillo. Brilló como la plata a la luz de las estrellas.
—Soy lo que podrías llamar un ladrón —dijo, y probó a sonreír.
Silenia se puso tensa. Sena se dio cuenta y tomó su mano. El gesto no tranquilizó a la princesa.
—No te asustes —pidió él con voz amistosa—. No soy una mala persona.
Silenia miraba el cuchillo con los ojos muy abiertos.
—¿Vas a robarme?
Sena rió.
—Por supuesto que no —dijo. No había maldad en su voz, y tampoco notas de peligro—. No soy esa clase de ladrón. Deja que me explique.
Sena había llegado a Räel Polita después de recorrer las tierras de alrededor; no tenía dinero ni familia, sólo una cuerda flexible y un garfio de hierro que utilizaba para pescar y escalar muros. No había nacido campesino, ni ganadero, ni obrero de la plata, ni leñador; no había nacido cantero, ni comerciante, ni pescador, ni porteador. A veces entraba en los establos para ver a los caballos de cerca, y si le descubrían le echaban a patadas como a un ladrón cualquiera. Otras veces le dejaban ayudar. Quienes le conocían le apreciaban. Le buscaban tareas y le pagaban con alimentos. Pero no podía quedarse entre ellos, era la Ley.
—El único gremio que te abre las puertas sin hacer preguntas es el de los ladrones —explicó—. Vivo entre ellos en la Sección Espectral, a veces duermo en el castillo abandonado y otras aquí, bajo las estrellas, cerca de los dragones. Cuando me dejan, arreglo cercas, o alimento a los caballos, o recojo verduras, o limpio de piedras las tierras que hay que cultivar, y me gano el sustento. No siempre puedo hacerlo así.
Por ese motivo utilizaba su gancho para moverse por la ciudad, conocía cada atajo, cada callejón, se movía como una sombra y a veces cometía pequeños hurtos para poder comer.
—Créeme que prefiero trabajar —dijo con cierto pesar—. Pero los míos tienen sus costumbres: sin hogar fijo, vagan de un lado a otro y cogen lo que la Madre les ofrece: peces de los ríos, fruta de los árboles; no es como robar a las personas, pero a veces no queda más remedio. En invierno no se puede pescar en el Boreagü. Y al no pertenecer a la ciudad no puedo tener una ocupación. Es una Ley.
—Debes saber que puedes pedir audiencia y explicar a los Reyes tu situación —dijo Silenia sin apartar los ojos del cuchillo de Sena—. Es cierto que existe esa Ley, pero en algunos casos los Reyes la ignoran y conceden a un forastero un lugar en uno de los gremios. ¿Lo has intentado?
—¿En qué gremio crees que me aceptarían? —preguntó el muchacho con tristeza—. Mírame, Silenia, soy un Nomade, no conozco ninguna profesión. Los Reyes no desoirían la Ley por alguien como yo.
Silenia no supo qué decir. Pensaba que podía devolverle el favor hablando con su padre, si Seine quería trabajar, Silenia podía interceder por él y ayudarle a conseguir entrar en algún gremio. Luego se dijo que no podía hacer eso, pues debía mantener en secreto su escapada.
—Solamente los soldados pertenecen a cualquier gremio —continuó hablando Sena, mirando el objeto que tenía en sus manos—. No importa su procedencia, forasteros, pueblo o nobles, a todos se les abren las puertas del ejército. Si tienen una recomendación. Y yo lo no la tengo.
—¿Te gustaría ser soldado? —preguntó Silenia, sin dejar de vigilar la mano en la que él sostenía su arma.
—Me gustaría ser Caballero —sonrió el muchacho de forma soñadora—. Podría estar cerca de los caballos, y tener algo parecido a un hogar. También podría continuar mi viaje, pero después de haber visto a los dragones me resulta difícil pensar en marcharme de aquí.
La princesa miró las aguas, serenas, vacías. Parecía que no iban a acudir esa noche.
—¿Cómo te hiciste amigo de los dragones?
Sena alzó su mano derecha y su arma emitió un destello plateado. La niña se apartó. El muchacho le enseñó lo que tanto la había alarmado. Silenia lo cogió. Era una flauta. De plata de Räel Polita, fabricada por los moradores de las Colonias, un trabajo magnífico. Se preguntó si el muchacho la habría robado.
—A los animales les gusta la música —dijo Sena—. Y a mí también. Esta flauta fue un regalo que me hizo uno de los criadores de caballos, en recompensa por haberle ayudado a capturar a una yegua que se había escapado. Ocurrió al poco de llegar a la ciudad. A veces toco para los caballos, y otras para mí. Una noche me senté aquí y toqué, y aparecieron. Dos —le enseñó dos dedos de la mano derecha—. Eran las criaturas más bellas que había visto nunca. Y toqué para ellas, y volví muchas noches. Supongo que puedo decir que soy amigo suyo, pues han venido a mí muchas veces.
—¿Cómo son? —quiso saber Silenia. Ahora que había comprendido que nada tenía que temer de Seine, se dejó vencer por la emoción, que la volvía impaciente.
Sena adoptó una expresión soñadora.
—Hermosos como cisnes —dijo—. Ya los verás. Enormes y hermosos. La primera vez que los vi me llevé un gran susto, no tenía idea de que viviera nada en el Estanque. Demasiado sorprendido y maravillado como para levantarme y salir corriendo, seguí tocando mi flauta mientras ellos se acercaban deslizándose sobre las aguas, como patos gigantescos. Empezaron a cantar y supe que eran pacíficos, y ya no tuve miedo de ellos.
—¿Cantan? —se sorprendió la princesa.
Sena volvió a mirarla.
—Desde luego. Y es el canto más dulce que he escuchado nunca. Esa noche cantaron al son de mi flauta. Desde entonces vengo a menudo y toco para ellos, y ellos cantan para mí. Ignoro si son siempre los mismos, aunque creo que sí. No sé cuántos hay. Siempre vienen dos. Siempre a la misma hora.
Miró al cielo, pareció contar estrellas.
—Ya no falta mucho —dijo.
Silenia volvió a mirar las aguas del Estanque de Plata. Su corazón latía con fuerza.
—¿Hablan?
—¿Cómo?
—Ayer dijiste que fueron ellos los que te avisaron. Cuando la bruja me atacó.
—No era ninguna bruja. Sólo una vieja de aspecto horrible. Una ladrona.
—¿No crees que fuera una bruja?
Sena sacudió la cabeza.
—Las brujas no son así.
—¿Cómo lo sabes? ¿Has visto alguna?
—Ya no quedan brujas en Thèramon.
—Ah —dijo Silenia. Pensó que sólo una niña tonta e imaginativa era capaz de creerse todo lo que decían los libros—. Pero no me has contestado: ¿hablan?
Sena se encogió de hombros.
—No lo sé, yo sólo les he oído cantar.
Esperaron en silencio. Silenia le devolvió la flauta y se abrigó con la capucha. Las lunas se desplazaban con lentitud sobre sus cabezas. Sena tocó la flauta y la niña se perdió en cada nota. Su melodía sonaba a bosques y a desierto. Al cabo de un rato se hizo el silencio. La princesa abrió los ojos con pena. Sena la miraba como hechizado.
—¿Por qué has dejado de tocar?
El muchacho parpadeó, desvió la mirada y señaló el agua con la cabeza.
—Están llegando —se puso de pie—. Me alejaré lo suficiente para salvaguardar tu secreto, pero podré oir tu voz si me llamas. No creo que desees regresar sola al castillo.
—No creo que pudiera regresar sin tu ayuda —dijo la niña.
Se puso de pie y le tomó de las manos.
—Gracias, Seine, por tu discreción; esto es muy importante para mí, y no puedo explicarte los motivos ni compartirlo contigo. Con nadie, en realidad.
—Haz lo que debas hacer, princesa. Te prometí no preguntar, ¿recuerdas? Llámame cuando hayas hecho lo que has venido a hacer.
—Te llamaré.
El muchacho se alejó corriendo, sus pasos apenas hicieron ruido sobre la tierra húmeda, y la dejó a solas junto al agua. La superficie del Estanque era negra como un secreto y lisa como un espejo. No había rastro de la presencia de ninguna enorme criatura acuática. Silenia desprendió de su cabello la lira mágica y esperó. Dos sombras gigantescas se acercaron a ella. Se quedó paralizada.”

7 comentarios:

  1. Hola!! Nos ha gustado tu blog! Nos quedamos por aquí! :D Un abrazo!! :)

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    1. Thèramon os da la bienvenida, Melodías por escrito.
      Gracias por el comentario 8)

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  2. Me di cuenta que no era seguidora de tu blog (perdona mi despiste ).Que decirte ,que si la forma de ser de Bea me encanta ,la Escritora me apasiona .

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    1. Ali, si lo que lees en este blog te apasiona, lo que todavía no he mostrado te va a enamorar.
      Gracias por todo, sonrisa bonita :*

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  3. Saludos mi compañera de viaje, espero que el nuevo año nos traiga muchas cosas buenas. ¡Saludos desde Erthara!

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    1. Un abrazo, hermano de mundos. El nuevo año nos traerá magia, éxitos y gozo, ama y confía.
      ¡Larga vida a Erthara!

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  4. Mi niña,¡¡¡¡¡ me ha encantado!!!!!.No dejes nunca de escribir,porque es todo un placer leerte.♥

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Viajeros de tierras lejanas, amigos de siempre, vuestra visita nos alegra y vuestra opinión nos ayuda, recordad que cada vez que dejáis huella de vuestro paso, Thèramon crece.

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