miércoles, 31 de octubre de 2012

Canción para la Noche de Difuntos

Te prometí una entrada terrorífica para este Halloween. Y ya sabes que Bea siempre cumple sus promesas.

Como no he sido capaz de terminar mi relato Z, porque a pesar de mis intentos la Musa se ha empeñado en que sea una novela (ya sabes que lo mío no es resumir), te dejo un poema que escribí hace unos años (por lo menos quince, pero podrían ser veinte). Lo escribí en inglés, así que no rima mucho, no me lo tengas en cuenta (je)

Desde Thèramon, te deseo una feliz kermesse de Hocassi Vihollinen. Hoy es noche de aparecidos, de monstruos y de cuentos oscuros. Y sobre todo, de creer. Así que cree. Y ama, por si acaso no hubiera un amanecer ;)

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

CANCIÓN PARA LA NOCHE DE DIFUNTOS


Cerca de la medianoche,
cuando el sol es poco más que un recuerdo
y las estrellas se cuentan por millares,
los grillos cesan en sus canciones
para escuchar cómo alguien
pronuncia en voz alta un conjuro
hace siglos olvidado.

Poneos vuestros disfraces, niños;
cantad vuestras canciones, haced vuestras bromas;
alguien llenará vuestras bolsas de dulces.
Fingid que sois peligrosos,
fingid que estáis asustados;
para que la magia empiece
todos tenéis que creer.

Escuchad: es la Noche de Difuntos;
el espíritu de Halloween se extiende
por el pueblo; las calabazas son
las dueñas de la noche,
con sus grotescas sonrisas
iluminadas desde dentro.
Creed que son las hadas,
o las luciérnagas, o el fuego
del Infierno, quien ilumina la noche;
si pensáis que son sólo velas,
la noche dejará de brillar
y la tierra acallará sus latidos.

Gritad, reid, cantad,
bailad, haced mucho ruido,
es mejor, es mejor que no oigáis
los sonidos de la noche.

La niebla se asienta
a ras del suelo, como flotando,
y las estrellas se apagan,
y todo queda en silencio unos segundos,
los que tarda en desaparecer
la última campanada de las doce
que se va, flotando en el aire,
hasta perderse en las sombras.

Entonces,el silencio se rompe:
la tierra se abre, y un par
de manos huesudas asoman,
como tétricas margaritas nocturnas.
El resto del cuerpo es
como un alarido de terror
en medio de un cuento de hadas.

Después, sólo personajes de pesadilla
que van surgiendo desde las entrañas de la tierra,
como vomitados por ésta,
seres que escapan de sus ataúdes
para sumarse a la fiesta.

Poneos vuestros disfraces, niños,
cantad y bailad, reír,
disfrutad de la fiesta, porque
pronto habréis muerto.

Fantasmas y monstruos,
demonios convocados por un viejo conjuro;
hay más muertos que vivos
en el pueblo, esta noche.

La maldición se ha cumplido
otro año más. Es Halloween,
¿no es emocionante?

Los ojos de las calabazas son
malvados, miran las calles vacías
desde sus cuencas ardientes,
vomitan fuego infernal, y ríen
mientras esperan vuestros gritos
aterrorizados.

Poneos vuestros disfraces.
Es medianoche. La fiesta
está empezando, cantad
y bailad mientras podáis.
Es Halloween. ¿No es divertido?


miércoles, 24 de octubre de 2012

Mi Relato Z


Dentro de una semana se celebra en Thèramon la kermesse de Hocassi Vihollinen, La Noche Más oscura, conocida en muchos lugares con el nombre de Halloween. Es una noche para contar historias a la luz de una hoguera; historias de terror, de magia, de maravilla. Y esta laudaner quería contarte una historia especial.

Hace un año te dije que yo no escribo terror, sino fantasía. Me llamo Bea y mi obsesión son los dragones, ¿recuerdas que fue así como me presenté? Desde que abrí este blog has ido conociendo a la Bea de Thèramon, pero poco a nada sabes de la otra Bea, ni de lo que escribía antes de que Thèramon se me mostrara por primera vez. No siempre he sido “la Tolkien española” (yo no me he puesto este apodo, otros lo han dicho de mí), y la prosa que utilizaba antes es muy distinta a la que has visto en este blog. O eso me parece a mí. A esa otra faceta mía la llamo la Bea de King, porque el maestro del terror ha sido siempre mi mayor inspirador. Y aunque nunca he sido capaz de escribir terror, mis novelas anteriores tienen un tono que queda más cerca del de King que del de Tolkien. O eso me han dicho siempre. No sé, hoy podrás juzgarlo por ti mismo.

La última vez que nos vimos te dije que tenía un relato de terror rondando por mi cabeza. Quería escribir ese relato y traértelo la noche de Halloween. Pero ha habido un pequeño problema. Ese relato no llegó a escribirse, porque la Musa cambió de opinión y me mostró un relato nuevo, uno tan terrorífico que no fui capaz de empezar a escribirlo porque me daba muchísimo miedo. He tardado todo el mes en encontrar la manera de narrarlo sin tener taquicardia. Llevo cuatro días escribiendo como una posesa, como en los viejos tiempos, entusiasmada y disfrutando muchísimo. El relato avanza, tanto, que creo que al final no va a ser un relato, porque va a quedar demasiado largo. Ya sabes que lo mío no es resumir. No soy escritora de relatos, soy novelista. Todas mis historias acaban cobrando vida propia y convirtiéndose en novelas, qué le voy a hacer.
Pero que no se diga que no lo intenté.

La semana que viene te dejaré un relato especial, una Canción Para la Noche de Difuntos. Pero hoy quiero mostrarte el comienzo de mi relato Z, porque quiero que veas mi otra faceta y que opines. Tu opinión es muy importante para mí. Espero que disfrutes de este pedacito, y que de algún modo te compense por estas semanas de ausencia sin más dosis de Thèramon. Como te dije, he estado corrigiendo y escribiendo, aunque no lo que pretendía, sino algo que no me creía capaz de escribir. Volveré a traerte más Historias de Thèramon, si es que sigues aquí queriendo leerlas. Permite que hoy comparta contigo un poquito de la historia en la que estoy trabajando en estos momentos.


Mi relato Z (fragmento)
© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)


“Esto no debería estar ocurriendo.
No apelo a la lógica, no intento buscar una explicación racional o científica, no me niego a creer ni cierro los ojos confiando en que no sea más que una pesadilla de la que voy a despertar en cualquier momento, a salvo en mi cama. Ya hace rato que he aceptado que lo que hay ahí afuera es real, que el fin del mundo ha llegado y que yo no doy el tipo de superviviente ni de heroína. Cobarde hasta la médula, medio coja de un pie, miope y torpe con ganas, y físicamente nada del otro mundo. El público no apuesta por las chicas del montón, quiere tías buenas a lo Angelina Jolie o a lo Milla Jovovich. Y yo estoy muy lejos de parecerme a ninguna de ellas. Me toca morir antes de los créditos, lo tengo asumido.
¡Pero es que es todo tan surrealista! Yo no debería estar aquí, con una taquicardia del quince y un hacha en las manos, rodeada de tías histéricas que no me soportan y que piensan que mis largos años devorando literatura fantástica y de terror van a ayudarlas a sobrevivir a este extraño apocalipsis. Si lo pienso un poco, casi me resulta gracioso; pero si lo pienso mucho, más bien me dan ganas de ponerme a llorar. Tengo muchísimo miedo. Estoy muerta de miedo.
Lo sé, la negación no conduce a ninguna parte, y por mucho que me empeñe en cerrar los ojos y mirar para otro lado la situación no va a mejorar. Mi peor pesadilla se ha hecho realidad y todavía no entiendo cómo ha ocurrido. No tiene sentido. Hace un par de horas el mundo era un lugar más o menos cuerdo en el que la gente hablaba y reía sentada a la mesa y nosotras mirábamos el reloj y pensábamos que ya quedaba menos para fregar y marcharnos, que ya había ganas; todas estábamos cansadas, algunas tenían hambre, otras tenían sueño, yo estaba aburrida y lo único que deseaba era llegar a casa y quitarme los zapatos, porque había sido un sábado muy largo y el talón me estaba matando. Y de pronto, sin una explicación, sin un motivo, el mundo se ha convertido en un escenario de muerte y de gritos y de sangre, y todo ha desaparecido devorado por la niebla, así que ni siquiera podemos saber qué hay al otro lado de las ventanas, aunque podemos oírlo.
Y también hemos podido comprobar que, sea lo que sea lo que acecha en el exterior, tiene uñas y dientes, y un hambre voraz. Y mata.”

domingo, 30 de septiembre de 2012

Sin prisa


Hace días que no me paso por aquí. Hace días que no entro a ver si el número de visitas sigue subiendo, si se ha unido a nuestro viaje algún compañero nuevo, si alguien ha dejado un comentario, ni siquiera estoy respondiendo a los comentarios que recibo. Podría dar la impresión de que he dejado de interesarme por el funcionamiento de mi blog. Nada más lejos de la realidad. Estoy inmersa en Thèramon, más que nunca, ya tengo en la cabeza casi todo el argumento de CDFCDL, la Musa me da imágenes y fragmentos de diálogos, me ha mostrado parte del viaje de Leelai, he conseguido situar a cada personaje que he ido descubriendo con el paso del tiempo, ahora cada uno tiene un rostro además de un nombre, y un lugar en Thèramon. Incluso he visto el final de esta historia, y es un final hermoso y sorprendente. Pero sigo atascada en un capítulo complejo, escribo párrafos deliciosos y paso horas moviéndolos arriba y abajo hasta que les encuentro su posición en el texto, quiero hacer un buen trabajo, que cada capítulo te haga sentir, en este caso la angustia de un personaje que ha aparecido sin ser llamado y que va a tener un papel muy importante en la historia. Como te dije, me está costando arrancar, han sido demasiados meses inactiva, demasiado tiempo bloqueada.

Me falta tiempo para hacer todo lo que quiero hacer. A ratos escribo, a ratos corrijo, tengo buenos amigos que además son muy buenos escritores, confían tanto en mi facilidad para descubrir errores ortográficos y en mi opinión crítica y sincera que me envían su trabajo, y disfruto mucho corrigiendo y leyendo. ¡Me enorgullece tanto ver que algunas de las novelas que yo he corregido están siendo publicadas en papel o en digital! Lo dije, éste es EADLP (El Año De La Publicación). Aunque parece que no va a ser mi año. Pero no me inquieto ni me impaciento, si la novela que envié a la agencia no llega a ver la luz, no me frustraré, ni pensaré que no es lo suficientemente buena; lo cierto es que cuando miro al futuro no visualizo mis viejas novelas en las estanterías de medio mundo, lo que veo es Thèramon en papel, enamorando a medio planeta.

Pero todavía falta para ver mi sueño hecho realidad. CDFCDL va creciendo, pero lentamente; me he dado un año de plazo para terminarla. No tengo prisa por publicar. Ha sido mi sueño desde niña, puedo esperar un año más.
Ojalá tuviera tanta voluntad como paciencia. Muchos días todavía me cuesta concentrarme, y pierdo demasiadas horas de las pocas de que dispongo perdida en fantasías. Tengo decenas de historias en la cabeza, a veces quisiera ponerme a escribir y no soy capaz de decidirme por una. Mi musa ha vuelto, y muy activa, pero algo desorganizada. Le daré tiempo. Las cosas buenas no hay que forzarlas, han de venir por sí mismas. Hace tiempo descubrí que cuando intento obligarme a escribir consigo el efecto contrario, me provoco frustración y me bloqueo yo sola.

El capítulo que estoy escribiendo ahora es una muestra de lo que digo siempre. No hay que tener prisa por nada. Hay que dejar que Cosmos nos muestre el camino. Hasta hace un año ni siquiera existía un relato acerca del origen de Thèramon. Fue casi por casualidad que empecé a escribirlo, y descubrí la existencia de Oreal, la Gema del Destino. Bien, pues en el capítulo que tengo entre manos acaba de aparecer una mención a Oreal. Y al releer las páginas que llevo escritas, comprendo que la Luz de Toda Vida es la clave, que todo el argumento de CDFCDL gira en torno a Oreal. Tenía que pasar todo este tiempo en blanco para que la Gema del Destino ocupara su lugar en mi historia. Todos estos meses en blanco no han sido en vano.
Como te digo siempre: todo ocurre cuando le llega su momento. Cuando estamos preparados.
Y, normalmente, ocurre cuando menos lo esperamos.
Así que hagamos las cosas sin prisa. Lo que deseamos siempre acaba llegando. 
Y yo amo y creo.

Estoy preparando el siguiente capítulo de la aventura de Silenia. Espero que seas paciente, no puedo alargar las horas, y es mucho lo que intento hacer al mismo tiempo. Tengo dos correcciones a medias, un capítulo a medias, mucha lectura acumulada en mi mesita de noche, un relato de terror que lleva toda la semana dándome vueltas en la cabeza, trabajo diez horas diarias, y ahora además hago un poco de vida social. Pero si yo he aprendido a no tener prisa, ¿no lo harás tú, que sabes que siempre cumplo mis promesas, aunque tarde?

Que pases un feliz domingo. Y que octubre te traiga océanos de amor, muy buenas noticias y ganas, inspiración, energía, valor, voluntad, te deseo lo mismo que espero para mí misma.
Gracias por seguir acompañándome.

martes, 18 de septiembre de 2012

La dosis de Sara


No me he olvidado de ti.
Muchas cosas han cambiado, mi forma de mirar el mundo, por ejemplo, ahora no hay día que no encuentre un motivo o más para sentirme agradecida por estar viva y feliz de tener un corazón que siente con tanta intensidad. He dejado de esperar, pero no de creer. Ya no espero a que salga el sol para sentirme animada, ahora es mi sonrisa y mi actitud ante la vida lo que hace que el sol se anime a brillar. Ya no busco al unicornio, ni lo persigo, ni lo espero; he comprendido que el unicornio es la criatura más libre del universo, y que no podré verle si él no desea ser visto. Ahora me dedico a repoblar Thèramon de dragones, en eso estoy teniendo mucha ayuda, debo decirlo; y si el unicornio se siente atraído por la vida que bulle a mi alrededor, quizás decida aparecer. Pero si no acude, si decide no escuchar la llamada de Thèramon, no dejaré morir a los dragones que me han devuelto la ilusión y las ganas de seguir creando mundos. Soy una laudaner, nací para contar historias. Escribir es lo que más amo en el mundo. Y aunque amo al unicornio, mi amor por los dragones no es menor. Seguiré contando mi historia, y Cosmos dirá quién acaba siendo protagonista. ¿El unicornio, los dragones? Yo voto por Thèramon.

Muchas cosas han cambiado. Cuando Thèramon nació, lo más importante era proteger al unicornio. A medida que voy escribiendo, el unicornio se va convirtiendo en un símbolo, más que una criatura de carne y hueso es un ideal, como la bondad, el valor o la lealtad. Lo que nos inspira a seguir luchando, a seguir superando obstáculos. Ahora lo veo como el Aslan de las Crónicas de Narnia, el ser divino del que todos hablan pero al que nadie ve hasta el final de la historia. Ya no es el consejero, el guía, la criatura de la que te enamoras nada más verla y a la que deseas proteger con tu propia vida si fuera preciso. Pero aunque ausente, sigue siendo el alma de Thèramon; y a pesar de que los dragones van ganando protagonismo, todos ellos luchan en su nombre. No sé qué pasará en el futuro, no sé qué hará la musa, o debería decir qué hará la propia historia, pues es ella misma la que se va contando a través de mí. Ya no me preocupa el final, he aprendido a aceptar los cambios y a disfrutar del viaje, de la aventura. Cuando la primera historia de Thèramon esté terminada, ya te contaré en qué lugar ha quedado el unicornio. De momento puedo decirte que todavía no lo he visto. Y que no he dejado de amarle.

Estoy escribiendo. De momento voy despacio, arrancar después de tantos meses de bloqueo y de vacío interior no está siendo fácil. Pero lo poco que me ha dado la musa hasta ahora es increíble. No me canso de releerlo y no dejo de maravillarme. Y cuando copio el trozo de capítulo que continúa la historia que te voy contando aquí me pregunto si crees realmente lo que te digo, porque la historia de Silenia, Dayna, Vosloora y el N'Ögard no es más que el relato de un niño en comparación con lo que no puedo enseñarte todavía. ¡Tengo tantas ganas de terminar Criatura de Fuego, Criatura de Luz, para mostrarte algunos fragmentos!

Novedades... hay muchas, pero no tengo buenas noticias que darte todavía. Sé que la novela que envié a la agencia está siendo valorada, pero aún no tengo una respuesta. Se me ha comentado la posibilidad de trabajar como correctora freelance, pero no hay nada seguro; aunque debo decir que el simple hecho de que alguien haya considerado la idea me hace muy feliz y me produce un subidón de autoestima increíble. He reunido el valor suficiente para enviar uno de mis relatos a un concurso. He aprendido lo básico sobre el funcionamiento de Twitter y ahora lo utilizo para escribir las "actualizaciones del dragón"; en las últimas dos semanas mi número de seguidores en Twitter se ha duplicado, creo que el dragón gusta. Durante las vacaciones he escrito menos de lo que me habría gustado, pero he aprovechado el tiempo para leer y he corregido dos novelas. He recibido muy buenas críticas por parte de varias personas sobre lo que llevo escrito hasta el momento. Ah, ¿y te he dicho que soy feliz?

No me he olvidado de ti. Han pasado diez días desde que vine a dejarte un trocito más de Thèramon. Tampoco es que haya estado desaparecida un mes. Han sido diez días muy intensos. He estado muy ocupada viviendo y disfrutando, después de tantos meses de solo vegetar. Pero te he tenido presente en todo momento. Porque sin ti este blog y todo lo que voy haciendo no tendría sentido. Así que no te olvides tú tampoco de Thèramon, ni te olvides de mí.

Hoy mi hermanita me ha esrito un mensaje. "Llevo ya tres días entrando cada dos por tres a ver si ya habías colgado algo y estoy de los nervios. Necesito mi dosis". Como en los viejos tiempos. Así que aquí está, la dosis de Sara, con mis disculpas por tenerte de los nervios y todo mi amor, mi niña. Espero que disfrutes del pedacito de hoy. Y recuerda que nunca me olvido de ti.

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© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Sombras y Notas (VI)

"El interior del castillo era lóbrego y ruinoso, pero el muchacho parecía conocerlo bien y no permanecieron en él mucho tiempo. Salieron a la ciudadela por una ventana después de comprobar que no había nadie a la vista y echaron a correr, alejándose del castillo. Ya podían ver a lo lejos las siluetas de las torres del castillo de Cornell recortadas contra un cielo sin estrellas. Silenia se detuvo bruscamente. El muchacho tiró de ella, pero la niña no se movió.
—¿Qué sucede? —le preguntó, volviéndose a mirarla.
—Vamos en dirección este —dijo Silenia. El muchacho asintió con la cabeza—. Vamos mal. El arco se encuentra al noroeste. El único arco abierto en la muralla. No hay salida por aquí.
—Confía en mí, princesa. Te aseguro que vamos en la dirección correcta. El castillo de tu padre se encuentra al noreste de aquí, y es al castillo de tu padre adonde queremos llegar, ¿no es cierto?
Silenia movió la cabeza.
—Escuchad, yo no conozco la ciudad. Nunca he salido de la Sección Mersha. De hecho, lo único que conozco bien es el Laberinto, y el edificio de los Archivos. Pero conozco la muralla, y sé que ésta sólo tiene una puerta.
El muchacho la miró sonriendo. Las sombras de la noche se retiraban con pereza, anunciando la inminente aparición de Plio, y empezaba a poder ver con claridad su rostro de niña hermosa.
—Es cierto —asintió—. Sólo hay una puerta. Un arco, en realidad. Abierto todo el tiempo, y no vigilado por Guardias. De cada arco parte una Calle Real, y cada Calle Real va a morir en la Plaza del Encuentro. ¿Eso es lo que te han enseñado tus preceptores?
—Conozco la historia de la ciudad, así como su geografía —asintió Silenia—. Y conozco sus murallas —insistió con terquedad.
—Bien, pero yo conozco sus calles, y sus atajos. No necesitamos bajar hasta la Plaza del Encuentro y volver a subir, nos llevaría demasiado tiempo. Hay formas de saltar la muralla, hay caminos abiertos en ella. No te ofendas, princesa, pero has aprendido con libros de historia anticuados. Te he prometido que te llevaría en menos de una hora, y eso es lo que haré. Tienes que confiar en mí.
Ahora que las sombras se retiraban, Silenia podía ver mejor el rostro del muchacho. Su sonrisa le hacía parecer más joven de lo que sin duda era. Se le veía seguro de sí mismo, y honesto. No era ningún chiquillo jugando a los exploradores.
—Confío en vos, señor —le aseguró.
Räel Polita era distinta vista desde el Corredor. Cuando uno corría por sus calles, descubría detalles de su geografía que no podían distinguirse desde lo alto de la muralla. Habían transcurrido cientos de años desde que las cinco pequeñas ciudades se unieran para formar una sola. Las antiguas murallas, despojadas de su función defensiva, se habían convertido en un obstáculo incómodo para los Raelitaro, los cuales se habían dedicado a modificar su estructura para su propia comodidad. Existían más arcos, puertas e incluso caminos despejados entre los restos de las viejas murallas derruidas de los que se podían adivinar mirando desde arriba. Pronto se encontraron en la Sección Mersha, y los primeros rayos de Plio aún no asomaban por el horizonte.
El muchacho se detuvo a tomar aliento.
—¿Y bien? —preguntó. Como Silenia le mirase con expresión de desconcierto, él señaló hacia delante con una mano—. Ahí está el Fuerte de los Caballeros, y tras él la puerta de entrada a tu castillo. ¿Se te ocurre cómo podríamos atravesar el patio lleno de soldados sin ser vistos?
Esta vez le tocó a Silenia el turno de sonreír.
—El Fuerte no es el único modo de acceder al castillo —dijo, con aire de entendida—. Hay otra puerta, señor. De hecho, cada vez que he salido a la ciudadela he utilizado esa otra puerta. Pero está vigilada día y noche. Me temo que no podré entrar por allí, si no deseo ser descubierta.
Por primera vez, el rostro del muchacho mostró desconcierto y desánimo.
—Entonces, no ha servido de nada —dijo en voz baja—. ¿Me has seguido hasta aquí sabiendo que no podrías entrar en el castillo?
La sonrisa de Silenia se acentuó.
—Sabía que podría entrar —le aseguró—. Y necesitaré vuestra ayuda para hacerlo. Me habéis enseñado mucho esta noche. Ahora sé que no hay ningún obstáculo insalvable. Sé exactamente por dónde debemos entrar. Y no es por ahí.
Movió la cabeza en dirección a la puerta doble del Fuerte.
—Veréis, ahora estamos en mi terreno —le explicó con una expresión algo traviesa—. Como os he dicho, conozco bien la muralla, porque la recorro a diario, mirando hacia abajo. Hay cosas que no se pueden ver desde las alturas, y otras que sólo se pueden descubrir de ese modo. Puedo llegar a mis habitaciones desde los jardines. No se me habría ocurrido pensarlo, ya que el muro es alto, pero los muros no son un obstáculo para vos, ¿no es cierto?
Le guiñó un ojo, y el muchacho la miró con la boca abierta a causa de la sorpresa.
—Adelante, caballero, llevadme hasta mi castillo —le pidió ella con dulzura.
El muchacho se sonrojó.
Las primeras luces del día les encontraron en los jardines, subidos a un árbol frente a un gran ventanal. Silenia sólo tendría que saltar desde una rama y se encontraría dentro del castillo, a pocos metros de sus habitaciones.
—Ha sido una aventura estupenda —dijo Silenia, mirándole con gratitud y simpatía—. Me habéis ayudado mucho. No lo habría conseguido sin vos. ¿Por qué lo habéis hecho?
El muchacho la miró. Por primera vez desde que se habían encontrado podía verla perfectamente. De noche era bella. A la luz del primer amanecer, era hermosa como una criatura inmortal. Sonrió.
—Si has hecho tanto por ver a los Dragones Cisne, debes amarlos. Y cualquier amigo de los dragones es amigo mío.
Silenia deseó quedarse más tiempo hablando con él. Le había oído decir varias cosas que la habían intrigado. Pero era tarde, y se estaba arriesgando mucho al demorar tanto la despedida.
—Las Colonias no son un buen lugar par alguien como tú —susurró él—. Tu juventud y tus modales no pasan desapercibidos. Si se te ocurre hacer otra escapada, cuida mejor tu aspecto y tu forma de hablar, princesa.
Otra escapada. Había quedado claro que no podría regresar sin ayuda.
—¿A qué os referís? —preguntó, extrañada.
—A eso —el muchacho señaló la boca de la niña—. Hablas como los nobles. Si quieres pasar desapercibida y mezclarte con el pueblo, escucha hablar al pueblo.
Ella se ruborizó un poco. No tenía ocasión de escuchar al pueblo. Pero entendía lo que él quería decir. Miró su ventana. Los pájaros más madrugadores saludaban al nuevo día.
—Tengo que ver a los dragones —susurró, casi era un ruego.
—Dentro de unos años te permitirán salir y podrás verlos a la luz del día.
Silenia sacudió la cabeza y clavó sus ojos dorados en los de él, azules como el cielo de la tarde.
—No puedo esperar —rogó esta vez.
El muchacho la miró con atención. Parecía tan frágil, tan sola. Había súplica en sus ojos. Deseó abrazarla y darle consuelo. Por fin, esbozó una sonrisa y movió la cabeza.
—Te acompañaré, princesa.
Su decisión alegró enormemente a Silenia, hasta que se acordó de su promesa. No debía compartir con nadie su secreto. Le miró con tristeza.
—Debo ir sola.
Él se encogió de hombros, sin perder la sonrisa.
—Te acompañaré hasta el lugar en el que podrás verlos y te dejaré a solas con ellos —prometió—. Después te traeré de vuelta.
El rostro de Silenia se encendió. El corazón del muchacho también.
—¿Lo haríais?
—Lo haré.
Silenia pensó un segundo.
—¿Esta noche? —pidió—. ¿Me esperaréis junto a la puerta secreta? Saldré por allí.
—Allí estaré, Silenia, hija de Cornell —asintió el muchacho. Se llevó un puño cerrado a la frente y después al pecho.
Silenia saltó desde la rama y corrió hasta su habitación. El fuego de la chimenea estaba apagado, nadie había entrado todavía. Se asomó a la ventana y le miró por última vez. El muchacho descendió del árbol, atravesó corriendo el jardín y saltó el muro, y Silenia no le vio desaparecer por las calles de la ciudad. Buscó su camisón, se desvistió, descubrió que no le había devuelto la pelliza y la escondió entre las sábanas. Enseguida se metió en la cama y se durmió escuchando el canto de las aves, y un segundo antes de caer en el sueño se acordó de que no le había preguntado su nombre."

viernes, 7 de septiembre de 2012

¿Confías en mí?

Y siguen los cambios...
El entusiasmo que compartí contigo la última vez que me asomé a este lugar no se ha agotado, al contrario, crece cada día, y mi sonrisa perenne no hace más que acarrearme cosas buenas. Proyectos, encuentros, noticias, sorpresas, están pasando muchas cosas estupendas y mi mundo se está estabilizando. Vuelvo a escribir, y si pudieras ver lo que la Musa está haciendo con la novela que he retomado, te quedarías tan maravillado como yo. ¿Dices que te gusta la historia que vas leyendo en este blog? Pues la que tengo entre manos es infinitamente mejor. La prosa, uf, la prosa es una delicia: poética y evocadora, musical, onírica, como en la narración de El Origen de Thèramon, y al mismo tiempo atrayente y visual, directa, sencilla, como en el relato de Ógod, el Paladín de los dioses. Me gustaría decir que adictiva, emocionante y por momentos divertida, y siempre épica, pero no soy la más indicada para hacer una opinión de este tipo, no soy imparcial. Sin embargo puedo decirte esto porque he recibido la opinión de mis dos Lectores Cero, y ambos han coincidido en su valoración de los dos primeros capítulos. Si quieres un día de éstos te traigo sus opiniones, para que veas que no estoy exagerando.
Me siento muy bien. Viva. Llena de energía. Llena de Luz. Siento que empiezo a ser la diosa creadora de mundos en la que prometí convertirme. He vencido a la Sombra, me he deshecho de la influencia destructiva de Skadûr, y ahora todo está bien. Las cosas  vuelven a estar en su sitio, ya no hay bloqueo, ya no hay miedo ni tristeza, ahora sólo hay esperanza y mucho amor.
Tiempo y fe, te lo digo siempre. Nada puede torcer el destino, aunque algunas cosas puedan apartarte del camino y demorar la llegada de ese futuro que una vez viste en el interior de Miraphora, la Ventana del Tiempo.
Así que ama y cree, siempre. Porque todos los sueños se cumplen. Incluso los que parecen imposibles.
Confía en mí.

Como Silenia confió en el desconocido que prometió llevarla de vuelta a su castillo antes del primer amanecer.
¿Recuerdas el último capítulo? Espero que sí, porque hoy te dejo la continuación sin ofrecerte un resumen. Si te has perdido, siempre puedes volver a leer las entradas antiguas, para volver a coger el hilo de esta historia y continuar haciendo el viaje a mi lado. No tengo prisa, te espero si quieres. Coge mi mano, no volveré a fallarte. ¿Confías en mí?

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© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Sombras y Notas (V)

El muchacho agarró la cuerda con ambas manos; en una sostenía el grueso de la soga, con la otra la balanceó. El objeto metálico se movió en el extremo. Entonces el muchacho lanzó la cuerda hacia lo alto, no hacia la muralla sino hacia la misma torre, con un gesto cientos de veces practicado; el garfio se enganchó en algún lugar, pero Silenia no supo decir dónde a causa de la oscuridad que se retiraba sin prisas. El muchacho le rodeó la cintura con un brazo, sin pedirle permiso ni disculpas, y aferró la cuerda con su mano libre; enroscó la soga a su muñeca, tomó impulso y saltó. Silenia, demasiado desconcertada como para reprocharle su exceso de confianza para con la hija de un rey, se encontró de pronto volando sobre las aguas negras del foso, y escondió su rostro en el pecho del muchacho para no gritar de miedo. Pensó que iban a estrellarse contra la muralla, y que caerían inconscientes al foso, donde serían devorados por los peces comedores de carne. El muchacho adelantó los pies y frenó con ellos su vertiginoso avance. Silenia le oyó susurrar:
—Ahora agárrate con fuerza a mí, princesa; necesito ambas manos para trepar por la cuerda.
Silenia lo hizo. Se abrazó a él como a un viejo amigo, y notó los rápidos latidos del corazón del muchacho. Se preguntó si él tendría tanto miedo como ella. Se preguntó si él habría trepado por la cuerda otras veces. Se preguntó si una cuerda tan delgada soportaría el peso de ambos sin romperse. El miedo no la dejaba hablar, y se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados para que no se le escaparan las lágrimas.
—Lo estás haciendo muy bien, princesa —le oyó decir en voz baja.
Silenia abrió los ojos y sólo vio la garganta del muchacho. Alzó la cara y se sorprendió cuando vio que él sonreía; a pesar del esfuerzo, a pesar de que todos sus músculos estaban en tensión, incluso los del rostro, conservaba la sonrisa. O estaba muy seguro de sí mismo, o era un loco. Ella había confiado en él, había puesto su vida y su seguridad en sus manos. No dudaba de ese muchacho. Apretó la mejilla contra su pecho y escuchó su corazón.
Muchos metros más arriba, la princesa se atrevió a mirar si había soldados en el camino de ronda, y descubrió que no ascendían por la muralla, sino por la misma torre. El garfio se había enganchado en alguna especie de ventana, acaso una aspillera o una saetera. El muchacho pretendía entrar en la torre del castillo abandonado por una abertura poco más ancha que la hoja de un cuchillo. Silenia tembló.
El muchacho detuvo su ascenso. Podía sentir sobre su pecho los latidos del corazón de la niña, y su respiración agitada. Estaba asustada; no podía saber que él había hecho aquello cientos de veces, que nunca había resbalado ni pensado que la cuerda podría romperse y él precipitarse al foso, que jamás le habían descubierto. Quedó colgado sobre las aguas unos instantes y miró a la niña, preocupado, para cerciorarse de que se encontraba bien. Deseó acariciarle la cabeza, abrazarla y decirle que estuviera tranquila, pero no quiso soltar sus manos de la cuerda. Tampoco se atrevía a susurrarle alguna palabra de ánimo, porque podrían descubrirles en aquel denso silencio. La vio sonreír y pensó que, aunque asustada, era valiente. Movió la cabeza en un gesto de ánimo y miró hacia la muralla. El soldado de la Guardia alcanzó el costado de la torre, miró desde el parapeto y se dio la vuelta.
Ascendieron cuando el vigilante se hubo alejado unos cuarenta metros. Ágil y silencioso como una araña, el muchacho apoyaba los pies en el muro y trepaba con la princesa fuertemente abrazada a su cuerpo. Le gustaba sentirla tan cerca, a pesar de que acababa de conocerla y nada sabía de ella salvo su nombre. El amanecer se acercaba, no podía quedarse allí contemplándola. Redobló sus esfuerzos. No era momento para perderse en sueños.
Pronto llegaron a un vano. Tiempo atrás había sido una aspillera, pero en algún momento varias piedras se habían desprendido del muro y ahora existía una ventana lo suficientemente grande para que un muchacho de su complexión entrara por ella. Aferrado con una mano a la cuerda, usó la otra para alcanzar el ventanuco, se apoyó en el borde con cuidado de no aplastar a la niña, soltó la cuerda, comprobó que se sostenía sin riesgo de caer y cogió a la princesa por la cintura mientras ésta se desasía de él y se agarraba al hueco, al que trepó después con asombrosa agilidad. Entró por el agujero detrás de ella, desenganchó el garfio y guardó éste y la cuerda en su bolsa de cuero. Intercambiaron una sonrisa y se asomaron a la ventana. Ya no podían ver la muralla. Se sentaron en el suelo a recuperar el aliento.
—Por un momento pensé que no lo conseguiríamos —susurró Silenia, y le dirigió una mirada llena de respeto y admiración—. Debo decir que me equivoqué con vos, sois un hombre sorprendente. Os doy las gracias.
—No lo habríamos conseguido si no me hubieras ayudado tanto, princesa —dijo él, ruborizado de placer—. Eres muy valiente.
—¿Yo os he ayudado? —se extrañó Silenia, aunque se sentía complacida por sus palabras—. Sois vos quien ha trepado conmigo a cuestas, yo sólo me he agarrado a vos y no he tenido que hacer ningún esfuerzo.
—No te has dejado llevar por el pánico, lo que habría hecho que nos descubrieran, ni te has puesto nerviosa, evitando así que cayéramos los dos —explicó él—. Lo has hecho muy bien. Tu padre estaría muy orgulloso de ti.
El rostro de Silenia se ensombreció.
—No es cierto —dijo con tristeza—. Mi padre se enojaría mucho conmigo si descubriera que he salido de la ciudad antes de la edad permitida y sin un Paladim, incumpliendo así las dos leyes más importantes.
El muchacho la miró sin comprender.
—La Ley dice que todos los nobles deben ir acompañados por uno o varios soldados, que cumplen la función de Protectores —explicó la niña—. Debo esperar a cumplir quince años para que se me permita salir de la ciudad por primera vez, y debo elegir a mi Protector, entregarle la Insignia que yo misma habré bordado y hacer un pacto con él. Hasta entonces, cada vez que salga del castillo he de ir acompañada por el aya, que lleva dos Paladim para que velen por nosotras.
—¿Qué requisitos debe cumplir un soldado para ser elegido como Protector? — quiso saber el muchacho.
Silenia tenía la mirada puesta en la ventana.
—Tal vez os lo cuente en otra ocasión — dijo—. Empieza a clarear, no podemos perder más tiempo. Me habéis devuelto a la ciudad antes del alba, pero eso no es suficiente. Debo volver al castillo. ¿Querréis seguir ayudándome?
El muchacho sacudió la cabeza.
—Por supuesto que sí, princesa —miró por la ventana y pensó durante un momento—. Disponemos de una hora, más o menos. Y no hay Guardias que custodien los arcos de entrada a las distintas Secciones. Podemos conseguirlo. Podremos llegar sin ser vistos a la Sección Mersha.
Silenia no compartía su entusiasmo.
—Räel Polita es muy grande; tardaremos más de una hora en atravesarla.
El muchacho sonrió.
—Menos, si tomamos un par de atajos —dijo, y le guiñó un ojo—. Confía en mí.
Se puso en pie. Silenia se estremeció.
—¿Vamos a entrar en el castillo del Espectro? —preguntó, asustada, recordando las historias de fantasmas que había oído contar.
—Es la forma de bajar a la ciudad —asintió él.
Silenia se puso en pie, se apartó de la ventana y vio que el interior de la torre estaba oscuro como boca de lobo.
—Dicen que hay fantasmas —susurró.
Le oyó reír en voz baja.
—Ahora os burláis de mí —protestó. Por primera vez desde que se habían encontrado pareció una niña pequeña.
El muchacho se acercó a ella.
—A ver si lo entiendo —dijo—: has salido de la ciudad por una puerta secreta que no puedo imaginar de dónde arranca ni por qué caminos discurre, has cruzado las Colonias sin miedo a los ladrones y has vagado toda la noche sola, ¿y te asustas ahora de fantasmas que no existen? —sacudió la cabeza.
—¿De veras creéis que no existen?
—Yo nunca los he visto —el muchacho se encogió de hombros—. Y te aseguro que he entrado muchas veces. Confía en mí, no tenemos mucho tiempo.
Silenia confió en él.

domingo, 19 de agosto de 2012

Laudaner


Te prometí que el domingo te mostraría algo muy especial. Bea siempre cumple sus promesas.
Uf, qué nerviosa estoy. Y qué emocionada!!!

La entrada de hoy habla de cambios. Los habrás visto al llegar. ¿Qué te parece el nuevo diseño? A mí me gusta más que el anterior. De hecho, cuanto más lo veo, más me gusta. Y eso que me daba tanto miedo cambiarlo. Ahora podrás leer las entradas con más comodidad, ese fondo azul claro es menos agresivo que el negro con letras blancas, ¿no te parece?
El fondo es obra de Ana, digamos que ha sido nuestro primer contacto (el mío, al menos) con un programa llamado Gimp para retocar fotos y hacer diseños chulos. Yo lo más que conseguí fue aplastar la foto de la cabecera, que era lo que quería, por cierto: adoro esa foto, pero me parecía demasiado grande, ¿cómo conseguir una cabecera algo más discreta sin eliminar a Halodan, que le confiere toda la personalidad al blog? Éste fue el resultado. También he cambiado las letras del título, ahora tienen un aire más épico, ¿no crees?

Pues vaya cosa que me enseñas, quizás estés pensando. Sí, el diseño no es lo mío. Tampoco los cambios. Me siento cómoda con lo que conozco, aunque no sea perfecto. Cambiar es una especie de trauma, algo que me aterra, que me bloquea y me paraliza. Pero lo cierto es que llevo meses bloqueada y paralizada... ¿Debería decir llevaba?
Algo ha cambiado.
Y éste es el resultado. Lo que vas a leer. No es el diseño lo que quería mostrarte hoy, lo que prometí enseñarte. Es el relato. Un relato nuevo, recién salido del horno, como se suele decir.
Espero que te alegre. Es lo primero que escribo en meses. Y ha salido casi de un tirón. Casi como en los viejos tiempos.
Quería compartir contigo mi entusiasmo y mi alegría.

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

LAUDANER

“Cada tarde, a la misma hora, durante un instante que parece eternizarse, los cielos arden en una explosión de color: oro, granate y turquesa mezclados, la demostración visible del amor de dos seres inmortales que son tan reales como las criaturas que contemplan su unión con el corazón encogido y los ojos maravillados. El tiempo parece detenerse. Thèramon aguanta la respiración. La oscuridad no se atreve a hacer acto de presencia. Ungetsu aguarda su momento, respetuosa y emocionada.
Es la hora del ocaso.
Y a pesar de que se trata de un espectáculo que se repite a diario, no por ello deja de resultar emocionante y digno de ser contemplado.
Pero hay mucho dolor detrás de tanta maravilla. Cuán grande es la pasión de Fsaira, qué inmenso su amor, que no puede ser correspondido, profundo ha de ser su pesar, tanto como el mío, pues amo lo que no puedo tener. Lo que ni siquiera consigo encontrar.
Habría dado mi vida por volver a verle, por ser su elegida, por tener el honor de protegerle. Por volver a escuchar su hermosa voz, su risa burbujeante, semejante al rumor de los arroyos. Por acariciar de nuevo sus sedosas crines y verme reflejada en el violeta de sus ojos. Lo habría dado todo por él. Lo di todo. Mi vida, mi cordura, mi voz, mi último aliento, todo lo perdí mientras le buscaba, mientras le esperaba. Al unicornio que me hizo una promesa que jamás llegó a cumplir.
—No puedes encontrar al unicornio, Bema; no, si él no desea ser encontrado.
Kylos se acerca revoloteando, llenando el aire con ese sonido de campanillas que ya adoro. Hubo un tiempo en el que las notas de mi llaut sonaban con la misma belleza. Un tiempo en el que mi voz apagaba todas las demás voces. En el que era respetada y admirada, la más grande laudaner de Thèramon que ha dado esta Era.
Pero perdí mi voz, enfrascada en una búsqueda que todavía no ha terminado.
Perdí la cordura, la fe en los dioses, el deseo de vivir.
Perdí la capacidad de narrar historias.
Perdí mi camino. Me perdí a mí misma.
Largo ha sido mi viaje, a través de un sendero tenebroso, sin una luz que me guiara, pues ya no podía verla en sus hermosos ojos. Febril ha sido mi empeño, intenso mi deseo, fluctuante mi fe. Por momentos pensé que los dioses me mostraban el camino, por momentos sentí que me habían abandonado. Mi corazón me decía que nunca hay que dejar de luchar por lo que se ama, que siempre hay que perseguir el sueño que nos mantiene con vida. Pero mi corazón fue tocado por la amargura, dañado por la indiferencia, quebrado por la traición, y perdí las fuerzas para seguir buscando. Me detuve. Temerosa de pronto, envuelta en una gélida oscuridad. Perdida, rezando a los dioses, esperando que él viniera a mi encuentro y me sanara.
Esperando. Sin moverme, esperando a la vera del camino, enferma, inerte. Dejé de buscar, me limité a esperar. No sucedió nada. Los dioses enmudecieron, la oscuridad me envolvió, tardé en comprender que mi inmovilidad había hecho que todo se detuviera a mi alrededor.
—Continúas buscando en el lugar equivocado.
No me muevo. No giro la cabeza para buscar a la criatura que me acompaña desde hace ya algún tiempo. Al igual que el unicornio, Kylos no se deja ver fácilmente. Su voz parece proceder de todas partes, su aleteo me rodea, su risa me envuelve. Pero es tan diminuta que no sabré localizarla, no importa el empeño que le ponga. Podría mostrarse ante mí con un tamaño mayor, pero no quiere hacerlo. Tampoco se lo pido. Bastante honor me hace al quedarse a mi lado. Las Gudamin no gustan de alejarse de su hogar; y aunque disfrutan con la compañía de algunos dizseiim, no suelen prolongar sus encuentros con ellos. Por algún motivo que no me ha explicado, ha decidido acompañarme en mi viaje. Un trecho. No sé hasta cuándo. No quiero aventurar nada. No me hago preguntas. Hace mucho tiempo que no me siento viva.
Tampoco me importunan sus palabras. Es una criatura muy sabia. Y el sonido de su voz me reconforta. Ignoro si sabe hasta qué punto.
—La búsqueda del unicornio es la búsqueda de uno mismo —dice, y siento una especie de caricia en un lado del rostro. Me gusta que haga eso. No quiere aumentar su tamaño para que pueda verla mejor, pero siempre me avisa de su presencia, primero me llega su voz, después me regala el roce de sus delicadas alas iridiscentes.
Creo que sonrío, pero lo hago sin darme cuenta. Creo también que mi sonrisa es triste. Sí, todavía lo es. Aún siento un vacío en el pecho que me produce dolor. Aunque desde que Kylos está cerca, mi corazón ya no sangra. Y mis ojos ya no están cerrados. La Gudamin me ha ayudado a abrirlos.
—Te estás perdiendo el ocaso.
Vuelvo a sonreír, todavía sin humor, pero ya sin pena. Demasiado tiempo mis ojos han estado velados por una densa oscuridad que me impedía disfrutar de tan magnífico espectáculo. Ahora que de nuevo puedo ver, no estoy mirando al cielo. Sobre nuestras cabezas está teniendo lugar el encuentro entre Fsaira y Aeblir, pero mi atención se halla centrada en un punto más cercano. Miro delante de mí, no puedo dejar de mirar la imponente figura que me devuelve la mirada, mientras me pregunto, admirada y llena de temor, qué quiere de mí, cuáles son sus intenciones; por qué no se aparta, o me ataca, o al menos deja de mirarme. O me habla.
Mientras me pregunto si mi búsqueda ha concluido, o si es el propósito de mi viaje lo que ha cambiado.
Acaricio las cuerdas de mi llaut. Las notas que le voy arrancando estos días no conforman una melodía, pero a mis dedos les agrada el contacto, y mi corazón reacciona con anhelo a cada una de esas notas sueltas. Deseo volver a oir el sonido de mi propia voz declamando la más hermosa de las laudanas que jamás se hayan escrito. Si pudiera, si tan sólo fuera capaz...
—Si te atrevieras —Kylos vuelve a leer dentro de mí.
Si me atreviera. La Gudamin tiene razón, como de costumbre. He tardado en comprender que la oscuridad pudo tocarme porque mi temor se lo permitió. Sentía el corazón tan vacío, que lo llené de dudas, en lugar de llenarlo de esperanza. Pero Kylos me recordó que En el principio era el Vacío, y recitando los versos de la historia que tantas veces he narrado me abrió los ojos: Pero las primeras estrellas no habían nacido todavía, y aún tardarían en aparecer, pues no era su destino ser creadas, sino que habrían de surgir del dolor y de la pérdida. La Oscuridad es real, no así los motivos que encontré para dudar. Si encontraba una nueva esperanza, si permitía que surgieran las estrellas, la oscuridad se retiraría.
Pero llevaba tanto tiempo buscando al unicornio... ¿Debía olvidar mi anhelo, inventarme una ilusión nueva que me devolviera la esperanza?
—No tienes que renunciar a tu búsqueda —me dijo un día la Gudamin, con su voz semejante a campanillas de cristal—. Sólo debes empezar a mirar en el único lugar en el que aún no has buscado. Mira dentro de tu corazón.
Y lo hice.
Ahora sé que no perdí la voz, que elegí enmudecer. Escogí dudar, escogí temer, escogí morir. Me detuve, y el mundo se detuvo a mi alrededor. Nada pasó, tan sólo los días. Kylos me hizo comprender muchas cosas, me hizo ver que no hay decisiones irrevocables. Que podía elegir de nuevo. Volver a tener un sueño. Recuperar la esperanza. Creer en mí misma otra vez, crear música como en el pasado, ser de nuevo la mejor laudaner de Thèramon. Era mi decisión.
Podía elegir ponerme en pie, y eso fue lo que hice.
Deseé. Creí. Recé. Recuperé mi llaut y recité con ella: De este modo el Vacío dejó de ser Berindei, la Nada Infinita, y desde ese momento fue llamado Viorel, que en la lengua de los heryshi significa Lleno de Vida.
Cuando di el primer paso, algo ocurrió. Algo que no había esperado.
Yo estaba buscando al unicornio... y encontré a un dragón en el camino.
Es al dragón a quien miro ahora, mientras los cielos arden y una Gudamin encantadora y diminuta me arrulla con su risa burbujeante al tiempo que me acaricia con sus alitas iridiscentes. Al dragón que me devuelve la mirada, inmóvil a apenas unos pasos de donde yo me encuentro.
—¿Debería sentir miedo? —pregunto en voz baja, no sé si hablo con Kylos, con el dragón o conmigo misma.
El enorme dragón ladea la cabeza, sus ojos refulgen un instante con un fuego dorado, ésa es toda la respuesta que obtengo por su parte.
La pequeña Gudamin ríe, campanillas llenando el silencio, revolotea junto a mi cabeza, todo su cuerpo despide destellos irisados.
—Lo desconocido siempre causa miedo. Lo nuevo siempre asusta. Tú decides si echas a correr y vuelves a esconderte, o te acercas y te atreves a descubrir qué tratan de decirte los dioses al enviarte a uno de sus elegidos.
—Los dioses se divierten hablando con enigmas. Yo buscaba al unicornio. ¿Por qué encuentro a un dragón?
—Los unicornios y los dragones son criaturas muy parecidas, Bema, ambos proceden de la misma fuente, ambos son hijos de los Primeros Dioses que moraron en Wad Ras. Los unicornios llevan la esencia de Ergin, y los dragones la de Enlil, los dioses hermanos, los Primeros Padres. No te extrañe lo que has encontrado, los dioses saben que es lo que estabas buscando. Pero recuerda que la búsqueda del unicornio es una búsqueda interior. No encontrarás al unicornio en otro lugar más que en tu corazón. Puede ser que ya lo hayas encontrado, y que tu unicornio interior haya invocado a este dragón, pues los dragones nacieron para amar y proteger a los unicornios, como bien sabes, dado que conoces mejor que nadie la Historia de Thèramon y sus orígenes.
—Pero no todos los dragones son buenos. Algunos se dejaron seducir por el poder ponzoñoso de la Sombra.
—Tú misma te has dejado arrastrar por la oscuridad de Skadûr, y eso no significa que tu corazón no sea puro.
Suspiro. Kylos tiene razón. Siempre la tiene.
Y yo no puedo apartar mis ojos del dragón. No puedo decir a qué raza pertenece. Definitivamente, no es uno de los Sungë, los hermosos perlados que surcan los cielos sin alas, ni uno de los Kanzio, que se deslizan sobre la tierra sin patas, como gigantescas serpientes del color de los bosques ancestrales; tampoco uno de los Swann, que viven en las aguas, semejantes a enormes cisnes plateados. Su aspecto es imponente y casi amenazador, pero no es negro como los perversos Darok, que sirven al poder que busca la caída del unicornio, tampoco es de color rojo, como los Ygnos que moran en el Desierto de las Ilusiones y no sirven más que a sus propósitos; ni azul, como los fieros y compasivos Nyil, amigos de los Blaük Duneii.
Su aspecto me recuerda a los dorados Gwold, de los que mucho se habla y tan poco se sabe, porque hace muchas Eras que los Dragones Dorados desaparecieron sin dejar rastro. Aunque hay quien dice que los Gwold eran los descendientes directos de Halodan Sturgeon, el primer dragón que pisó Thèramon, el hermoso Blanco del que nacieron los primeros Baskonios.
Podría ser un Baskonio. Podría ser un auténtico Onii que haya elegido esta Apariencia para mostrarse ante mí, porque no desea mostrarme su verdadero aspecto. No lo sé. Me intriga. Quisiera descubrir qué hay detrás de lo que mis limitados ojos de dizseiim son capaces de ver.
—¿Por qué no deja de mirarme?
—Los dragones son sensibles a la belleza, Bema, y aman especialmente la música. Tú posees las dos cosas que podrían atraer a una criatura como ésta.
—Te equivocas, Kylos, yo no soy hermosa...
—Claro que lo eres. Posees una luz interior tan hermosa que es capaz de competir con la propia Ungetsu, ¿cómo no iba a adorarte ese dragón, que nació amando a la Luna Oculta?
—...Y tampoco puedo crear música, hace tiempo que lo intento, pero he olvidado cómo se hace.
—Eres una laudaner, Bema, la mejor que ha dado esta Era. Hay música en tu voz, y en tus palabras. Cuando cantas laudanas ya existentes, cuando recitas historias ya escritas, cuando narras otras que vas creando sobre la marcha. Naciste con ese don, y no puedes deshacerte de él, como no puedes arrancarte el corazón voluntariamente. El corazón se rompe, pero nunca del todo. Y la voz se apaga, pero nunca para siempre. Ahora vuelves a sentir los latidos de tu corazón; del mismo modo, volverás a narrar las historias de Thèramon que tantos aman. Es tu destino.
Siento que algo está cambiando. Que el mundo que me rodea ha comenzado a moverse de nuevo. Mi decisión de levantarme y seguir caminando ha hecho que lo demás se mueva conmigo. Y el movimiento me ha traído algo que no había imaginado.
Miro al cielo un momento. Los amantes reunidos inician el camino de regreso hacia el horizonte oriental. La noche se despliega en silencio, pronto los más afortunados podrán volver a ver el rostro hermoso de la Luna Oculta. Pero no es el final de otro día, sino el comienzo de uno nuevo. Es la hora del amanecer.
Y el dragón parece sonreír, como si supiera lo que estoy pensando. Supongo que lo sabe, los dragones tienen ese poder.
Es una criatura hermosa, como lo son todos los dragones. Es un enviado de los dioses, no puede ser de otro modo. Cierto que su tamaño me asusta. Pero su presencia me reconforta. El propósito de los dioses, lo desconozco. Y sin embargo, me hablan, y yo escucho. Los dioses no suelen darnos lo que queremos, pero sí lo que necesitamos.
Y algo está cambiando. A mi alrededor, también en mi interior.
Me asustan muchísimo los cambios, pero estoy aprendiendo a aceptarlos.
Y si los dioses hablan, es porque el momento se acerca. El momento de hacer realidad mis sueños. Y me pregunto si estoy preparada. Parece ser que los dioses piensan que sí.
Así que me siento más fuerte.
Y miro al dragón con otros ojos. Y empiezo a acercarme a él. Con cautela, pero sin miedo.
Lo que me aguarda más adelante, no me atrevo a aventurarlo.
Pero llevo mi llaut conmigo, y ¿sabes?, vuelvo a ser capaz de tocarlo. Y me gusta la música que surge de sus cuerdas. Mírame, soy una laudaner, y tengo muchas historias que contarte.
No temas al dragón que me acompaña, yo ya no lo hago. Más bien agradece su presencia, porque me ha devuelto la voz.
¿Quieres ponerte cómodo? He venido a cantarte una laudana. Escucha, siente la música, déjate mecer por mi voz. La historia que vengo a contarte es la más hermosa que el mundo ha escuchado jamás.
Es la historia de Thèramon. Es mi historia. Y también es la tuya.
Y empieza aquí...”

miércoles, 8 de agosto de 2012

¿Imposible regresar?

Agosto. Todo el mundo parece estar de vacaciones. Todos menos yo. Y este año ha sido porque así lo he querido. Para un año que me toca coger mis quince días en el mes más solicitado, voy y decido que prefiero esperar a septiembre para desconectar del trabajo y quedarme en casa escribiendo. Porque soy optimista, y pretendo recuperar el ritmo a lo largo de este mes, y así aprovechar las vacaciones para avanzar en la escritura de Criatura de Fuego, Criatura de Luz.

Como ya te dije, la opinión de mi Lector Cero me ha ayudado a resolver las dudas que tenía. Dudas acerca de la prosa, y del ritmo narrativo. El capítulo en el que me quedé atascada ya no supone un problema, sé lo que tengo que corregir y cómo seguir, y lo que no sé lo sabe mi Musa, así que tampoco me preocupan los posibles giros argumentales. Siempre he escrito de esta manera: casi de forma automática, dejando que la historia se cuente por sí misma (¿dejando? jajaja, curiosa manera de decirlo, ya que no es cuestión de permitir, sino de aceptar), por lo que soy la primera en sorprenderme cuando leo lo que la propia historia me dice. Pero la prosa... ah, compañero, el tema de la prosa sí que me tiene preocupada. Porque te gusta lo que voy colgando en este blog, te gustan los relatos de Los Prados de las Fuentes Cristalinas, una historia que lleva diez años escrita, y es mucho lo que mi prosa ha cambiado desde entonces. ¿Evolucionado? Quiero pensar que sí. Es más musical, más hermosa, más poética, y menos ñoña. Lo que me estaba haciendo dudar era pensar que, si te gusta lo que lees aquí, quizás no te guste lo que leerás dentro de un tiempo; también que, si eres un lector exigente y no te entusiasma lo que ves ahora, quizás no tengas interés en descubrir lo que verás después. ¿Debería, pues, seguir trayéndote capítulos de esta vieja historia de Thèramon? ¿Me estoy haciendo una publicidad negativa, de cara al futuro?

No temas, voy a seguir contándote esta historia. Pero debo advertirte: lo que me traigo entre manos ahora es mucho mejor. Pretendía decir que es infinitamente mejor, pero no quiero parecer demasiado pagada de mí misma. Al menos, no presumiré hasta que la nueva historia de Thèramon esté terminada.
Pero es buena, muy buena...

Sobre el ritmo narrativo te hablaré en otro momento. Hace días que no lees nada sobre Silenia, y no quiero tenerte esperando más tiempo. He titulado la entrada de hoy ¿Imposible regresar? porque este fragmento de la historia empezó con una pregunta: ¿Imposible escaparse? La aventura de Silenia no termina en el relato de hoy, de hecho, he vuelto a cortar el capítulo porque de nuevo era demasiado extenso. Ahora estoy pensando en Ana, y en lo que hablamos hace unos días acerca de la diferencia entre extenso y largo. Cuando no pasa nada, cuando no hay acción, el relato se hace largo (lo que en mi idioma equivale a aburrido), mientras que cuando empiezan a pasar cosas, no importa cuántas páginas ocupe lo que estás leyendo, porque disfrutas con lo que lees.
Como en la vida.

Cuando no hay novedades, cuando cada día es igual al anterior, cuando no ocurre nada que te haga mirar al futuro con esperanzas renovadas, la espera se eterniza, y pierdes los ánimos, y pierdes la fe. Te aburres, te cansas, te desesperas. Te preguntas si merece la pena soñar, desear, esperar. Amar y creer. Un día miras hacia atrás y te das cuenta de que has perdido meses de tu vida, ¡se te han hecho tan largos, tan duros! Pero de pronto te parece que han pasado en un suspiro. Los has perdido. No has aprovechado el tiempo. Y aunque no ha pasado nada, muchas cosas han cambiado. Lo único que no ha cambiado es lo que tú sientes. Y te preguntas si será posible recuperar lo que tenías, lo que tanto amabas. ¿Imposible regresar a ese lugar en el que has sido feliz? Empiezo a creer que la única forma de regresar es seguir caminando, no mirando hacia el pasado sino hacia el futuro, creyendo que lo encontrarás más adelante en el camino. Y eso es lo que estoy haciendo, no está siendo fácil, pero mi fe sigue intacta, y también mi amor. Es hora de mirar hacia delante, de seguir escribiendo la historia que quedó interrumpida, de hacerla crecer, de hacerla realidad. De creer que todos los sueños se cumplen, incluso cuando parece que esos sueños se han hecho pedazos.
Llámame tonta, pero amo y creo.
Todavía. Siempre.

Perdona si soy insistente, pero de nuevo te pido que, si te gusta lo que has leído, dejes tu comentario. Me ayudas, ya sabes.
Me pregunto si hay alguien que no esté de vacaciones. Si hay alguien que vendrá a leer el capítulo de hoy.
Bueno, qué demonios, me apetecía compartirlo. Puede que sí haya alguien, puede que vengas tú.

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© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Sombras y Notas (IV)

"Supo, antes de mirarle, que ese muchacho no era Eugene, y tampoco alguien a quien ella conociera. Supo también, o más bien lo creyó, que éste, fuera quien fuese, no era peligroso como la anciana. Se lo dijeron el sonido del viento y el sonido del agua, mezclados con el de su propio corazón conformaban una melodía tranquilizadora. Silenia se relajó.
Cuando miró al muchacho, le vio sonreír.
—Ha ido por poco —susurró él, medio sofocado aún por la carrera; la miraba con una sonrisa amistosa y un poco traviesa—. Si los dragones no me hubieran avisado, esa bruja se te habría comido ahí mismo.
Silenia ahogó una exclamación.
—¿Habéis visto a los dragones? —preguntó, al borde del colapso.
El muchacho rió. Su risa era franca, sana, y no había en ella rastro de maldad.
—Pues claro, vengo a verlos a menudo.
Silenia miró a sus espaldas; allí estaba el Estanque, en completa calma. Delante de ella, una desierta oscuridad. La ciudad había quedado muy atrás. La noche avanzaba rápida. El muchacho se había recostado contra el tronco del único árbol que Silenia había visto desde que llegara al límite de las Colonias.
—¿Dónde...? —preguntó, señalando el agua—. ¿Dónde están?
El muchacho se encogió de hombros.
—Se han marchado —dijo—. A dormir, tal vez. Quién sabe. Lo que es seguro es que ya no volverán, no esta noche.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque sólo asoman una vez. Cuando deciden marcharse, no hay nada que les haga volver. A menos que alguien los llame, claro. Pero yo no conozco la manera de llamarles.
Silenia se dejó caer sobre el suelo, abatida. Sintió el escozor de las lágrimas y luchó por contenerlas. El muchacho se apartó del árbol y se acuclilló junto a ella. El estilete llamó su atención y se lo arrebató para admirarlo a la luz de las estrellas.
—Así que vienes de los castillos, y quizás éste es tu primer paseo por el pueblo de los rufianes. Ésta es un arma de aprendiz, ¿vas a ser soldado?
Cuando Silenia alzó la cabeza para mirarle, la lira mágica brilló entre su pelo. El muchacho frunció el ceño.
—Espera, ¿qué clase de soldado, por muy noble que sea, llevaría un pasador de brillantes en el pelo, como una chica?
Silenia se llevó una mano a la cabeza y advirtió su descuido. Se ruborizó.
El muchacho se acercó más, tanto que la princesa pudo sentir su aliento en la cara. Se apartó de él, sobresaltada. Le oyó reír.
—¡Por los dioses! Eres una chica, y no un soldado. Y pareces muy joven —se sentó en el suelo, frente a ella—. ¿Se puede saber cómo has llegado hasta aquí? Este lugar no es seguro para una muchacha, y queda muy lejos de los castillos.
Aquéllas habían sido casi las palabras que pronunciara la bruja varios metros atrás. Silenia se puso tensa. Se dio cuenta de que era una niña indefensa hablando con un desconocido. Y él tenía el estilete en sus manos.
—¿Por qué habría de responderos? —preguntó, a la defensiva.
El muchacho se tomó un minuto para pensar una respuesta.
—Porque yo no te pediré nada a cambio de esa información —se le ocurrió. Le devolvió el arma—, ni por escoltarte hasta el castillo del que te has escapado, si es que tienes intención de regresar. Pero eso no podrá ser hasta el amanecer, y la noche es fría, y hablar es una forma tan buena como cualquier otra de pasar el tiempo y olvidar el frío que hace.
Silenia apretó los labios. No podía confesarle a nadie la existencia de la puerta secreta. Tampoco podía confesar los motivos que la habían llevado hasta ese lugar. Aunque su corazón le decía que podía confiar en ese muchacho, no podía hablar abiertamente con él. Había hecho una promesa.
Él resopló, más divertido que molesto ante su silencio.
—Oh, vamos, tengo curiosidad. ¿Cómo has conseguido fugarte y burlar a la Guardia?
Silenia bajó los ojos.
—No me he fugado —dijo.
Pero enseguida sacudió la cabeza. Sí lo había hecho. Furtiva como un ladrón en la oscuridad. Y todo para nada. Los dragones no volverían esa noche, y el amanecer quedaba peligrosamente cerca.
—De acuerdo, no te has fugado —aceptó el muchacho—. Y tampoco deseas volver. ¿Has decidido marcharte lejos, recorrer el mundo y vivir grandes aventuras? Me parece que eres muy joven para eso. No creo que estés preparada para salir a recorrer el mundo tú sola.
—Si quisiera partir lejos de Minroq Dalnu, no iría sola —replicó Silenia con cierto aire de suficiencia—. Mi hermano Eugene me acompañaría. Y no importaría nuestra edad, señor, porque ni él ni yo tenemos miedo a lo desconocido. No, no tengo intención de abandonar el país esta noche. Y sí deseo volver al castillo.
—En ese caso, te acompañaré por la mañana —se ofreció el muchacho, divertido—.Hasta entonces, dime...
—No necesito vuestra compañía, señor.
El muchacho sonrió.
—Dime, ¿dónde has pensado pasar la noche? —continuó, ignorando su postura altiva y su falsa seguridad en sí misma—. La aldea más próxima queda a varias leguas, y no encontrarás hospedaje en las Colonias. Me gustaría ofrecerte mi casa...
Silenia no tenía intención de pasar la noche fuera del castillo. Así se lo dijo. Se dio cuenta de que a la noche le quedaba muy poco tiempo. Se puso en pie.
—...Pero me temo que no tengo ningún lugar donde pueda alojarte.
—No me habéis escuchado. No sé por qué sigo hablando con vos.
—Hablas con altanería, te das aires de princesa —continuó hablando el muchacho; ella se había girado y parecía dispuesta a marcharse—. ¿Lo eres? Nunca he conocido a una princesa de verdad.
Silenia se volvió a mirarle, pero no le respondió.
—Seguramente te has asustado mucho al ver a esa vieja —intentó el muchacho entablar conversación con ella. No quería que se fuera—, pero ahora estás a salvo.
La princesa no tenía motivos para desconfiar de ese desconocido. Sin embargo, tenía poco tiempo, y no podía perderlo hablando con él.
—Tengo que irme —dijo. Pero no se movió de donde estaba.
El muchacho la vio dudar.
—¿Tienes hambre?
Ella volvió a mirarle, esta vez con el ceño levemente fruncido. El muchacho había sacado una manzana de su morral. Se la tendió.
—Es todo lo que puedo ofrecerte —dijo con humildad—. Algo de fruta. Y mi pelliza, para abrigarte del frío de la noche. No importa si eres una princesa o no, debes de tener frío como una muchacha normal. Mi pelliza es vieja, pero está limpia.
Silenia se sintió conmovida por su amabilidad. Miró una vez más hacia la oscuridad, se dijo que no sabría regresar, se giró hacia el muchacho y vi que éste se había quitado la pelliza y se la ofrecía con una sonrisa gentil y sincera. Aquel gesto era todo lo contrario al tratamiento que había recibido por parte de la vieja bruja. Tendió la mano y aceptó la manzana, y después se sentó frente a él y le miró a los ojos.
—Sería descortés rechazar vuestro ofrecimiento después de que me habéis salvado de la bruja —dijo.
El muchacho sonrió, y la cubrió con su abrigo.
Silenia mordió la manzana, y vio que él hacía lo mismo con otra que tenía en la mano. Y se dijo que era la primera vez que hablaba con un plebeyo, que estaba compartiendo una comida con él, y que ni siquiera se había presentado.
—Soy Silenia —le dijo—, hija de Cornell. Tengo once años y soy aprendiz de soldado.
Vio una expresión de cómica extrañeza en el rostro del muchacho y decidió preguntarle su nombre más tarde.
—Casi —se corrigió, y le explicó—: en realidad no puedo ser soldado porque no soy un varón, pero entreno cada día con mi hermano Eugene, quien pronto será admitido en el ejército en calidad de aprendiz de Caballero.
Se dijo que, ya que había empezado a hablar, podía continuar respondiendo a sus preguntas.
—Me he escapado para ver a los Dragones Plateados, pero no puedo deciros el motivo, y debo...
—¿Por qué no?
Silenia no estaba acostumbrada a que la interrumpieran, pero no podía enfadarse con el muchacho por su descortesía cuando le veía sonreír de aquel modo.
—Hice una promesa —dijo, simplemente.
—Me parece justo —asintió él—. Las promesas son sagradas, y deben cumplirse, así como respetarse. No te preguntaré el motivo.
Silenia se lo agradeció con una sonrisa y una leve inclinación de la cabeza. Pensó que ese muchacho debía de haber nacido con una sonrisa, puesto que no la perdía ni un instante. Luego su propia sonrisa se apagó, y su expresión se tornó seria y preocupada.
—Mi fuga ha sido en vano, si es cierto lo que habéis dicho y los dragones no volverán esta noche —dijo con pesar—. Temo que el alba me encuentre fuera de las murallas de la ciudad. Si mi aya entra en mi habitación y no me ve dormida en mi cama, me meteré en un buen lío. Debo regresar cuanto antes, pero no sé dónde estoy. Me habéis traído a una zona extraña y sin duda muy alejada. ¿Cómo daré con la puerta...?
—A la luz del día verías que ni es extraña ni está alejada —dijo el muchacho, al tiempo que escarbaba en la tierra húmeda con aire distraído—. El castillo de Cornell se halla al norte de aquí, a unos treinta minutos a buen paso. Te acompañaría gustoso, pero las puertas de la ciudad están cerradas hasta el amanecer. Deberías saberlo, princesa. No podrás volver esta noche.
—Sí podré —insistió Silenia—. Aún tengo tiempo. Si mi aya despierta y no me encuentra en mi habitación, no dará la voz de alarma enseguida. Pensará que estoy haciendo alguna travesura, y me buscará por todo el castillo antes de avisar a la Guardia. No tienen por qué descubrirme. Pero debo darme prisa. Estoy perdiendo un tiempo precioso hablando con vos.
—El problema no es el tiempo, princesa —suspiró el muchacho. Miró el agujero que había hecho en el suelo y depositó el corazón de su manzana en él—. Verás, si te llevo hasta la Puerta Este ahora, pueden pasar dos cosas: que los soldados de la Guardia no te reconozcan y nos echen de allí, lo cual no sería del todo malo; o bien que sí te reconozcan, lo que sería terrible. Pensarían que te he secuestrado, me detendrían para interrogarme, tu padre sabría que te has escapado y te castigaría. Ambos nos meteríamos en un lío.
Tapó el agujero con las manos y volvió a mirar a la niña.
—No es que por el día fueran a mejorar las cosas, claro —añadió—. Tu padre se enteraría igualmente. Pero podrías llegar hasta la Sección Mersha pasando desapercibida, y nadie sabría que has salido de la ciudad. Sea como sea, estás metida en un lío. ¿Ha merecido la pena llegar hasta aquí?
—No comprendéis nada. Pretendo entrar por el mismo lugar por el que he salido, y no es ninguna de las puertas de la ciudad. Nadie me ha visto salir, y no me verán cuando entre. Sólo necesito saber dónde me encuentro, así podré orientarme y dar con la puerta secreta —los ojos de Silenia ardían—. Debía venir a Mitrali Güae y ver a los dragones. Incluso si me descubrieran y me castigaran, señor, habría merecido la pena mi aventura, aunque haya sido en vano, pues sé cómo volver a salir y sé que puedo llegar hasta este lugar de nuevo.
—De acuerdo —dijo el muchacho—, no es necesario que te enfades conmigo. Dime dónde está esa puerta y te llevaré hasta ella.
Silenia le observó durante unos segundos. Por fin, movió la cabeza.
—Debo llegar al castillo del rey Narob. Una vez allí, sabré encontrarla por mí misma.
—El castillo del rey Narob —repitió el muchacho. Si le extrañó esa información, no la cuestionó—. Sígueme, entonces.
El camino que a ella le había llevado casi media noche recorrer les llevó poco más de media hora desandar juntos. Cuando llegaron al arbusto que Silenia había visto al salir por la puerta, le pidió que se detuviera.
—¿Es aquí? —se extrañó el muchacho.
—Por aquí he salido —asintió ella.
La puerta estaba oculta. Ella no la había dejado así. Debía de tratarse de una puerta mágica, si se había fusionado con el paisaje y había dejado de parecer una puerta. Cuando por fin la localizó, descubrió que no podía abrirla. El muchacho se acercó para ayudarla, pero entre los dos no fueron capaces de moverla. Silenia se dejó caer sobre el suelo, desconsolada. Si se trataba de una puerta mágica, ésta sólo se podía abrir desde el interior. El alba se aproximaba. Pronto podría distinguir las murallas de la ciudad. Sintió que se le agolpaban las lágrimas.
El muchacho se acuclilló junto a ella.
—¿No podrás entrar por aquí?
Ella movió la cabeza.
—Entonces tendrás que escalar la muralla. Rápido, ven conmigo. Si empieza a clarear nos descubrirán.
Silenia le siguió a su pesar, porque él había vuelto a cogerla de la mano y la arrastró tras de sí. El muchacho la llevó hasta la muralla, se detuvo al borde del foso y miró hacia arriba. La princesa se fijó en las aguas oscuras y pensó en los peces comedores de carne.
—No podremos cruzar a nado —dijo con voz apagada—. Ni escalar la muralla. No llegaré a tiempo.
Entonces miró hacia arriba y descubrió que ni siquiera estaban delante del castillo de Cornell. La torre casi derruida que se veía sobre sus cabezas pertenecía a la Sección Angor.
El muchacho metió la mano en su morral de cuero sin curtir y sacó lo que parecía una cuerda muy larga y delgada.
—Llegarás, si confías en mí —prometió.
Sacó de la bolsa un objeto que tenía un brillo apagado y lo anudó a la cuerda con movimientos rápidos y diestros. Comprobó que no se soltara. Miró a la niña.
—No te rindas ahora, Silenia, hija de Cornell. Vamos a entrar en la ciudad, y llegaremos a tu castillo a tiempo. No descubrirán tu huida. Confía en mí.
Silenia alzó la cabeza.
—Pero, ¿cómo...?
El muchacho sonreía.
—¿Confías en mí, princesa?
Silenia le miró fijamente. No tenía motivos para no hacerlo. Desde que le conociera, él no había hecho otra cosa que tratar de ayudarla. Y aunque ignoraba lo que pretendía hacer, él era su única oportunidad. Movió la cabeza para decir que sí. La sonrisa del muchacho se intensificó. Ella sonrió a su vez.
—Y que los dioses nos sean benévolos —dijo."

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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

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