lunes, 30 de abril de 2012

Un año juntos

Me llamo Bea, y mi obsesión son los dragones. Mi pasión, las letras. Mi necesidad, escribir.

Y con tan insólita presentación, empezó esta aventura, este viaje en busca de la consecución de un sueño.
Hoy hace un año. Hoy cumplimos un año juntos.

Quería mostrar Thèramon al mundo, ver cómo era recibido, comprobar si mi mundo era lo bastante atractivo y mi prosa lo suficientemente buena para ser tomados en consideración. Encontré el valor para salir de las sombras y darme a conocer. Encontré lectores. La acogida fue mejor de lo que esperaba, recibí mucho apoyo, innumerables comentarios de aliento y de admiración. Renació la ilusión, desapareció el Bloqueo de los últimos seis años, mi Musa se volvió loca de contento.

Pero lo mejor de todo fue que encontré amigos, los mejores amigos que he tenido nunca.

Y eso es lo que quiero celebrar hoy. No los más de cien seguidores, aunque me satisface la cifra; no las 12300 visitas, aunque me entusiasma ver que el número sigue creciendo; no las dos entrevistas que me han hecho, ni el premio que he recibido, ni los muchos blogs en los que me han mencionado, que son motivo de celebración, desde luego, y por lo cual me siento orgullosa y agradecida. Lo que quiero celebrar es que llevamos un año juntos, haciendo este viaje, juntos, luchando por nuestros sueños, juntos, amando y creyendo, amando y creando. 
Juntos. Una de las palabras más bonitas del diccionario.

Thèramon se alimenta del amor que recibo, de vuestro amor. Mientras haya uno solo de vosotros que siga amando y creyendo, Thèramon continuará creciendo. Cuantos más de vosotros seáis, más grande se hará. Gracias por ayudarme a mantenerlo vivo, gracias por seguir haciendo el viaje a mi lado.



Lo que os traigo hoy es mucho más especial que un capítulo. Esta laudana es una especie de sinopsis de la primera de las Historias de Thèramon: "De dragones y unicornios" nace a partir de esta canción, y todo lo que ocurre, incluyendo las aventuras de Dayna y de Vosloora, sirve al propósito de salvaguardar el Equilibrio que existe gracias a la presencia del unicornio. Es de él, naturalmente, de quien habla esta laudana:

"Él vive en un mundo perfecto
rodeado de luz y de belleza.
Las risas suenan igual que canciones
las lágrimas son melodías también.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Se mueve a lo largo y a lo ancho
de su mundo perfecto.
De día el sol brilla en su cuerno
de noche las estrellas viven en sus crines.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Todos los pueblos le conocen
cada criatura le respeta
sus amigos se alegran al verle
sus enemigos se apartan a su paso.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

La vida fluye a su paso,
la muerte trae una vida nueva.
Tdo está bien cuando él está bien.
La Luz se apaga si él desaparece.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

El Viento sopla junto a todos
el Viento no puede llevárselo.
Todos se marchan, todos regresan,
él permanece siempre igual.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

La Luz brilla, la Oscuridad duerme
la Oscuridad siempre regresa
los amigos esperan, alerta
los enemigos aguardan su momento.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Los amigos están lejos
no se ven desde hace mucho tiempo
no saben que son amigos
hasta que el enemigo aparece.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo.

Se reunirán, se unirán sus amigos
la Música se oirá de nuevo
Luz y Oscuridad se enfrentarán
así es como existe el equilibrio.

En equilibrio existe su mundo
en equilibrio ha de mantenerlo."









lunes, 23 de abril de 2012

Dos relatos


Cuenta la leyenda que San Jorge mató al dragón... por eso hoy no os voy a desear un feliz día de Sant Jordi; como dragona que soy (apodo que he adoptado después de que muchos de mis amigos me hayan llamado así infinidad de veces) debería odiar a ese traidor asesino de dragones. Pero, ¿sabéis?, existe otra leyenda, una que no se llegó a escribir porque después de que los dragones se ocultaran de los ojos humanos fueron los humanos los que se dedicaron a contar la historia a su conveniencia, que dice que el dragón no murió. El dragón luchó, y sobrevivió, y aún hoy vive, y es más fuerte que nunca.

Así que hoy voy a desearos un feliz Día del Libro, porque son los libros los que nos han unido en este viaje, y voy a celebrarlo con un relato... no, con dos relatos... no, lo cierto es que lo que pretendo hacer es mostraros las dos opciones y dejar que vosotros escojáis.

Casi había decidido cambiar de historia y presentaros a los Lil Xaii, llevaros hasta el País de las Nieves, iniciaros en las costumbres de las tribus que lo habitan y mostraros a los Onii Sungë, unos dragones que nada tienen que ver con los temibles Darok o Dragones Negros. Digo casi, porque aunque algunos me animabais a contar esa nueva historia, otros os mostrabais convencidos de que soy capaz de seguir con la que ya conocemos incluyendo a los personajes clave de los que apenas he hablado todavía... Y mientras tecleaba y viajaba con el cazador a través del Desierto de Hielo, en mi cabeza reescribía un viejo capítulo y recorría el Laberinto Subterráneo con los hijos del rey Cornell. Así que ahora tengo dos relatos para vosotros. ¿No os alegra?

Pero no quiero contar ambas historias a la vez, hoy un capítulo sobre los jóvenes príncipes y mañana uno sobre el cazador y los Albos, porque cambiar de historias constantemente confunde al lector, y ése no es mi estilo. Bastante confundo ya al lector con los giros inesperados que suceden dentro de una sola historia. Pero eso es obra de mi musa, así que no me lo tengáis en cuenta... Bien, os pongo en antecedentes:

El primer relato no es el inicio de la historia que conocéis, la que empecé a contar por la mitad porque en ese momento deseaba hablar de mujeres guerreras y valientes. Esta historia comienza antes del nacimiento de los hijos del rey Cornell, sigue hablando de su infancia y explica el momento en el que Silenia llega sin saber cómo a los Prados de las Fuentes Cristalinas y se encuentra cara a cara con el unicornio, el amado de los dioses. Descubre que su destino es proteger al unicornio de su gran enemigo, al que llaman la Sombra, y enfrentarse al servidor de ese enemigo, al que se conoce con el título de N'Ögard. Ya sabéis quién es Rodan Frais, y habéis conocido a Skadûr y a Eshor en los relatos sobre el Origen de Thèramon, así que sólo os diré que, para cumplir su destino, Silenia debe visitar el Lago de Plata y hablar con los Dragones Cisne; pero el lago se encuentra fuera de los muros de Räel Polita, y a ella no se le permite abandonar la seguridad de la Sección en la que vive. Sin embargo, a Eugene se le ocurre que debe haber una salida al exterior en alguna parte del Laberinto Subterráneo que existe bajo las calles de la Ciudad de los Reyes, y así comienza el capítulo...

“Aquello daba bastante miedo, ésa era la verdad, pero ninguno se atrevió a decirlo en voz alta; cada uno tenía sus propios motivos para no echarse atrás. Silenia no quería dar media vuelta mientras existiera una mínima posibilidad de hallar una salida, y Eugene no estaba dispuesto a admitir que no poseía el valor suficiente para acompañar y proteger a su hermana en cualquier momento y situación. De modo que continuaron avanzando cogidos de la mano, intentando mirar a todas partes al mismo tiempo, mientras la oscuridad se hacía más densa a su alrededor y el eco de sus pisadas se volvía siniestro y amenazador. Estaban juntos, y eso les hacía sentirse valientes.”

El segundo relato comienza años más tarde, cuando el ejército del nigromante ya se ha puesto en movimiento. Para entonces, Silenia y Eugene ya tienen dieciséis años y se han encontrado con el ladrón (que sí, consigue llegar hasta los Archivos de Räel Polita y hacerse con el famoso libro), y junto con su amigo y Protector, el caballero Sam, abandonan la Ciudad de Plata para buscar... bien, para buscar algo que necesitan para derrotar al N'Ögard (no más spoilers por hoy, si no os importa). En este relato nos trasladamos a Xaina Dalnu y conocemos a Brend, un cazador y viajero que nos va a mostrar otra parte de Thèramon que poco tiene que ver con la vida en la Ciudad de los Reyes o en la Ciudad de los Ladrones, nada con la vida en Ciudad del Puerto, y algo con la vida en el Mar de Hierba, hogar de las Drin Mazome. Brend no sabe que una guerra ha estallado en el sur, pero un día, regresando de uno de sus viajes, se encuentra con un dragón herido, y decide hacerse cargo de la hermosa criatura. Y así comienza el capítulo...

Llegaba el crepúsculo y la tormenta arreciaba. El viento helado que soplaba desde las montañas le dañaba los ojos, haciéndole lagrimear, pero Brend no se acobardó ni se dejó vencer por el cansancio. Ignoraba cuántos días más tendría que continuar caminando a través de aquella vasta llanura congelada, y tampoco sabía si conseguiría llegar a su destino. Había perdido la noción del tiempo, y no estaba seguro de seguir la dirección correcta. Avanzaban despacio, pues el peso del dragón era excesivo incluso para la fortaleza de Rush. El enorme animal tiraba del trineo y Brend tenía que ayudarle constantemente. El desierto se le antojaba eterno. Hacía horas que el dragón no se movía.”


¿Os gustan? ¿No os dicen gran cosa? ¿Uno de los comienzos os resulta más sugerente que el otro? ¿Qué historia queréis leer?
(¿Debería dedicarme a otra cosa?)

Es vuestro turno, compañeros de viaje. Por favor, comentad, indicadme el camino, elegid por mí, necesito un empujón y vosotros podéis ayudar a que la musa vuelva con fuerza. Sólo tenéis que ser sinceros y hacer una elección.
A ver si dentro de unos días podemos celebrar el primer año del blog con un relato.

Que los dioses os bendigan, amigos.
Amad y creed.
Y leed algún libro bueno. Hoy es el día perfecto.

domingo, 15 de abril de 2012

Tres motivos de orgullo

Hablemos de batallas ganadas.
Hablemos de sueños cumplidos.
Hablemos de amar, y de creer.

Hablemos de tres amigas maravillosas, de tres mujeres guerreras, de una semana llena de buenas noticias que me han levantado el ánimo y me han hecho muy feliz. Porque no son sólo los éxitos personales los que nos alegran el corazón, cuando amamos de verdad,  los logros de aquéllos a los que amamos nos alegran tanto como si fueran nuestros.

Hace días que muchos escritores se dedican a reflexionar en sus blogs acerca del mundo editorial y de los problemas que los autores noveles tenemos a la hora de darnos a conocer. Editoriales que no apuestan más que por lo conocido y comercial, editoriales que tienen un número limitado de publicaciones al año y no se arriesgan con trabajos nuevos, agentes editoriales que no se mueven lo suficiente o que no muestran el interés que a los autores representados les gustaría, distribuidoras que no llegan tan lejos como deberían... Amazon ha llegado a España y muchos optan por la autopublicación, pasando de editoriales, agentes y distribuidoras, y hay detractores que opinan que de ese modo cualquiera puede tener su libro publicado aunque sea una bazofia, los hay que eligen esta opción porque su paciencia se ha agotado, los hay que siguen defendiendo el lilbro en papel aunque empiezan a mirar con otros ojos el tema de la edición digital... 
Yo, ¿qué queréis que os diga? Lo mío es escribir, del resto no tengo la más remota idea. Nunca hasta ahora he intentado ponerme en contacto con editorial alguna, en parte porque soy muy tímida, en parte porque no sabía a quién dirigirme, pero sobre todo porque quería tener una novela realmente buena para presentar, una historia que nadie en su sano juicio se plantearía rechazar. Y así han pasado los años y hay siete novelas acumulando polvo en mi estantería, y ¿os digo una cosa? No me preocupa demasiado si nunca las veo publicadas. Desde que encontré la puerta de entrada a Thèramon, lo que escribí antes ya no me parece tan importante. Así que voy a concentrar todas mis energías en sacar adelante estas Historias de Thèramon, y cuando llegue el momento lucharé por ellas hasta verlas editadas. A poder ser, en papel.

¿Soy una soñadora? ¿Soy una ingenua? Soy optimista, paciente y sigo creyendo que los sueños se cumplen.

Ah, y de momento he dado el primer paso: he enviado una de mis novelas (no de Thèramon) a una agencia editorial. Que no se diga que sólo lucho por mis sueños con palabras de ánimo y de fe!!!

Lo que me impulsó a hacerlo fue una conversación que mantuve con mi amiga Pat Casala, administradora del blog La aventura de crear mundos paralelos, mujer luchadora y optimista donde las haya, inspiradora de mis sonrisas y gran escritora. De esa conversación nacieron dos proyectos: el mío de contactar por primera vez con una agencia, y el suyo de publicar una de sus novelas en Amazon. Pues bien, ambas nos lanzamos a pesar de los nervios y del miedo, y ahora yo estoy a la espera de una respuesta y Pat está vendiendo su novela con un éxito mayor de lo que ella misma se esperaba. Puedo decir que he leído El secreto de las cuartetas, que he aportado mi granito de arena corrigiendo el texto, y que la siento un poco mía, por eso me siento tan orgullosa y tan feliz en estos momentos. 
¿Y sabéis qué? Pues que Pat me menciona en la página de agradecimientos!!! 
¿Cómo? ¿Que aún no tienes su novela? Pues deberías, sale mi nombre (jajaja). Deberías, porque es una gran historia que debe ser leída. Mira, te lo pongo fácil: pincha en el enlace y luego ven y dime: Bea, tenías razón, es muy buena.

Unos publican en Amazon, y otros siguen el camino tradicional y buscan editorial. Pues bien, Enone Cantosereno, administradora del blog Páramos de soledad, espíritu afín e inspiradora de mis musas, y otra gran mujer guerrera, nos ha dado la buena noticia esta semana: su novela Eterna Oscuridad va a ser publicada dentro de un par de meses. Y me siento orgullosa, porque ha luchado mucho para ver su sueño cumplido, y desde aquí le deseo toda la suerte del mundo y mucho éxito. 

Ahora viene lo más difícil, al menos para alguien como yo, la promoción, el darse a conocer, las presentaciones, uf, sentarse delante de un montón de personas a hablar de tu novela, eso es lo que más me frena a mí, que soy tímida de un modo que no podéis ni imaginar. Pero Enone no tiene miedo a eso, al contrario, está entusiasmada con la idea. Y de ella aprendo. Porque llegará un día en el que yo misma tenga que estar sentada delante de un puñado de gente desconocida, hablando de Thèramon... y ¡qué remedio! Tengo que aprender a superar mi vergüenza. ¿Y si os digo que contemplo la idea de publicar en Amazon porque de ese modo no tendría que hablar en público? Lo sé, para algunas cosas soy muy cobarde todavía...

Darse a conocer, lo más difícil, ¿cierto? Tener agente y ver que pasa el tiempo y que no hay noticias de ninguna editorial. Saber que tu novela es buena, que es grande, que va a encantar al mundo entero, y tener que esperar, porque los tiempos que corren, la crisis, las editoriales, las modas... plantearte la publicación digital, pensar que no serás lo bastante paciente...
María Martínez, mi hermanita adoptiva, administradora del blog de Anxana, sabia consejera y un corazón de oro, y un talento extraordinario que no se va a quedar en la sombra, descubre esta semana que un par de personas han hecho una página para promocionar su trabajo. Y se sorprende!!! Caray, pues yo también quiero que publiquen la saga A.I de María Martínez!! Venga, pincha en el enlace y únete, es nuestro deber apoyar a los autores de casa, y como lectores es nuestro derecho disfrutar de obras tan magníficas como la que ha escrito María. Lo digo con conocimiento de causa, he leído las dos primeras novelas, y ya sabéis que soy una lectora muy muy exigente y que no digo que algo es grande si no lo creo de verdad.

El Año de la Publicación. Vamos a concentrarnos es eso, en esas palabras, en esa idea. Vamos a luchar por nuestros sueños. Tenemos talento, el apoyo de mucha gente que nos aprecia y que disfruta con nuestra prosa y nuestras historias, tenemos un sueño, tenemos fe. 

Ah, deciros que ahora podéis hacer vuestros comentarios sin tener que perder el tiempo descifrando claves estúpidas. Me he aburrido de que la máquina me pida que demuestre que no soy una máquina. A ver si asi os animáis a dejar vuestra opinión más a menudo 8)

Feliz fin de semana. Y gracias por seguir acompañándome en este viaje.
Que los dioses os bendigan y os protejan. Y que os hagan llegar la Luz que os envío, y todo mi amor.
No os rindáis nunca.
Yo sigo creyendo. Y amando.

lunes, 9 de abril de 2012

No te rindas

Sigo aquí.
¿Creías que me había rendido?
No, rendirse es una palabra que no está en mi diccionario.
Sólo he hecho una pausa, para reflexionar, sabes. A veces, guiarse por la intuición no es suficiente; a veces, uno tiene que pararse en medio del camino y sacar el mapa, y buscar un camino alternativo. Porque hacer las cosas a medias no es una buena manera de hacer las cosas, por mucho que pongas el corazón en la tarea. A veces miras al frente y te preguntas: ¿cómo puedo seguir por este camino, si hay una barrera que no me siento capaz de saltar? Y miras hacia atrás y piensas: ¿cómo he llegado hasta aquí?
Dicen que hacia atrás, ni para coger impulso. Pero yo no estoy de acuerdo. Hay que mirar hacia atrás para poder ver en qué momento elegiste un camino que, según tu intuición, era el correcto, pero que de pronto se convirtió en una ciénaga. No es fácil atravesar una ciénaga, un paso en falso y puedes hundirte, y perderte para siempre.

Hablemos de este blog.
No tenia ni idea de lo que hacía cuando empecé, Jules y Ana me habían hablado del tema pero yo no había visitado un blog en mi vida. Puedes escribir lo que quieras, lo que piensas, como en un diario, o hablar de Thèramon, o incluso poner relatos. Tú prueba, verás que enseguida le coges el tranquillo y empiezas a tener seguidores, a la gente le va a encantar lo que escribes!! Mis amigas, que confían en mí mucho más de lo que yo confío en mí misma. Pero ahí que me planté, con ilusión y esta ingenuidad que me caracteriza, y ¡oye! que parece que Thèramon gustó a mucha gente.
Con el tiempo he comprendido que un blog es mucho más que un portal desde el que mostrarse al mundo; que sí, que se trata de escribir cosas interesantes que gusten a la gente, de atraer y mantener la atención del lector, de hacer cosas nuevas que te hagan ganar nuevos seguidores y de recibir muchas visitas y comentarios... pero es mucho más que eso, o así es como yo lo veo. Gracias a este blog he encontrado a los mejores amigos que he tenido jamás, he sido feliz, he logrado superar mis ataques de tristeza, he perdido el miedo a muchas cosas. Sí, tengo cien compañeros de viaje, una cifra más que fantástica, y el número de visitas sigue subiendo gracias a un montón de viajeros anónimos que no dejan huella de su paso. Pero ya no brinco de emoción como una niña ante las cifras; lo que me hace feliz y me anima a seguir haciendo el viaje es ver que hay compañeros fieles que siguen pidiendo más Thèramon.

Escribo lo que me sale del corazón. Os mostré el prólogo completo de “Criatura de Fuego, criatura de Luz”, luego algunos capítulos del Origen de Thèramon, una muestra de su idioma, un poco de su geografía y de sus moradores. Y un día, inspirada por un puñado de buenas amigas valientes que estaban pasando por un mal momento personal, rescaté a las Drin Mazome de su carpeta y me adentré en la aventura de Dayna, una mujer guerrera de la que tengo mucho que aprender. Más tarde, siendo yo misma la que vivía un mal momento personal, os traje a Vosloora, el ladrón que luchaba contra su lado más oscuro. Ambas historias van unidas, y están inacabadas. Aquí, en el blog, no en el cuaderno en el que escribí los dos primeros libros de esta Historia de Thèramon. Quiero contaros esa historia. Pero... ¿cómo os lo explico?
Dayna y Vosloora, junto con el niño Vic y su amigo Pop, comparten su aventura con otros personajes a los que todavía no os he presentado. Silenia, Eugene y Sam son los héroes de esta historia, y su presencia en las vidas de la guerrera y del ladrón son fundamentales. Si ahora os llevo a Räel Polita y sigo con el relato, y meto a esos tres personajes sin haberos explicado nada sobre ellos, os estaría dando a leer un relato mal hilado.
Ya os dije hace mucho tiempo que esa historia necesita una reescritura...
Desde luego, sois vosotros los que decidís, si queréis seguir leyendo a pesar de los inevitables interrogantes que surjan.

Pero tengo otra historia preparada para vosotros. ¿O creíais que se habían acabado los relatos?
Escribo lo que me sale del corazón. Escribo según mi estado de ánimo, según lo que me rodea y me afecta, para bien o para mal. La historia que he elegido para continuar el viaje habla de pérdida, de dolor, de despedidas, de esperanza, de serenidad, de amistad, de fe. De desiertos helados y ciudades ocultas, de montañas y de bosques, de guerreros y de sabios. Y me apetece mucho volver a la ciudad de la eterna primavera, los Lil Xaii siempre consiguen sanar mis heridas y devolverme las fuerzas.
¿Qué, os apetece conocer a los Ilohiim de cabellos blancos y ojos violeta a los que ama el Sol Azul?


Hoy no os dejo un capítulo, pero quiero dejaros algo. Es un poema titulado “No te rindas”, de Mario Benedetti. Para todos vosotros, que tenéis un sueño, que a veces dudáis y perdéis la fe, que a veces os sentís solos, como a mí me ocurre. Sé que no estoy sola, y no voy a dejar de creer. Pensad que siempre estoy con vosotros. Que os quiero.


                                                          No te rindas


Sigo aquí.
Observando. Esperando. Aprendiendo.
Amando. Confiando.
Creyendo.
Soñando.
Creando.
Haciendo el viaje, en definitiva.

lunes, 26 de marzo de 2012

Sentimientos contradictorios

Deshazte de lo Negro, o no tendrás descanso.
Esto fue lo que le dijo el Corso al ladrón en el capítulo anterior. Y el ladrón se deshizo de la escama de Nonurg, porque su encuentro con la Gudamin le había llenado el corazón de paz, y le había hecho olvidar sus dudas. Allí donde el Poder del Blanco se manifiesta con más intensidad, uno encuentra la fuerza que necesita para tomar las decisiones correctas. 

Pero lo Negro siempre está al acecho, y vuelve si se lo permitimos; basta un instante de duda para que la Oscuridad se apodere de nosotros nuevamente, y es muy difícil desprenderse de ella, porque el poder de Skadûr es precisamente el de cegarnos para que no veamos la Luz que nos rodea, ni siquiera la Luz que llevamos dentro. 

Sentimientos contradictorios nos invaden en todo momento, decisión y dudas, voluntad y desmotivación, deseo y flaqueza, fe y desesperanza. ¿Por qué cuesta tanto quedarse con los primeros, por qué tan a menudo pensamos que la única opción es rendirse? Deseamos creer, pero perdemos la fe en todo; queremos luchar, pero nos quedamos inmóviles, lamentándonos en lugar de motivarnos. Nos dejamos arrastrar hacia la locura, permitimos que Skadûr gane la batalla, nos convertimos en servidores de la Sombra, y nos hacemos daño a nosotros mismos, y hacemos daño a los que nos aman.
La Oscuridad nos convierte en monstruos.

Pero siempre hay motivos para la esperanza. Incluso en la noche más negra, brilla una Luz en alguna parte, esperando a que alces los ojos y la contemples, y te dejes inundar por el amor que desprende.
Ama y cree.
El destino siempre se cumple; también los sueños.
Confía en la sabiduría del Cosmos.
Recuerda ese lugar especial.
El destino es una rueda que gira, tarde o temprano volverás a ese lugar en el que las dudas no existen. Cuando eso suceda, aprovéchalo, recuerda lo que has aprendido a lo largo de tu viaje, vuelve al camino que abandonaste, recupera el sueño que  te hacía sentir vivo. Y vívelo sin miedo, lucha para que se convierta en una realidad, sé valiente, sé fiel a tu corazón, sé feliz.


Cuando has sido tocado por el Poder del Blanco, éste ya nunca te abandona. Pero depende de ti abrazarlo o darle la espalda. Siempre va a estar contigo, protegiéndote, dispuesto a darte la oportunidad de salvar tu alma. No esperes a que sea demasiado tarde. 


****************

© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

El Salto de Corso (IV)

"Atravesó el Ducagua y dejó atrás los árboles, y comenzó a descender en dirección oeste con el corazón más ligero y la firme determinación de ignorar el encargo de Rodan Frais. Mejor aún, pensó cuando se detuvo a descansar a media tarde, buscaría a alguien a quien pudiera informar de los planes del nigromante, ayudaría a los servidores del Poder del Blanco a derrotar al Mago Oscuro. No sabía lo que era el Poder del Blanco, pero la idea le hizo sentirse feliz y en paz.
    Miró la bola de cristal infinitas veces, buscando en su interior la imagen que se le había mostrado en el sueño que tuvo en el Salto de Corso, pero la bola continuaba apagada, y no vio nada en ella. Eso no le desanimó.
    Dos días después de dejar atrás el Salto de Corso, harto de un viejo cuervo que parecía seguirle obsesivamente, le lanzó un puñado de piedras, pero erró cada tiro.
    Cuando se detuvo la noche siguiente, volvió a ver al cuervo; estaba posado sobre su capa extendida cerca de la hoguera que acababa de encender. Pensó en la Ventana del Tiempo y en la advertencia que el Corso le había hecho, y corrió a espantar al ave. Miraphora continuaba en un bolsillo. En el otro halló la escama de Nonurg. Asqueado más que sorprendido, la arrojó lejos.
    Continuó su camino, y su humor volvió a decaer. De pronto no tenía muy claro por qué motivo deseaba llegar a Räel Polita, y al minuto siguiente espoleaba a su caballo, con la idea de robar el libro latiéndole en las sienes.
    A medida que se alejaba del Salto de Corso, la influencia del Blanco se apagaba y, a pesar de que el Ojo de Amunik le protegía, regresaban sus dudas y el poder de Frais le invadía, y se dejaba llevar por su lado más oscuro y débil. Miraba el Ojo con insistencia y nada veía en él. Sin que Vosloora lo supiera, Miraphora se alimentaba de sus recuerdos más ocultos; pero al rechazar el poder del Blanco y rendirse a su lado oscuro, no conseguía reunir la magia necesaria para despertar al Ojo que Todo lo Ve.
    No se atrevía a soltar el Ojo de Amunik, que se había convertido en una especie de talismán para él. Y no lograba deshacerse de la escama del Darok, aunque la había lanzado lejos, incluso la había enterrado, ésta siempre volvía a su bolsillo.
    Y regresó la fiebre, y Vosloora olvidó sus buenos propósitos, y a medida que pasaban los días su avance se hacía más rápido y más fatigoso, y más firme su convicción. Robaría ese libro, se lo llevaría a su Señor. Forzó tanto a su caballo que un día éste no pudo más y se desplomó, con el hocico lleno de espuma blancuzca. Cojeando un poco a causa de la caída, Vosloora continuó a pie bajo el ardiente sol de finales del estío, durmió al raso y cuando se le acabaron las provisiones no se preocupó de conseguirse otras, y cuando se le acabó el agua bebió del Mörtem Mearae. Recuperaba la cordura por momentos, y se alegraba de viajar a pie, porque así ganaría tiempo... así perdería tiempo, porque tardaría más... tardaría más en encontrar el libro, y el mundo ganaría tiempo. Sentimientos contradictorios le estaban volviendo loco.
    Pensaba en los Dragones Plateados que vivían en Mitrali Güae, él los había visto una vez. Eran hermosos, esos dragones parecidos a cisnes gigantescos. Bellos, como aterradores eran los Darok. Destruiría el libro. Deseaba no encontrarlo. Pensaba en el libro, a veces olvidaba su importancia, y dejaba la mente en blanco, y entonces pensaba en el Ojo de Amunik, y lo sacaba del bolsillo y lo miraba, y había olvidado por qué era tan especial, pero sabía que no debía perderlo. Era su talismán, no quería perderlo. Le parecía que el cuervo que revoloteaba cerca de él era el mismo que había espantado días atrás. Le parecía que la escama negra ardía dentro del bolsillo de su camisa. Le parecía que acabaría quemando la tela y perforando su carne, y que le llegaría al corazón.
    Se desplomó sobre la arena y miró el cielo, y el sol ardiente le cegó. Se encontraba en la Playa de la Desolación, y su cordura se había hecho añicos. Escuchó los graznidos de aquel cuervo molesto y aciago. No había nada en su cabeza.
    Y un único deseo poderoso latía en ese corazón tocado por la escama de Nonurg, más fuerte que su propia voluntad, que ya no existía: conseguiría el Libro Prohibido, y regresaría para entregárselo a su legítimo dueño. A Frais, que era dueño también de su alma."

domingo, 18 de marzo de 2012

Un lugar especial

El camino es largo y está plagado de obstáculos, eso ha quedado claro, ¿cierto?
Pero en todo viaje que se precie siempre hay un momento para el descanso, y un lugar especial en el que reponer fuerzas y reencontrar la fe perdida. A veces es un lugar físico, pero no es obligatorio que lo sea. Y cuando no lo es, puede llegar a ser lo que tú quieras, lo que tú imaginas: un palacio luminoso, una acogedora cabaña en la montaña, el claro de un bosque, una playa paradisíaca, una alfombra de pieles junto a una chimenea encendida; o un blog como éste... ¿dónde has sido feliz, dónde te has sentido fuerte y amado, dónde has deseado quedarte para siempre? Piensa; recuerda, recupera las sensaciones, siéntete vivo de nuevo. Y regresa a ese lugar especial, allí donde has sentido el Poder del Blanco, la Luz que anhela tu alma, el amor que te reconforta, la fe que te hace conservar la ilusión y los sueños. Porque ese lugar especial no ha quedado atrás, lo llevas contigo en todo momento, vive en tu recuerdo, en tu corazón. Y volverás a encontrarlo cuando lo necesites, si lo deseas, si lo buscas, incluso aunque no lo busques, pues forma parte de ti, y tú formas parte de él.
Cuando has sido tocado por el Poder del Blanco, su Luz ya nunca te abandona. Y volverá a ti cuando tu aventura te lleve de nuevo ante la oscuridad de las dudas, de la desesperanza y del desaliento.
Y volverás a creer.
Y cumplirás tu destino.
Tarde o temprano, el Cosmos responde.

Hoy os dejo al ladrón en ese lugar especial. Espero que el relato os llene de esperanza. Y espero vuestra opinión.

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

El Salto de Corso (III)

"La casa del Corso era una choza de madera que se caía a pedazos, igual de vetusta que el dueño y en tan mal estado como él. La madera carcomida presentaba grietas por las que se colaría el agua en los días lluviosos. Los cristales de la única ventana estaban rotos, y por ellos entraría el gélido viento en las noches de invierno. No había más mobiliario que dos sillas, una mesa coja y un camastro de peor aspecto que la cama de un burdel. Pero Vosloora tomó asiento muy agradecido después de la dura cabalgata cuesta arriba, se desprendió de la capa y le ofreció el barril de ron al anciano. Éste colocó dos tazas de metal abolladas sobre la mesa que cojeaba y sirvió la bebida. Después sacó una vieja pipa de alguna parte y se la llevó a la boca. Vosloora advirtió que el tipo hurgaba en su petaca raída y no encontraba una sola hebra de tabaco. No comprendía por qué la situación de ese hombre le acongojaba tanto. Buscó en sus bolsillos su propia petaca y se la puso en la mano al hombre, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.
    –Toda la vida aquí –lloriqueó el Corso, y se olvidó de la pipa y de las tazas llenas–, nadie viene a ver al Corso, y nadie le enterrará cuando muera con la pipa vacía y la garganta seca y la mirada en el horizonte, buscando a su sirena, que no volverá para alegrarle el corazón con sus cánticos.
    El ladrón no quiso entristecerle más diciéndole que las sirenas no existían. Le llenó la pipa y alzó su taza.
    –Bueno, lamento no poder hacer que veas a tu sirena, viejo, pero no morirás sin tabaco ni ron. Que al menos ése sea un motivo para brindar.
    –Eres un buen hombre, grumete –dijo el anciano, emocionado–. Acabas de salvarle la vida a este viejo.
    Vosloora bajó la cabeza. No era un buen hombre. Pero en el interior de esa choza destartalada se sentía bien consigo mismo, y apenas se acordaba de Rodan Frais o de los Onii Darok, ni siquiera del encargo que el Mago Oscuro le había ordenado. En aquel lugar, la escama de Nonurg no ejercía su nocivo poder, como lo había hecho en Ciudad del Puerto, aunque Vosloora ignoraba que el regalo del Darok influyera para algo en sus decisiones, así como desconocía que el Ojo de Amunik le influía en el sentido opuesto.
    –Pareces enfermo, grumete –dijo el Corso, mirando al ladrón con detenimiento–. Llevas una pesada carga sobre tus hombros, eso es lo que creo. Deberías quedarte a pasar la noche y descansar.
    –La verdad es que ahora me siento muy bien –reconoció Vosloora, casi con sorpresa–. Tengo la sensación de que éste es un lugar especial.
    –¿Sientes el Poder del Blanco aquí? –preguntó el Corso entre dientes, a pesar de que no tenía ni uno.
    –¿Cómo? –Vosloora sacudió la cabeza.
    El anciano suspiró.
    –¿Es un largo viaje el que debes hacer? –quiso saber–. Tal vez deberías quedarte un par de noches y descansar bien antes de seguir tu camino.
    Vosloora le miró con el ceño fruncido. Aquél no era un hombre normal. No, eso era absurdo. Era un dizseiim, longevo en extremo pero en absoluto poseedor de ningún poder mágico.
    –Debo partir cuanto antes –respondió con pena, aunque casi había olvidado el motivo y la urgencia de su viaje.
    El anciano miró su taza vacía.
    –Siempre estoy solo –repitió su lamento–. Sin amigos, sin familia. Moriré, y no habrá nadie que entierre mi viejos huesos.
    Vosloora no supo qué decir. Se vio a sí mismo, viejo y abandonado, y se le encogió el estómago. Comprendía al anciano, porque era el destino que le esperaba a él.
   –He visto un cuervo por los alrededores –continuó el Corso, como si el juicio le abandonara por momentos–. Me preguntaba si es tuyo, grumete. ¿Me lo darías? Un cuervo al menos me haría compañía. Tú no lo necesitas.
    –No tengo ningún cuervo –dijo el ladrón. Se sentía tan relajado que podría haberse quedado dormido sobre aquella mesa inestable.
    –Un cuervo negro –insistió el anciano–. Son pájaros de mal agüero, y son ladrones. Quiere algo Blanco. No debes viajar con nada Negro.
    A Vosloora se le cerraban los ojos. Era una sensación agradable.
    –Me gustaría que alguien sepultara mi cuerpo cuando muera –insistió el Corso.
    El ladrón le miró.
    –No vas a morir pronto –le dijo–. Acabas de decir que te he salvado la vida.
   –¿Sabes lo que dice mi gente? –al Corso se le iluminaron los ojos–. Dicen que si salvas la vida de alguien como yo, obtendrás un regalo especial. Otra vida, para que la reclames si mueres cuando no te ha llegado el momento. ¿Entiendes eso?
    Vosloora sacudió la cabeza. Sirvió dos vasos de ron. El anciano chupó su pipa.
    –Tú has salvado mi vida. Mas no del todo. Aún no me has mostrado lo que ansío ver.
    El ladrón pensaba que se hallaba dentro de un sueño. Le parecía estar flotando. Y a su alrededor, invisible, un aura de color blanco le llenaba de paz. Había olvidado quién era, y cuál era su misión.
    –¿Cómo podría mostrarte lo que no existe? –preguntó, aturdido.
   –La Ventana del Tiempo. El Ojo que Todo lo Ve –susurró el anciano–. Muéstrame lo que deseo ver, salva mi vida, grumete. No tendré otra oportunidad.
    –El Ojo no funciona –dijo Vosloora, como hipnotizado.
    –Hazlo funcionar –ordenó el Corso–. Salva mi alma.
    El ladrón le miró. Le parecía que detrás de aquel rostro apergaminado se escondía otro, juvenil y hermoso y asexuado, y ligeramente iridiscente. ¿Sería el ron? ¿Habría ingerido algún tipo de veneno? No sentía su propio cuerpo.
    Con manos que no sentía, buscó en sus bolsillos la bola de cristal y se la mostró al viejo pirata. El anciano miró con avidez. Vosloora también miró. Y aunque él no vio nada, el hombre esbozó una sonrisa y asintió con la cabeza cuando el interior de Miraphora se iluminó y le mostró el rostro de la hermosa Ariiama.
    –Mira –le ordenó–, ¿no es preciosa?
    Vosloora se esforzó por ver algo. Pero no veía ninguna sirena, no veía nada.
    –Cree, grumete, mira con el corazón.
    Le pareció que la bola se encendía, incluso la sintió caliente en sus manos. Pero no vio una sirena. Lo que Miraphora le mostró le dejó perplejo. Una Mazome muy joven y hermosa, eso era lo que le mostraba, ¿alguna vez había conocido a una criatura así? Y tenía algo entre sus brazos, algo pequeño envuelto en un pedazo de tela, o de piel. ¿Era un bebé? No lo sabía. Ni siquiera estaba seguro de que aquella visión fuese verdadera, y no una ilusión.
    El Corso carraspeó, Vosloora parpadeó y la Ventana del Tiempo volvió a ser una bola de cristal que no funcionaba. El ladrón no estuvo seguro de que el último minuto hubiera existido, así que lo olvidó.
    –Has salvado mi alma, grumete –susurró emocionado el Corso–. Mi vida te pertenece ahora. Utilízala con bondad. Mas recuerda mis palabras: sólo aquél que sirve al Blanco podrá beneficiarse de este don que ahora te ofrezco. Aleja la Oscuridad de tu corazón, o esta vida será entregada a otro que haga algo bueno por ti. Es la Ley de las Gudamin. Conserva el Ojo de Amunik, pues sólo él te guiará por el camino recto. Deshazte de lo Negro, o no tendrás descanso.
    Vosloora guardó la Ventana del Tiempo y miró al anciano con ojos despejados. El pobre estaba desquiciado. Seguía con su monólogo, y no parecía haber advertido la presencia del ladrón.
    –¿Quién enterrará este viejo esqueleto cuando muera?
    Vosloora terminó su bebida y se puso en pie.
    –Debo partir, buen hombre. Lamento no poder acompañaros más tiempo.
   –Pero es de noche, y no debes adentrarte en el bosque de noche –dijo el Corso, alarmado–. Por favor, acepta mi hospitalidad, pues has sido generoso compartiendo tu bebida y tu tabaco conmigo, descansa en mi casa esta noche y no tientes al destino.
   Vosloora salió al exterior y descubrió con asombro que era noche cerrada. No era una buena idea continuar cuando apenas podía ver el camino. Aceptó el ofrecimiento del anciano. Durmió tranquilamente y descansó en aquella cama cochambrosa mejor de lo que lo había hecho alguna vez en la cama de una reina.
    Cuando despertó, Aeblir ya brillaba junto a Plio en el centro del cielo y calentaba la tierra, y el viejo no estaba en la choza. Y él se sentía rejuvenecido y descansado como no recordaba haber estado en años. Cogió sus pertenencias, comprobó que el Ojo de Amunik seguía en su bolsillo y salió al exterior.
    El Corso se hallaba tumbado junto al agua, en el borde del acantilado. Vosloora asió las riendas de su caballo y fue al encuentro del viejo.
    –¿Habéis pasado la noche al raso, buen hombre? –saludó con jovialidad.
   No necesitó más que una mirada para comprender que estaba hablando con un cadáver. El cuerpo del anciano parecía llevar mucho tiempo a la intemperie, era imposible que hubiera muerto la noche anterior. Vosloora se sintió desconcertado. De pronto, todo le parecía un mal sueño. Cuando menos, un sueño extraño.
    El viejo llevaba un aro de oro en su oreja derecha. Vosloora recordó las historias arcanas que había escuchado en Ciudad del puerto.
    E hizo algo que nunca antes se le habría ocurrido hacer.
   Buscó una pala dentro de la choza, cavó con ella un agujero lo suficientemente profundo y metió en él el cadáver del Corso.
    —Que los dioses te ayuden a encontrar tu camino, viejo —murmuró a modo de plegaria.
   Lo sentía como si se hubiese tratado de un familiar. Y ni siquiera estaba seguro de haberlo conocido nunca. Depositó junto al cuerpo el barril y la petaca, aunque no halló ni la pipa ni las tazas que el anciano utilizara la noche anterior. ¿Había ocurrido realmente? Lo ignoraba. Empezaba a dudar de su cordura. Echó una palada de tierra sobre el cuerpo, y le pareció oir la voz del Corso junto a su oído:
    —No olvides recoger tu pago.
    Desconcertado, miró a su alrededor, pero no había nadie. Sólo él. Sólo el Corso. Se arrodilló junto a la fosa y le quitó el aro de la oreja. ¿Acaso el difunto estaba sonriendo? No fue así como lo encontró. Y, además, se parecía a su padre. No lo había advertido la noche anterior, pero el rostro del anciano era el rostro de Bronson Vosloora. Le recorrió un estremecimiento. Tapó el cuerpo lo más deprisa que pudo y entonces se permitió descansar. No sabía qué estaba ocurriendo. Todo aquello era muy extraño. Deseaba alejarse de ese lugar.
    No supo por qué lo hizo. Obedeciendo a un impulso, sacó de su bolsa de piel la escama de Nonurg y la depositó sobre la tumba que acababa de rellenar. Al momento se sintió liberado de un peso.
    No miró atrás cuando decidió emprender su camino.
    Por ese motivo, no vio al cuervo que cogía la escama entre sus garras y echaba a volar siguiendo sus pasos.
    Y tampoco vio que sobre la tumba del anciano se extendía como por arte de magia un manto de hierba fresca y de flores preciosas, que la choza desaparecía y ocupaba su lugar un sauce milenario, y que de la tierra removida surgía una risa que sonaba como campanillas de cristal, ni vio la diminuta figura que revoloteaba por su jardín como si fuera una alegre mariposa con cuerpo de mujer y alas violetas en la espalda."

domingo, 4 de marzo de 2012

Si el entorno cambia

Sobre la importancia del entorno, segunda parte.
Ya hemos visto que la negatividad nos vuelve negativos, que cuando el mal nos rodea sale a la superficie nuestra parte mala; a veces nos volvemos malos, y hacemos daño a otros; a veces no es una cuestión de maldad, lo peor de nosotros puede ser la indiferencia, el desánimo, la desesperanza, y entonces nos hacemos daño a nosotros mismos. 
Si llevamos encima un amuleto nocivo como una escama de Darok, entonces sucumbimos sin remedio.
Pero si el entorno cambia, la situación cambia.
Y al estar rodeados de Luz podemos llegar a convertirnos en Luz.
Ante la bondad, la inocencia y la desgracia ajena, podemos llegar a descubrir que tenemos un lado bueno, podemos llegar a sentir compasión y volvernos generosos. Olvidamos el egoísmo, y con él dejamos a un lado el miedo y las dudas, sentimos la necesidad de dar, de compartir algo hermoso, y nos sentimos mejor cuando lo hacemos. Éste es el Poder del Blanco, cuando la Luz es tan intensa que inunda nuestro ser, nos volvemos Luz.
Ojalá recordáramos siempre esa sensación, y lleváramos con nosotros esa Luz todo el tiempo, nunca volverían a asaltarnos las dudas.
Veamos hoy cómo Vosloora empieza a sentir el Poder del Blanco. Recemos a los dioses por la salvación de su alma.

Para vosotras, que pedisteis más. Gracias por dejar vuestros comentarios.

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

El Salto de Corso (II)

"—¿Te he asustado, grumete? —preguntó con voz cascada la aparición.
    ¿Vosloora era un hombre viejo? ¡Este hombre parecía doblarle la edad!
    —Por todos los dioses perversos —exclamó con voz entrecortada—. ¿De dónde salís, buen hombre? He estado a punto de precipitarme de cabeza al inframundo al veros.
    El anciano se rió como un viejo cuervo y Vosloora vio que no le quedaba un solo diente. Vestía una vieja camiseta a rayas y raídas bermudas de color negro desvaído que no habían visto el agua de cerca en varias lunas. ¿Qué extraño ser era aquél?, se preguntó. El anciano habló antes de que pudiera preguntárselo.
    —Soy el Corso —se presentó, y le tendió una mano arrugada y llena de manchas que delataban su avanzada edad—. Vigilo el camino que conduce a la otra parte del bosque, pues alguien tiene que hacerlo. Mi misión consiste en cobrar el Arancel a los viajeros que deseen entrar en la tierra de los Philias Buster, como otros lo hacen abajo, en la playa.
    —Pero yo deseo abandonar estas tierras, buen hombre —explicó Vosloora, ya recuperado del susto—. ¿Debo pagaros por ello?
    El anciano se tomó un minuto largo para pensar. Daba la impresión de no haber visto a un ser humano en mucho tiempo.
    —En ese caso —dijo, dubitativo—, creo que no. Si lo que quieres es salir...
    Sacudió la cabeza y se alejó unos pasos del ladrón. Éste le siguió, intrigado.
    —Mi memoria ya no es la de antes —se quejó el anciano, y Vosloora sintió un poco de compasión por él—. No recuerdo muchas cosas de mi cometido. ¿Debo cobrarte o no por pasar por aquí? Si ésos de ahí abajo recordaran que estoy aquí, subirían y me arrojarían al mar sin dudar.
    —¿Lleváis mucho tiempo en este lugar? —se interesó el ladrón. Mientras el viejo hablaba, caminaba renqueando en la dirección que él seguía. Hacia los árboles oscuros.
    El viejo miró al cielo y por fin se encogió de hombros.
    —Diría que llevo toda la vida aquí —respondió.
    —¿Vivís solo?
    —¿Quiénes? —se sorprendió el anciano—. Aquí sólo estoy yo.
   Vosloora sacudió la cabeza. No entendía bien a aquel hombre. Tenía un acento extraño, y al no quedarle dientes no pronunciaba con claridad.
    —¿Y qué hacéis, además de controlar el camino?
    —¿Hacemos? —volvió a extrañarse el anciano—. Soy sólo el Corso, nadie más que el Corso.
    Vosloora esbozó una sonrisa.
    —¿Pasa mucha gente por aquí, Corso? —preguntó con amabilidad.
    El anciano movió la cabeza con tristeza.
    —Sólo el Corso —dijo una vez más—. No veo a nadie, nunca. Nadie se acuerda del Corso. Y ya no me queda ron, desde hace muchísimo tiempo.
    —¿Por qué no bajáis a Ciudad del Puerto, Corso? ¿Por qué vivís aquí solo? —preguntó Vosloora, que dudaba entre compartir su ron con el viejo y no admitir que tenía ron para compartir.
    Aunque, por algún motivo, el deseo de compartirlo era más fuerte.
    —No tengo fuerzas para hacer el camino hasta la playa —se lamentó el anciano—. Ellos no se acuerdan del pobre Corso. No le traen ron ni alimentos, y no vendrán a enterrarle cuando muera, viejo y solo y olvidado.
    —Yo traigo un barril de ron —dijo Vosloora, y hasta él se sorprendió de su ofrecimiento, pero no pudo evitar seguir hablando—. Si queréis, puedo compartirlo con vos.
    Los ojos apagados del anciano se abrieron mucho.
    —Eres un enviado de los dioses, grumete —exclamó, contento—. Ven a mi casa y beberemos juntos."

miércoles, 29 de febrero de 2012

El poder del Blanco

¿Recuerdas que una vez hablé de los días cargados de magia?
Hoy es uno de esos días, 29 de febrero, el esquivo día que sólo vemos en el calendario una vez cada cuatro años. Hoy me siento inclinada a pedir un deseo, confiando en que los dioses me lo concederán, porque hoy creo en la Magia con más fuerza que ayer, sólo por lo que el 29 de febrero representa.
Mi deseo lo conocen los dioses, pues saben bien lo que hay en mi corazón. Y en manos de los dioses lo deposito, convencida de que me ayudarán a cumplirlo.
A veces dudo, sí, no soy perfecta. Pero la mayor parte del tiempo creo. Puede que mis palabras te suenen a desesperanza y a rendición a veces, pero no te dejes engañar por  lo que pueda llegar a decir en un momento de tristeza. Mi lado oscuro no ha desaparecido, pero la mayor parte del tiempo soy Luz. Una luz tenue, estos días, pero volveré a ser radiante, y cálida, y poderosa. La Luz que te reconforta, la Luz que buscas, la Luz que te guía, que te emociona, la que te hace fuerte, la que amas.
Sigo aquí, ¿verdad? Dispuesta a hacer el viaje hasta el final.
No he abandonado la Senda del Blanco.

En el capítulo anterior hablábamos de la importancia del entorno, y de cómo lo que nos rodea nos influye de manera negativa, haciéndonos dudar de nuestro valor, de nuestra fuerza, de nuestro poder para llevar a cabo la misión para la que fuimos creados y hacer realidad lo que deseamos. Es muy difícil, cuando estamos rodeados de negatividad, mantenernos firmes en nuestra fe y seguir creyendo en los dioses, en la Magia y en nosotros mismos. Sobre todo, en nosotros mismos.

Las dudas son parte de nuestra naturaleza, la vida es un contínuo aprendizaje, un viaje plagado de obstáculos que vamos superando con mejor o peor fortuna, todo lo que encontramos nos parecen pruebas que debemos superar, los momentos de relax y de felicidad son escasos. Cuando llegan, los vivimos intensamente, sabedores de que no durarán eternamente, tratamos de exprimir esos momentos al máximo, de sacarles todo el jugo, al tiempo que vamos fabricando recuerdos hermosos que nos ayudarán a soportar mejor las épocas de desdicha, de problemas y de insatisfacción personal. A veces, muchas veces, en realidad, los recuerdos de tiempos felices nos sirven para conservar la sonrisa y la ilusión, mientras seguimos haciendo el camino casi arrastrando los pies, luchando contra nuestro lado más oscuro, venciendo una batalla y perdiendo la siguiente, y volviendo a vencer a duras penas. Se trata de no rendirse, de no olvidar nuestros sueños, de seguir luchando, aunque nos cueste.
Pero en ocasiones los recuerdos no son suficiente. A veces, pensar en la felicidad perdida nos entristece más que nos reconforta. Y vivimos esa tristeza con la misma intensidad, porque somos más corazón que cerebro, apasionados en todos los sentidos. Y empieza una nueva batalla, la peor de todas, pues nos encontramos ante dos opciones, sólo dos: aceptar que la felicidad es efímera y dejar de creer en los sueños, o aferrarnos a nuestra fe y buscar el modo de recuperar esa felicidad, aunque parezca una tarea imposible. Dejar de creer y rendirse, o no rendirse jamás y escribir nuestra propia historia, nuestro propio destino, y hacer que la voluntad de los dioses sea la nuestra. 
Rendirse parece tan fácil... sólo hay que dejar morir al corazón y entregarse al vacío que queda cuando se ha perdido toda esperanza. No creer, no soñar, no amar, no sufrir. No sentir nada.
Pues vaya asco de vida, digo!!!
Para eso, mejor... mejor...
Mejor la tristeza, al menos es un sentimiento, una demostración de que no estamos muertos.

Y si no estamos muertos, siempre queda la esperanza.
Y si hay esperanza, hay deseo.
Y si hay deseo, hay futuro.

Yo soy de las tercas que se han propuesto hacer que el destino sea tal como lo he imaginado. Y si los dioses no quieren, habré de convertirme en una diosa, y haré cumplir mi voluntad.
Amo, y creo. Incluso cuando dudo. Sigo amando, y sigo creyendo.
El viaje no ha terminado.
Dentro de un tiempo te alegrarás de que no me haya rendido.

Hoy os dejo un relato muy breve, es el comienzo de un nuevo capítulo esperanzador. Después de cinco días oscuros en Ciudad del Puerto, el ladrón está a punto de encontrar un poco de Luz. Espero que te deje con las ganas de más. Ahora es cuando el Poder del Blanco empieza a actuar...

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

EL SALTO DE CORSO (I)



"Se hizo con un barril lleno del mejor ron de la ciudad, montó en su caballo y se alejó de Ciudad del Puerto con su pipa encendida entre los dientes, dirección este, sin prisas. El día le recibió descansado, y pronto espoleó a su caballo, recuperada la urgencia. Siguió la orilla del Mörtem Mearae, y no frenó al animal hasta que el terreno se volvió escarpado y difícil para la bestia. El camino ascendía hacia el norte, y a su izquierda se iba creando un precipicio que culminaba en lo que los Philias Buster llamaban Salto de Corso. Un poco más adelante, tras cruzar el Ducagua, los últimos árboles del Kron Arborae se lo tragarían. Y después volvería a bajar, rumbo al oeste, hasta llegar a la Playa de la Desolación.
    Fue subiendo lentamente por el camino cuando vio a los Onii Darok sobrevolando el cielo estival, a plena luz del día, como desafiando a los soles, sin duda sembrando el pánico entre las buenas gentes. Se le puso la piel de gallina y buscó en sus bolsillos el Ojo de Amunik, que le reconfortó en cuanto lo tocó. El primer libro había atraído a los Darok. No quería saber qué oscuros poderes contenía el segundo. No lo buscaría. Ni hablar. Nada de eso.
    Llegó a lo alto del precipicio, allí donde el Ducagua surgía procedente del Kron Arborae y caía en una fenomenal cascada hacia el Mörtem Mearae desde una altura vertiginosa. Vosloora se separó de su montura y se asomó al vacío. El Salto de Corso había sido antiguamente un lugar de sacrificio: los Philias Buster arrojaban desde aquella altura a sus enemigos o a aquéllos que hubieran infringido sus leyes. Vosloora pensó que bien podían haberle dado el nombre de Salto de la Muerte. Se estremeció y se apartó del borde del precipicio.
    Y casi saltó al vacío cuando vio aquella aparición a su lado, que le dio el susto de su vida."

jueves, 16 de febrero de 2012

La importancia del entorno

Recuerdo las palabras que Rodan Frais pronunció cuando le dio a Vosloora la escama de Nonurg: te ayudará en tu misión y te protegerá. Qué tipo más majo, quizás pensaste en ese momento, le da un amuleto muy poderoso. Ciertamente, la escama de Darok es un objeto cargado de poder. Pero, créeme, no es algo que te gustaría que te regalaran. O debería decir que te obligaran a aceptar. Recuerda que el ladrón aceptó el regalo porque no le quedó más remedio, ¡a ver quién es el valiente que le lleva la contraria al hombre oscuro! Y, cuando lo aceptó, ah, cuando lo aceptó... ¿cómo te lo diría? 
La batalla del ladrón ha comenzado, y el trofeo a ganar o perder es su alma.

De luchas interiores todos sabemos un poco. Supongo que la dicotomía es una cualidad inherente a todo ser humano, un lastre con el que nacemos, un apéndice interior que no somos capaces de eliminar. Lo que debemos hacer, lo que deseamos hacer; lo que se supone que tenemos que hacer (aunque no nos guste); lo que nos gustaría hacer (aunque no nos dejen). Dudas, siempre las malditas dudas... 
¿Por qué no hay un amuleto contra esas dudas, por qué los dioses no nos protegen de ellas? ¿En qué momento decidimos (conscientemente o no) aceptar la escama del Darok, de la que no nos podemos desprender? Esa maldita escama negra que nos arrastra irremisiblemente hacia la oscuridad y la locura...

O quizás sí existe un antídoto contra esas dudas. Quizás los dioses sí nos ayudan, después de todo.  
Quizás en algún momento de nuestra vida todos hemos tenido la oportunidad de mirar en el interior de Miraphora, la Ventana del Tiempo, el Ojo de Amunik, el Ojo que Todo lo Ve, y hemos visto nuestro destino, y el recuerdo de esta visión se ha grabado a fuego en nuestro corazón, y de ahí sacamos la fuerza que necesitamos para hacerle frente a las dudas que nos alejan de nuestro sueño, de nuestra meta. Quizás el mejor amuleto que podemos conseguir sea nuestra propia fe. Fe en los dioses, fe en el destino, fe en el Cosmos; fe en nosotros mismos, en nuestro propio poder para hacer realidad nuestros deseos, nuestros sueños. Fe a pesar de los obstáculos, de los problemas, de las dudas de los que amamos, fe a pesar del tiempo, de la distancia, del silencio, de las lágrimas. 
Fe en el Poder del Blanco.

Seguiremos hablando de esto, si quieres, pero déjame mostrarte primero la importancia del entorno, y cómo un amuleto (o todo lo contrario) se vuelve más poderoso  (en este caso peligroso) dependiendo de cuánta negatividad te rodea cuando lo llevas contigo.

Y después mira a tu alrededor y dime si no es normal que, en determinadas situaciones, en determinados momentos, no encuentres la ilusión que te hacía sentir vivo, y pienses que tal vez tus sentimientos hayan cambiado, que ya no quieres lo que tan feliz te hacía y por lo que ibas a luchar contra viento y marea;  que tirar la toalla te parezca la opción más correcta.
Aunque tu corazón te diga que sigas luchando, que ames, que vivas, que no abandones.
Sucede que no lo escuchas, porque en determinadas situaciones, en determinados momentos, la escama del Darok grita más fuerte que el recuerdo de lo que viste en el interior del Ojo de Amunik.

Recuerda, te lo suplico, recuerda... y lucha. 

Yo tengo fe en ti.

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© Bea Magaña. (Reservados todos los derechos)

Entre ladrones de los mares (II)

"Una semana de viaje le condujo, bordeando las Quebradas del Este, a la aldea vacía y muerta. No encontró a nadie en la única calle, ni en el interior de las casas, donde vio signos de violencia y de robo que le hicieron pensar que los Philias Buster habían llegado demasiado lejos en su barbarie, si ya no se conformaban con asaltar a los viajeros que cometían la imprudencia de cruzar sus tierras sino que se alejaban de sus ciudades para atacar a los que se mantenían apartados de ellos.
    Dejó atrás la aldea sin haber visto la pila de cuerpos calcinados. Los Onii Darok habían empezado a actuar.
    Llegó al amanecer del día siguiente al molino abandonado. Su caballo tenía espuma blanca en el hocico. Si continuaba a ese ritmo, el animal reventaría. Se preparó para pasar el día. Pensó que se había dado mucha prisa, a pesar de que no tenía ninguna. Se dijo que se lo tomaría con calma a partir de ese momento.
    Partió antes del ocaso.
    Encontró los restos de una caravana dos noches después. Mujeres, hombres y niños habían sido asesinados sin piedad a los pies de sus carros, los animales que tiraban de ellos habían desaparecido. No quiso detenerse.
   Al amanecer, el recuerdo de aquellos pobres viajeros le obligó a aflojar la marcha. Tenía una sensación extraña en el estómago, cierto malestar, y sin embargo prefería continuar durmiendo bajo el cielo, si así evitaba tener que encontrarse con los asesinos que tal vez no le respetarían a pesar de su edad y de sus credenciales. Se sintió incómodo consigo mismo, no recordaba haber tenido miedo de nadie antes. Se dijo que muchas cosas estaban cambiando. Su viejo cuerpo le pedía el retiro. Después de cuarenta años robando para otros, podía permitírselo. Cuando regresara a Maindûr con el libro, no volvería a trabajar, ni dormiría en otro sitio que no fuera una cama. Al atardecer volvió a espolear a su caballo. Cuanto antes finalizara su tarea, antes podría descansar.
   Media milla antes de llegar a la entrada de la ciudad le salieron al paso cinco hombres, sucios y armados con espadas curvas, sus pies descalzos, las cabezas cubiertas con pañuelos de colores oscuros. Le ordenaron desmontar. Le amenazaron con matarle si no les entregaba cuanto llevara en los bolsillos, además del caballo. Les mostró sus credenciales y les vio dudar durante varios minutos. Por fin, uno de ellos esbozó una sonrisa desprovista de humor y señaló el camino, le dijo que podía continuar. Últimamente, muchos Samurii Männar habían pasado por allí, familias enteras con carros y todas sus pertenencias en ellos; los piratas de tierra estaban haciendo su agosto. Aquellos que pagaban, seguían su camino ignorando que en la Playa de Buccane les aguardaba una muerte segura; los que oponían resistencia, eran asesinados. Vosloora fue perdonado porque los salteadores respetaban el Código de Honor de los ladrones, aunque lo hicieran más por costumbre que por honor, del cual carecían. Vosloora se alejó al galope de aquella escoria.
    Fue recibido de malos modos y casi a punta de cuchillo por dos bribones que se decían los dueños de la única posada del lugar. Se llamaba La Venta y algo más, el cartel de la entrada estaba tan sucio que resultaba imposible leer el resto; era un sitio apestoso y vetusto, de suelos húmedos y vigas de madera enmohecida e hinchada donde lo único que se podía comer era un pescado a la brasa demasiado salado y por lo demás insípido. Al menos el ron era de buena calidad. Se presentó ante aquellos bribones, les mostró sus credenciales y puso sobre el mostrador una docena de piezas de oro que convirtieron sus feos rostros en máscaras grotescas cuando sonrieron enseñando varios dientes de oro junto a otros ennegrecidos. Había sido aceptado. Los ladrones se respetaban entre sí, hasta el peor pirata del mundo sabía esta regla. Y el oro siempre era bien recibido.
    La Venta había sido levantada muy cerca de la orilla del Mörtem Mearae, y el olor salobre que entraba por la ventana de su habitación empezó a darle náuseas a las pocas horas de estar allí. Las sábanas de la cama eran viejas y no demasiado limpias. No había otros visitantes en la posada. Comió solo y salió a pasear, aunque no había gran cosa que ver. Le daba vueltas en la cabeza a su última decisión y no dejaba de aferrar con una mano el Ojo de Amunik, que guardaba en uno de los bolsillos de su capa. No buscaría el libro, eso era lo que había decidido antes de encontrarse con los salteadores de caminos; no lo buscaría, se desentendería, se lavaría las manos en ese asunto.
    Los Philias Buster eran gentes hostiles y propensas a las peleas. Eran numerosos, y abarrotaban las tabernas ruidosas y lóbregas. Vosloora tuvo la impresión de que existían más tabernas que casas en aquella aldea que llamaban de forma equivocada Ciudad del Puerto. Existía un pequeño embarcadero del que salían a veces varias barcas de remos que se utilizaban para la pesca. Al oeste de Ciudad del Puerto se hallaba la Playa de Buccane, que Vosloora no era tan estúpido como para visitar; a ella llegaban los piratas más temidos y voraces en sus barcas antiguas a pelearse como en los viejos tiempos, espada en mano y practicando el abordaje. En la Playa de Buccane vivían los Philias Buster de peor calaña. Posiblemente respetaran a un ladrón, pero Vosloora no tenía deseos de comprobar si las costumbres de aquellas gentes habían cambiado. Prefería bordear el Mörtem Mearae por el norte, aunque ese rodeo le llevara más tiempo y le supusiera tener que adentrarse en los confines del Kron Arborae. Con suerte, no encontraría trasgos.
    En las tabernas, los Philias Buster jugaban a los dados y a los naipes, se hacían apuestas, y el oro corría de mano en mano entre risas estrepitosas y ruido de voces que proferían juramentos. Vosloora se preguntaba para qué querrían el oro aquellas gentes que nunca abandonaban su hogar; pescaban su comida, elaboraban su ron y vestían día tras día las mismas ropas raídas. No recibían visitas de forasteros, pues les atacaban a la entrada de la ciudad y les despedían, o les mataban. Vosloora recordaba que hacía tiempo Ciudad del Puerto había sido un lugar frecuentado por ladrones y aventureros, que se jugaban la vida a una partida de naipes, que sobrevivían si los dados les eran propicios. Los tiempos cambiaban, los Philias Buster se habían vuelto más crueles, peleaban entre sí porque no tenían a nadie más contra quien descargar su rabia, bebían hasta perder el sentido y sólo sabían hablar del pasado, de los buenos tiempos, de cuando el Mar aún bañaba las costas. Ninguno de ellos había visto el Mar, obviamente. Sólo aquel Mörtem Mearae de aguas emponzoñadas y negras que les iba consumiendo lentamente y les volvía locos.
    Vosloora bebió ron hasta que no pudo más, apostó su escama negra a los dados y ganó cada tirada, soportó miradas hostiles y las ignoró, se fue a dormir sin haber hecho un solo amigo. El olor que traía el aire le daba dolor de cabeza, se acostó sintiéndose mareado después de haber atrancado la puerta y no pegó ojo, temeroso de que aquellos bribones entraran mientras él dormía y le robaran el Ojo de Cristal.
    Los hombres de Ciudad del Puerto vivían en su mundo del pasado, practicando el pillaje y disfrutando de lo que ellos llamaban los placeres de las islas, aunque en la actualidad sonara ridículo; tenían siempre un ojo puesto en las aguas del Mörtem Mearae, porque todos ellos esperaban avistar algún barco en lontananza, el barco que les sacaría de aquel lugar de ocio y les devolvería a la acción. Vosloora no trató de abrirles los ojos. Esos hombres estaban locos, y su locura les volvía peligrosos.
    Vestían bermudas de color negro y camisetas a rayas horizontales, la mayoría iban descalzos y muchos se tocaban con bandanas de colores. Todos ellos llevaban aros de oro en uno de sus lóbulos, porque rememoraban los rituales de un pasado que ya no volvería, aunque ellos se negaran a admitirlo, y confiaban en ser enterrados dignamente a su muerte. Portaban sables y dagas, y presumían de sus cicatrices, que se habían hecho unos a otros a pesar de que contaran que las llevaban desde algún día glorioso en el que habían luchado a brazo partido contra soldados de algún reino olvidado que navegaban por un mar que consideraban suyo.
    Vosloora no quiso permanecer mucho tiempo entre ellos, temeroso de que se le contagiara la demencia de aquellos seres.
    Sin embargo, se resistía a marchar. La cama no era la más cómoda que había probado, pero sería la última hasta que llegara a Räel Polita. Y el ron era excelente. Dejó pasar los días inactivo. Comía, bebía, jugaba y nunca perdía. Los dados salvaron su vida, cuando un Philias Buster decidió que se había cansado de verle ganar cada partida. Los dados decidieron también su camino, cuando los piratas se cansaron de verle en su ciudad.
    Un pirata vestido con una casaca raída y tocado con un sombrero de tres picos del que sobresalía una pluma tan antigua como el tiempo le retó a jugar. Vosloora, que nada tenía que perder, aceptó. Si el capitán, pues eso decía ser, ganaba, el ladrón iría a la Playa de Buccane a la mañana siguiente, y allí se enfrentaría a sus hombres en una pelea como las de antes; si por el contrario era el ladrón quien ganaba, se le permitiría abandonar Ciudad del Puerto con vida, y con el bolsillo lleno, por el este. Ebrio y contagiado de la locura de aquellas gentes, Vosloora tiró los dados.
    Partiría hacia el este al amanecer.
    El capitán de ojos enrojecidos y sonrisa fiera le palmeó la espalda y le ofreció un trago, satisfecho su deseo de enfrentarse a él, y llamó a una mujer para que pasara esa última noche con el ladrón, quien rehusó su ofrecimiento alegando que ya no tenía edad para esas cosas. Las risas de los Philias Buster le taladraron la cabeza y provocaron a su orgullo, pero no cedió. Las mujeres de Ciudad del Puerto eran tan rudas como sus hombres, y Vosloora no habría compartido su cama con ninguna de ellas, pues valoraba su vida, y cualquier mujer de piratas era mil veces más peligrosa que todas las Drin Mazome juntas.
   Si había pensado alguna vez que las mujeres salvajes del Mar de Hierba eran una raza caduca, tuvo que admitir que estaba equivocado. Los Philias Buster eran una raza fuera de tiempo, sus vidas no tenían ningún sentido en un mundo que ya no tenía mares por los cuales navegar.
    Durante los cinco días que permaneció en Ciudad del Puerto, reponiendo fuerzas para proseguir su viaje, su inquietud creció hasta convertirse en una fiebre. La urgencia le quemaba, y sentía la presencia de Rodan Frais en todo momento susurrándole un imperativo al oído. Busca el libro, era el mandato. Y en el fondo de su corazón deseaba buscar y encontrar ese libro... aunque en algunos momentos pensaba que lo destruiría si llegaba a caer en sus manos. Pero estos momentos eran los menos."

miércoles, 8 de febrero de 2012

La peor de las batallas

La peor batalla que libraremos jamás es también la única que no podremos eludir; la única que nadie puede librar por nosotros; la que ocurrirá, queramos o no, en algún momento de nuestra vida.
La peor batalla es aquélla en la que deberemos luchar contra nosotros mismos.

¿Nos rendiremos ante el poder de la escama de Darok, o abrazaremos el Poder del Blanco?

Si no sabes de qué hablo, lee el capítulo que te dejo hoy, y los que le seguirán a partir de ahora, durante unas semanas (si la Musa no cambia de opinión, claro, tú pásate por aquí de vez en cuando, por si acaso); la batalla del ladrón ha comenzado, y el precio es su alma. 
De mi propia batalla te hablaré en otro momento, hoy necesito un poco de eso que llaman "el descanso del guerrero".

Por si sientes curiosidad: he salido vencedora.

***********

© Bea Magaña (Reservados todos los derechos)

Entre ladrones de los mares (I)

"Tres días después de la aparición de los Dragones Negros, descansado aunque no recuperado del horror que había presenciado, Bruno Vosloora se hallaba de pie en el centro de su dormitorio despidiéndose de todas sus pertenencias y de sus riquezas.
    Se había vestido de negro, pantalón, camisa y botas de suela fina, y una capa oscura, su indumentaria de ladrón. Armado con una faca y un puñado de dardos tratados con un veneno no letal en la punta, estaba preparado para emprender su viaje de regreso a Räel Polita. Llevaba una bolsa de piel con joyas y monedas de oro que raras veces utilizaba, porque los ladrones pocas veces pagaban por aquello que deseaban. En un bolsillo oculto de la camisa guardó la bola de cristal que había obtenido en la Torre de Mahor.
   Cerró su casa, se preguntó cuánto tiempo tardarían los ladrones en saquearla durante su ausencia, y se dijo que no le importaba, ya que no pensaba volver. Montó en su caballo y desapareció en la noche sin despedirse de nadie. Así era como los ladrones hacían las cosas, en silencio y amparados por la oscuridad. No avisó al Mago Oscuro de su partida, y no dudó de que Frais estaba al corriente, pues conocía todo cuanto sucedía en su ciudad.
    Dirección norte al galope, hasta que llegó a la ciudad más cercana, Mercadûr, donde buscó alojamiento para pasar un día completo. A Vosloora le gustaba la comodidad, y podía permitirse pagar por una habitación, sábanas limpias y una copiosa comida. Ya llegaría el momento en que tendría que dormir al raso, pues no encontraría posadas una vez que hubiera dejado atrás la última ciudad habitada de Samura Dalnu. Pretendía tomarse con calma aquel viaje, que podía durar dos meses; menos, si evitaba detenerse a menudo, y dependía también del camino que eligiera. Tenía una misión que cumplir, y presumía que era urgente; no obstante, no se sentía muy dispuesto a llevarla a cabo. No pensaba llegar a Minroq Dalnu antes del mes de agosto.
    Encontró habitación en la mejor posada de Mercadûr, cenó cuanto quiso y bebió con moderación, y pasó la noche solo, pensando más que durmiendo.
   ¿Qué podía desear un hombre como él?, se había preguntado durante los tres últimos días, tumbado en su cama, en la cama de alguna mujer o sentado junto al mostrador de una sucia taberna, regalándose con un solomillo y una buena cerveza hecha en la ciudad, los ojos fijos en los soldados de Frais que llenaban cada rincón. Tenía cuanto deseaba. Sin necesidad de que un lunático con poderes oscuros se dedicara a destruir el mundo y a conquistar después lo que quedara de él. ¿Poder? ¿Para qué quería poder, si su vida era robar? No porque fuera un hombre codicioso, sino porque había nacido ladrón, y robar era lo único que sabía hacer.
    Durmió todo el día, y desapareció en la noche. Cabalgó veloz como el viento y se detuvo al llegar a Dûrmater. Cenó en una taberna y bebió durante un largo rato antes de irse a acostar.
    ¿Mujeres?, se preguntaba, recordando la promesa de Frais. Ya no era un hombre atractivo, pero aún podía tener a la mujer que deseara, pues era rico. Sin necesidad de que Frais cambiara las cosas y lo volviera todo del revés.
    Cabalgó de noche, y se hospedó en cada una de las ciudades que encontraba a su paso, pues no estaba muy seguro de querer llevar a cabo su misión. Pasaron dos semanas y el encargo de Frais le quemaba en las entrañas. Debería haberse negado. ¿Habría podido hacerlo? La respuesta era tan obvia que le dio miedo volver a formularse la pregunta.
    Se imaginaba a los Dragones Negros moviéndose con total libertad a lo largo y ancho de Samura Dalnu, quién sabía si cruzando las fronteras y llegando a los demás países de Thèramon. Imaginaba la devastación que causarían con su fétido aliento de fuego y su sed de sangre. Se imaginó la guerra, la odió, se odió a sí mismo. Trató de consolarse diciéndose que cualquier otro habría encontrado ese maldito libro, si él no lo hubiera hecho. No mejoró su humor. Ningún ladrón era lo suficientemente bueno para colarse en los vigilados Archivos y localizar alguna de las salas restringidas. Debería haberlo destruido.
    ¿Inmortalidad? Era un hombre viejo, no deseaba ser un viejo inmortal. La oferta del Mago Oscuro era engañosa. Podía convencer con sus palabras, pero Vosloora había visto su expresión, y había sentido mucho miedo. Un tipo como Frais no conocía la palabra amistad. Aliados o no, mataría a todos los hombres que en algún momento se atrevieran a opinar, a llevarle la contraria, a desobedecerle.
    Y lo que vendría después... Vosloora no podía imaginar qué podía ser peor que los Onii Darok, pero había algo, algo que aguardaba a ser despertado. Frais había dicho que su Señor regresaría. Él, que era tan poderoso, servía a otro. Vosloora temblaba, y no acertaba a imaginar el alcance del poder de ese otro, que aparecería cuando el Mago Oscuro tuviera en sus manos el Libro que el ladrón debía robar.
   Cada mañana se acostaba después de haber decidido que no cumpliría la orden de Frais. Cada noche montaba en su caballo y volaba como el viento, pues debía cumplir su misión enseguida.
    Dûranta era la última ciudad en su camino. Los territorios civilizados acababan a partir de ahí. Hacia el norte le esperaban las Quebradas del Este, y más allá la hostilidad del Kron Arborae, en el que no deseaba internarse. Hacia el oeste, los dominios de los Philias Buster, gentes de las que uno no debía fiarse, descendientes de antiguos ladrones de los mares, o eso decían, malos anfitriones, jugadores, atracadores, asesinos. Pero respetarían el Código de Honor de los ladrones, y en su ciudad encontraría cama y comida, que Vosloora agradecería después de muchos días de viaje durmiendo al raso. Ya no tenía edad para realizar largos tramos a caballo, y tampoco para dormir a la intemperie; pero debería detenerse a menudo, y había más de una semana de viaje a buen ritmo desde Dûranta hasta la próxima aldea, que era pequeña y estaba casi vacía. Dormiría en un granero si tenía suerte, continuaría su camino si no querían acogerle, y tres días más tarde vería el molino abandonado, y sabría que había entrado en territorio dominado por los piratas de tierra.
    Miraba por la ventana de aquella habitación, esperaba la llegada del ocaso. Había pagado por pasar un día entero, como pagaban los viajeros decentes, pero sus ropas le delataban, y en las miradas de los parroquianos veía recelo. También veía miedo, pero no lo provocaba su presencia. Comentarios en voz baja llegaban hasta sus oídos, le hacían recordar la imagen del Darok entrando por el ventanal de la Torre de Mahor, sentía la urgencia de nuevo. Espantó de un manotazo a un viejo cuervo medio desplumado que parecía mirarle desde el alféizar y volvió al interior del cuarto. Sobre una mesa, junto a un puñado de monedas, estaba la escama negra que el nigromante le había arrancado al dragón llamado Nonurg. La miró con el ceño fruncido, no recordaba haberla guardado entre sus cosas cuando se preparaba para abandonar Maindûr. Se encogió de hombros y la guardó junto con las monedas en la bolsita de piel.
   Dejó atrás Dûranta raudo como el viento, cabalgó toda la noche como enfebrecido, y se detuvo poco después del amanecer porque su caballo no podía dar un paso más. Preocupado por su montura, pareció que se le pasaba la fiebre y se preparó un campamento improvisado. Encendió un fuego, comió y bebió, miró el cielo que iba clareando y se encontró jugueteando con la extraña bola de cristal. Era hermosa. Parecía viva. Tuvo la impresión de que algo latía en su interior. Era una tontería, pero sostenerla entre las manos le producía una agradable sensación de sosiego. Sus sentimientos y sus pensamientos se aclaraban cuando la miraba durante un largo rato, y Vosloora comprendía lo que debía hacer.
    Frais había dicho que el Ojo de Cristal no funcionaba, que no vería nada en su interior. Lo había llamado el Ojo que Todo lo Ve. Pues a Vosloora le ayudaba a ver más claro.
    Le gustaba su vida, igual que le gustaba el mundo tal como lo conocía. No porque su corazón fuera puro y sus ideales de paz y de belleza le convirtieran en un Guerrero Blanco. Vosloora era un hombre cómodo, acostumbrado a la buena vida y a la aventura, siempre que no peligrase su integridad física. No deseaba que las cosas cambiaran. Frais estaba loco, mucho más que eso. Sin hablarle claro, le había dicho lo que necesitaba saber. Y una parte de él se había acobardado, y otra se había rebelado.
    Encontraría ese libro, Lliure a'Nimm draait, y lo destruiría.
    Un cuervo graznó en algún lugar cerca de él, y le sacó de sus ensueños. Anochecía. Era hora de ponerse en marcha. Y de nuevo sintió que era imprescindible que se diera prisa."

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Por Susana © Registrado por Bea Magaña

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